viernes, 30 de noviembre de 2012

La arboleda.



La arboleda.

Laura estaba en su último año en la facultad de medicina, cuando conoció al que iba a ser su amor de juventud. Alex llegó a la universidad con una beca deportiva en natación. Tenía buenas facultades para ello y el entrador del equipo había removido cielo y tierra para tenerlo bajo su tutela. Sabía que tenía mucho potencial y quería exprimirlo lo máximo posible antes de que algún club se hiciese con sus servicios.

El encuentro entre Laura y Alex fue totalmente casual. Ella era amiga de una de las chicas de natación sincronizada y mientras esperaba en las gradas a que acabase de ducharse, entraron en la piscina los chicos y chicas del equipo de natación bajo la atenta mirada de su orgulloso entrenador pues sabía que este año, contando con la ayuda de Alex, les pondrían las cosas mucho más difíciles al resto de universidades.

Laura nunca se había interesado por aquellos chicos espigados y fibrosos, a ella le gustaban más los fuertes y musculados del equipo de lucha. Pero se fijó en el porte elegante de Alex, sus movimientos gráciles mientras calentaba, su sonrisa amable mientras bromeaban los demás chicos con él y sobre todo, se fijó en sus manos. Tenía unas manos bonitas con dedos largos y delgados. Le pareció el rasgo más atractivo de todo su cuerpo.

—Hola, Lauris —,le dijo su amiga Eva, sobresaltándola y haciendo que su carpeta cayese de encima de sus vaqueros.
—Me has dado un susto de muerte.
—¿Susto? Lo que ha pasado es que te he sorprendido radiografiando al chico nuevo del equipo de natación.
—Está bien, confieso mi pecado. Tengo que reconocer que tiene unas manos bonitas.
—Manos y cuerpo entero. Y ese mini bañador le queda de vicio.
—No está mal el chico.
—Se llama Alex. Soltero, es decir, sin novia porque no tiene tiempo para tenerla por sus extenuantes entrenos, con buenas notas en su expediente y excelente cuerpo acuático. Y eso lo he averiguado solo en unas horas.
—El CNI ha perdido una gran espía contigo.
—Quién sabe, el equipo de Sincro Nacional viaja mucho por el mundo, quizás me puedan encargar algún que otro trabajo de vigilancia.
—Eva, no tienes remedio.

Las dos se echaron a reír y al bajar las gradas, pasaron muy cerca de la calle ocho donde Alex estaba comenzando a calentar. Eva se paró un momento, comprobó que el entrenador estaba atendiendo a las chicas en otro lado, metió una mano en el agua y comenzó a agitarla para que Alex se percatase de que estaban llamando su atención.

El joven se paró y levantó la cabeza. Vio a las dos chicas, una sonreía divertida y la otra trataba de esconderse detrás de la sonriente.

—Tú eres el nuevo, ¿no?
—Si, me llamo Alex.
—Mi amiga piensa que tienes unas manos muy bonitas.
—Vaya, gracias. Nunca me habían dicho un piropo como ese. ¿Y tu amiga tiene nombre?
—Laura.
—Gracias Laura por fijarte en mis manos. La mayoría de las chicas suelen fijarse en otras partes de mi cuerpo —dijo Alex divertido.
—Yo también opino que tus manos son muy bonitas; y tus ojos y tus pies…
—Gracias…
—Eva.
—Gracias Eva, pero ahí ya no eres la primera. El entrenador ya me ha dicho que tengo unos buenos pies para la natación, aunque no me ha dicho nada de que sean bonitos.
—Te dejamos que sigas entrenando. En estos momentos, el Sr. Terminator está viendo para aquí y me está matando con la mirada. Nos vemos por ahí.
—Hasta luego, chicas. Encantado de conoceros.

—Parece simpático el nuevo, ¿verdad? – le preguntó Eva dándole un ligero codazo a la Laura que intentó hacerse la despistada. —No me dirás que no tiene una sonrisa bien bonita.
—Tampoco es para tanto, vamos, digo yo.
—Ya, claro, por eso te pusiste tan colorada cuando te dio las gracias y dijo tu nombre. Es más, creo que algo le gustas.
—¿Y eso qué importa si ya me has dicho que no puede salir con nadie por sus entrenos?
—Eso quiere decir que no te importaría salir con él, ¿eh, picarona?
—Eres incorregible, Eva, siempre buscándome gente con la que salir.
—Chica, perdona por intentar ayudarte, pero en el Campus, la mayoría de los tíos piensan que tú y yo somos lesbianas. Aunque alguna que otra vez, eso me ha servido para que algún jovenzuelo me intentase cambiar de acera —dijo Eva finalizando con una sonora carcajada.
—Me rindo, no puedo contigo —dijo Laura completamente resignada.

Las semanas fueron pasando y Laura siguió acudiendo diariamente a la piscina para recoger a su compañera de habitación en una de las residencias femeninas del Campus. Y cada día que pasaba, más le gustaban las manos de Alex. Fantaseaba con ellas a diario pensando en como sería el tacto de su piel contra la suya, de sus dedos jugueteando por encima de su escote o del placer que le podían ofrecer aquellas manos cuando se internasen por dentro de sus braguitas y presionando su húmedo sexo.

Eva se había dado cuenta de las miradas furtivas que su amiga le dedicaba al nadador y decidió que tenía que intervenir de alguna manera. Aparte de espía, se le daba muy bien hacer de Celestina y aunque había fracasado siempre con Laura, esta vez, no se le iba a escapar viva.

—Lauris, ¿puedo hacerte una pregunta? —dijo Eva mientras se limaba las uñas.
—Si es respecto al examen del viernes, sí. De otros temas, no estoy para nada.
—Es sobre Alex.
—¿Alex? ¿Qué Alex?
—El de las manos ardientes con el que llevas soñando toda esta semana.
—¿Pero qué dices?
—Es que… siento no habértelo contado, pero hablas en sueños.
—¿Qué?
—Pues eso, que hablas en sueños y esta semana Alex se lleva la palma. Es más, el chico lo hace tan bien que me has puesto cachonda hasta a mí.

Laura se sintió avergonzada por lo que le contaba su amiga y bajó la cabeza enterrándola en el libro con el que estaba estudiando.

—Sale a correr todas las mañanas bien temprano, haga frío, calor o llueva. Siempre por el parque, bajo la arboleda del Oeste.
—¿La que está tan bonita en esta época del año? —dijo Laura sin apartar los ojos del libro.
La misma. Con las hojas que van cayendo y que van formando un lecho de color ámbar.
—Hay que reconocerle que sabe escoger los sitios para mantenerse en forma —dijo Laura distraídamente pasando una hoja de su libro.
—Siete de la mañana, arboleda del Oeste. Ponte algo sexi.
—Si te mando a algún sitio, ¿me dejarás en paz?
—Si te vuelvo a escuchar hablando en sueños, me convertiré en lesbiana de verdad, porque me encanta tu voz adormilada, suave, profunda…
—¡Por favor, para! —dijo Laura alargando la última sílaba. —Necesito concentrarme.
—¿Vas a ir?
—No.
—Vale, tú te lo pierdes.

Cuando fue a recoger esa tarde a Eva a la piscina, esta estaba hablando con Alex, demasiado amistosamente. Le sonreía, le tocaba los brazos, le acariciaba la mejilla y lo que le pareció un ultraje fue que le tocase sus manos. Laura quiso tirarla a la piscina y ahogarla allí mismo. Sintió una punzada de celos y odió a su querida amiga. Eva, que se había dado cuenta de su llegada, había puesto en marcha todas sus armas para que Laura sintiese todo aquello que estaba notando en aquellos momentos. Y le sonrió maliciosamente. Pasó la mano por detrás del cuello de Alex para atraer su oído hasta sus labios y le dijo algo que lo hizo levantar una de sus cejas; pero aun así, asintió con la cabeza.

Aquella noche, Laura y Eva no se dirigieron la palabra. Cenaron algo frugal, estudiaron y se fueron para cama sin desearse las buenas noches como habían hecho siempre. A las seis y media de la mañana, sonó el despertador de Laura que lo había puesto en modo vibración y debajo de su sábana. Se levantó sin hacer ruido y se fue al baño, donde se vistió con lo más sexi que tenía en su pequeño armario. Se puso sus braguitas de la suerte, su minifalda con cuadros escoceses, un sujetador reductor y su querida camiseta negra palabra de honor. Se vistió sus cálidas medias negras que cubrían un poco más allá de sus rodillas y se calzó sus botines de invierno con calentadores. Pintó sus ojos, apenas se retocó las cejas y se dio un ligerísimo toque de maquillaje que hizo que su preciosa cara destacase sobre su sexi vestimenta. Acabó peinado su melena negra y antes de salir se cubrió con la capucha de su chaqueta de lana.

En una mano llevaba sus apuntes -pues no quería dejar pasar la oportunidad de estudiar mientras veía correr a su querido nadador- y en la otra, su termo con café, ya que necesitaba su dosis diaria de cafeína antes de comenzar sus clases. Cuando salió al exterior del edificio, notó el viento frío del norte que aquel día soplaba con fuerza. Estaban a mediados del mes de octubre y el otoño estaba en pleno apogeo. Pensó en volver y meterse nuevamente en su cama, calentita y tapada con su edredón nórdico, pero pronto desechó la idea ya que sería darle un punto a su favor a su querida amiga y compañera de habitación, la cual sonrió satisfecha al ver la cama de al lado completamente vacía.

Al llegar a la solitaria arboleda del Oeste vio que allí estaba Alex, acabando con su entrenamiento. Laura se dirigió hacia uno de los árboles y se sentó con su espalda apoyada contra el tronco del fuerte arce blanco. Las hojas ambarinas y rojizas tapizaban el suelo de toda la arboleda y a pesar del frío reinante, a Laura, la situación le parecía idílica.

Alex se percató de la presencia de la chica y la saludó con un gesto de sus manos, la cuales, estaban enguantadas con unos tupidos guantes de lana. Laura lo vio y sufrió una leve desilusión, pues a pesar de que el nadador seguía estando de muy buen ver con su chándal gris y su cabeza tapada con su gorro negro, ella deseaba ver sus manos e imaginarlas recorriendo todo su cuerpo.

Tomó un trago caliente de café que casi le abrasa la garganta pero al menos la hizo entrar en calor y se dispuso a repasar sus apuntes cuando Alex paró de trotar y se acercó a un banco cercano al lugar donde Laura se había sentado. Se quitó los guantes y eso atrajo la atención de la joven. Alex colocó una de sus piernas sobre banco y la otra la dejó bien apoyada sobre el suelo. Sus manos colgaban al igual que su tronco, intentando tocar el suelo con la punta de los dedos y sus venas podían verse hinchadas por la sangre que las recorría. 

Eso hizo que Laura se moviese inquieta bajo el arce blanco y colocase sus piernas para poder apoyar sus apuntes sobre ellas, dejándole entrever a Alex, uno de sus lugares más íntimos. El joven dejó de estirar y se dirigió hacia el lugar donde se encontraba la chica que lo miraba a los ojos y de vez en cuando, le echaba un rápido vistazo a las largas y delgadas manos de Alex.

—Buenos días, Laura.
—Hola.
—Veo que escoges sitios solitarios para estudiar.
—Si, me gusta mucho la tranquilidad de este sitio.
—A mí me encanta venir a correr por aquí y no solo por su tranquilidad. La belleza de los árboles en esta época del año no tiene parangón.

Laura sonrió al escuchar la forma de hablar de Alex y este, al comprender que lo que había dicho había sonado algo pomposo, también sonrío y encogió los hombros en un gesto de asentimiento. Laura se estremeció cuando una ráfaga norteña de viento corrió por toda la arboleda y Alex entendió que su caballerosidad brillaba por su ausencia.

—¿Permite usted que me ponga entre su espalda y el árbol?
—Se lo permito.

Laura se movió un poco para que Alex pudiese encajonarse entre su espalda y el tronco del Arce y después se arrebujó contra su cuerpo, que todavía estaba caliente a pesar de que hacía ya un rato que había dejado de correr.

—¿Está más cómoda así?
—Cómoda y calentita.
—Espero no desprender mal olor corporal ya que después de una hora corriendo, puede que mi camiseta térmica transpirable deje salir algo más que sudor.
—No se preocupe, gentil caballero pues no desprende usted de ese esculpido cuerpo suyo, nada más que calor.

Los dos volvieron a reírse por el vocabulario que estaban utilizando y Alex colocó sus manos desnudas encima de las encogidas rodillas de Laura, atrayéndola un poco más hacía él. Esta cerró los ojos y se dejó hacer por el joven.

Alex bajó muy despacio por las rodillas y percibió el cambio de la tupida lycra de las medias a la sedosidad de la piel de Laura que al notar la calidez de sus manos, se apretó todavía más contra el cuerpo del nadador.

—En cuanto me digas que me detenga, lo haré—le susurró el joven al oído introduciendo la mitad de su cara dentro de la capucha de la chaqueta de Laura. 
—Por favor, continua, no te detengas ahora —dijo Laura rogativa, con los ojos cerrados e imaginando un amanecer despertando junto a Alex, levantándose de la cama, tomándose una taza de café recién hecho y que el joven apareciese en el dintel de la puerta de la cocina, mirándola nuevamente y que le dijese que la amaba. Que observase todos sus movimientos, sus dedos apartando un mechón de su pelo negro para ponerlo detrás de su oreja, su sonrisa mientras él le miraba el pronunciado valle que había entre sus pechos y que su camisola entreabierta le dejaba ver… todo eso lo estaba pensando mientras Alex bajada por sus piernas, buscando el oscuro objeto de deseo.

Laura comenzó a respirar profundamente cuando las manos del joven rozaron sus ingles; apenas le quedaban escasos centímetros hasta llegar a tocar la humedad de sus braguitas. Su sexo palpitaba al notar el tortuoso acercamiento de las manos del nadador, los largos dedos que intentaban colarse por debajo de la tela de su ropa interior, los besos que Alex le prodigaba por el cuello desnudo y que comenzaba a enviar oleadas de un placentero cosquilleo al resto de su cuerpo.

Alex disfrutaba de aquel contacto con la piel de la chica. Deseaba darle el máximo placer solo con sus manos, con el roce de las caricias, las ligeras presiones que ejercía con la palma de sus manos sobre el Monte de Venus y sus dedos; sus largos y delgados dedos que se deslizaban con hábiles movimientos por entre los suaves pliegues del jugoso sexo de Laura, que cada vez que el joven rozaba su ahora expuesto clítoris, se estremecía y lanzaba un sofocado gemido al aire.

La lengua y la boca del nadador subían y bajaban a lo largo del cuello de Laura, dejando un finísimo rastro de saliva sobre la sensible piel, y de vez en cuando, los dientes de su boca la mordisqueaban tiernamente para ayudar a excitarse a la joven que cada vez se acercaba más a su éxtasis sexual. Alex, que sabía manejar bien sus manos, se introdujo con una de ellas por debajo de la camiseta de la chica y subió con rapidez hasta sus pechos, agarrándolos con la fuerza justa para hacer que Laura llegase más rápidamente al orgasmo.

Minutos más tarde, Alex todavía permanecía abrazado a Laura que dormitaba entre sus brazos. A lo lejos, el Campus universitario comenzaba a poblarse de alumnos que iban y venían de un lado para el otro, charlando nerviosos por los exámenes que comenzarían a tener en breve, comentando las chicas o chicos que les gustaba a cada uno o como aquel profesor les había cogido manía nada más empezar el curso.

—Laura, despierta, en quince minutos tengo mi primer chapuzón del día en piscina y el entrenador se cabrea mucho si llegamos tarde —le dijo susurrante al oído.
—Lo siento, me he quedado algo adormilada. No he dormido mucho esta noche y la tensión liberada me ha ayudado a relajarme totalmente.
—¿Te ha gustado?
—No me ha gustado, me ha encantado. No sé, es como si tus manos supiesen lo que mi cuerpo necesitase que hiciesen en cada momento. Para no salir con chicas, sabes moverte muy bien por el cuerpo femenino.
—Una cosa es que no salga con chicas porque no tenga tiempo por culpa de los entrenos y los estudios y otra cosa es que no conozca a las mujeres y sus gustos. Leo mucho la Cosmopolitan en mis ratos libres  —dijo Alex con una gran sonrisa. —Además, las pocas veces que puedo pasar del papel cuché a la epidermis, me gusta experimentar con mis manos sobre la piel de mis parejas.
—Alex.
—Dime.
—¿Te gustaría experimentar sobre mi piel? Si quieres te compro yo todas las revistas que tú me pidas.
—No hace falta que compres nada, como ya te dije, me gusta experimentar con mis manos sobre la piel de la chica y según sus reacciones, actuar en consecuencia.
—¿Te molestaría si vengo por aquí a repasar mis apuntes por las mañanas?
—Si me dejas experimentar contigo, no te impediré aparecer bajo la arboleda de arces blancos.

Laura se levantó para dejar que Alex se marchase. Cogió sus guantes y ella misma se los puso en las manos.

—Cuídalas mucho y que no se enfríen.
—Hecho.
—Una última cuestión, ¿que te dijo ayer mi querida amiga Eva?
—Que te amase a través de mis manos.

Laura vio como el nadador se iba corriendo en dirección a la piscina que estaba al otro lado del Campus. Se quedó pensativa, todavía con deleite de haber pasado por las cálidas manos de Alex y se preguntó qué disculpa le daría a Eva por haberse portado tontamente con ella. Mientras se dirigía hacia su residencia se dio cuenta de que tendría que ampliar su fondo de armario y adquirir algunas prendas más que fuesen de abrigo y a su vez, insinuantes, para que Alex volviese a recorrer nuevamente, el camino entre sus piernas.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Dicen que una imagen vale más que mil palabras...



...pero con esta a mí, me surgieron más de tres mil.


Hace tiempo, un compañero escritor me dejó entrar en su harén personal. Tiene una de las mejores colecciones fotográficas de mujeres de todo tipo: altas y bajas, delgadas y rellenitas, rubias, morenas, pelirrojas, occidentales y asiáticas... y todas con un denominador común, sus protagonistas son mujeres hermosas. Pero entre tantas imágenes surgió una que me llamó poderosamente la atención. No se si fue su mirada o ese momento en el que la joven no sabía si bajar las piernas o dejarme entrever, lo que su pícara postura me estaba mostrando.

De esta fotografía surgió un relato que este viernes colgaré en este Imaginarium. Espero que os guste.





lunes, 26 de noviembre de 2012

Bautismo de sangre



Mi nombre es Edgar aunque todo el mundo que me conoce me llama Ed. Trabajo para una Agencia que se dedica a prestar servicios a clientes cuyas necesidades no son muy corrientes. Soy asesino profesional…pero un asesino poco convencional.

Todavía recuerdo mi primera vez cuando Diana, mi jefa, apareció en la piscina de la mansión con una carpeta. Salí del agua y me puse el albornoz.

Los Señores creen que ya estás preparado para tu bautismo de sangre. Aquí tienes toda la información necesaria. Mañana, al atardecer volaras en Jet privado hasta Santiago. Allí te recogerán y te llevaran hasta el lugar del trabajo dijo Diana ofreciéndome la carpeta.

La abrí y pude ver unas cuantas fotos y una sobre todo, llamó mi atención. Era la de una mujer, su belleza era impactante, pero la tristeza que reflejaba su rostro se podía ver a través de la fotografía. Iba acompañada de un hombre bastante “entrado en carnes” y escoltado por unos cuantos matones. Ese era mi objetivo.

Eran ya las diez de la noche cuando el Jet aterrizaba en el aeropuerto de Santiago de Compostela. Allí me estaba esperando una guapa azafata que me indicó que la siguiese hasta un Audi de aspecto deportivo y con los cristales tintados. Cuando estuve cómodamente sentado, arrancó y se dirigió hacia la autopista que nos llevaría hasta nuestro objetivo.

Volví a echarle otro vistazo al contenido de aquella carpeta y releí todo el informe que acompañaba a las fotos. Aquel hombre era un traficante de armas que había estafado a unos clientes, los cuales habían contratado nuestros servicios. Estos habían pagado por adelantado gran cantidad de dinero por la mercancía y el sujeto se había quedado con el dinero y con la mercancía. El problema de mis clientes era que este se había aliado con un grupo rival y estos lo protegían. Según nuestros informes, se estaba gastando el dinero de nuestros clientes en un lujoso casino de la Isla de la Toja y para allá nos acercábamos mi chofer y yo.

Al llegar al puente que separa la localidad de El Grove de la isla, el reloj del pueblo marcaba las doce de la noche. Descendimos del automóvil y la azafata me entregó las llaves del vehículo que me llevaría hasta el casino. Una potente VRSCDX Night Rod Special. Sabíamos que a la mujer de la foto le gustaban las motos y las Harley eran su perdición.

Me monté sobre aquella bestia negra y después de escuchar su ronroneo al encenderse, me puse el casco y salí en dirección hacía el casino en busca de mi objetivo.

En cinco minutos estaba en el parking del casino de la Toja. Dejé mi casco en uno de los estribos ya que el otro estaba ocupado por otro casco que sería para mi acompañante si mi misión salía tal y como lo había planeado. Le di cincuenta euros al chico del parking para que le echase un vistazo de vez en cuando a la moto y este agradeció la propina con un guiño.

Entré en el casino y cambié algo de dinero por fichas. Localicé a mi objetivo jugando a la ruleta y junto a él, estaba Mónica, su mujer. Detrás de ellos había un par de gorilas que los protegerían de cualquier amenaza…bueno, de cualquiera no.

Encaminé mis pasos hacía la ruleta y me senté enfrente de la pareja. Mónica, que me había seguido con la vista desde que había entrado, apartó su mirada al toparse con mis ojos grises. Su marido, Fabio, se dio cuenta de la sonrisa que le había regalado a su mujer y eso le molestó. Primer objetivo cumplido.

Aquel hombre grueso se jugaba mucho dinero en cada tirada de la ruleta y la mayoría de las veces perdía. Yo tuve suerte y gané una buena cantidad. Antes de levantarme de la mesa, le dedique otra mirada a Mónica y esta vez no apartó su mirada. Pude fijarme bien y era todavía más impresionante que en la foto que tanto había visto. Llevaba un sugerente vestido rojo, el cual dejaba ver sus excitantes hombros, el pelo suelto y de su deseable cuello colgaba un espectacular collar que provocaba que todas las miradas se dirigieran hacia su escote. Su rostro, blanquecino, estaba muy poco maquillado y en el destacaban unos jugosos labios que invitaban a ser mordidos, sus tristes ojos color miel me miraban suplicándome que la sacase de allí.

Me dirigí hacia el bar del casino. Mónica me siguió con la mirada y diez minutos después, ella se sentó en una mesa a escasos metros de donde yo estaba pidiendo un gyn tonic. Desde donde estaba podía sentir los latidos de su corazón y percibir el olor del perfume que impregnaba su cuerpo. Cogí una servilleta de papel y pedí al camarero un bolígrafo. Este me lo acercó y escribí una nota que dejé tan cerca de la mano izquierda de Mónica, que no pude evitar rozarla con mi dedo índice. Pude entonces ver en detalle aquel vestido rojo palabra de honor que desafiaba las leyes de la gravedad ya que aquel escote realzaba de una manera sublime sus pechos. Deduje por su respiración y el fluir de su sangre, que mi acercamiento había dado resultado.

Leyó la nota, cerró los ojos y después de dar un largo trago a su bebida, la rompió. Fabio decidió entonces, enviarme a sus gorilas para que me diesen un aviso y no me acercase tanto a su mujer. Aquellos dos hombres me agarraron sutilmente y me invitaron a acompañarles a la parte de atrás del casino para que me quedase bien claro que Mónica estaba vetada para mi.

Minutos más tarde, aquellos dos hombretones flotaban en el mar con la cara destrozada por los golpes recibidos y yo ya estaba sobre la Harley, esperando que mi nota dejada en la servilleta hubiera surtido efecto.

Solo tuve que esperar un par de minutos más para verla aparecer entre los coches. Corría con sus altos tacones hacia mi montura y después de subirse a horcajadas detrás de mi, le pase el casco, encendí la Harley y salimos como alma que lleva el diablo fuera de la Toja. Le hablaba por el intercomunicador de los cascos y le propuse que diésemos un paseo por la playa de la Lanzada. Estuvo de acuerdo y para allí fuimos.

Llegamos al pequeño aeródromo que utilizan los aficionados al radio control y le dije a Mónica que llevase ella la moto. Aceptó encantada. Puso sus manos sobre el manillar, metió primera y aceleró. La moto respondía a todas sus órdenes y eso le encantaba, estaba feliz por ser libre y la velocidad aumentaba su estado de excitación. Fue en ese momento cuando puse en práctica la segunda parte de mi plan.

Bajo mis manos podía notar sus caderas que realmente eran muy apetecibles, poco apoco ascendí hasta su cintura y de ahí hasta sus voluptuosos pechos. Hubo un momento de duda por su parte pero se dejó llevar, quería experimentar la parte final de la nota que le había dejado sobre la mesa. Me acerque hasta que ella pudiese notar el calor que desprendía mi cuerpo. Eso le gustó, sabía que los hombres la veían con lujuria, pero ninguno se había atrevido a mirarla o a tocarla como yo lo hacía gracias a los gorilas que siempre la acompañaban, así que disminuyó un poco la velocidad de la moto, apretó su trasero contra mi y se dio cuenta de que no estaba solo ella excitada.

Le dije que se dirigiese al final de la playa, cerca de las rocas, allí estaríamos a salvo de miradas indiscretas. Paró la moto, apagó el motor, se quitó el casco y movió su pelo de un lado a otro. Después de que yo me quitase el mío, cogió mis manos, las colocó sobre sus labios y las besó. Podía notar la humedad de sus labios en mis dedos y eso realmente me excito. Quería sentir mis manos lo más cerca posible de ella. Ahora si podía notar su excitación en aumento, su respiración se volvía más rápida a medida que mis manos recorrían su cuerpo, su trasero se movía nervioso apretándose contra mi intentando adivinar todo el contorno de mi sexo…decidí no hacerla esperar más, bajé lentamente la cremallera de su vestido y deje que el calido viento del sur rozase su cuerpo desnudo. Simplemente verla desnuda encima de la moto ya era excitante. Le dije que se diese la vuelta…volví a recorrer su cuerpo con mis manos y con delicadeza toque sus hinchados pezones. Un gemido salio de su boca mientras los acariciaba dulcemente y notaba como se endurecían un poco más al rozarlos con mis labios.

Mónica quería más, necesitaba más, aquellos años al lado de Fabio la habían sumido en un letargo sexual. Había llegado a pensar que jamás volvería a excitarse como lo estaba haciendo en este momento.

Mientras una de mis manos se humedecía en su boca, la otra tocaba una de las pocas prendas que le quedaban por quitarse, una maravillosa tanga de seda negra. También llevaba puestos unos altísimos zapatos rojos que hacían que sus piernas fuesen más espectaculares todavía. No pude resistirme más e introduje mi mano en el interior de su sexo y ahí pude notar lo realmente excitada que estaba. Mónica apoyó su cabeza contra mi hombro y lanzó un largo gemido al aire cuando sintió mis dedos en su interior.

Se veía majestuosa encima de la moto, tapada simplemente con una minúscula tanga y con sus zapados de tacón enguantando sus pies. Yo estaba ya en medio de sus largas piernas… besé primero su ombligo y después dirigí toda mi atención hacia su sexo que ya olía a pasión y deseo.

Lo besé tiernamente y lo lamí con lujuria al notar que el orgasmo se acercaba… pero todavía no, no estaba del todo preparada… corte el contacto de mi boca con su sexo con un calido beso y recorrí con mi lengua el espacio que había hasta su boca.

Pasé mi lengua por su boca y note que ya estaba preparada, su corazón palpitaba violentamente y mi excitación llegó a su nivel más alto. Volví  a introducir mis dedos en su sexo, y cuando comenzó su orgasmo acerqué mi boca a su cuello, sus jadeos se hicieron más intensos, sus espasmos comenzaron a surgir de su interior, sus pulsaciones aumentaron de frecuencia, su corazón comenzó a bombear más rápido y su sangre recorría todo su cuerpo…ese era el momento, mientras yo besaba su arteria carótida… después, poco a poco y casi sin darse cuenta, hundí mis colmillos en su carne y succioné la sangre que salía como un torrente de su cuello. Esa misma sangre comenzó a recorrer la comisura de mis labios y descendía caliente sobre mi torso desnudo. La vida fue apagándose poco a poco de sus ojos y en pocos minutos, Mónica yacía sobre la arena de la playa, completamente desangrada, pero igualmente hermosa.

Un mes después, Fabio volvió con nuestros agradecidos clientes.

Me llamo Edgar y soy un asesino muy peculiar.


FINALIDAD DEL BLOG



Este blog ha sido especialmente creado para demostrarle a las mujeres que los hombres, si sabemos… creemos saber… imaginamos saber algo sobre el erotismo. Espero que lo paséis muy bien y que comentéis los relatos.

Muchas gracias.