viernes, 27 de octubre de 2017

EL JUEGO. TERCERA PARTE

Sonia se despertó en su mullida cama. Había pasado ya una semana desde aquel misterioso encuentro en el hotel y no había recibido ningún mensaje más de Alejandro ni había podido verlo. Aquellos días se los había pasado mirando hacia atrás mientras iba camino del trabajo, por si su elegante y misterioso hombre, volvía a aparecer en su vida. Pero no fue hasta el viernes, casi antes de cerrar la tienda, cuando Alejandro se presentó nuevamente de improviso.
—Buenas tardes Sonia, ¿qué tal estás?
—Buenas tardes Alejan… Alex —dijo Sonia con nerviosismo.
—¿Te gustaría dar un pequeño paseo?
—¡Me encantaría! Puedo pedir a alguna de mis compañeras que cierre. Cojo mi abrigo y nos vamos.

Cuando salieron de la tienda Alex le ofreció su brazo y Sonia pasó el suyo agarrándolo de ganchete. Estaba contenta por tener al madurito caballero cerca de ella.
—Seguro que tienes muchas preguntas que hacerme, pero no puedo contestarte a ninguna, por lo menos por ahora.
—No, no te creas, solo quería saber si tienes alguna misión secreta más para mí —dijo Sonia con sorna.
—Veo que no me he equivocado contigo y sinceramente, en el hotel pasaste la prueba con nota.
—¿Prueba? ¿Era una prueba? ¿Para qué?
—Eso si puedo contestártelo. Sí, era una prueba para saber cómo reaccionarías en situaciones llevadas al límite.
—Vaya y lo pasé con nota. ¿Notable o sobresaliente?
—La nota puedes ponértela tú aunque yo diría que más que un notable alto.
—Entonces, ¿voy a tener más de esas situaciones como tú dices?
—Este fin de semana… si tu quieres —dijo Alex entregándole un sobre lacrado.
—¿Dentro está mi nueva misión?
—Sí.
—¿Y puedo negarme a aceptarla?
—Claro. Nadie te obliga a aceptar o hacer algo que tú no quieras.
—¿Puedo ponerte una condición?
—Dime y veré que puedo hacer —sonrió Alex.
—Es algo que llevo queriendo hacer desde el día que nos conocimos.
—¿No será soltarme un guantazo por dejarte a la intemperie el otro día, verdad? Creo que me disculpé, pero si no te pareció suficiente, puedo invitarte nuevamente a ese café que al final no llegamos a tomar.
—No, no hace falta que te disculpes nuevamente. Me quedó claro que todo había sido una “bromita” por tu parte. Lo que quería era…que me besases.
 —A pesar de que me pueda estar muriendo de ganas por hacerlo, no me está permitido.
—¿Por qué?
—Eso es una de las preguntas a la que no puedo contestarte.
—Ni tan siquiera un beso en los labios, sin llegar a rozar las lenguas dentro de nuestras hambrientas bocas ansiosas de pasión.
—Ni tan siquiera un pequeño ósculo en tus sonrojadas mejillas, mí querida Sonia.
—¿Va en contra de tu religión o algo así?
—Lo sabrás más adelante. Ahora tengo que dejarte.
—Pero… ¿cuándo volveré a verte?
—Estoy seguro de que muy pronto nuestros caminos, volverán a encontrarse —dijo Alex alejándose con paso firme hacia un coche del cual, bajó un chofer para abrirle la puerta. Y en un instante el vehículo desaparecería entre el ruidoso tráfico de la ciudad.

Sonia estaba tumbada en su cama, mirando y remirando aquel sobre, como si quisiese escudriñar lo que había dentro. Por lo que dedujo al tacto, dentro había otro tarjetón como el de la primera vez o como aquel que le habían dejado en la habitación del hotel.
No pudo resistirse más a la tentación y rompió el sello lacrado para poder leer lo que había escrito en el tarjetón que estaba dentro del sobre. Sonrió al reconocer la letra manuscrita.
·    Sigue al pie de la letra estas instrucciones: (¿te suena?)
·    Llama al número de teléfono que está al pie de este tarjetón y concreta con mi chofer la hora de recogida para mañana, por favor, no más tarde de las nueve de la noche.
·    Cómprate un vestido muy atrevido y si es transparente, mucho mejor. Consigue una máscara dorada. (Detrás del tarjetón hay una tarjeta gold sin límite de crédito, utilízala sin miedo).
·    Disfruta.

Sonia no pudo dejar de sonreír mientras leía aquellas delicadas letras. Alex la había puesto nuevamente al límite de su curiosidad.
<<¿Una fiesta de máscaras y con vestidos sugerentes? Esto no podía perdérselo y quizás, él estuviese allí>> —pensó Sonia.

A las nueve de la noche el chofer estaba esperando a las puertas del edificio de donde Sonia, salió con un largo mantón de lana bajo el cual, llevaba un vestido transparente de Dior. Había elegido el mismo vestido que Charlize Theron había llevado en la presentación de Blancanieves y la leyenda del cazador. No podía ser más sugerente y estaba segura que Alex aprobaría aquella elección.
 —Buenas noches, Srta. No se olvide de ponerse el antifaz en cuanto entre en el coche —dijo el chofer.
 —No se preocupe, así lo hare… ¿tiene algún nombre para poder dejar de tratarlo de usted?
—Mi nombre es Victor —dijo el fornido chofer.
—Pues entonces, así lo haré Victor.
Sonia se colocó el antifaz dorado nada más sentarse en el asiento de detrás del lujoso automóvil. Era el mismo que la había recogido la semana pasada para llevarla al hotel y el mismo que se había llevado a Alex el día anterior. Todavía podía sentir el aroma de su caballero en la parte trasera del coche.
A los pocos minutos, estaban en la puerta del hotel Hilton y un hombre entró a toda prisa en el coche.
—Estás preciosa —dijo Alex mientras se ponía la máscara que le tapaba la mitad de su rostro.
—¿Pero?
—Te dije que nos veríamos pronto, querida.
Alex llevaba un esmoquin que le daba un porte más elegante todavía. Y aquella máscara lo hacía todavía más interesante.
Victor callejeó durante unos minutos por la ciudad para después coger una de las carreteras que los alejaban de la gran urbe.
Sonia estaba nerviosa y se agarró a la mano que reposaba sobre la pierna de Alex. Este la cogió con ternura y le besó la mano —Tranquila, hoy no voy a separarme de ti —le dijo Alex al oído.
Aquellas palabras resultaron ser una especie de calmante y a su vez la excitaron al saber que su caballero andante estaría con ella.
—Si durante la fiesta a la que vamos a asistir, te sientes incómoda en algún momento, dímelo y no iremos.
—Ya puede pasar cualquier cosa en esa fiesta, que estando tú, me sentiré protegida.
—Quizás pasen cosas que ni tú te lo esperas —le susurró Alex nuevamente al oído haciendo que su pechos reaccionasen a aquellas cálidas palabras. —Pero estoy seguro que no te echarás atrás al igual que pasó en la habitación del hotel.
—Puedo hacerte una pregunta respecto a ese tema —dijo Sonia mientras Alex paseaba sus dedos por encima de su pierna haciendo que esta cerrara sus ojos y su respiración se volviese más profunda.
—Si la pregunta es referente a quien estuvo contigo esa noche, no puedo contestarte —dijo Alex mientras se acercaba peligrosamente a la ingle de Sonia.
Esta buscó la boca del hombre, pero Alex sonrió y cogió su mano indicándole que habían llegado a su destino.
La fiesta era en una mansión Victoriana a las afueras de la ciudad y esta estaba protegida por unos altos muros de piedra y un gran jardín que rodeaba por los cuatro costados, al impresionante edificio. Era de aquellas mansiones que no aparecen en las revistas ya que sus dueños no solían salir en las revistas de papel couche. Aquella gente con la que Sonia se iba a codear, era gente muy importante e influyente de la alta sociedad y pronto entraría a formar parte de uno de los clubs más exclusivos del mundo.
Victor abrió su puerta y después apareció Alex por el otro lado del coche. Le ofreció el brazo y los dos subieron las amplias escaleras de la mansión. Las personas que los vieron llegar, quedaban admirados por la belleza y el porte de Sonia. Ella solo pensaba en no caerse de aquellos zapatos ya que no estaba acostumbrada a caminar con tacones tan altos. Pero Alex la llevaba firmemente del brazo y no dejaría que nada le pasase. Dejaron sus abrigos a una Srta. que iba ataviada con un mini vestido de sirvienta y entraron en el gran salón. Allí Alex se pavoneó con Sonia a su lado que sonreía y saludaba nerviosa.
—¿Una copa de champagne? —preguntó Alex.
—Si por favor, no soy capaz de tragar saliva y necesito algo.
Alex se acercó a la bandeja que llevaba uno de los camareros y le entregó una copa de espumoso a Sonia.
—Creo que ya tenemos una importante pareja de baile para esta noche —le susurró Alex en el oído mientras le recorría el brazo con el dedo indicé haciendo que Sonia casi se atragantase con el champagne.
—Buenas noches, me preguntaba si les importaría pasar a la sala de billar — dijo un hombre que llevaba a su lado a la copia exacta de Kate Upton. Al menos esa fue la comparación que Sonia le hizo al oído a Alex mientras caminaban detrás de aquella pareja.
Llegaron a una sala y el hombre cerró tras ellos la gran puerta. En el medio de aquella sala, solo se veía una antigua mesa de billar iluminada por unos focos. El resto de la sala estaba en completa penumbra.
Alex acompañó a Sonia hasta la mesa y cogiéndola por la cintura, la sentó sobre el borde. Después acarició su cuello y la besó con una fogosidad desmedida, como si en aquel beso mostrase toda la pasión que sentía por aquella chica. La agarró por la cadera y la acercó a su prominente entrepierna. Sonia sabía que estaban siendo observados, pero en vez de incomodarle, el efecto era el contrario y la excitaba todavía más. Y se dejó hacer por Alex, que la acariciaba y la tocaba como solo un hombre con la suficiente experiencia sabía hacerlo.
Pero unos minutos después, Alex se apartó de ella —ahora debes  continuar tu sola, aun así, piensa que te estoy observando desde ahí, sentado y disfrutando de ti —dijo Alex mientras se alejaba lentamente.
Sonia se quedó contrariada, pero Alex le apremió para que continuase. Ella no sabía cómo… o si lo sabía. Cerró los ojos y comenzó a tocarse. Sabía sin mirar, que Alex sonreía complacido y así era “esa es mi chica, admiradla y disfrutar de ella”.
La pareja, que ya se había puesto en faena casi desde el momento que habían entrado en la sala, quedaron gratamente sorprendidos al ver como aquella joven se acariciaba y como disfrutaba de ella misma. Alex se sentó en el gran butacón y pronto recibió la visita de “Kate” enviada por el hombre para satisfacerlo.
“Kate” se arrodilló y extrajo el grueso pene de Alex que soltó un largo suspiro al notarlo liberado de sus pantalones. Después, con absoluta exquisitez, lo introdujo en su boca.

El hombre por su parte, se acercó a la mesa, y comenzó a tocarse por encima del pantalón. Sonia abrió los ojos y al ver que se quedaba a una distancia prudencial, continuó acariciándose con más frenesí. Se mojó un dedo lascivamente en su boca y luego lo introdujo dentro de sus bragas para poder rozar el excitado clítoris.
Alex la admiraba y sabía que no se había equivocado cuando la había elegido para el juego. Tenía aquel sexto sentido para descubrir nuevos talentos para la sociedad y Sonia, iba a destacar muy por encima de los demás.
 —Nathi, te necesito —dijo el hombre con los ojos entornados y a punto de llegar al climax.
—Ve —le dijo Alex a la voluptuosa rubia. —Puedo continuar solo.
—Volveré pronto —le susurró Natasha y después besó los gruesos labios de Alex, pasándole el salado sabor que había extraído de su sexo.


La mujer se acercó por detrás del hombre que contemplaba a Sonia mientras esta se masturbaba cada vez con más pasión. Natasha, bajó la cremallera del pantalón y saco el pequeño miembro que a la tercera sacudida comenzó a desparramar por la cara alfombra persa, el semen a chorros. Lo que tenía aquel pene de pequeño, lo compensaba con creces con aquellas dos fábricas productoras de esperma.
Cuando el miembro recuperó su flacidez inicial, el hombre abandonó la sala mientras se lo guardaba dentro de los pantalones.
—Ahora puedes acabar de satisfacer a nuestros invitados —le dijo a Natasha.
—Lo haré lo mejor que pueda.
Sonia, que se había excitado todavía más viendo toda aquella escena eyaculatoria, estaba a punto de correrse también ella. Pero aguardó  bajando el ritmo de caricias para ver, como en la penumbra, Natasha se ocupaba de Alex. Esta volvió a ponerse de rodillas y volvió a lamer el miembro de Alex que se había quedado mirando fijamente a Sonia. Esta le devolvió la mirada lasciva mordiéndose el labio y jugando con sus dedos, dentro de sus bragas. Acariciaba su clítoris y en cuanto notaba que la yema de su dedo estaba más seca, lo introducía dentro de su coño para humedecerlo nuevamente.
Alex admiró sus pezones que se podían ver erectos desde la distancia. Sonia estaba ya apunto de correrse y se bajó de la mesa, se quitó la parte de abajo del vestido, se colocó de espaldas a la pareja, y recostó su torso sobre la mesa de billar, mostrando así su sexo a Alex. Sabía que él la miraría todavía con más ardor si cabe y esto provocó en ella, el tan ansiado orgasmo. Después de acabar de retorcerse durante unos segundos sobre la mesa, un fluido blanquecino y viscoso, comenzó a salir con cada pulsación de su sexo.
Pocos segundos después, era Alex el que gemía al correrse en la boca de Natasha.

Antes de que la fiesta se diese por concluida, Sonia y Alex se metieron nuevamente en el coche que los llevaría nuevamente a la ciudad. En el gran salón de la mansión, la orgía estaba en pleno apogeo y Natasha, antes de que la pareja se marchase, había solicitado el número del móvil de Sonia ya que quería quedar con ella para poder hablar de algunos “asuntos de mujeres”.
Dentro del vehículo, Sonia había apoyado su cabeza contra el brazo de Alex y este sonría orgulloso. La joven había pasado con muy buena nota la prueba a la que la había sido sometida dentro de aquella mansión. Iba a ser uno de los mejores descubrimientos de Alex en los últimos años y sabía que podía estar a la altura de Natasha e incluso podía superarla. Ellos podían estar muy orgullosos de aquel hallazgo.
Cuando Sonia se despidió de Alex, este le dio un tierno beso en la mejilla y le prometió que tendría noticias suyas próximamente. Lo que ellos todavía no sabían era que el caballero tendría que ausentarse durante un largo periodo de tiempo.


viernes, 29 de septiembre de 2017

LA VENTANA

Amanece...las nubes van cubriendo todo el cielo y tú estás tendida sobre la cama. Apenas te mueves mientras escuchas el tintineo de las cucharillas sobre los platos de los cafés. A los pocos minutos, un intenso aroma invade la habitación y te desperezas haciendo que la sábana que cubría tu cuerpo, se caiga y deje tu desnudez al descubierto. Hace calor, pero te pones una blusa y te levantas para abrir la ventana y así airear un poco la estancia haciendo que, la brisa que recorre los jardines, roce tus pechos bajó el encaje.



Respiras profundamente y el limpio olor de la mañana, se entremezcla con el efluvio del café recién hecho.... Notas sus pasos a pesar de que llega descalzo hasta tu vera. Te besa en el cuello y tú entornas la cabeza para que ese beso sea más sentido y profundo. Te das la vuelta y allí está él, con una taza de humeante café que hace que te despiertes totalmente al aspirar tan de cerca el intenso y excitante olor. Das un sorbo y está templado, tal y como a ti te gusta.

Una suave brisa va meciendo la cortina que azota levemente tu trasero. Él se va hacia la ducha, desnudo, y contemplas orgullosa, el culo que tantas veces agarraste con vigor aquella noche. Apuras la taza de café y lo sigues hasta el baño donde te metes con él en la ducha. Apenas un leve roce y tu cuerpo se pone en guardia... y entre el agua caliente, la esponjosa espuma y su cálido abrazo, el deseo vuelve a recorrerte.  







miércoles, 5 de julio de 2017

CELEBRACIÓN



Carla salió muy seria de la sala de Juntas. Dentro todavía estaban los socios del bufete congratulándose de lo que había sucedido y ella se alejaba taconeando por el largo pasillo hasta su despacho, donde recogió su bolso y su móvil que había dejado cargando. Tenía media docena de llamadas, pero no tenía pensado devolver ninguna de ellas. No le parecieron importantes.

Ashley, su becaria de aquel trimestre, llegaba de la oficina donde había estado fotocopiando un dosier que Carla necesitaba para aquella misma tarde. Miró hacía dentro del despacho y vio que su jefa estaba recogiendo unas cosas.

—¿Cómo ha ido todo? —preguntó Ashley cargada con las fotocopias.
Carla la miró con rostro severo, pero no fue capaz de contener más su alegría.
—Tienes ante ti a la nueva socia del bufete —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Me alegro mucho por ti Carla, te lo merecías!
—Gracias Ash, no hace falta que me dores la perdiz. Si trabajas como lo has hecho hasta ahora, estoy segura de que tendrás un puesto en este bufete. Ahora tengo voz y voto.

Ashley sonrió. Sabía que Carla era una jefa muy estricta y a pesar de que el resto de becarias no querían volver a trabajar con ella, comprendió que si seguía a su lado, aprendería mucho de aquel mundo.

—Por cierto, he conseguido que nos diesen la tarde libre con lo que no nos veremos hasta el lunes a primera hora. Deja el dosier sobre mi mesa y las fotocopias las colocas en la mesita auxiliar. Buen fin de semana.
—Buen fin de semana Carla.

Carla entró en el ascensor y le dio al botón de la B. A medida que el ascensor iba bajando, más gente iba entrando y pronto estuvo casi arrinconada en él. Entonces su móvil vibró y esta sonrió al ver quien la estaba llamando.

—Hola guapo, ¿qué tal?
—Te noto alegre y si me has llamado guapo es que han salido muy bien las cosas en el bufete.
—Perdona, pero desde que te conozco, te he llamado guapo y sí, las cosas en el bufete han salido mejor de lo esperado.
—Esa es mi chica, implacable en las distancias cortas.
—¿Me has llamado para algo? —dijo Carla tratando de hacerse un poco la despistada.
—¿Te parece poco que te llamase para saber de ti y de tu trabajo?
—Estoy segura de que me has llamado para que te invite a comer, como todos los viernes mi querido Marcus.
—Que mala amiga eres, por Dios, pero tienes toda la razón, ¿comemos juntos? Hoy invito yo.
—Nos vemos en diez minutos.
—Estoy aquí abajo, podemos vernos ahora.

Cuando Carla salió del gran edificio Forrester, Marcus, el guapo entrenador personal con el que había congeniado desde hacía dos años, la recibió con una gran sonrisa. Sus dientes blancos destacaban sobre su piel mulata. Otro de sus rasgos eran aquellos profundos ojos color turquesa. Además de su escultural cuerpo.

Carla recordó la primera vez que lo vio en los juzgados de instrucción de la calle 5. Estaba empezando como abogada de oficio en el bufete y le había tocado defender a Marcus porque les había dado una paliza a tres tíos, después de que estos lo hubiesen insultado en un bar. Les pidió amablemente que saliesen del bar y fuera, empleó parte de sus conocimientos en artes marciales para dejarlos fuera de combate y camino del hospital. Aquellos tres individuos los denunciaron y como el gimnasio donde Marcus era entrenador personal, estaba bajo el amparo del bufete, Carla lo asistió y como no podía ser de otra forma, ganó el juicio y la apelación posterior. Desde aquel momento, ella y Marcus se convirtieron en grandes amigos.

También desde ese momento, Carla decidió empezar a entrenar con él y tratar de bajar su volumen corporal. Por su genética, no había logrado bajar de una talla 46, pero no le importaba. Había ganado en firmeza y sobre todo, en autoestima.

—¿Cuéntame cómo ha ido la negociación? ¿Los hiciste llorar?
—Fue larga y dura, porque en un principio me hicieron una propuesta un poco corta para mis pretensiones.
—Me hablas de la negociación ¿verdad?
—Si no fueras mi amigo te mandaría a freír espárragos, pero como sí lo eres, voy a entrar en tu juego. La negociación fue como uno de esos días que te pones esos culots ajustados y que todas las señoras se quedan ensimismadas viéndote entrenar.
—¿Los rojos o los blancos?
—Los blancos, por supuesto, que a pesar de tenerla en reposo, da miedo solo imaginarla en tensión.
—Vale, ahora entiendo tu negociación.
—¿Y recuerdas a Willy cuando se pone los mismos culots que da vergüenza ajena verlo? Así era su propuesta.
—Lo estoy visualizando y me parece que se pasaron mucho contigo.
—¿A que sí?
—Te lo has currado mucho este último año y sobre todo con lo de BioNature. Le birlaste a la competencia a su mejor cliente, aguantaste todos los golpes que te dieron y después, intentaron untarte duplicándote el sueldo si te ibas con ellos, a lo que tú siempre te has negado. Y los de tu bufete, sabiendo todo esto, te ofrecen a Willy.
—Ni tan siquiera a Willy, “la pretensión” de Willy.
—Y al final, ¿qué les pediste?
—Lo tuyo, pero dando miedo.
—Vaya, me dejas totalmente consternado. ¿Y te lo dieron?
—Sí, todo, todo, todo.
—Pues ya me dejas más tranquilo, estaba sufriendo por ti, porque ya les vale. Tu eres mujer para tenerlo todo, tan largo y duro como tú quieras. No creo que te asustases al verlo. Un poquito de impresión al principio, puede que sí, pero después estoy seguro de que te harías con él.
—Marcus —dijo Carla con una gran sonrisa en la boca —seguimos hablando de la negociación ¿verdad?
Marcus sonrió maliciosamente mientras la miraba a los ojos.
—Querido entrenador personal, no te voy a negar que no he tenido fantasías intentado imaginar “esa propuesta” que se nota debajo del culot blanco, pero ¿me estás proponiendo algo?
—Me gustaría celebrar tu ascenso como se merece.
—Marcus, no me vaciles.
—No te estoy vacilando. Te lo estoy diciendo muy en serio. Me pone muchísimo verte en el gimnasio y me cuesta aguantarme las ganas de no echarme encima de ti y hacértelo allí mismo.
—Tú me estás vacilando y no te pases ni un pelo que te demando en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Cómo puedo demostrarte que quiero celebrarlo contigo?
—Vale, seguiré jugando contigo. Llévame a tu casa y demuéstrame las ganas que tienes de enseñarte tu larga y dura propuesta.
—Hecho —dijo Marcus levantándose de la mesa para ir a pagar y dejando su ensalada a medio comer.

Cogieron un taxi y veinte minutos más tarde estaban delante de la puerta del viejo edificio donde Marcus vivía. Subieron al último piso y Carla quedó sorprendida al ver que su entrenador personal tenía todo el ático para el solo. Tenía montado un gimnasio donde entrenaba cuando no podía hacerlo en el trabajo. No había paredes excepto en el gran cuarto de baño, donde lo que más le llamó la atención a la mujer fue la gran plato de ducha con infinidad de chorros que tocaban distintos puntos del cuerpo.

Desde los grandes ventanales podrían ver más tarde, como se irían encendiendo poco a poco las luces de la gran ciudad y como quedaría dibujado el Sky Line en medio de la noche.

—No sabía que tu sueldo daba para tener un ático como este.
—No da, pero este viejo edificio era de mi padre. Ahora soy el arrendador y entre lo que gano en el gimnasio y las rentas, voy tirando dignamente. Además, como has podido observar, solo es viejo por fuera. Está reformado desde el año pasado, tiene lo último en domótica y ha atraído a gente con mucho dinero a vivir aquí.
—Tienes razón, no ha perdido su encanto visto desde fuera.
—¿Quieres beber algo? —dijo Marcus abriendo la nevera. —Tengo agua…agua… y creo que agua.
—No gracias, estoy bien.
—Yo me voy a coger un botellín, tengo la garganta seca.
—¿Estás nervioso?
—¿Quieres que te mienta?
—No.
—Estoy muy nervioso.
—Recuerda que te puedo empapelar y detecto a los mentirosos a distancia. Ya sabes que tengo un sexto sentido…
Marcus cortó la conversación con un largo beso en la boca de Carla que se dejó arrastrar por la marea de sensaciones que la lengua de aquel joven le transmitía.
—No te miento, Carla. Estoy nervioso por tenerte aquí.
—Pero no lo entiendo. ¿Cuántas chicas han pasado por este ático de perversión? —dijo Carla señalando los aparatos de gimnasia.
—Muchas.
—¿Qué me hace a mi diferente?
—Me pones muchísimo desde que te conozco. 
Carla sonrió y acarició el rostro del joven.
—Me gustan las mujeres y sabes que me encantan. Pero tú, joder, tu me pones muchísimo. No me preguntes el que, pero es así. Tu cuerpo voluptuoso es diferente a los de las demás.
—Lo sé, mi querido Marcus, estas redondeces no las tienen esas tallas 36 o 38 forzando al máximo de las que te has traído aquí.
—Eso es a lo que me refiero. Tú tienes una naturalidad que ellas no tienen ni por asomo. Tu pillas todos mis chistes y a ellas se los tengo que explicar perdiendo con ello, toda la gracia. Y contraatacas con los tuyos haciéndome ruborizar. Y soy mulato.

Carla rió con ganas y las últimas dudas se disiparon con su risa. Marcus la había llevado allí porque le gustaba.
La cogió de la mano y la llevó hasta un sillón cercano a uno de los grandes ventanales. Él se recostó y le pidió que se quitase la parte de arriba.

—¿Y los del edificio del enfrente están invitados al espectáculo?
—No te preocupes, son de espejo por fuera.
—¿Estás seguro?
—Me paseo desnudo todas las mañanas y nunca me han prestado mucha atención desde ahí enfrente.
—Entonces te creo —dijo Carla mientras se quitaba la chaqueta de su traje.

Se desabotonó su camisa blanca muy despacio y la tiró al lado de Marcus que miraba complacido el sujetador que había elegido Carla para su entrevista. Negro de puntilla que dejaba entrever sus rosados y grandes pezones que ya empezaban a pugnar por desquitarse de su prisión de tela.

Cuando se lo desabrochó se lo bajó lentamente haciendo que aquel instante durase una eternidad para Marcus. La espera valió la pena para él. Cuando lanzó al lado de la camisa aquella prenda tan íntima y dejó sus pechos colgando al natural, vio la cara de aprobación de su joven entrenador.

—El duro entrenamiento ha tenido sus frutos —dijo Marcus mirando los pechos de Carla como si estuviese admirando una obra de arte.
—Es verdad, nunca los he tenido tan duros y tan arriba como ahora —dijo Carla mientras se acariciaba los pechos lentamente.
—Para que veas que no te miento y que me gustas mucho…

Marcus se desabotonó el vaquero que llevaba puesto. Carla ya se había dado cuenta de la protuberancia que había debajo de la tela. El  joven se bajó el pantalón y su bóxer negro apenas podía contener el pene que pugnaba por salírsele aunque su glande color café, ya asomaba por la goma de sus Emporio Armani. Se desprendió de ellos y después de su camiseta.

Estaba completamente desnudo y verlo así, acabó por desinhibir totalmente a Carla. El pene de Marcus era grande y comenzaba a coger una dureza que a la mujer se le antojo imposible de abarcar con las dos manos juntas, una encima de la otra. Se veía apetitoso y brillaba bajo la tenue luz que desprendían las lámparas leds del ático.

—Me gustaría que te quitases las medias y te pusieses después nuevamente los tacones. No te quites la falda por favor. Me pone muchísimo verte en plan “ejecutiva agresiva”.
—Llevo medias, pero no pantis. Puedo quitarme las braguitas si quieres, aunque estoy pensando que con ese “aparato” no te sería difícil encargarte de ellas sin dificultad.

Marcus sonrió mientras se tocaba y acaba de poner firme su “aparato”. Aquel grueso e inhiesto pene sorprendió a la mujer, pero como le había dicho en el restaurante, no le tenía miedo. Estaba segura de que su sexo acabaría adaptándose a él aunque no si alguna que otra dificultad. Todo dependería que Marcus le quisiese hacer.

Carla se quitó las braguitas que hacían juego con el sujetador que descansaba junto a su camisa y se subió la falda hasta la cintura. Marcus la agarró por el trasero y la atrajo haciendo que se sentase a horcajadas sobre él.

—Muy despacio Carla. Estoy deseando entrar dentro de ti, pero no quiero hacerte daño.
—Estoy tan mojada que no creo que haya ningún problema. Aun así, lo haremos muy despacio.

Carla agarró el grueso falo de Marcus que estaba perlado en su punta de una pegajosa lubricación blanquecina. Lo acercó a la entrada de su sexo y a pesar de que sus piernas necesitaban descansar sobre las del joven, fue introduciéndolo poco a poco, mientras este se iba abriendo paso entre las húmedas paredes de Carla que aguantó estoicamente, las ganas que tenía de metérselo todo a la vez. 

Cuando su trasero tocó las musculosas piernas de Marcus, se quedó muy quieta durante unos segundos y apoyó sus manos en los hombros del joven que la veía con admiración.

—¿Toda dentro? —preguntó Marcus.
Carla se movió lentamente, agarró sus nalgas y abrió un poquito más las piernas.
—Ahora sí —dijo orgullosa.
—Ni en mis mejores sueños contigo había conseguido meterla toda.
—Eres un tío y los tíos sois demasiado estrecho de miras.
Marcus dio un pequeño respingo he hizo temblar a la mujer que reposaba sobre él.
—Si lo vuelves a hacer, te estrangulo aquí mismo.
—¿Esto va rollo “Imperio de los sentidos”?
—Si no estuvieses tan bueno y tu polla tan metida dentro de mí, me levantaría ahora mismo y te dejaría con las ganas.
—Lo siento.
—Deja que yo me mueva, tu no hagas nada… bueno, puedes utilizar esas manos grandes que tienes para tocarme el pecho.
—Como usted guste.

Marcus obedeció y rodeó con sus manos los pechos de Carla. Los pezones se pusieron duros al contacto con los dedos de Marcus y unos espasmos de placer fueron lanzados desde las cúspides. hasta el sexo que reaccionó moviéndose lentamente sobre falo del joven.

Carla cogió una de las manos de Marcus y la llevó a su entrepierna donde su sexo rezumaba suficiente lubricante como para no sentirse empalada por él. Quería que la tocase mientras ella apoyaba las manos sobre los fuertes hombres del joven mientras su sexo se acostumbraba a tener el grueso pene dentro de ella.

Los dedos del Marcus comenzaron a juguetear sobre el sexo de Carla y el capuchón que tapaba el botón de placer, descubrió un gran clítoris que pedía a gritos ser acariciado. Cuando Marcus lo rozó, este se sorprendió por su tamaño.

—No me digas que te sientes amenazado por mi clítoris.
—Es que nunca había tocado uno tan grande. Tengo que verlo bien.
—¿Estás de coña? Ahora que he conseguido acostumbrarme a lo tuyo.
—Lo siento —dijo Marcus casi levantando en vilo a Carla y acostándola sobre el sofá.
—Joder, si parece un micro-pene.
—Vas a hacer que me sienta mal.
—Perdona, pero es que es la primera vez en mi vida que veo uno así de grande.
—Pues que sepas que las he visto más grandes que la tuya… ¿podemos continuar con lo que estábamos haciendo?

Marcus hizo caso omiso a la pulla que le había lanzado la abogada y con toda la ternura del mundo, colocó su cabeza en el medio de las piernas de la mujer, que al notar el contacto de la boca del joven, cerró los ojos y disfrutó de las atenciones dadas por su parte.

Durante unos minutos, el joven lamió, chupó y besó aquel clítoris hasta que Carla le avisó que estaba muy próxima al orgasmo, cosa que Marcus notó cuando ella le agarró la cabeza con fuerza y la enterró todavía más entre sus piernas.

Cuando Carla todavía se estaba recuperando de los innumerables espasmos que aquel climax le había producido, Marcus levantó la cabeza y la miró con una sonrisa tonta en su rostro.

—Creo que soy bisexual.
—¿Qué?—preguntó la mujer mientras trataba de incorporarse en el sillón.
—Es que me ha encantado comerte el micro pene —dijo el joven entornando los ojos.
—Es un clítoris, grande, pero es un clítoris. Y tengo que reconocer que para mí ha sido todo un placer que lo hayas hecho.
—¿Quieres darte una ducha?
—Solo si tú me acompañas.

Le tendió la mano y Carla la agarró con fuerza. Los dos se dirigieron a la ducha y allí Marcus, volvió a utilizar su boca haciendo que Carla se volviese a correr mientras el agua perlaba sus apasionados cuerpos.



viernes, 9 de junio de 2017

MÓNICA

¿Cómo empezó todo? Para mí era la primera vez que trabajaba en un crucero y me había enrolado en él gracias a mi buen amigo Rober, que trabajaba como cocinero en el barco. Me dijo que necesitaban un bailarín para amenizar las noches, porque uno de los que estaban desde hacía años, se había casado y ahora tenían una plaza libre.
Fui a la prueba y me cogieron. No por mi don de gentes, si no, porque me movía bien y sabía cómo llevar a las mujeres mientras bailaba. Yo no era muy hablador, pero aquel trabajo me haría cambiar mi manera de ser.

Cuando desembarcamos a media tarde en Venecia, Rober me dijo que visitase la ciudad, que disfrutase de la belleza de sus calles y de la cordialidad de sus gentes. Estaríamos allí hasta el mediodía del día siguiente que partiríamos hacia las islas Griegas, tocaríamos Croacia y volveríamos a Venecia.

Yo era joven por aquel entonces y poco mundo había visto y aquella aventura, me pareció irrechazable.

La terminal de cruceros hervía con las gentes llegadas en los grandes barcos y los Alilaguna iban y venían transportándolos a todos los rincones de la ciudad. En uno de ellos me fui y me dejó muy cerca de la Piazza San Marco. Allí los turistas lo invadían todo y apenas podía diferenciar a los habitantes de la ciudad con toda aquella marabunta de gente.

Me fui internando por las calles y poco a poco, a medida que iba anocheciendo, los venecianos tomaban nuevamente su ciudad. Las góndolas y los vaporettos surcaban los canales recogiendo a alguna que otra pareja de enamorados que querían contemplar la ciudad bajo las luces de la noche.

Rober me recomendó un lugar donde cenar antes de regresar al barco y me dijo que preguntase por Mónica, la dueña de una pequeña trattoria y que le llevase un regalito de su parte. Y para allí me fui, chapurreando un poco de italiano aprendido en la escuela de idiomas y que a pesar de que lo tenía algo oxidado, pude dar con el sitio. Era un local donde podría comer buena comida y estar tranquilo, sin el bullicio de otros restaurantes que podían estar más llenos de gente.

Entré y lo primero que pude apreciar fueron las mesas para parejas que había por todo el local, que dicho sea de paso, no era muy grande. Y sobre todo, lo que más me llamó la atención, fue el olor a comida recién hecha. Y olía como si los ángeles hubiesen estado cocinando en esa bendita cocina.

Una mujer me recibió y con un gesto de su mano, me invitó a sentarme en una de las mesas mientras ella servía a una pareja que estaba en uno de los rincones del establecimiento.

Me senté y volví a fijarme en ella. Era una mujer madura, no creo que tuviese más de 50 y llevaba el pelo de color negro azabache recogido en una graciosa y coqueta cola que se movía con el vaivén de su cuerpo.

Cuando se dirigió a mí, me ofreció lo mejor de su cocina al decirle que venía recomendado por Rober. Saqué de mi mochila una bolsa con el regalo que me había dado para ella y la guardó tras la barra. Cuando la pareja se marchó, se sentó conmigo a la mesa y poco a poco, y a pesar de mi italiano y su escaso castellano, nos fuimos entendiendo. Ella le había enseñado a Rober muchos de aquellos platos que él cocinaba en el barco y entre risas, me contó varias anécdotas con las que martirizar durante un tiempo a mi buen amigo.

Pero la botella de vino que nos bebimos entre los dos comenzó a soltarme la lengua más de lo normal y solo se me ocurrió decirle Mónica, sei moito bella mientras me levantaba para intentar besarla en la boca. Ella me sonrió y me freno con una mano en el hombro. Aspettare ragazzo dijo mientras se levantaba, se deshacía la cola del pelo y cerraba con llave la puerta de la pequeña trattoria.

Después se dirigió hasta detrás de la barra y cogió el regalo que Rober le había enviado por mí. Lo abrió y dentro de una caja había una pequeña botella de Ron añejo. Se dirigió a la cocina y después de un trajín de cinco minutos, salió con dos copas de mojito que colocó a ambos extremos de la mesa.


Después se sentó enfrente de mí, mientras yo saboreaba la rica bebida cubana que tan bien había sabido preparar Mónica. Me miró y yo la miré a ella.



Se levantó la falda hasta la cintura y se quitó la ropa interior que dejó sobre una de las sillas que había a su lado. Yo la miraba con admiración mientras ella me sonreía lasciva. Mojó uno de sus dedos dentro del mojito y lo llevó hasta su sexo, que saboreó el licor durante unos segundos. Después sacó su dedo y lo llevó a su boca, catando así su propio néctar mezclado con los efluvios del cubano elixir.

Ora se, ragazzo.