lunes, 3 de diciembre de 2012

El espejo.



Brigitte se despertó cuando todavía no había amanecido. Fuera, la calle estaba mojada por la tromba de agua que había caído hacía ya unas cuantas horas. Pero para ella, era el mejor momento del día para poder salir a correr y por mucho que hubiese llovido, no le iba a impedir soltar adrenalina durante una hora y media.
Se vistió con sus prendas deportivas y se calzó los tenis que utilizaba para sus tiradas largas. Encendió su IPod y eligió el tipo de música cañera que a ella le gustaba escuchar mientras corría.

Salió a la calle, calentó un poco sus brazos y piernas y comenzó a correr por las calles casi desiertas de la ciudad. Barrenderos, panaderos, el chico del reparto con los periódicos, todos saludaban a la bella Brigitte, la incasable corredora que todas las mañanas pasaba por las callejuelas dirigiéndose hasta el parque donde seguiría trotando una hora más.

Cuando comenzaba a amanecer y a punto ya de llegar a su piso, Brigitte se encontró por la calle con un viejo amigo del instituto. Marcel, el chico más tímido de su clase, se había convertido en un atractivo hombre de negocios que no dejaba indiferente a nadie por su porte varonil.

Se saludaron, se dieron un par de besos y estuvieron hablando durante unos minutos de lo que les había pasado al abandonar el instituto. Decidieron quedar para tomar algo y así ponerse al día más tranquilamente de todo. Se dieron sus teléfonos, pero antes de marcharse, Marcel le dijo algo que agradó muchísimo a Briggitte – estás todavía más guapa de lo que podía recordar, mademoiselle Bardot – así la llamaba cariñosamente en el instituto por su parecido físico con la actriz.

Después de despedirse, Brigitte subió a su piso y delante del gran espejo de su habitación, se miró de arriba abajo. Recordó las palabras de Marcel diciéndole lo guapa que estaba y a pesar de las miradas que recibía todos los días por parte de todos sus admiradores de la mañana, aquellas palabras de aquel hombre tan atractivo, la habían turbado un poco.

Comenzó a desnudarse, pero poco a poco, deleitándose con cada prenda de la que se desprendía, como si se tratase de un streptease privado realizado para ella misma. Se quedó en ropa interior, con el sujetador deportivo y sus minúsculas braguitas blancas, y mentalmente, le dio la razón a Marcel. Estaba mucho mejor que en el instituto a pesar de los años transcurridos. Ahora era toda una mujer y a pesar del sudor que perlaba algunas zonas su piel, el espejo le devolvía una figura sinuosa, con suaves curvas y unos músculos ligeramente torneados.

Se desprendió del sujetador y sus pechos quedaron libres de su prisión de tela. Sus pezones comenzaron a ponerse duros ante la mirada lasciva de Brigitte estaba poniendo delante del espejo. Los tocó y notó un estremecimiento que le recorrió el cuerpo entero. Aquello le gustaba y no podía desaprovechar la oportunidad de continuar hasta el final pues llevaba varias semanas completamente desganada de todo lo referente a sus tocamientos personales.

Le dedicó una rápida mirada al reloj y sonrió pícaramente ya que todavía iba bien de tiempo. Se deshizo de las braguitas que lanzó con uno de sus pies hasta la cama y observó su desnudez ante el espejo. Instintivamente se llevó un dedo a la boca y lo mordió como lo haría una niña al saber que estaba haciendo algo malo.

Se acercó al espejo y toco todo su cuerpo a través de él, como si su mano fuese la de Marcel y ella estuviese atrapada al otro lado del cristal, deseando que la liberasen de aquella inquietante prisión.

Su cuerpo, a pesar de no ser el objeto de las caricias, reaccionó igual que si lo estuviese haciendo, sus pechos se pusieron duros y su sexo comenzó a humedecerse por dentro. Brigitte contemplaba su desnudez y notaba como todo su cuerpo se tensaba y demandaba las caricias que la otra Brigitte, la del espejo, estaba recibiendo.

La mujer pasó de rozar el frío cristal a acariciar su cálida y húmeda piel haciendo que todo su vello se erizase con cada caricia ejercida sobre su cuerpo. Brigitte mojó el dedo de su boca con la punta de su lengua, gesto que la excitó todavía más pues su cuerpo sabía que detrás de aquella acción, vendrían los primeros tocamientos sobre su sexo.

Y así fue. Bajó sus manos y mientras una apartaba los carnosos pliegues de piel que recubrían el pequeño botón del placer, la otra, con su dedo humedecido, comenzaba a acariciarlo suavemente.

Las placenteras descargas que se producían por todo su cuerpo le impedían mantener su postura erguida por lo que decidió mover un poquito el espejo y colocarlo frente a su cama. Después se acostó y continuó el erótico masaje sobre todo su sexo. Desde aquella posición podía verlo bien, pero se abrió de piernas para poder observarlo mejor.

Lo abrió con sus dedos y pudo ver la oscura y húmeda oquedad que demandaba ser penetrada. Pero Brigitte no tenía pensado moverse del sitio para coger alguno de sus juguetes. Quería acabar lo antes posible ya que su cuerpo estaba completamente excitado y sus manos comenzaron a moverse sobre sus pechos y sobre su sexo más rápidamente.

Sus dedos comenzaron a penetrar el ansioso sexo, primero uno, después otro y hasta tres dedos simularon el falo de un hombre. Brigitte se imaginó que Marcel estaba sobre ella, penetrándola salvajemente y aquellas imágenes en su cerebro la excitaron más si cabe, tanto, que estaba a punto de tener ya su orgasmo.

Su cuerpo temblaba por la excitación y su imagen al otro lado del espejo hacía lo mismo que ella, elevaba su pelvis, tocaba su clítoris, penetraba su sexo… y cuando estaba ya en los prolegómenos del clímax, su cuerpo se paró totalmente dejando que los primeros espasmos del orgasmo fuesen desapareciendo poco a poco.

Decidió que lo dejaría para más adelante, para esa misma noche si todo iba bien. Se incorporó sudorosa y se volvió a mirar al espejo, resplandeciente, lozana y con ganas de darse una ducha. Pero antes tenían que hacer una cosa, cogió una toalla del baño, se sacó una foto en la habitación y se la envió al móvil de Marcel con un texto que ponía:

<<Marcel, esta noche me gustaría quedar contigo en mi casa para cenar. Tú te encargas de la cena y yo me encargo del postre, ¿o.k.? Besos, B.B>>


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