lunes, 24 de diciembre de 2012

La playa. Remasterizado

Como está lloviendo tanto y nos queda todavía pasar mucho frío, os dejo un relato corto sobre una historia muy primaveral y calurosa. Así os recuerdo que va quedando menos para volver a disfrutar de la playa. A esta historia le tengo mucho cariño ya que fue una de las primeras en las que se notó un cambio para mejor en mi manera de relatar, estas historias eróticas que tango me gusta escribir. Sin más preámbulos, os dejo en la playa…


Lydia salió de la oficina al mediodía. Su jornada laboral había finalizado y decidió aprovechar la tarde para ir a la playa. Como no tenía pensado pasar por casa ni para coger su bikini, decidió ir a una pequeña cala nudista donde no habría apenas gente dadas las fechas en las que se encontraban.


En menos de una hora estaba bajando por el empinado camino que la llevaba hasta la fina arena blanca de la cala. Había cogido una toalla que dejaba siempre en el coche para esas emergencias de última hora. Como supuso, no había más de media docena de personas que, como ella, habían tenido la misma idea de darse un pequeño respiro en la mitad de aquella semana.


Se desnudó sin dar importancia a que algún que otro caballero la estuviese observando. No obstante, esas pequeñas cosas le hacían subir su autoestima. Tanto es así que obsequió con una pícara sonrisa a cierto voyeur que con un movimiento de cabeza agradeció el desnudo de su bonito cuerpo.


A pesar de estar todavía en mayo, el sol calentaba con fuerza. Lydia se tumbó sobre la arena y al poco rato decidió darse un baño para tratar de aliviar el calor. Cuando volvió a la toalla dejó que el sol y el aire cálido del mar fuesen secando su piel. Cerró los ojos y se dejó llevar por un sueño placentero. 


De repente sintió que algo acariciaba sus pies en dirección a los muslos. Extremecida, abrió un poco sus piernas para que el contacto fuese completo. Su sexo comenzó a humedecerse mecido por las caricias ofrecidas. En el justo momento en que emitió su primer gemido, los movimientos cesaron sobre aquella zona para continuar por su abdomen y recorriendo con suavidad el camino que le llevaba hacia sus pechos. El suave roce se concentró de tal modo sobre sus senos bañados por el salitre marino, que sus pezones se irguieron endurecidos al máximo.


Ajena a las posibles miradas de otros y centrada en el placentero masaje al que estaba siendo sometida,  Lydia comenzó a moverse con disfrute.


Las caricias viraron hasta perderse poco a poco entre el ensortijado monte de Venus. Muy cerca, su clítoris esperaba algo de atención sobresaliendo bajo la piel que lo protegía...


Justo en ese preciso instante, la brisa marina se transformó en una húmeda y caliente lengua que iba lamiendo en todas las direcciones los jugos que brotaban del tierno y rosado sexo. Lydia no deseaba romper el vínculo que surgió entre aquella juguetona brisa marina y ella de manera que, abriendo un poquito más las piernas, permitió que ésta accediera con mayor facilidad a aquel lascivo rincón que atesoraba su pequeño botoncito de placer.


Imaginó que se trataba de una sugerente boca masculina y que sus labios besaban todo su sexo succionándolo con delicadeza, mientras la lengua continuaba horadando hacia el interior, sin premura pero sin detenerse ni un solo instante.


Los primeros espasmos del orgasmo comenzaron a aflorar por todo su cuerpo. Lydia se agarró con fuerza a la toalla y se abandonó a aquella boca que lamía, besaba y chupaba al ritmo que su pensamiento le marcaba.


Cuando por fin le asaltó el estallido de placer, se mordió los labios para que su intenso y prolongado gemido no hiciera sospechar al resto de bañistas lo que realmente había ocurrido con aquella juguetona brisa marina.



Esta, abandonó su cuerpo y regresó al mar, donde comenzó a jugar con las olas, sabiendo que muy pronto, Lydia volvería a bañarse y la brisa regresaría a secarla y retozar nuevamente con ella.

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