viernes, 28 de diciembre de 2012

CAPITULO 9



—Señora, el señor me ha comunicado que se quedará un par de días más en Madrid. Me dijo que no la despertase y que se lo dijese a la hora del desayuno. Al mediodía, volverá a llamarla.
—Gracias Noelia por el aviso y recuerda, llámame Clara —dijo esta radiante de felicidad. —Iré a despertar a mi hermana, ayer se pasó un poquito con la bebida y me temo que todavía está durmiendo
—Pobre, espero que no tuviera nada que ver que le estuviese llenando continuamente la copa.
—Noelia, no estarás insinuando que yo…
—Para nada —sonrió la guapa sirvienta.

Clara, después de desayunar fue a despertar a su hermana. Jorge, por su parte, se había ido a trabajar muy temprano aquella mañana. La había despertado con un suave beso en los labios y le hizo el amor utilizando solo su boca y su ardiente lengua.

Antes de entrar en el cuarto se dirigió al de Jorge. Allí rememoró la tórrida noche que había pasado al lado de su hijastro, como la había penetrado lujuriosamente y como por la mañana, se había comportado como un amante delicado y atento. Las dos caras de su hijastro le encantaban y fuese con fuerza o delicadeza, ella lo satisfaría siempre que se lo pidiese.

Al mediodía llamo Joan y estuvieron más de una hora al teléfono. Joan tenía muchas cosas que contarle y Clara reía complacida al escuchar a su marido tan elocuente. Al finalizar la conversación, observó como su hermana Mónica la estaba mirando apoyada desde la puerta de la cocina.

—Hola cariño, ¿qué tal estas?
—Como si me hubiese bebido medio viñedo de Falcon Crest.
—Sí, creo que ayer por la noche te pasaste un poquito con el vino.
—Ni idea, no recuerdo nada de nada. ¿Jorge no está?
—No, se ha ido muy temprano esta mañana.
—Pues entonces yo ya me voy. Le diré a Noelia que llame a un taxi para que venga a recogerme.
—¿Estás tonta? ¿Te has olvidado que se conducir?
—Se cómo conduces y prefiero un taxi.
—Come algo, me cambio de ropa y te llevo a tu hotel.
—Vale, pero prométeme que pasarás de 20 por hora, quiero llegar antes del anochecer a Barcelona.
—Vete a la mierda, hermanita

Quince minutos después, Clara estaba ya al volante del monovolumen conduciendo camino de Barcelona. Noelia se les había unido y llevaba una gran bolsa de deporte que era de Jorge. Este la había llamado y estuvo un ratito charlando con ella. A Clara le intrigó aquella conversación, pero pensó que se trataría de alguno de aquellos juegos a los que solían jugar ellos dos.

Dejaron a Mónica en su hotel, cuando comenzó a llover y fue en ese momento cuando Noelia le dijo a Clara que se dirigiesen a las oficinas de la empresa. Allí, Jorge las estaría esperando.

—¿Qué tenéis pensado hacer vosotros dos?
—Nosotros tres, dirás. Jorge te lo explicará todo.
—¿No me puedes adelantar algo?
—No, lo siento. No puedo estropear la sorpresa.
—Dios, que intriga.

Media hora más tarde, estaban en el parking del gran edificio de oficinas. Jorge las estaba esperando y casi no lo reconocieron ya que llevaba puesta una larga gabardina, un sombrero sobre su cabeza y unas gafas. A Clara le pareció Clark Kent y sonrió al verlo.

—Creía que ya no vendríais, no tenemos mucho tiempo. Noe, ponte la ropa y dale la suya a Clara.
—¿A dónde vamos? —preguntó Clara comenzando a impacientarse.
—Pues de visita al Zoo.
—¿Al Zoo?
—Sí.
—Pero está diluviando.
—¿No me digas que eres de las que encojen con la lluvia?
—No.
—Vale, ponte detrás con Noe que yo conduzco.

Noelia ayudó a Clara a vestirse. Llevaban sombreros para la lluvia y unas gabardinas. Debajo de ellas solo tenían puesto ropa interior muy sugerente. Clara no preguntó para que se habían vestido así y porque se iban al Zoo con la que estaba cayendo.

Al llegar, Jorge aparcó el coche y con un gran paraguas, refugió a las dos mujeres. Sacaron las entradas ante la atónita mirada del sorprendido taquillero y se internaron en el solitario Zoo de Barcelona. Jorge iba en medio, aguantando el paraguas, flanqueado a ambos lados por Noelia y por Clara. Esta se sentía rara por llevar tan poca ropa encima pero no tenía frío alguno ya que su sexo estaba comenzando a irradiar calor a todo su cuerpo.

Pasaron por delante un cuidador que estaba alimentando a los leones. Era un hombre de mediana edad, andaría cerca de los cincuenta años y se les quedó mirando al ver pasar a aquellos extraños personajes que paseaban debajo de un gran paraguas.

Se dirigieron a los servicios y allí Jorge entró en el servicio de caballeros. A los pocos segundos salió y les dijo que podían entrar, que no había nadie. Noelia llevaba a Clara cogida del brazo y se lo apretó al pasar dentro de los servicios. Estaba tan excitada como Clara y está le sonrió.

—Vosotros dos sois un pervertidos de mucho cuidado —dijo Clara revisando cada rincón de los servicios.
—Ya lo he hecho yo y no hay nadie —dijo Jorge.
—Vale —dijo Clara abriendo la última puerta.
—Vamos Noe, te toca.

Noelia saltó encima de Jorge y este la encaramó hasta sus hombros. El sexo de la chica quedaba a merced de la boca de Jorge y este sonrió con una picara sonrisa. Clara se sorprendió de la posturita pero la entendió al ver que Noelia iba desconectando los fluorescentes del techo haciendo que la estancia quedase en penumbras.

—Jorge, no seas malo. Deja de intentar meterme la lengua por el tanga —dijo Noelia quitando el último fluorescente.
—Mala eres tú, que te has puesto así.

Noelia sonrió y le guiñó un ojo a Clara. Después bajó de los hombros de Jorge y lo besó apasionadamente.

—Me ha puesto muy caliente, señorito Jorge. Tiene una lengua que parece una serpiente.
—Entreno mucho —dijo mirando a Clara y sabiendo que ella recordaría lo ocurrido aquella misma mañana en su habitación. —Ahora, si me disculpáis, iré a buscar a nuestra victima.
—¿Victima? —preguntó Clara comenzando a asustarse.
—Sí, nuestra víctima. Iros preparando.

Jorge salió afuera y las mujeres se quedaron dentro, en la penumbra.

—Será mejor que te escondas en aquel rincón Clara. Es mejor que la primera vez actúes como una voyeur.

Clara obedeció y se escondió en el oscuro rincón. Desde allí y después de que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad, podría ver todo lo que pasaba sin ser vista.

Al rato, Jorge volvió con el cuidador del Zoo. El mismo que estaba dando de comer a los leones.

—Aquí está la dama que le comentaba —dijo Jorge señalando a Noelia. —Muéstrate por favor.

Noelia se quitó la gabardina y un conjunto de sujetador, tanga, liguero y medias rojas aparecieron bajo la húmeda prenda.

—Ve, se lo dije, esta chica es un volcán a punto de erupción —dijo Jorge agarrando sugerentemente los pechos de Noelia, que se estremeció al contacto de las manos del joven.

Jorge siguió acariciándolos y esta comenzó a toquetearle por dentro de su pantalón. Notó como el pene de Jorge comenzaba a crecer bajo su experta mano y le sonrió al cuidador al ver que este se relamía de gusto.

Noelia sentó a Jorge sobre la barra de los lavabos y después de bajarle los pantalones, comenzó a lamer con lujuria el henchido pene del joven. Este echó la cabeza hacia atrás y escuchó un leve gemido a su derecha, pero no pudo distinguir a Clara en la oscuridad. Sonrió y agarró la cabeza de Noelia ayudándole a seguir el ritmo que él quería que llevase.

El cuidador del Zoo estaba ensimismado al ver aquel panorama y como aquella chica succionaba con avidez la polla del joven. Estaba tan excitado que se sacó la suya y comenzó a masturbase viendo aquella tórrida escena.

Noelia se levantó y se quitó el tanga. Se puso a horcajadas sobre Jorge y este la penetró sin muchos miramientos por detrás. El cuidador quedó frente al cuerpo de Noelia que abría su coño para que este pudiese ver en todo su esplendor, su húmedo sexo.

Sus tetas daban saltos dentro del sujetador con cada embestida y Jorge decidió que era el momento justo de mostrárselas al cuidador. Este, ante la vista de aquellas pechos, comenzó a meneársela más rápido.

Noelia y Jorge disfrutaban del espectáculo. No era la primera vez que lo hacían y eso les excitaba muchísimo, tanto que Noelia no pudo aguantar más y se corrió con un sonoro gemido. Mientras tanto, Clara, deseaba ser ella la que estuviese siendo penetrada por Jorge y dejó de importarle la presencia del cuidador. Se tocaba por todo su cuerpo y su sexo rezumaba flujos que se perdían a lo largo de sus piernas.

Noelia, a pesar de haberse corrido ya, seguía cabalgando a Jorge y este disfrutaba de la amazona que no bajaba el ritmo del trote.

—Estoy seguro que a este caballero le encantaría sentir tu boca en su polla —le dijo Jorge a Noelia al oído.

Esta, ni corta ni perezosa, ayudada por Jorge, se inclinó hacia delante y mientras Jorge seguía horadando su trasero, ella comenzó a lamer el jugoso glande del cuidador que lo agradeció de manera elocuente con un gesto de aprobación.

Al poco rato, Noelia, se limpiaba los restos de semen que bajaban por sus pechos. El cuidador les dijo que cuando quisiesen entrar en el Zoo, lo avisasen a él y este les dejaría entrar siempre gratis.

Cuando se marchó de allí, Jorge buscó a tientas a Clara en la oscuridad. Esta permanecía pegada a la pared, con sus braguitas bajadas hasta las rodillas y con sus manos acariciando todavía sus pechos y su sexo.

—¿Te ha gustado?
—Me he excitado muchísimo. Pero necesito algo más.
—Pide y se te concederá.
—Quiero que tú y Noelia me folléis aquí y ahora.
—Sus deseos son órdenes. Noe, la señora necesita de nuestros servicios. No la hagamos esperar.

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