miércoles, 23 de mayo de 2018

EL VECINO


Paula se despertó de improvisto con aquel joven desnudo y tumbado a su lado. No se acordaba muy bien de lo que había pasado realmente, pero se juró a si misma no volver a salir un jueves en la zona universitaria y menos, tomarse tantos y deliciosos mojitos.

Le dio una palmada en el trasero al joven para que se despertarse y se fuese y este, a regañadientes, se levantó y se vistió lentamente, para mayor regocijo de Paula que viéndolo en todo su esplendor, se acordó porque se lo había llevado a su apartamento.
Paula se puso la ropa de entreno. Salió a la terraza para ver si su vecino, el madurito interesante, ya estaba corriendo por el paseo del rio. Y justó en el momento que Paula echaba un vistazo, apareció su galán que la saludaba desde la lejanía. Ella respondió azorada y dio gracias de que desde allá abajo no se iba a notar su turbación. Aquel cincuentón la ponía a cien. Y lo peor era que se le había insinuado alguna que otra vez y este, se le había resistido con toda su caballerosidad.

Paula bajó las escaleras a la carrera y se encontró de bruces con Armando.

—Buenos días Paula ¿Qué tal estás esta mañana?
—Bien, con ganas de entrenar.
—Pues yo me retiro por hoy. Diez kilómetros son suficientes para mí. Ahora unos estiramientos y a la ducha.
—Si necesitas algún masaje, no dudes en avisarme – dijo Paula tapándose la boca y arrepintiéndose al instante por lo que había dicho.
—Vaya, te tomo la palabra. Tengo los hombros un poco tocados de las flexiones. Quizás te avise.
—Bueno, podrás ser un viejales, pero estoy segura que tus brazos y hombros pueden todavía soportar mucho trabajo corporal.
Armando le sonrió y le abrió la puerta del edificio para que Paula saliese a entrenar. Le echó también un último vistazo al atuendo que llevaba Paula. Unas mallas deportivas muy ajustadas.

Paula después de una ducha rápida se fue al centro comercial donde trabajaba de Relaciones Públicas y deseó fervientemente que el tiempo pasase más rápido porque, a pesar de los tres cafés que se había tomado, se estaba quedando dormida en la silla de su oficina.

—Paulita, creo que será mejor que abandones tu puesto y te vayas ya para casa. Apenas tenemos trabajo hoy y seguro que tu cuerpo agradecerá un buen descanso – dijo Clara, su compañera en la oficina.
—Bufff, es que lo de ayer fue tremendo. No vuelvo a ir contigo al campus universitario.
—Ya… ¿Cuántas veces me has dicho eso? Asaltacunas.
—Perdona, ¿qué me has llamado?
—Lo que has oído. Cualquier día te va a detener la policía por corrupción de menores.
—No es culpa mía atraer a los jóvenes y futuros machos alfa de la manada.
—Y hablando de machos alfa, ¿qué tal con tu madurito, Armando?
—Esta mañana he metido la pata hasta el fondo. Me lo he encontrado en la puerta y le he dicho que si necesitaba algún masaje, que me avisase.
—¿Y?
—Que tomaba nota.
—Ves, no está todo perdido.
—Es que es tan atractivo. Esas canas que van poblando ese pelo que tiene y esa barbita que deja entrever una boca tan sensual.
—¿Y por qué no le dices abiertamente que te lo quieres tirar? Tú soltera y el divorciado. No hay impedimento alguno.
—Bueno, hay un cortavistas entre nuestras terrazas que hace que nuestras vidas estén separadas a pesar de la cercanía.
—Se te va un poco, ¿verdad?
—Sí, es mejor que me vaya para casa.
—Venga va, te cubro y si pasa algo te aviso al móvil.

Paula se despidió de su amiga y compañera y se dirigió a la salida de los grandes almacenes. Allí saludó a los guardas de seguridad que la revisaron con la vista de arriba abajo. Le encantaba ponerse taconazos y aquel vaporoso vestido que llevaba ese día le sentaba más que bien.
Cuando llegó a su apartamento, dejó su bolso y se fue directa a la terraza. Allí, un olor a menta, jazmín y romero, llegaba a sus fosas nasales.

—Armando, ¿estás regando tu jardincito? – dijo Paula mirando la sombra que había tras la pared de tela verde que había al otro lado del cortavistas.
—Hola Paula. Pues sí, con tanto calor, las plantas necesitan un poco de mimo.
—Yo estoy igual. Con tanto calor estoy un poco aplatanada y he salido un poquito antes del trabajo para aprovechar y ponerme un poco al sol, que me hace falta.
—Pues disfrútalo como te mereces. Yo voy a entrar ya que como siga por aquí, voy a coger una pequeña insolación y ya sabes lo viejuno que soy – dijo Armando sonriendo maliciosamente.
—No se te escapa una. Pensé que no te habías dad cuenta…Armando, ¿sigues ahí?

Pero Armando no contestó. Paula se fijó para la tela y notó como la sombra del hombre se hacía más pequeña. Eso significaba que estaba pegado al muro verde. Paula hizo como si no se diese cuenta y se agachó enfrente de donde estaba parapetado Armando para quitarse los tacones. No llevaba sujetador bajo su vestido y un generoso escote se le apareció al hombre que la espiaba desde detrás de la tela, por un pequeño agujero disimulado detrás de un tarro de jazmín.



Paula se incorporó, se sacó las mangas del vestido y dejó caer, quedándose este, enganchado en sus caderas. Cogió su protector solar y comenzó a untárselo desde los hombros hasta el pecho, haciendo círculos concéntricos sobre ellos y volviendo hacia los hombros nuevamente.

Sus pezones reaccionaron al instante y comenzaron a enviar pequeñas descargar placer, cada vez que Paula los rozaba. Y no fueron pocas las veces que lo hizo, ya que aquellos placenteros movimientos, le proporcionaban un cosquilleo que empezaba a descender por su vientre llegando a gran velocidad hasta su sexo.

Con cuidado de no manchar el vestido de crema, se lo subió muy despacio y con sus manos metidas debajo de él, se quitó el tanga de hilo que llevaba puesto. Lo dejó sobre la mesita y volvió a echarse crema en las manos. Esta vez fueron sus piernas las que recibieron las caricias y Paula, con sus pechos colgando, escuchó el gemido gutural que había salido desde el otro lado del separador verde del cortavistas.

Sabía que Armando estaba excitado, pero no todavía lo suficiente. Se sentó en su tumbona haciendo que su sexo estuviese bien a la vista del maduro que la espiaba. Abrió un poco sus piernas y le dejó entrever lo que se había perdido hasta ese día. Él se lo había buscado por no haber seguido sus insinuaciones. Volvió a coger un poco más de crema y volvió a extenderla sobre sus piernas. Desde los pies hasta la cadera donde reposaba todavía el vestido que era ya solo un cinturón sobre su cintura.

Miró hacia un lado, miró hacia otro, como si estuviese viendo si alguien la espiaba desde algún sitio y se abrió totalmente de piernas. Sabía que Armando la miraba desde el otro lado y eso la excitaba muchísimo. La licuaba como se decía a ella misma. Se limpió bien las manos y se desprendió totalmente de su vestido que dejó bien doblado sobre la mesita de la terraza. Apenas podía disimular que aquella situación la ponía muy caliente.

Y quería que su espía del otro lado, también lo estuviese. Se puso a cuatro patas y su exuberante trasero quedó expuesto a la mirada del furtivo Armando que apenas podía contenerse las ganas de saltar al otro lado. Y Paula no ayudaba a ello ya que cogió un poco más de crema y untó lentamente su culo desde la nalgas hasta casi su entrada trasera.

Una llamada del timbre de su puerta interrumpió el ritual de la crema y Paula se incorporó un poco fastidiada. Se fijó que al otro lado del separador verde, no notaba la presencia de su madurito. Se puso su vestido por delante y lo aguantó con una de sus manos mientras con la otra dejaba el bote sobre la mesita. Entro en el piso y se acercó a la puerta preguntándose quien la había molestado. Seguro que era el repartidor mal encarado que siempre la veía de malas maneras cuando lo recibía en camiseta y en braguitas.

Se acercó a la mirilla y lo vio. Armando estaba al otro lado de la puerta. Paula respiró profundamente y abrió la puerta.

—Hola —dijo él. —Venía a por lo del masaje.
—Pasa, seguro que podemos hacer algo al respecto— dijo Paula mientras dejaba caer su vestido y mostraba su desnudez.











lunes, 26 de marzo de 2018

EL MASAJE


Cristina se despertó con la alarma del reloj que estaba sobre la mesilla de noche. Lo apagó con urgencia, porque no quería que aquel acuciante sonido le trepanase la cabeza durante más segundos. Además, nada podía fastidiar aquel día, el primero de su nueva vida.

Pensó en los últimos tres meses, después de su penoso divorcio con Jaime y de como aquel hombre la había anulado totalmente. Al principio, todo había sido felicidad en su vida, como cuando lo conoció en aquella fiesta después de su sesión de fotos, para el catálogo de aquella importante marca de lencería.

Unas pocas semanas después, se habían casado y su carrera como modelo empezó a desmoronarse, ya que Jaime le decía que no quería que posase más y que con su fortuna, sus caprichos estarían todos cubiertos. Después fueron sus amigos, los que desaparecieron de su vida, su familia, a la que pocas veces veía y después la reclusión en su gran casa de la que solo salía para acudir a los fastuosos eventos que Jaime organizaba, para enseñarla como un trofeo que él había conseguido y que nadie más poseía. Hasta que consiguió a la modelo que estaba más de moda en ese momento y que trataría de anular al igual que había hecho con ella.

Pero todo cambió cuando se encontró con Eva a la salida de la joyería. Había ido a vender muchas de las joyas que Jaime le había regalado y a pesar de que le había sacado una buena tajada en el divorció, quería deshacerse de aquellas alhajas y ya de paso, sacarse un dinero extra.
Eva había sido una de sus mejores amigas y fue una de las que tuvo que abandonar a petición de Jaime, ya que decía que no le convenía andar con aquella mujer, pues tenía una dudosa fama entre las gentes más elitistas de la ciudad, sobre todo, entre los hombres. Nada más lejos de la realidad.

Cristina no dudó ni un segundo en aceptar la oportunidad que Eva le estaba brindando después de haberse tomado un par de cafés. Le había ofrecido cubrir la baja de su personal shopper que se había marchado con su novio fuera de la ciudad y como Cristina siempre había tenido muy buen gusto a la hora de vestir, combinando siempre a la perfección la ropa que llevaba puesta, no vaciló en ofrecerle ese puesto en su tienda de la zona más exclusiva de la ciudad.

Se levantó de la cama, se quitó el camisón y se miró al espejo donde vio que de sus antiguas medidas 99-63-91, ya poco quedaba. Sus pechos se habían bajado misteriosamente, su cintura se había deformado un poco y su trasero se había ensanchado de forma alarmante. Pero eso no la desanimó ni un ápice. Se colocó la ropa deportiva y se dirigió a la sala de pesas que había montada en su gran ático. Después de una hora, en la que había corrido en la cinta, había hecho steps, musculación y los dolorosos estiramientos, estaba cansada, pero se encontró cargada de energía para comenzar en su nuevo trabajo.

Cuando se desnudó, encaminó sus pasos hacia la ducha de hidromasaje donde se destensó totalmente. Aquellos chorros de agua por todo su cuerpo y la energía de la sesión mañanera de ejercicio, hizo que empezase a notar una extraña sensación recorriéndola. Sobre todo cuándo comenzó a utilizar la esponja impregnada en el gel de ducha. Aquella sensación de placer que había abandonado todo su ser desde hacía tiempo, volvía nuevamente a estar presente.

Repasó cada centímetro de su piel con la esponja, pero sus lugares preferidos para aquel improvisado masaje eran sus pechos, la curvatura de sus caderas y el interior de sus muslos. Pequeñas oleadas de placer comenzaron a invadir todo su cuerpo y se dejó llevar por aquel inesperado regreso de su añorada sexualidad. Siempre había sido una mujer ardiente, pero la vida con Jaime la había convertido en una asustada puritana que había reprimido el placer de su cuerpo hasta conseguir olvidarlo totalmente y solo vivía para lo que su marido dijese u ordenase.

Cuando su respiración comenzó a volverse más profunda y agitada, y al notar las primeras señales de que el clímax estaba ya comenzando a asomar, Cristina dejó de tocarse y colocó su sexo para que recibiese de lleno, uno de los cálidos chorros de agua que parecía querer regar todo su jardín, incluido el henchido clítoris que asomaba entre su capuchón, buscando aquella improvisada fuente de donde beber aquel placentero líquido.



Y el orgasmo no se hizo esperar más. Llegó con tal fuerza que sus piernas se doblaron y tuvo que sentarse porque era incapaz de mantenerse en pie. Quizás los meses de sequía y de auto represión habían hecho que su clímax fuese más intenso de lo que recordaba. Pero eso a ella no le importó. Disfrutó de las pequeñas réplicas que todavía se producían dentro de su cuerpo y sonrió abiertamente como no lo había hecho en mucho tiempo.

A las diez en punto de la mañana se plantó con un vestido corto de color gris y muy ceñido a las puertas de la exclusiva tienda de Eva. Esta la recibió con un abrazo y la convidó a pasar. Le presentó al resto del personal y después se dirigieron a su despacho.

—Estás radiante esta mañana. Nada que ver con la Cristina que vi el otro día.
—Si, esta mañana me he machacado en mi gimnasio del ático.
—No creo que sea eso, es más como si…
Eva notó el rubor en las mejillas de Cristina y le sonrió.
—Querida, me alegro mucho de que tu cuerpo vuelva a sentir como antes.
—No, no es lo que tú te imaginas —dijo Cristina ruborizada.
—No creo que me esté imaginando nada —dijo Eva — porque es la cara que tengo yo después de una buena ducha al finalizar mis ejercicios matinales.
—Lo siento, pensé que te referías a que yo… bueno, dejémoslo.
—Exactamente es a lo que me refería, Cris, esas duchas jabonosas, con el agua recorriendo nuestros cuerpos, el cansancio del ejercicio matinal se disipa y aparecen esas ganas de que la esponja se convierta en un falo que nos roce entre los muslos… tienes razón, dejémoslo estar por ahora y ya me lo contarás más tarde. Hoy vendrán todas mis mejores clientas a conocerte y quiero ver como te desenvuelves entre la élite de la ciudad. A algunas de ellas las conocerás de las aburridas fiestas de tu “querido ex”, pero no creo que te digan nada, han sido advertidas de que tú has venido a trabajar y no a contar los entresijos de tú divorcio, al menos a ellas.
—Estoy deseando empezar.
—Pues bajemos y así puedes echarle un vistazo a todo lo que tenemos en la tienda.

Eva pasó delante de Cristina y esta se fijó en lo esbelta y atractiva que se había vuelto su amiga con el paso de los años. A pesar de su etapa como modelo, Eva nunca había destacado por ser una mujer que se cuidase demasiado y durante muchos años de su vida, se había abandonado a todos los excesos que su cuerpo le demandaba. Drogas, alcohol y sobre todo la perdía el buen comer. Pero todo eso parecía formar parte del pasado. La Eva que ahora caminaba con el paso firme sobre aquellos finos tacones de aguja y aquel vestido retro y entallado de los años cincuenta, no era la Eva que ella había conocido.

La presentación fue todo un éxito y las potenciales clientas de Cristina quedaron encantadas con su desparpajo al enseñarles las prendas que mejor combinaban con cada una de ellas. Pero donde mejor ejerció sus dotes de persuasión fue cuando llegó a la zona de lencería de la tienda. Allí Cristina dejó que sus años bajo el influjo de aquellas delicadas prendas, hiciesen su magia y al finalizar su animada charla, muchas de aquellas mujeres se prestaban a sacar sus tarjetas Gold y hacer una buena compra que aclararían las pocas dudas que Eva podía haber tenido sobre lo bien que se manejaba Cristina con aquellas elitistas mujeres de la ciudad.

Al finalizar el día, las dos charlaban animadamente tomándose un té en la oficina de Eva.

—Estoy muerta —dijo Cristina sacándose los zapatos de tacón. —Ya no estoy acostumbrada a llevarlos.
—Claro, llevas tres meses con las zapatillas de casa y seguro que solo te las quitas para ir de compras al supermercado— dijo Eva mientras se colocaba el pelo detrás de una oreja, haciendo que sus grandes ojos castaños destacasen todavía más en su rostro.
—Ahí te equivocas totalmente, la compra la hago online.
Las dos se rieron con ganas y terminaron su té entre lágrimas al recordar viejas anécdotas de su etapa como modelos.
—¿Qué te parecería si el viernes te llevo a que te den un masaje?
—Me parecería genial. Además, hace siglos que no me dan uno.
—Pues llamaré para que la reserva que tengo la cambien para ti.
—¿No pueden darnos el masaje juntas?
—Bueno, el masaje que te van a dar o el que me iban a dar a mí, es algo especial. Eso si, te vas a quedar muy relajada.
—Chica, me dejas intrigada.
—El sábado serás una mujer distinta y me muero de ganas de que llegue ese día para que me cuentes la experiencia vivida bajo las expertas manos de Álvaro. Te va a encantar.
—Vale, deseo que pase esta semana lo antes posible —dijo Cristina cerrando los ojos con fuerza —y me den ya ese misterioso y relajante masaje.

La semana pasó con rapidez para Cristina. El trabajo en la tienda de Eva no la dejaba pensar en la vida que había tenido con Jaime y cuando llegaba a casa, estaba tan cansada de ir de un lado para otro con las exigentes clientas de la tienda, que apenas cenaba después de una rápida ducha y se metía en cama deseando que la noche pasase rápidamente para levantarse, tener su sesión de ejercicio mañanero y salir nuevamente a trabajar.

Cuando por fin llegó el viernes, Eva estaba muy nerviosa, pues no sabía cómo Cristina iba a tomarse el regalo que le iba a hacer. No tenía ni idea de como iba a reaccionar cuando el masajista pusiese sus manos sobre la piel de su amiga. Recordó la primera vez que él la había tocado y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Después la invadió una gran sensación de calor y desabotonó algunos botones de la blusa para poder ajustar las asas del sujetador. Parecía que por arte de magia, sus pechos habían aumentado de peso en unos segundos y se había descolocado la copa. Pero lo que había pasado realmente es que sus pechos se habían excitado solo con pensar en él. Aquellas manos recorriendo cada centímetro de su piel, arriba y abajo, de izquierda a derecha, impregnadas en aquellos aceites que hacían que se deslizase sobre ella como si estuviese patinando sobre una pista de hielo. Aquellos dedos, largos y delgados que podían llegar a todos los rincones, por muy alejados que estuviesen. Y la fuerza que imprimía en cada movimiento, la justa para no pasarse ni para quedarse corto. Todo lo que hacía era especial, pues nunca le habían hecho sentir en un masaje, lo que aquel hombre la había hecho sentir. Esa sensación de abandonarse totalmente y que él hiciese lo que quisiese con su cuerpo, todo lo que él quisiese…

—¿Eva, nos vamos? —dijo Cristina abriendo la puerta del despacho.
—Si, ahora nos vamos. Solo un momento para acabar de ajustarme el sujetador que lo tengo fuera de sitio.

Cristina salió por el pasillo que la llevaba nuevamente hacia las escaleras que daban a la tienda y sonreía sin creerse lo que había visto al abrir la puerta. Eva se estaba tocando los pechos por dentro de la blusa con los ojos cerrados y parecía disfrutar de aquellas atenciones que se proporcionaba a si misma.

Mientras iban en el taxi que las llevaría al salón de masajes, Cristina le hizo un fugaz comentario sobre lo que había visto al abrir la puerta y Eva le sonrió pícaramente tocándose por encima de la blusa y haciendo que el taxista enrojeciese por pudor. Y más aun, cuando una de sus manos jugueteó con uno de los pechos de Cristina, comparando el tamaño de uno de los suyos, con uno de los de su amiga y esta sonreía sin saber muy bien que hacer. Aquel juego con el taxista terminó con un tierno y cálido beso de ambas en los labios.

Cuando llegaron al lugar, Cristina se sorprendió al ver la fachada del edificio. Unos enormes cristales tintados de los que es imposible ver el interior y desde el cual, las afortunadas mujeres que acudían para su sesión de masaje, podían ver el exterior y así, podían observar la ajetreada vida que las gentes de fuera tenían mientras ellas recibían su dosis de relax semanal.

Eva sacó su tarjeta de socia y la pasó por el lector. Al instante la puerta se abrió y las dos mujeres entraron en el interior del edificio. Dentro fueron recibidas por la dueña de aquel salón.

—Hola Eva, ¿es esta tu amiga?
—Hola Bibi, pues si, esta es Cristina.
—Hola Cristina, espero que quedes satisfecha de nuestro servicio de masajes.
—Llevo muy intrigada toda la semana por el masaje que voy a recibir.
—¿No le has contado de que se trata?
—Solo le he dicho que va a quedar muy relajada.
—Como te gusta jugar, mi querida Eva. Por eso eres una de mis mejores clientas.
—Ahora sí que estoy impaciente por empezar ese masaje.
—Bibi, ¿podría ser Álvaro?
—Pues claro que sí, después de hablar el lunes contigo, reservé esta hora para que tu amiga disfrute de nuestro mejor masajista.
—Cristina, espero que te lo pases muy bien en el masaje. Yo me voy para allá con Bibi para hablar de unas compras que quiere hacer en la tienda y tú puedes esperar a que vengan a buscarte.
—No tendrá que esperar mucho. Álvaro viene por ahí.
Eva se giró para verlo. Aquel hombre la había hipnotizado desde el momento en el que lo vio por primera vez. Su casi metro noventa de estatura, su pelo corto, aquellos profundos ojos verdes, su sensual boca de labios carnosos preparados para besar y ser besados y lo que muy pocas sabían era que debajo de aquel pantalón y de la camiseta blanca, había un escultural cuerpo tostado por el sol. Solo verlo, sus piernas comenzaron a temblar y se tuvo que apoyar en Cristina para no caerse al suelo.

Álvaro se acercó a ella y le sonrió. Aquella sonrisa podía derretir el iceberg más helado que navegase a la deriva por el mar. Después le dio dos besos en las mejillas y aquello encendió su sexo que comenzó a palpitar bajo su lencería.

—Cristina, te dejo en buenas manos —dijo Bibi. —Álvaro, necesito que el masaje de la amiga de Eva sea muy especial.
—¿Crees que le gustará uno igual a tu primera vez? —dijo Álvaro con aquella sensual voz que solo él sabía poner y que a Eva la ponía a cien.
—Estoy totalmente segura de que así será —dijo Eva tragando saliva mientras se agarraba al brazo de Bibi y se alejaban hasta una sala para hablar de negocios.
—Por favor, acompáñame Cristina.

Cristina también se había percatado del atractivo de Álvaro. Pero en lo que más se fijó fue en sus manos. Eran perfectas para ella. Era un rasgo que le atraía mucho en los hombres sin despreciar el resto del envoltorio, pero las manos eran su parte preferida del cuerpo de un hombre. Con las manos se podía acariciar, tocar, pellizcar, rozar, masajear y darle todo el placer que ella pudiese desear.

Llegaron a la cabina donde Álvaro trabajaba habitualmente y a Cristina le invadió una sensación de relax nada más entrar en la estancia. Había velas aromáticas que desprendían un tenue olor a canela y que no se hacía nada pesado. Le gustó aquella sensación de bienestar y aspiró profundamente aquel olor.

 —Cristina, detrás del biombo tienes ropa adecuada para ponerte. Yo prepararé los aceites para el masaje.

Mientras se desnudaba y recogía su melena en un moño, el olor a canela de las velas aromáticas impregnó su cuerpo. Le encantaba aquel olor y volvió a aspirarlo profundamente. Salió de detrás del biombo con un albornoz puesto y después de tumbarse sobre la camilla de masajes, se lo dio a Álvaro que lo colocó sobre una silla cercana.

Su torso descansaba sobre la cómoda camilla mientras su espalda quedaba desnuda para que las expertas manos del masajista hiciesen su trabajo. Una toalla tapaba toda su zona trasera.



Álvaro cogió uno de sus frascos de aceite y vertió un poco de contenido sobre una de sus manos. Después se frotó ambas manos para lubricarlas y comenzar así el masaje. En el primer contacto, Cristina comenzó a notar que a cada pasada, su cuerpo se relajaba más y más. Le habían dado muchos masajes en su etapa como modelo, pero aquel era como si las manos, con un simple contacto, supiesen que músculo estaba tensionado y como relajarlo prácticamente en unos cuantos movimientos. Cuello, hombros y espalda quedaron sin nudos y contracturas en pocos minutos.

El masajista volvió a verter un poco más de aceite sobre sus manos y después fue a por los pies y las piernas de Cristina. Esta agradeció aquellos cuidados y apunto estuvo de empezar a ronronear como una gatita. Álvaro seguía a lo suyo, mientras subía con firmeza por las pantorrillas de la mujer que reposaba sobre la camilla. Pero sus manos comenzaban a sobrepasar la toalla que tapaba el trasero de Cristina, aun así, esta no hizo ademán alguno de impedirle los movimientos que comenzaban a relajar sus glúteos.

—Cristina, si en algún momento mis manos te inquietan, no dudes en decírmelo —le dijo Álvaro poniendo aquella voz con la que le había hablado a Eva en el vestíbulo.
—Tú masajea por donde tus manos te lleven. Necesito relajarme totalmente y vas por muy buen camino.

Álvaro comenzó con movimientos de amasamiento sobre la sensible piel del trasero de Cristina. Esta sonrió pícaramente y cerró los ojos nuevamente, abandonándose al masaje proporcionado sobre sus nalgas que vibraban cada vez que Álvaro subía o bajaba con sus nudillos sobre ellas. Cambió de posición nuevamente para poder trabajarlo desde arriba y el masajista utilizó los dedos y las palmas de sus manos, convirtiendo aquellas pasadas, en firmes caricias que hacían volar la imaginación de Cristina.

—Por favor, date la vuelta —le dijo cuando terminó también con las caderas.

Cristina obedeció y Álvaro se giró mientras la mujer se daba la vuelta y extendió la tolla hasta que tapó sus excitados senos. Pensó que aquel masaje en sus posaderas había despertado algo dentro de ella que no iba a poder controlar. Aun así, se colocó lo mejor que pudo y dejó que el masajista volviese a posar sus manos sobre su cuello, hombros y desde allí, hacia el escote.

<<¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué su respiración, pausada y tranquila se estaba acelerando por momentos? ¿Sería que aquellas manos la estaban excitando sin que ella se diese cuenta? Eso nunca le había pasado a pesar de que algunos de los masajes que le habían proporcionado, habían rozado partes de su cuerpo muy, muy sensibles. Álvaro no había tocado ni rozado sus puntos erógenos, bueno, sus nalgas si, pero las otras veces nunca se había excitado como empezaba a hacerlo en aquellos instantes.>> pensó Cristina.

Notó con cada movimiento sobre su escote, como sus pechos se ponían duros y sus pezones empezaban a luchar contra la suave toalla que los tapaba. Y lo peor, el tanga de papel que se había puesto estaba comenzando a empaparse. <<Espero que Álvaro no sé de cuenta de lo que está pasando debajo de la toalla.>>

—¿Te gustaría que te diese un masaje por los senos? Veo que tienes el escote un poco seco y el aceite de aguacate suaviza la piel, la protege, la hidrata y la fortifica. Además, al tener el pecho grande, te vendría bien para evitar la flacidez.
<<Pero si ya he vuelto a hacer algo de pesas para fortalecerlo. Aunque no quiero quedar como una mojigata y decirle que no al pobre. Él lo hace con la mejor de las intenciones y hasta este momento, me ha demostrado que esas manos saben muy bien lo que se hacen. ¿Cómo será tenerlas agarrando mis pechos?>>
—Claro, todo sea por tener un pecho bien cuidado —dijo a pesar de sentirse algo avergonzada.
Álvaro bajó la toalla hasta la cintura y después repitió el ritual de lubricar sus manos, pero esta vez con el aceite de aguacate que le había comentado a Cristina. No hizo comentario alguno al ver los pezones que permanecían enhiestos y desafiantes y esto la relajó un poquito.

Al comenzar por fin con el masaje sobre los senos de Cristina, esta lanzó sin querer un pequeño gemido de placer, pero Álvaro prosiguió sin inmutarse. Otra cosa era el sexo de la mujer que comenzaba a estar empapado y reclamando atenciones. Aquellas solicitudes fueron enviadas al cerebro de Cristina por medio de pequeñas corrientes que recorrían todo su cuerpo en espera de ser atendidas. Pero ella nada podía hacer, solo dejarse llevar por las lubricadas manos del masajista que moldeaba con ellas, sus exuberantes pechos. Aquellos pechos que lanzaban señales de socorro, pues querían otro tipo de atenciones, no solo masajes hidratantes o reafirmantes. Necesitaban ser besados, lamidos y chupados hasta la saciedad.

Cuando Álvaro finalizó con ellos, Cristina estaba tan excitada que apenas podía pensar con claridad. Estaba comenzando a ver al masajista al igual que lo hacía su amiga Eva. Como un hombre que sin él saberlo, le estaba proporcionando el mayor placer que su cuerpo podía soportar y lo peor de todo era no poder desahogarse como ella necesitaba.

—Ahora vamos a trabajar las piernas por delante. Te repito que si te sientes molesta porque alguna de mis manos puedan rozar zonas que normalmente no se rozan en otros masajes, me lo dices y paro.
<<Desnúdate, acaríciame y después penétrame con fuerza.>> —pensaba Cristina.
 —No te preocupes, una vez fui a uno de esos masajes sensitivos y no me pasó nada —dijo sin saber muy bien porque había dicho eso en aquellos momentos.

Álvaro sonrió posando sus ojos verdes sobre los ojos de Cristina y esta deseó que se dejase de tonterías y la besase apasionadamente. Pero él era un profesional de los pies a la cabeza y se puso a trabajar con sus piernas. <<¿Pero que estaba pasando? Este hombre tenía que ser gay o estar castrato. La tenía totalmente a su merced y él seguía a lo suyo.>>
Al llegar a la zona de sus muslos, el calor que desprendía su sexo podría haber cocido una barra de pan sin problema alguno, pero él seguía sin inmutarse y amasaba, masajeaba y volvía a bajar y volver a subir por la otra pierna.

<<Estoy a punto de caramelo y no se da cuenta. Como siga subiendo con esas manos, voy a empaparle los dedos.>>
Pero el masajista subió y subió, con aquellas manos untadas en aceite de canela que recorrieron toda la zona pélvica bajo la toalla. Después rompió el tanga de papel con una mano y lo desechó en una papelera mientras que con la otra descendía por el pubis rozando el poco pelo que allí había. Al meter la otra mano, se encargó de repasar los labios mayores con sus dedos.

—Al…varo —pudo susurrar Cristina.
—¿Quieres que me detenga? —preguntó el masajista.
—No, pero estas en una zona muy delicada y en estos momentos estoy muy, pero que muy…
—¿Relajada? —preguntó Álvaro
—Al contrario.
—Entonces estoy haciendo algo mal si todavía no he conseguido que te relajes —dijo mientras rozaba el prominente clítoris de Cristina.
—Uf… ¿tú quieres relajarme de verdad?
—Claro, es mi trabajo.
—Pues entonces desnúdate y relájame de verdad —dijo Cristina sin pudor alguno y presa de la excitación.

Álvaro disfrutaba mucho de aquellos momentos, pues tenía a la cliente donde él quería. Sus años aprendiendo distintas técnicas de masaje lo habían hecho ser uno de los mejores en su oficio. Sus entrenadas manos sabían lo que buscar bajo la piel de las mujeres. Primero un masaje para destensarlas y relajarlas, pero sin olvidarse de todas las zonas erógenas y puntos del cuerpo que tocaba encendiendo así, la caldera que hasta aquellos momentos había permanecido apagada.

—Déjate llevar, mis manos harán el resto.

Álvaro presionó la zona púbica que llevaba hasta el clítoris y bajando por los labios mayores hasta la zona del perineo, volviendo a subir parsimoniosamente hasta el Monte de Venus, para volver a repetir nuevamente el movimiento.

Cristina en aquellos momentos estaba casi fuera de si. Necesitaba correrse ya y él estaba retrasando aquel momento, acumulando más y más placer en su bajo vientre. Sus gemidos y bufidos apenas inmutaban a Álvaro que seguía aquel lento movimiento que a ella la estaba comenzando a desesperar.

—Ten paciencia, ya queda poco.
—Tú… tú disfrutas de todo esto, ¿verdad?
—Me pagan por hacerlo y sí, disfruto mucho dando placer.
—Por favor, deja que me corra ya.
—Todavía no, tienes que aguantar un poquito.
—¡Te lo ruego! —dijo Cristina agarrando las manos de Álvaro.
—Te prometo que no te vas a arrepentir de lo que vas a sentir. Confía en mí.

Cristina soltó las manos del masajista, cerró los ojos y se abandonó por completo a las manos de Álvaro. Aquellas manos que llevaban tocando su cuerpo y que la estaban llevando a cotas de placer que nunca había imaginado.

Álvaro notó en sus manos las contracciones del orgasmo que llegaba con fuerza inusitada y presionó el clítoris de Cristina para que el placer fuese todavía más intenso. De lo que pasó a continuación, Cristina lo recordaría toda su vida. Su cuerpo se contrajo por unos instantes mientras Álvaro seguía presionando delicadamente su clítoris y hacía pequeños movimientos circulares sobre él hasta que llegó el deseado orgasmo. La mujer se agarró con fuerza a la camilla y dejó salir de su garganta un gemido gutural que fue in crescendo a medida que el masajista seguía acariciando el botón del placer y toda la vulva. En ese momento, Cristina descubrió que era multiorgásmica, ya que tuvo pequeñas réplicas del terremoto al que Álvaro la había llevado mientras este la seguía tocando. Y a cada pulsación de su sexo, pequeñas gotas de flujo salían al exterior confirmando así el éxtasis al que había llegado con aquel masaje.

Cuando los pequeños espasmos dejaron descansar a Cristina, Álvaro cogió unas cuantas toallitas húmedas para limpiarle el sexo. Sus labios mayores estaban todavía inflamados por la excitación, al igual que su clítoris, que permanecía erecto y sobresalía triunfal de su carnosa capucha.

 —¿Te ha gustado?
—Si te digo que no, ¿te lo creerías?
—Puede que estuvieses fingiendo.
—No te diré que no he fingido algún que otro orgasmo a lo largo de mi vida, para no dejar mal a mi pareja, pero esto es imposible de fingir. Todavía empieza a circularme aun ahora la sangre por las manos de lo fuerte que me he agarrado a la camilla. Creía que me iba a desmayar.
—Tengo visto muchos orgasmos, pero tan intenso como el tuyo, muy pocos.
—Espero que eso haya sido un cumplido.
—Por supuesto que sí. Siempre es un placer que aprecien tu trabajo de esta manera. Ahora descansa y cuando quieras, puedes ir al baño y darte una ducha.
—¿Tú te vas?
—Mi trabajo aquí ha finalizado por hoy. Eras mi última clienta del día.
—Pues ha sido todo un placer haberte conocido. Espero repetir lo antes posible.
—Tengo la agenda muy ocupada, pero puedo hablar con Bibi y que os cite a Eva y a ti a la vez. Puedo daros un masaje a ambas a la vez si no tenéis ningún problema por hacerlo de esa manera.
—Por mí no hay problema alguno y por los ojitos que te ponía Eva, creo que tampoco.

Álvaro le sonrió y después de lavarse bien las manos para eliminar los restos de los aceites, dejó a Cristina descansando sobre la camilla. Todavía quería seguir disfrutando del calor que le invadía todo su cuerpo antes de ir a la ducha y borrar casi por completo, el maravilloso placer que aquel masajista le había proporcionado. Eva había acertado y en ese preciso instante, estaba más que relajada.

Cuando salió, su amiga Eva estaba muy nerviosa por saber el resultado del masaje.

—¿Qué tal? ¿Todo bien? —preguntó su amiga mientras dejaba la revista a la que le estaba echando un vistazo mientras esperaba.
—No ha estado mal, pero me esperaba algo mejor. No se, tanto hablar durante esta semana del masajista y sus masajes especiales y me que he quedado algo chafada.
—¿Estas de coña, verdad? ¿Dime que estas de coña?
Cristina se acercó a su temerosa amiga, la abrazó y le dijo al oido:
—Alvaro va a hablar con Bibi y le va a comentar que queremos un masaje para las dos a la vez y nos coja cita.
—Lo sabía, sabía que Alvaro no me iba a defraudar y te encantaría lo que te iba a hacer —dijo Eva con tono triunfal y zarandeando a su amiga Cristina que sonreía satisfecha.
—Tengo que reconocer que sabe muy bien lo que se hace y a pesar de que nosotras conocemos nuestro cuerpo a la perfección, para ser un tío, lo hace de vicio.

Las dos amigas salieron del edificio y llamaron a un taxi que los llevaría al ático de Cristina donde cenarían relajadamente, hablando del masaje recibido y planeando el próximo encuentro con Alvaro.








viernes, 9 de febrero de 2018

¿QUE TE SUGIERO?



Me sugieres, besarte…me sugieres, tocarte…me sugieres tomarte en un rincón y hacerte mía....me sugieres pasión y fuego…me sugieres, todo eso y más...