viernes, 30 de noviembre de 2012

La arboleda.



La arboleda.

Laura estaba en su último año en la facultad de medicina, cuando conoció al que iba a ser su amor de juventud. Alex llegó a la universidad con una beca deportiva en natación. Tenía buenas facultades para ello y el entrador del equipo había removido cielo y tierra para tenerlo bajo su tutela. Sabía que tenía mucho potencial y quería exprimirlo lo máximo posible antes de que algún club se hiciese con sus servicios.

El encuentro entre Laura y Alex fue totalmente casual. Ella era amiga de una de las chicas de natación sincronizada y mientras esperaba en las gradas a que acabase de ducharse, entraron en la piscina los chicos y chicas del equipo de natación bajo la atenta mirada de su orgulloso entrenador pues sabía que este año, contando con la ayuda de Alex, les pondrían las cosas mucho más difíciles al resto de universidades.

Laura nunca se había interesado por aquellos chicos espigados y fibrosos, a ella le gustaban más los fuertes y musculados del equipo de lucha. Pero se fijó en el porte elegante de Alex, sus movimientos gráciles mientras calentaba, su sonrisa amable mientras bromeaban los demás chicos con él y sobre todo, se fijó en sus manos. Tenía unas manos bonitas con dedos largos y delgados. Le pareció el rasgo más atractivo de todo su cuerpo.

—Hola, Lauris —,le dijo su amiga Eva, sobresaltándola y haciendo que su carpeta cayese de encima de sus vaqueros.
—Me has dado un susto de muerte.
—¿Susto? Lo que ha pasado es que te he sorprendido radiografiando al chico nuevo del equipo de natación.
—Está bien, confieso mi pecado. Tengo que reconocer que tiene unas manos bonitas.
—Manos y cuerpo entero. Y ese mini bañador le queda de vicio.
—No está mal el chico.
—Se llama Alex. Soltero, es decir, sin novia porque no tiene tiempo para tenerla por sus extenuantes entrenos, con buenas notas en su expediente y excelente cuerpo acuático. Y eso lo he averiguado solo en unas horas.
—El CNI ha perdido una gran espía contigo.
—Quién sabe, el equipo de Sincro Nacional viaja mucho por el mundo, quizás me puedan encargar algún que otro trabajo de vigilancia.
—Eva, no tienes remedio.

Las dos se echaron a reír y al bajar las gradas, pasaron muy cerca de la calle ocho donde Alex estaba comenzando a calentar. Eva se paró un momento, comprobó que el entrenador estaba atendiendo a las chicas en otro lado, metió una mano en el agua y comenzó a agitarla para que Alex se percatase de que estaban llamando su atención.

El joven se paró y levantó la cabeza. Vio a las dos chicas, una sonreía divertida y la otra trataba de esconderse detrás de la sonriente.

—Tú eres el nuevo, ¿no?
—Si, me llamo Alex.
—Mi amiga piensa que tienes unas manos muy bonitas.
—Vaya, gracias. Nunca me habían dicho un piropo como ese. ¿Y tu amiga tiene nombre?
—Laura.
—Gracias Laura por fijarte en mis manos. La mayoría de las chicas suelen fijarse en otras partes de mi cuerpo —dijo Alex divertido.
—Yo también opino que tus manos son muy bonitas; y tus ojos y tus pies…
—Gracias…
—Eva.
—Gracias Eva, pero ahí ya no eres la primera. El entrenador ya me ha dicho que tengo unos buenos pies para la natación, aunque no me ha dicho nada de que sean bonitos.
—Te dejamos que sigas entrenando. En estos momentos, el Sr. Terminator está viendo para aquí y me está matando con la mirada. Nos vemos por ahí.
—Hasta luego, chicas. Encantado de conoceros.

—Parece simpático el nuevo, ¿verdad? – le preguntó Eva dándole un ligero codazo a la Laura que intentó hacerse la despistada. —No me dirás que no tiene una sonrisa bien bonita.
—Tampoco es para tanto, vamos, digo yo.
—Ya, claro, por eso te pusiste tan colorada cuando te dio las gracias y dijo tu nombre. Es más, creo que algo le gustas.
—¿Y eso qué importa si ya me has dicho que no puede salir con nadie por sus entrenos?
—Eso quiere decir que no te importaría salir con él, ¿eh, picarona?
—Eres incorregible, Eva, siempre buscándome gente con la que salir.
—Chica, perdona por intentar ayudarte, pero en el Campus, la mayoría de los tíos piensan que tú y yo somos lesbianas. Aunque alguna que otra vez, eso me ha servido para que algún jovenzuelo me intentase cambiar de acera —dijo Eva finalizando con una sonora carcajada.
—Me rindo, no puedo contigo —dijo Laura completamente resignada.

Las semanas fueron pasando y Laura siguió acudiendo diariamente a la piscina para recoger a su compañera de habitación en una de las residencias femeninas del Campus. Y cada día que pasaba, más le gustaban las manos de Alex. Fantaseaba con ellas a diario pensando en como sería el tacto de su piel contra la suya, de sus dedos jugueteando por encima de su escote o del placer que le podían ofrecer aquellas manos cuando se internasen por dentro de sus braguitas y presionando su húmedo sexo.

Eva se había dado cuenta de las miradas furtivas que su amiga le dedicaba al nadador y decidió que tenía que intervenir de alguna manera. Aparte de espía, se le daba muy bien hacer de Celestina y aunque había fracasado siempre con Laura, esta vez, no se le iba a escapar viva.

—Lauris, ¿puedo hacerte una pregunta? —dijo Eva mientras se limaba las uñas.
—Si es respecto al examen del viernes, sí. De otros temas, no estoy para nada.
—Es sobre Alex.
—¿Alex? ¿Qué Alex?
—El de las manos ardientes con el que llevas soñando toda esta semana.
—¿Pero qué dices?
—Es que… siento no habértelo contado, pero hablas en sueños.
—¿Qué?
—Pues eso, que hablas en sueños y esta semana Alex se lleva la palma. Es más, el chico lo hace tan bien que me has puesto cachonda hasta a mí.

Laura se sintió avergonzada por lo que le contaba su amiga y bajó la cabeza enterrándola en el libro con el que estaba estudiando.

—Sale a correr todas las mañanas bien temprano, haga frío, calor o llueva. Siempre por el parque, bajo la arboleda del Oeste.
—¿La que está tan bonita en esta época del año? —dijo Laura sin apartar los ojos del libro.
La misma. Con las hojas que van cayendo y que van formando un lecho de color ámbar.
—Hay que reconocerle que sabe escoger los sitios para mantenerse en forma —dijo Laura distraídamente pasando una hoja de su libro.
—Siete de la mañana, arboleda del Oeste. Ponte algo sexi.
—Si te mando a algún sitio, ¿me dejarás en paz?
—Si te vuelvo a escuchar hablando en sueños, me convertiré en lesbiana de verdad, porque me encanta tu voz adormilada, suave, profunda…
—¡Por favor, para! —dijo Laura alargando la última sílaba. —Necesito concentrarme.
—¿Vas a ir?
—No.
—Vale, tú te lo pierdes.

Cuando fue a recoger esa tarde a Eva a la piscina, esta estaba hablando con Alex, demasiado amistosamente. Le sonreía, le tocaba los brazos, le acariciaba la mejilla y lo que le pareció un ultraje fue que le tocase sus manos. Laura quiso tirarla a la piscina y ahogarla allí mismo. Sintió una punzada de celos y odió a su querida amiga. Eva, que se había dado cuenta de su llegada, había puesto en marcha todas sus armas para que Laura sintiese todo aquello que estaba notando en aquellos momentos. Y le sonrió maliciosamente. Pasó la mano por detrás del cuello de Alex para atraer su oído hasta sus labios y le dijo algo que lo hizo levantar una de sus cejas; pero aun así, asintió con la cabeza.

Aquella noche, Laura y Eva no se dirigieron la palabra. Cenaron algo frugal, estudiaron y se fueron para cama sin desearse las buenas noches como habían hecho siempre. A las seis y media de la mañana, sonó el despertador de Laura que lo había puesto en modo vibración y debajo de su sábana. Se levantó sin hacer ruido y se fue al baño, donde se vistió con lo más sexi que tenía en su pequeño armario. Se puso sus braguitas de la suerte, su minifalda con cuadros escoceses, un sujetador reductor y su querida camiseta negra palabra de honor. Se vistió sus cálidas medias negras que cubrían un poco más allá de sus rodillas y se calzó sus botines de invierno con calentadores. Pintó sus ojos, apenas se retocó las cejas y se dio un ligerísimo toque de maquillaje que hizo que su preciosa cara destacase sobre su sexi vestimenta. Acabó peinado su melena negra y antes de salir se cubrió con la capucha de su chaqueta de lana.

En una mano llevaba sus apuntes -pues no quería dejar pasar la oportunidad de estudiar mientras veía correr a su querido nadador- y en la otra, su termo con café, ya que necesitaba su dosis diaria de cafeína antes de comenzar sus clases. Cuando salió al exterior del edificio, notó el viento frío del norte que aquel día soplaba con fuerza. Estaban a mediados del mes de octubre y el otoño estaba en pleno apogeo. Pensó en volver y meterse nuevamente en su cama, calentita y tapada con su edredón nórdico, pero pronto desechó la idea ya que sería darle un punto a su favor a su querida amiga y compañera de habitación, la cual sonrió satisfecha al ver la cama de al lado completamente vacía.

Al llegar a la solitaria arboleda del Oeste vio que allí estaba Alex, acabando con su entrenamiento. Laura se dirigió hacia uno de los árboles y se sentó con su espalda apoyada contra el tronco del fuerte arce blanco. Las hojas ambarinas y rojizas tapizaban el suelo de toda la arboleda y a pesar del frío reinante, a Laura, la situación le parecía idílica.

Alex se percató de la presencia de la chica y la saludó con un gesto de sus manos, la cuales, estaban enguantadas con unos tupidos guantes de lana. Laura lo vio y sufrió una leve desilusión, pues a pesar de que el nadador seguía estando de muy buen ver con su chándal gris y su cabeza tapada con su gorro negro, ella deseaba ver sus manos e imaginarlas recorriendo todo su cuerpo.

Tomó un trago caliente de café que casi le abrasa la garganta pero al menos la hizo entrar en calor y se dispuso a repasar sus apuntes cuando Alex paró de trotar y se acercó a un banco cercano al lugar donde Laura se había sentado. Se quitó los guantes y eso atrajo la atención de la joven. Alex colocó una de sus piernas sobre banco y la otra la dejó bien apoyada sobre el suelo. Sus manos colgaban al igual que su tronco, intentando tocar el suelo con la punta de los dedos y sus venas podían verse hinchadas por la sangre que las recorría. 

Eso hizo que Laura se moviese inquieta bajo el arce blanco y colocase sus piernas para poder apoyar sus apuntes sobre ellas, dejándole entrever a Alex, uno de sus lugares más íntimos. El joven dejó de estirar y se dirigió hacia el lugar donde se encontraba la chica que lo miraba a los ojos y de vez en cuando, le echaba un rápido vistazo a las largas y delgadas manos de Alex.

—Buenos días, Laura.
—Hola.
—Veo que escoges sitios solitarios para estudiar.
—Si, me gusta mucho la tranquilidad de este sitio.
—A mí me encanta venir a correr por aquí y no solo por su tranquilidad. La belleza de los árboles en esta época del año no tiene parangón.

Laura sonrió al escuchar la forma de hablar de Alex y este, al comprender que lo que había dicho había sonado algo pomposo, también sonrío y encogió los hombros en un gesto de asentimiento. Laura se estremeció cuando una ráfaga norteña de viento corrió por toda la arboleda y Alex entendió que su caballerosidad brillaba por su ausencia.

—¿Permite usted que me ponga entre su espalda y el árbol?
—Se lo permito.

Laura se movió un poco para que Alex pudiese encajonarse entre su espalda y el tronco del Arce y después se arrebujó contra su cuerpo, que todavía estaba caliente a pesar de que hacía ya un rato que había dejado de correr.

—¿Está más cómoda así?
—Cómoda y calentita.
—Espero no desprender mal olor corporal ya que después de una hora corriendo, puede que mi camiseta térmica transpirable deje salir algo más que sudor.
—No se preocupe, gentil caballero pues no desprende usted de ese esculpido cuerpo suyo, nada más que calor.

Los dos volvieron a reírse por el vocabulario que estaban utilizando y Alex colocó sus manos desnudas encima de las encogidas rodillas de Laura, atrayéndola un poco más hacía él. Esta cerró los ojos y se dejó hacer por el joven.

Alex bajó muy despacio por las rodillas y percibió el cambio de la tupida lycra de las medias a la sedosidad de la piel de Laura que al notar la calidez de sus manos, se apretó todavía más contra el cuerpo del nadador.

—En cuanto me digas que me detenga, lo haré—le susurró el joven al oído introduciendo la mitad de su cara dentro de la capucha de la chaqueta de Laura. 
—Por favor, continua, no te detengas ahora —dijo Laura rogativa, con los ojos cerrados e imaginando un amanecer despertando junto a Alex, levantándose de la cama, tomándose una taza de café recién hecho y que el joven apareciese en el dintel de la puerta de la cocina, mirándola nuevamente y que le dijese que la amaba. Que observase todos sus movimientos, sus dedos apartando un mechón de su pelo negro para ponerlo detrás de su oreja, su sonrisa mientras él le miraba el pronunciado valle que había entre sus pechos y que su camisola entreabierta le dejaba ver… todo eso lo estaba pensando mientras Alex bajada por sus piernas, buscando el oscuro objeto de deseo.

Laura comenzó a respirar profundamente cuando las manos del joven rozaron sus ingles; apenas le quedaban escasos centímetros hasta llegar a tocar la humedad de sus braguitas. Su sexo palpitaba al notar el tortuoso acercamiento de las manos del nadador, los largos dedos que intentaban colarse por debajo de la tela de su ropa interior, los besos que Alex le prodigaba por el cuello desnudo y que comenzaba a enviar oleadas de un placentero cosquilleo al resto de su cuerpo.

Alex disfrutaba de aquel contacto con la piel de la chica. Deseaba darle el máximo placer solo con sus manos, con el roce de las caricias, las ligeras presiones que ejercía con la palma de sus manos sobre el Monte de Venus y sus dedos; sus largos y delgados dedos que se deslizaban con hábiles movimientos por entre los suaves pliegues del jugoso sexo de Laura, que cada vez que el joven rozaba su ahora expuesto clítoris, se estremecía y lanzaba un sofocado gemido al aire.

La lengua y la boca del nadador subían y bajaban a lo largo del cuello de Laura, dejando un finísimo rastro de saliva sobre la sensible piel, y de vez en cuando, los dientes de su boca la mordisqueaban tiernamente para ayudar a excitarse a la joven que cada vez se acercaba más a su éxtasis sexual. Alex, que sabía manejar bien sus manos, se introdujo con una de ellas por debajo de la camiseta de la chica y subió con rapidez hasta sus pechos, agarrándolos con la fuerza justa para hacer que Laura llegase más rápidamente al orgasmo.

Minutos más tarde, Alex todavía permanecía abrazado a Laura que dormitaba entre sus brazos. A lo lejos, el Campus universitario comenzaba a poblarse de alumnos que iban y venían de un lado para el otro, charlando nerviosos por los exámenes que comenzarían a tener en breve, comentando las chicas o chicos que les gustaba a cada uno o como aquel profesor les había cogido manía nada más empezar el curso.

—Laura, despierta, en quince minutos tengo mi primer chapuzón del día en piscina y el entrenador se cabrea mucho si llegamos tarde —le dijo susurrante al oído.
—Lo siento, me he quedado algo adormilada. No he dormido mucho esta noche y la tensión liberada me ha ayudado a relajarme totalmente.
—¿Te ha gustado?
—No me ha gustado, me ha encantado. No sé, es como si tus manos supiesen lo que mi cuerpo necesitase que hiciesen en cada momento. Para no salir con chicas, sabes moverte muy bien por el cuerpo femenino.
—Una cosa es que no salga con chicas porque no tenga tiempo por culpa de los entrenos y los estudios y otra cosa es que no conozca a las mujeres y sus gustos. Leo mucho la Cosmopolitan en mis ratos libres  —dijo Alex con una gran sonrisa. —Además, las pocas veces que puedo pasar del papel cuché a la epidermis, me gusta experimentar con mis manos sobre la piel de mis parejas.
—Alex.
—Dime.
—¿Te gustaría experimentar sobre mi piel? Si quieres te compro yo todas las revistas que tú me pidas.
—No hace falta que compres nada, como ya te dije, me gusta experimentar con mis manos sobre la piel de la chica y según sus reacciones, actuar en consecuencia.
—¿Te molestaría si vengo por aquí a repasar mis apuntes por las mañanas?
—Si me dejas experimentar contigo, no te impediré aparecer bajo la arboleda de arces blancos.

Laura se levantó para dejar que Alex se marchase. Cogió sus guantes y ella misma se los puso en las manos.

—Cuídalas mucho y que no se enfríen.
—Hecho.
—Una última cuestión, ¿que te dijo ayer mi querida amiga Eva?
—Que te amase a través de mis manos.

Laura vio como el nadador se iba corriendo en dirección a la piscina que estaba al otro lado del Campus. Se quedó pensativa, todavía con deleite de haber pasado por las cálidas manos de Alex y se preguntó qué disculpa le daría a Eva por haberse portado tontamente con ella. Mientras se dirigía hacia su residencia se dio cuenta de que tendría que ampliar su fondo de armario y adquirir algunas prendas más que fuesen de abrigo y a su vez, insinuantes, para que Alex volviese a recorrer nuevamente, el camino entre sus piernas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario