martes, 11 de diciembre de 2012

CAPITULO 2


Al día siguiente y después de una relajante mañana en la piscina, Clara pensó en el regalo del extraño. No se le iba de la cabeza las sensaciones vividas el día anterior.

Estaba sola en casa, Joan no volvería hasta la semana, Noelia, la chica del servicio doméstico la había llamado esa mañana por si la necesitaba, pero Clara le había dicho que se quedase en cama, que de lo poco que había que limpiar, ya se ocupaba ella misma.

Por su parte, Jorge, se había levantado muy temprano y se había ido con la bici a hacerse unos kilómetros antes de irse a trabajar.

Clara decidió subir a su habitación y coger la cajita china con su nuevo juguete. Bajó al salón y con la tapa abierta, lo contempló durante un buen rato. Recordó con todo lujo de detalles, lo bien que se lo había pasado la tarde anterior y un cosquilleo de excitación recorrió todo su cuerpo.

En ese momento, sonó el teléfono. A Clara, casi se le sale el corazón por la boca. Se levantó rápidamente para coger el teléfono, pero antes de descolgar, respiró tres veces para tratar de no parecer ansiosa.

—¿Sí?
—¿Me echaba de menos?
—Ah, es usted —dijo Clara fingiendo indiferencia
—¿Lo ha vuelto a usar?

Diez minutos más tarde, Clara estaba tumbada sobre el sillón del salón, chupando el consolador mientras se masturbaba con una mano. Al otro lado del teléfono, su interlocutor, le ordenaba hacer cosas, que jamás hubiese pensado que podría hacer.

Volvió a correrse, sobre una toalla que había puesto previamente sobre el sillón. Pero seguía teniendo ganas de más. Entonces, subió a su habitación y rebuscó por el armario de Joan, pero no encontró lo que buscaba. Después, y con algo de vergüenza, entró en la habitación de Jorge. Allí, tratando de no desordenar nada, rebuscó por todas partes hasta que encontró en un gran baúl, lo que había estado buscando.

Bajó de nuevo al salón, puso el DVD y encendió el gran televisor de plasma. Delante de ella, comenzaron a pasar imágenes de parejas y tríos, follando sin parar. Aquella película porno de Jorge, era como todas, sin mucho argumento, pero a Clara, en esos momentos de calentón, le venía de perlas.

Cogió su juguete y comenzó nuevamente buscando su éxtasis sexual. Mientras estaba chupándose un dedo lascivamente, volvió a pensar que aquello que estaba haciendo no estaba bien y si al final iba a resultar que era una ninfómana.

Pero a pesar de pensarlo, Clara no podía parar, seguía tocándose y corriéndose una y otra vez. Los orgasmos no perdían intensidad y eran como una droga para ella. Aquella mañana, media docena de ellos la dejaron bastante cansada, pero un relajante baño en el jacuzzi la dejó como nueva.

Al mediodía, comió con Jorge. Este vino a casa y preparó una ensalada de pasta, receta de Noelia, que hizo que Clara se olvidase durante un buen rato de todo lo que había hecho esa mañana.

Jorge quiso conocer un poco más a Clara y le preguntó por su vida en los cruceros. Esta le comentó mil y una anécdotas que hicieron que a Jorge se le cayesen las lágrimas por la risa. Pero una llamada al móvil, rompió aquella sobremesa tan animada.

—Lo siento, Clara, pero me necesitan en la oficina. Al no estar papa, el siguiente al mando es este menda y no quiero que cuando llegue el gran jefe, encuentre algo que no le guste.
—No te preocupes. Ha sido una agradable comida en buena compañía.
—Gracias, pero creo que a Noelia, esta ensalada de pasta le sale para chuparse los dedos y por lo que he visto, tu no has comido mucho.
—Creo que ya he comido viéndote comer a ti. Menudo saque tienes.
—Es por hacer tanto deporte, se me abre el apetito.
—Tengo que reconocer que la ensalada estaba muy buena, a pesar de que la hicieses tú —y Clara le guiñó un ojo al ver el gesto de disgusto que había puesto Jorge —pero, es que estaba un poco cansada y cuando estoy así, no tengo mucho apetito.
—¿Cansada? ¿Has nadado mucho en la piscina? Te vi cuando vine a darme una buena paliza en la bici. Por cierto, deberías usar un bañador en vez de bikini. Los vecinos van a acabar con las manos destrozadas.
—¿Qué? ¿Por qué lo dices? —preguntó Clara recordando lo que le había dicho en extraño por teléfono.
—Pues porque no hacen más que podar los setos cuando tu estas en la piscina y te puedo asegurar que con las tijeras podadoras te salen callos en las manos.

Clara sonrió aliviada por la explicación de Jorge. Este le dio un par de besos en las mejillas y le dijo un —Ciao Mami —que a Clara le encantaba.


Pasaron un par de días y Clara estaba delante del teléfono. No estaba esperando noticias de Joan, que la llamaba todas las noches para preguntar que tal estaba y como iban las cosas con Jorge. Clara estaba allí plantada porque su extraño, al otro lado de la línea, no la había llamado.

Sonó el teléfono y Clara contestó ansiosa.

—Hola, estaba empezando a preocuparme.
—¿Mami?
—¿Jorge?
—Vaya, sí que tenías ganas de que te llamase.
—Lo siento Jorge, pensé que eras Joan.
—¿Pero papa no te llama por la noche?
—Si, pero creo que ayer quedamos en que me llamaba hoy y… bueno, Jorge, ¿qué querías?
—Te llamaba para decirte que hoy no volveré hasta altas horas de la noche. Hoy firmamos un contrato con unos japoneses y a estos, después de utilizar la pluma sobre el papel, les encanta la juerga, por lo que tendré que llevármelos por Barcelona de cachondeo.
—No hay problema.
—¿Estás bien? Pareces decepcionada. Puedo enviar a otro a hacer el “trabajo sucio”.
—Estoy bien, no te preocupes por mí. Veré alguna película en la tele y me quedaré dormida enseguida.
—Si quieres, puedes coger una de mis películas en un baúl que tengo en mi habitación. Te pondrían servir para llevar mejor la ausencia de papa —dijo Jorge con tono irónico.

En ese instante, a Clara se le subieron los colores. Se puso tan colorada que agradeció estar sola en la casa.

Estaba anocheciendo, cuando escuchó el ruido del motor del deportivo de Jorge. A Clara le extrañó que estuviese ya en casa y bajó a recibirlo.

—Hola, Mami — dijo Jorge con una sonrisa de oreja a oreja
—¿Qué haces aquí? ¿No tenías que estar con los japoneses?
—Han firmado, los he llevado a comer y los he dejado con dos de mis mejores amigos. Los llevarán por los mejores garitos de Barcelona y acabarán en algún prostíbulo de alto nivel.
—¿Y no te atraía la idea?
—Pues no te voy a mentir, llevo un tiempo sin echar un polvo y la verdad, hoy seguro que mojaba.

Clara se rio a carcajadas al escuchar a Jorge

—No te lo preguntaba por lo del prostíbulo, te lo decía por lo de irte de garitos con los japoneses y tus amigos. Estás trabajando mucho y te mereces de vez en cuando, alguna que otra satisfacción.
—Tierra trágame —dijo en alto Jorge. —Lo siento Clara, soy un hombre y la única neurona que tengo en el cerebro solo piensa en una cosa cuando no estoy trabajando o entrenando.

Clara se volvió a reír y agradeció que Jorge estuviese en casa esa noche. Después de la llamada de rutina de Joan, se había quedado algo triste porque llevaba dos días sin saber nada de su interlocutor telefónico y comenzaba a echar de menos la excitación que pasaba cuando él le hablaba por teléfono.

—Clara, te veo algo cansada, ¿por qué no te das un buen baño relajante, de esos que te dejan con la piel arrugada?
—Pues no me vendría mal. Pero hay que hacer la cena.
—De eso me encargo yo, o mejor aun, llamo y que nos traigan unas pizzas.
—Me muero de ganas de comerme una pizza. Gracias Jorge, necesitaba algo así.
—Baño y pizza.
—Compañía…

Clara subió a su cuarto y se metió en el jacuzzi. Encendió unas velas aromáticas y dejó que la espuma y la fragancia que desprendían aquellas ceras, le ayudasen al descanso. Llevaba ya en remojo diez minutos, cuando se dio cuenta de que el bote con la crema para el pelo que utilizaba, se había terminado el día anterior y salió del cuarto de baño para ir a buscar otro al pequeño armario, donde guardaba todos sus productos de belleza.

Caminó descalza y sin hacer ningún ruido hasta el cambiador envuelta en una toalla y vio que había luz dentro. Entreabrió la puerta y vio una silueta que estaba hurgando en el cestito de la ropa sucia donde previamente había dejado toda su ropa. Clara dio un paso adelante, iba a gritar pero, se dio cuenta de que era Jorge. Vio que agarraba su braguita y comenzaba a olerla.

Clara se quedó de piedra, Jorge, su hijastro, la veía como una mujer y no como su Mami, como el decía. Vio como Jorge se abría la cremallera de su pantalón y como comenzaba a masturbarse mientras olía y lamía su ropa interior.

Se fijó que Jorge tenía un pene grueso y largo, lo suficiente para hacer que Clara se imaginase ciertas cosas. Y sobre todo después de que Jorge agarrase las braguitas y que se masturbase hasta correrse. Después volvió a dejarla en el cestito y se abrochó el pantalón.

Clara corrió hacia el baño y se encerró en él. Veinte minutos más tarde, Jorge llamaba a su puerta diciéndole que las pizzas estaban a punto de llegar.

Clara, después de cerciorarse de que estaba sola en la habitación, se fue al cambiador y cogió su braguita del cesto de la ropa. Estaban llenas de semen de Jorge. Las olió y su mente comenzó a vagar por terrenos prohibitivos para ella. A pesar de que Jorge era un chico apuesto y ella una mujer insatisfecha, él era su hijastro y tenía que respetarlo.

Además, ella era la responsable, tenía diez años más que él y seguramente había sido una chiquillada. Aun así, volvió a oler la braguita y los dos olores, el suyo y el de él, se entremezclaban haciéndola fantasear con su hijastro.

Aquella noche, Jorge notó la incomodidad de Clara y le preguntó varias veces si le pasaba algo. Esta cenó lo más rápido que pudo, atragantándose un par de veces y se fue para cama aduciendo que le dolía un poco la cabeza.


Por la mañana, Jorge se marchó temprano a trabajar, se despidió con un —Ciao Mami —pero no logró arrancarle la sonrisa con la que siempre le obsequiaba Clara.

Diez minutos más tarde, el desconocido telefónico la estaba llamando.

—Buenos días señora, cuanto tiempo.
—Hola.
—¿Supongo que estará impaciente por empezar? Estos días he echado de menos escucharla gemir. ¿Ha utilizado mi regalo?
—Si, pero sola puede ser a veces…
—Parece un poco decepcionada.
— Si, un poco.
—¿Es más excitante conmigo?
—Sí.
—Muy bien, pues comencemos.

Clara no preguntó por aquella tardanza, simplemente, cogió su juguete y obedeció todas las órdenes que le daba por teléfono.

—Tóquese muy despacio por todo el cuerpo con su juguete, quiero que disfrute de la vibración del consolador por toda su piel. Así me gusta, mi buena señora.

Clara, que ya estaba bastante excitada solo de escuchar la voz del hombre al otro lado del teléfono, con aquel masaje, se estaba poniendo cachonda del todo.

Cuando le tocó introducir el consolador, dio un gritito ahogado y dejó que las dos protuberancias extra jugaran con su clítoris y su culo.

—¿Qué pensarían su esposo y su hijastro si la viesen en esta actitud?
—Prefiero no pensar en ello.
—Bueno, sabiendo como es su marido, un hombre tan trabajador y de su edad, ya ha quedado claro que no es capaz de satisfacerla, pero su hijastro, con la edad que tiene y físicamente casi inagotable.
—No, no me hable de Jorge.
—¿Qué pasa? Pensar en él la pone más a tono.
—No… no es eso… — dijo Clara mientras recordaba la escena de la noche anterior y pensando que quien la estaba penetrando era Jorge y no el consolador.
—¿Qué haría si su hijastro viese lo que usted está haciendo en estos momentos?
—No, por favor, no me hable de él — dijo Clara entre gemidos.
—Está bien, creo que es suficiente, ajuste el nivel del juguete al máximo pero, no se corra todavía.

Clara obedeció sin rechistar. Le encantaba la vibración y el martilleo del consolador dentro de su sexo, pero lo que más le gustaba, era el pequeño dildo jugueteando con su culo. Nunca había pensado que pudiese obtener tanto placer de su puerta trasera.

—Por favor, deje que me corra, no puedo más.
—No la dejaré hasta que se sincere conmigo, piensa en su hijastro mientras se masturba, ¿verdad?

Clara volvió a la escena de la noche anterior, cuando Jorge se había corrido en su ropa interior y deseo que lo hubiese hecho sobre su pecho o mejor aun, dentro de su boca, para así poder saborear aquel rico manjar.

—Si, es verdad, pienso en el mientras me toco. Me encanta que me diga lo de Mami, es algo inmoral y excitante a la vez. Soy una mala madrastra.
—Mi pequeña Mami, piense en la polla de su hijastro y córrase de una vez.
—Oh, Jorge, fóllame… folla a tu Mami… métemela hasta el fondo y hazme gemir y gritar… así Jorge, fóllame.

Clara estaba en éxtasis, había comprendido que Jorge la atraía muchísimo y que le encantaría que estuviese en esos momentos allí para satisfacerla. Se acordó de la primera vez que lo vio en el puerto, con su aire desenfadado y de chico bueno. Cuando en la cena le enseñó su torso y vio que estaba en muy buena forma, cuando nadaba en la piscina con aquellos diminutos bañadores, aquellas piernas potentes y musculosas de tanto andar en bici… Clara recordó todo eso mientras tocaba sus pechos al compás del movimiento frenético de sus caderas.

El orgasmo, aquella vez, empezó en su sexo y recorrió todo su cuerpo de arriba abajo. Estaba completamente exhausta y no tubo fuerza para extraer el consolador que todavía tapaba sus orificios. Sus flujos bajaban por sus labios mojando la toalla que previamente había colocado sobre el sofá. El aroma de su sexo impregnaba completamente el ambiente de la estancia.

—Hola, Mami, he regresado porque… —pero Jorge no pudo acabar la frase. Se encontró a Clara tumbada boca abajo con el juguetito funcionando todavía.
—¿Jorge? —solo pudo articular Clara.

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