lunes, 10 de diciembre de 2012

Tabú: la madrastra.


Buenas tardes. He comprobado que nadie ha protestado por el lenguaje utilizado en Lío en la piscina y ahora voy a atreverme a colgar una historia más larga, es decir, con doce capítulos, nada más y nada menos. Esta historia está basada en una manga hentai japonés (OVA creo que se dice así). Lo visualicé hace tiempo y creí que hacerle una versión española quedaría bien. Si buscáis por ahí Tabu: The Charming Mother, le echáis un vistazo y veréis que mi versión es bastante más "suave" que la versión japonesa. Espero que os guste.


Tabú: la madrastra.

CAPITULO 1

Cuando Clara conoció a Joan, el flechazo fue instantáneo. Se conocieron en un crucero por el Mediterráneo, donde ella trabajaba como relaciones públicas y él era un atractivo viudo de mediana edad que había sido convencido por su hijo Jorge, para que se embarcara durante quince días y se lo pasase en grande.
Fue tal el enamoramiento de los dos, que a los siete días, el capitán del barco los estaba casando en altamar.
Fueron días felices mientras no pisaron tierra. Cuando Jorge fue a buscar a su padre al puerto y vio a aquella mujer colgada de su brazo, pensó que era una amiga que había conocido durante el crucero.
Pero la realidad fue que cuando su padre le presentó a Clara como su nueva mujer, este se quedó de piedra y llevándose a un lado a su padre le espetó:

—Pero tú estás loco. Te dije que te divirtieras y que lo pasases lo mejor posible, pero que conocieses a una mujer y en menos de quince días te cases con ella me parece una locura. Ahora me explico porque querías que viniese en la Voyager, demasiadas maletas para llevarlas en el deportivo.
—Pero Clara me gusta mucho y con el tiempo, te llegará a gustar a ti también —dijo Joan dándole unas palmaditas en la espalda a Jorge que parecía algo alterado.
—Pero papa, me parece muy bien. Desde que mama murió, no te has relacionado con nadie y la idea del crucero fue mía. Pero si fui yo quien te puso la caja de condones dentro de la maleta… pero es que no me espera esto. Si podría ser mi hermana.
—Clara tiene 35 años y a pesar de que podría ser tu hermana, no lo es. Será tu nueva madre y no hay nada más que hablar.
—Clara no será nunca mi madre. Mi madre murió hace seis meses por si te has olvidado de eso.
—¿Pero que me estás contando, Jorge? ¿Crees que me he olvidado de tu madre? Fueron veinticinco años a su lado y todavía no me he olvidado de ella. Pero Clara apareció en mi vida, como por arte de magia y me enamoró con esos ojos que tiene.
—Perdona papa, no era mi intención ofenderte. Pero por lo que veo, Clara no solo tiene unos bonitos ojos —dijo Jorge dándole un ligero codazo a su padre, intentando que no le tuviese muy en cuenta su último comentario.

Joan lo vio como siempre lo veía, como un niño pequeño al que quería con locura. Después de la muerte de su esposa, Jorge había estado siempre a su lado y tanto le animó para que se fuese de crucero, que al final pudo más su insistencia que el desánimo o la aflicción que podía tener su padre.

Joan le hizo un gesto a Clara para que se acercase y volvió a presentarle a su hijo.

—Clara, te presente a Jorge, “mi querido hijo”.
—Hola, Jorge, encantada de conocerte, nuevamente.
—Perdona la escenita de antes, pero es que este asunto del casamiento me ha cogido totalmente por sorpresa.
—Lo sé, se lo comenté a tu padre, pero él quiso que fuese así.
—Vaya, sí que ha cambiado en quince días. El hombre más metódico que conozco y ahora se dedica a actuar impulsivamente. No te estarás pareciendo a mí, ¿verdad papa?
—Calla y llévanos a casa. Clara querrá conocer donde va a vivir a partir de ahora.
—¿No le has dicho nada del pequeño apartamento donde vivimos? Creo que mañana nos cortan la luz.
—Perdona las bromas de mi hijo, Clara. A veces, su estupidez roza lo absurdo.

Jorge se echó a reír y después de cargar las maletas en el monovolumen, condujo hasta las afueras de Barcelona, hasta una villa al borde del mar.
Clara no se esperaba que el hombre con el que se había casado, fuese un as de las finanzas. Aquella pequeña villa, con su playa privada, su finca con piscina y jacuzzi, podía rondar en el mercado, los dos millones de euros. Eso sin contar con el contenido de la casa porque solo en obras de arte, el valor de la villa podría casi doblarse.


—Papa, ¿Clara dormirá contigo o en cuarto de invitados?
—Jorge, que te den – —dijo Joan sonriendo y llevándose a Clara de tour por toda la finca.

Al anochecer estaban los tres sentados a la mesa. Una chica del servicio doméstico, les estaba sirviendo la cena, mientras los tres charlaban animados sobre el crucero.

—Bueno, la compañía me es muy grata, pero uno tiene que madrugar mañana.
—¿Madrugar? ¿Tú no estás de vacaciones?
—Si, pero quiero salir en bici unas horitas para aprovechar que por la mañana, el sol, no pega tan fuerte.
—Está bien, pero ten cuidado. Y no le des tanta caña a ese cuerpo, que vas a acabar vigoréxico.

Jorge se levantó la camiseta y debajo de ella, Clara pudo ver un cuerpo cultivado en el ejercicio físico. Buenos pectorales, unos abdominales marcados y una espalda ancha y fuerte.

—¿Tu que opinas Clara? —le preguntó Joan.
—Lo veo… bien.
—¿Bien, solo bien? Dios mío, tendré que vomitar todo lo que he cenado y mañana hacer más horas de entreno de las que tenía pensado —dijo Jorge sonriendo y luego metiéndose el dedo en la boca, fingiendo arcadas.

Aquella noche, Clara se acostó en la cama con Joan. Llevaba puesto una camiseta de tirantes y sus braguitas más sexis. Así fue como la vio Joan la primera vez que se acostaron juntos. Pero esa noche fue diferente. Joan le dijo que estaba demasiado cansado para tener sexo, le dio un beso en la mejilla y se durmió rápidamente. A Clara no le importó, tenían todo el tiempo del mundo para hacer nuevamente el amor.

Además, así aprovecharía para renovar su fondo de armario y comprar ropa interior nueva que haría las delicias de su flamante marido.

Pasaron cuatro meses desde aquella noche y Clara y Joan no habían vuelto a hacer el amor. Ni tan siquiera un polvo rápido para quitarse las ganas del cuerpo. Y eso que Clara lo intentaba casi todas las noches, pero Joan, o llegaba siempre cansado de trabajar o al día siguiente tenía que levantarse muy temprano.

Clara había comprado ropa muy sexi en las mejores tiendas de lencería y corsetería de Barcelona. Conjuntos que podrían hacer enloquecer a cualquier hombre, le habían dicho las dependientas, a cualquiera, menos a Joan.

A veces, Clara, se paseaba delante de Joan con alguno de aquellos minis vestidos, pero él se ponía su pijama, apagaba la luz de su mesilla de noche y se dormía casi al instante. Y eso la frustraba.

Clara comenzaba a pensar que ya no le gustaba a Joan. El le había dicho que le encantaba su melena negra, sus pechos turgentes y sus pezones prominentes. Su cintura, su acicalado sexo y sobre todo su hermoso trasero. Eso, a Joan, lo volvía loco, o por lo menos en el crucero así fue.

Pero desde hacía cuatro meses, Joan, ni la tocaba. Era cariñoso con Clara, muy atento, le hacia regalos, pero faltaba algo importante en la pareja y era el deseo.

Un día, Joan, por la mañana le dijo a Clara que se marchaba una semana a cerrar un trato en San Francisco. Clara le propuso ir con él, pero Joan prefería que se quedase en la villa. Su mente – le dijo- tenía que estar solo para los negocios aquella semana, pero la llamaría todos los días.

—Además, no te quedarás sola. El vago de Jorge te hará compañía.
—Te he oído papa —dijo Jorge mientras bajaba las escaleras.
—¿No vas a la oficina hoy?
—Si, ¿por qué?
—¿En mallas pirata y camiseta? ¿Es que han cambiado las reglas del vestuario en la empresa y no me han avisado?
—Voy a correr una hora, ducha y para el curro.
—Dime que hoy firmas ese contrato con la empresa de Software.
—No papa. He conseguido que dos empresas nos suministren todo el software y hardware para la oficina de Barcelona y Madrid.
—¿Y?
—A la mitad de precio del que pedía tu “empresa informática de toda la vida”.
—Bien hecho, parece que mis enseñanzas no son en vano.
—¿No te ibas ya? 
—Es cierto, cuida de tu madre y no la hagas rabiar, ¿entendido?
—No te preocupes, me ocuparé de ella.

El chofer de la empresa recogió a Joan y lo llevó al Aeropuerto mientras Jorge, antes de salir por la puerta, le lanzó un — ciao, Mami —a Clara que la hizo sonreír un poquito.

Clara cerró la puerta de la entrada y se fue a la cocina. Allí, en vez de meter los pocos platos del desayuno en el lavavajillas, los fregó ella misma para ocupar el tiempo y así despejar un poco su mente. Noelia, la chica del servicio, estaba esa semana de baja por enfermedad ya que una gripe la había tirado en cama sin poder salir de casa.

Una llamada de teléfono hizo que Clara se pusiese tensa como una cuerda de guitarra. Desde hacia unos días, un hombre la llamaba para decirle cosas obscenas por teléfono. Pero ella no le había dicho nada a nadie para no molestar ni a su marido ni a su hijastro.

—¿Hola?
—Buenos días, señora.
—Se lo dije ayer y los otros días. Déjeme en paz o llamaré a la policía.
—Todavía no lo ha hecho, ¿por qué?
—Voy a colgar.
—Señora, ¿cuántas veces lo hizo ayer por la noche?
—¿Qué?
—Si fuera yo, la dejaría saciada por lo menos tres veces, pero claro, un hombre de cincuenta y cinco años, ya no está para esos trotes.
—Pero que está diciendo
—Una mujer como usted, tiene que estar muy aburrida en esa gran casa. Pero no se preocupe, la he llamado para divertirnos un poco.
—¿Quién es usted? —preguntó Clara en tono imperativo
—Esta tan guapa cuando se enfada.
—Por favor, déjeme en paz.
—¿Sabe que todos sus vecinos se la pelan pensando en usted? Piensan en ese culo tan sexi que tiene y se corren de gusto.
—No siga, voy a colgar —y Clara apretó el botón de desconexión.

Clara estaba avergonzada por las cosas que aquel desconocido le había dicho por teléfono. Volvió a la cocina muy nerviosa y cuando se iba a poner a secar los platos, el teléfono comenzó a sonar de nuevo.

—Maldito sinvergüenza, se va a enterar —dijo Clara mientras dejaba el plato y el paño sobre la encimera. Se acercó a grandes trancos hacia el teléfono y descolgó.

—¿Quieres parar ya, maldito cabrón?
—¿Clara? ¿Va todo bien?
—Jorge, ¿eres tú? Creía que era otra vez el tipo de la compañía de teléfono que está empeñado en que cambiemos de empresa suministradora.
—Si, la verdad es que son unos pesados. A mí me mandan constantemente mensajitos al móvil para que me cambie. Pero la próxima vez, le contestaré con un “quieres parar ya, maldito cabrón”.
—Lo siento, no fue mi intención…
—No te preocupes, Clara. Mensaje recibido. Te llamaba para decirte que no iré por casa a ducharme. Me han adelantado la firma con las dos empresas de informática y voy directamente para la oficina. Menos mal que allí tengo algún traje.
—¿Iras corriendo hasta Barcelona?
—Por supuesto. Estoy a medio camino ya. Una carrerita y al lío. Nos vemos al mediodía. Si quieres, te llevo de compras.
—Me vendría bien despejar un poquito la mente.
—Vale, entonces pasa a recogerme a las dos. Nos vemos, Mami.
—OK, nos vemos.

<<Joder, que pensará Jorge de mi. Menuda manera de contestarle por teléfono. Espero que lo olvide>> — pensó Clara.

Pasaron un par de días y Clara pensó en decirle a Jorge la verdad sobre las llamadas de teléfono, pero Jorge estaba muy liado en la oficina mientras su padre estaba fuera. A pesar de que parecía un cabeza loca, realmente tenía la cabeza muy bien amueblada. Cuando estaba en el trabajo, daba el cien por cien y su padre tendría un digno sucesor cuando lo dejase al cargo de la empresa. Solo tenía veinticinco años, pero sabía manejarse bien en el mundo de los negocios. Era un coco para las finanzas y ya se había labrado un nombre en el poco tiempo que llevaba trabajando en la empresa de su padre.

Noelia seguía de baja y Clara se aburría un poco en casa por lo que su puso a pasar la aspiradora a la gran alfombra del salón. El teléfono volvió a sonar y a Clara dejó caer el brazo de la aspiradora.

<<Espero que no sea ese hombre otra vez>> —pensó Clara.

—¿Sí?
—Buenos días, señora
—Es usted de nuevo, pare ya —dijo Clara angustiada.
—Por favor, no cuelgue, hoy tengo un regalo para usted.
—¿Un regalo?
—Llegará en breves instantes por mensajería. Hasta luego.

Unos segundos después, el timbre de la puerta de fuera, se escuchó en toda la casa. Clara dio un respingo y se dirigió al telefonillo.

—¿Sí?
—Buenos días, traigo un paquete para Clara Pons.
—Si soy yo, pase.

Clara apretó el botón para abrir el portalón y un chico joven con el uniforme de Seur se acercó hasta la puerta de la villa. Allí, Clara lo esperaba impaciente. El joven le entregó el paquete después de que Clara hubo firmado en el registro.

Entró en casa y vio como el chico, montaba en su furgoneta de reparto y se alejaba en dirección a la ciudad. Dejó el paquete sobre el recibidor. No era muy voluminoso, pero pesaba un poco. Cogió unas tijeras y rompió el cartón que envolvía el regalo del misterioso hombre.

Dentro había una bonita caja china, decorada con unas hermosas flores de loto. Abrió la caja y la sorpresa fue mayúscula. Dentro había un consolador de gran tamaño, con una pequeña protuberancia para estimular el clítoris y otra un poquito más grande para la estimulación del ano. A su vera, unas pilas Duracell.

Clara cerró la caja, se dirigió a su cuarto y estaba dispuesta a guardarlo en lo más profundo de su gran armario. <<¿Pero como se atreve? Y lo peor de todo es que sabe donde vivo>>.

El teléfono volvió a sonar y Clara estaba encendida de ira. <<Esto no puede continuar así. No puede tratarme de esta manera. Tengo que poner fin a esto de una vez para siempre>> —pensó. Ella, que fue la mejor relaciones públicas de la naviera, que había lidiado con todo tipo de personas y personajes, aquel hombre, no la iba a amedrentar ni a manejar a su antojo.

—¿Sí?
—Le ha gustado el regalo —dijo el desconocido con una voz sugerente.
—Pero quien coño se cree para enviarme esto a mi casa.
—¿Ya lo ha usado?
—¿Qué? ¿Pero quien te crees que soy yo para tocar una cosa de esas?
—Entonces sabes para lo que sirve. ¿La interrumpí durante “su sesión”?. Le garantizo que amará su nuevo juguete.
—Lo voy a tirar. O mejor aun, lo mandaré a la policía para que busque sus huellas en él.
—No tan rápido, por favor. Abra sus piernas
—¿Esta de coña, no?
—Nadie mira, yo la ayudaré. Vamos, abra la caja —su voz era casi hipnótica.
—Pare —dijo Clara mientras se levantaba y se acercaba a las ventanas. Puede verme —pensó. Y aquello, a pesar de que no estaba bien y era una locura, estaba comenzando a hacer que su lívido despertase de su letargo.
—Le prometo que si me hace caso, esta será la última vez que la llame.
—No.
—¿No tiene curiosidad por probar el juguetito?
—No.
—Déjeme oírla gemir
—Es usted un pervertido.
—Se lo pediré una vez más y le prometo que será la última vez que la llame. Pero ahora, vamos a divertirnos un poco. Coja el juguete y enciéndalo. Déjeme escuchar su zumbido.

Clara no sabía qué hacer. Aquel hombre le había prometido no volver a llamarla si hacía lo que le pedía. Se sentó sobre la cama y abrió la caja. Extrajo con cautela en consolador y lo encendió.

—Dulce sonido, ahora abra sus piernas.

Clara se quedó mirando aquel consolador y no reaccionó hasta que el extraño volvió a hablarle.

—Por favor, levante su falda y abra sus piernas.
—En serio, ¿será esta su última llamada?
—Se lo prometo, ahora comience ya.

Clara, vacilante, comenzó a subir su vestido y a pesar de que pensó que estaba haciendo algo malo, no paro. Sus braguitas de encaje estaban al descubierto y sus pezones comenzaron a endurecerse bajo su sujetador.

—Ahora coja el consolador y páselo muy despacio por su sexo, pero por encima de esas hermosas braguitas.

Clara parecía estar en otro mundo, escuchaba la voz de aquel hombre que le estaba diciendo todo lo que tenía que hacer.

—Muy bien, así es.

La vibración del consolador sobre su sexo comenzó a excitarla mucho. Eso, y que aquel hombre le dijese como hacerlo.

—Ahora, introduzca el juguete entre sus braguitas y estimule su clítoris.

Clara obedeció sin vacilar. El consolador vibró sobre su sexo provocando que se estremeciese, sintiendo como se humedecía cada vez más.

—Si le cuesta hacerlo, puede dejar el teléfono cerca de su oreja y utilizar las dos manos.

Clara se tumbó sobre la cama, dejo el teléfono a un lado y mientras utilizaba una mano con el consolador, la otra comenzó a tocar sus senos.

—Por favor, muéstreme sus pechos.
—Pero…
—Hágalo, rápido.
—Si…

Clara, desabotonó su vestido y con maestría, saco sus pechos fuera de la protección de su sujetador. Los pezones estaban al máximo de dureza mientras sus senos bamboleaban bajo su mano.

—Ahora utilice sus caderas para apretar el consolador contra su sexo, pero no lo introduzca aún.

Clara seguía al pie de la letra todas las órdenes dadas por el lascivo locutor. Sabía que lo que hacía estaba mal, muy mal, pero estaba tan excitada en esos momentos que no le importaba.

—Señora, me encantaría sentir el roce de sus pezones en mi boca. Se ven muy apetecibles.

Clara entendió la indirecta y acercó uno de sus pezones a su boca, lo humedeció con su lengua y esto hizo que se endureciera todavía más.

—Imagínese que estoy ahí, chupándole y mordisqueándolos.

Pero a Clara no le hacía falta que le hubiese dicho eso, desde que se había tumbado en cama, era en lo único que podía pensar.

—Apriételos… ¿que tal, como se siente?... bien ¿verdad?
—Están duros —susurró Clara al auricular.
—Mmmmmm, así me gusta. Vaya, al final, se me ha puesto duro.

Su sugerente voz hacía pensar a Clara en cosas muy sucias.

—Chúpeme la polla.
—Pero…
—Lámala con esa cálida y húmeda lengua.

Clara cogió el consolador y lo acercó a su boca. Estaba impregnado de sus jugos, pero no le importó. Besó la punta del juguete y después lo metió lentamente en su boca.

—No se olvide de lamer la parte de abajo del capullo.

Poco a poco, la mente de Clara se hundía todavía más y más en la lujuria. Se imaginaba chupándole la polla a aquel desconocido.

—Muy bien, mi querida señora, siga así. Me gusta mucho lo que me está haciendo. Ahora póngase a horcajadas sobre el consolador, pero no se lo meta todavía.
—No…
—No se preocupe, nadie puede verla. Deprisa, quítese el vestido y las braguitas.

Clara sacó el juguete de su boca, dejó sus braguitas, que estaban empapadas sobre la alfombra de la habitación y se colocó tal y como le había dicho su interlocutor.

El consolador vibró sobre los mojados labios del sexo de Clara. Y esta, soltó un largo gemido.

—Le gusta, seguro que sí.

Clara no decía nada, sus ojos cerrados y su movimiento de pelvis, lo decían todo. Su coño estaba tan mojado que era imposible negar la evidencia.

Clara hizo un gesto de desesperación con su boca.

—¿Hay algo que anda mal?
—Necesito metérmela ya —dijo Clara casi gritando.
—Todavía no.
—Ya no puedo más —dijo suplicante.
—Está bien, adelante.

Clara se sentó sobre el consolador y está volvió a lanzar un largo y placentero gemido.

—Por favor, detálleme las sensaciones que está sintiendo.
—Me siento bien, muy mojada.
—Muy bien, continúe.
—Mis caderas no pueden parar de moverse.
—Puede utilizar el pequeño dildo para estimular su precioso culo.

Clara dudó un instante, pero aquella voz era demasiado tentadora para negarse. Al otro lado del teléfono, el interlocutor la apremiaba.

—Vamos, no se detenga, abra su culo.
—¿Así?
—Así es, estimule su hermoso trasero. No se preocupe, le gustará.

Clara tenía su culo abierto de par en par y se movió un poco para que el pequeño dildo entrase en su prohibida cavidad.

—Si, me gusta lo que me está haciendo en mi culo.
—Se lo dije, ahora suba el consolador de potencia, póngalo al máximo.

El consolador comenzó a vibrar frenéticamente dentro del sexo y el culo de Clara, que comenzó a gemir de forma acelerada. El hombre que le hablaba por teléfono, tenía todo el control de la situación, ella no se podía ni quería en aquellos momentos, resistirse a aquella voz.

—Métaselo hasta el fondo y córrase.

Esa era la orden que Clara estaba esperando. Cogió el consolador y lo introdujo un poquito más dentro de ella. El juguete vibraba y giraba dentro de ella por si solo y Clara aprovechó para acariciarse el clítoris con sus dedos.

—Voy a correrme…

Sus caderas comenzaron a moverse frenéticamente y sus pechos se movían rítmicamente al compás de aquella danza orgásmica.

Cuando Clara llegó al orgasmo, un largo y rumoroso gemido se pudo escuchar por toda la habitación. Su sexo comenzó a chorrear un río de líquido sobre la cama mientras el consolador seguía martillando sus orificios.

—Señora, ¿se ha corrido ya?
—Si —dijo Clara exhausta.
—Bien, para ser la primera vez, no ha estado mal. Digamos que este será el comienzo de una buena amistad.

<<Se suponía que esto iba a acabar aquí, él me prometió que si lo hacía, me dejaría en paz>> —pensó Clara, pero unas palabras que jamás imaginó decir en aquellas circunstancias, salieron de su boca:

—¿Volverá a llamarme? —preguntó Clara esperanzada.

Ese fue el momento en el que se dio cuenta de que algo estaba cambiando.



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