viernes, 7 de diciembre de 2012

Lio en la piscina.


Advertencia: En este relato he aparcado mi lado sensible y he buscado dentro de mí, el lado más varonil que puedo tener. Es decir, he exorcizado a Justin Bieber y me he dejado poseer por Hugh Jackman. Espero haberlo conseguido y que disfrutéis de la lectura.



Eran las 7 de la mañana de un desapacible día de invierno. La empleada del gimnasio acababa de abrir la puerta cuando entramos los madrugadores de siempre. Una mujer llegaba a la carrera pues las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer sobre la ciudad. Rondaba los 40 pero, por sus movimientos, parecía que estaba en buena forma.

Antes de entrar en mi vestuario, la seguí con la mirada y pude fijarme que al quitarse el abrigo, venía enfundada en unas ajustadas mallas violeta. Su trasero era espectacular, grande pero firme o por lo menos, eso me pareció a mí.

Antes de entrar en piscina, calenté un poco las articulaciones y después me puse a nadar, intentando deslizarme suavemente por el agua. A los pocos minutos, vi que tenía compañía en mi calle. En esas horas, la mayoría de las calles estaban libres pero no le di mucha importancia al ver que el otro nadador era una mujer, y la verdad es que nadaba bastante bien por lo que no tendría problemas de “tráfico” en la calle.

A medida que los largos de piscina iban cayendo, me fije que el bañador de mi partener se estaba metiendo por la raja de su trasero y poco le faltaba para convertirse en un tanga. Había que reconocer que tenía un culo muy llamativo y me complacía llegar hasta su altura y echarle un vistazo de vez en cuando antes de adelantarla. Su tren superior tampoco estaba nada mal. No era la típica nadadora plana como una tabla, su pecho era bastante exuberante y calculé una talla 100 de sujetador.

Intenté concentrarme en contar largos y más largos, pero la cosa no iba bien pues de vez en cuando y sobre todo cuando se acercaba el momento de adelantarla, se me olvidaba el largo en el que estaba.

Poco después, noté que ya no había nadie más nadando conmigo en la calle. Cuando me disponía a girar, vi de reojo que la mujer estaba estirando solo unos metros más allá y pude echarle un rápido vistazo en seco porque con las gafas y metidos en el agua, las cosas se ven de diferente manera. Y la verdad es que todavía estaba más buena.

Yo seguí a lo mío, ahora si, más concentrado en lo que estaba haciendo que anteriormente. Acabé mi entreno, estire y para la ducha. Quién sabe, quizás mañana tuviese suerte y viese nuevamente a las dos macizas de ese día.

A la mañana siguiente, estaba yo dando mis primeros largos cuando vi que en mi calle había alguien más. Era la misma mujer con el bañador que era incapaz de tapar su trasero mientras nadaba. Me alegré por tenerla otra vez allí y no me importó hacer más largos de más al no poder concentrarme en el conteo de los largos. Valía la pena equivocarse.

Esto sucedió todos los días durante el mes. Calles de piscina vacías y ella siempre nadaba en la mía. Menos mal que los entrenos duros los hacía al mediodía con mi monitor ya que los entrenos de fondo mañaneros comenzaban a ser algo defectuosos.

El último fin de semana del mes, mi monitor, me puso un entreno para sábado y domingo de ultra fondo. De una hora a una hora y media de nado continuo. El sábado estaba el día bastante desapacible y no tendría problema de que las familias que solían ir los fines de semana estuviesen chapoteando y montando fiestas en las calles de nado libre. Mientras calentaba, vi que la puerta del vestuario femenino se abría y de ella salía la mujer que me había acompañado todas las mañanas. Mi corazón comenzó a palpitar más fuerte y eso significaba algo malo. Mi “amiguito” estaba reaccionado ante la visión de aquella mujer y mi cuerpo necesitaba un aporte extra se sangre. Lo mejor sería ponerlo en remojo cuanto antes. Me metí en el agua y mientras me colocaba bien las gafas escuché que me hablaban.

—Buenos días, compañero nadador. Está visto que no perdonas ni un día —dijo la mujer mientras hacía un leve calentamiento de brazos.
—Hola —balbucí.
—¿Te importa si me quedo en tu calle? No me gusta nadar sola y así, por lo menos, intento seguir un buen ritmo tratando de que no me cojas.
—Por mí no hay problema —dije viendo la piscina casi vacía a excepción de un sesentón que nadaba un par de calles más allá de la nuestra.
—Me llamo Sandra —dijo la mujer mientras se metía en el agua.
—Yo soy Rober —dije acercándole la mano para chocársela.
—Lo siento, pero yo soy más de las que dan dos besos cuando me presento —dijo mientras se acercaba para dármelos. —¿Empiezas tú?

Le hice un gesto de asentimiento y comencé a nadar con un ritmo suave. Los primeros metros tenía a Sandra siguiéndome pero poco a poco, a medida que pasaban los largos, la fui dejando atrás y muy pronto era yo la que la estaba siguiendo. Mirada al frente y aquel despampanante trasero estaba casi todo al descubierto.

Sandra utilizaba dos estilos para nadar. Y cuando cambiaba a espalda, de vez en cuando le echaba un ojo a su pronunciado canalillo. Era solo unos instantes pero los suficientes como para que mi polla comenzase despertarse.

Esa mañana, Sandra hizo un entreno más largo y eso me estaba poniendo nervioso. Por una parte, quería que se fuese y me dejase estar a lo mío, y por otra, deseaba que se quedase y siguiese poniéndome cachondo perdido.
Estaba acabando ya la hora cuando note que no había nadie más nadando, llegando al final de la calle, vi que Sandra estaba haciendo ejercicios de estiramiento dentro del agua. Estaba medio abierta de piernas con su bañador metido entre sus nalgas y eso me hizo apurar más el ritmo ya que mi bañador se estaba hinchando a marchas forzadas y eso hizo que uno de mis gemelos se me subiese y me tuviese que parar al otro lado de la calle.

Intenté estirar subido a la pequeña repisa donde uno se toma un descanso y allí me quedé, con cara de pocos amigos y un dolor en el gemelo insoportable. No había pasado ni un minuto cuando a mi lado estaba Sandra con cara divertida.

—Eso va a ser del riego —dijo sonriendo.
—Sin coñas que duele bastante. Necesito meterle un plátano diario a este cuerpo porque tengo tendencia a estos tirones cuando entreno mucho.
—Supongo que tendrá mucho que ver el problema de la concentración de sangre en otra parte del cuerpo.

Me quedé pensativo por unos instantes, pero me di de cuenta de que mi polla seguía todavía en ristre. La sangre comenzó a abandonar mi cuerpo y a subirme a la cabeza.

—Si me dices que eso es por mí, me sentiré alagada. Si me dices que es por el señor mayor de la calle lenta, comenzaré a preocuparme y a plantearme si me merece la pena darme los madrugones que me doy para intentar estar en forma.
—Lo siento… yo…
—No te sientas mal. Soy demasiado directa y eso a los tíos no suele gustar. Se sienten cohibidos al ser ellos las presas.
—Gracias, ahora me siento mucho mejor.

Sandra soltó una sonora carcajada y después se tapó la boca. Me acarició la mejilla y me miró fijamente a los ojos.

—¿No te has preguntado todos estos días el por qué habiendo calles libres, siempre me iba a tu calle?
—Me imaginé que como yo nadaba decentemente y en otras calles siempre aparecía el típico “vehículo lento” que se para, arranca y que va por en medio de la calle aun habiendo más personas nadando…
—Al principio era por eso, pero después me fije en tu culo. Tienes un culo que tengo muchas ganas de tocar y he estado a punto de hacerlo en multitud de ocasiones.
—Ya lo has hecho. Los has rozado mientras nadábamos.
—Eso no cuenta. Tengo ganas de estrujarlo y sobre todo, morderlo.
—¿Estas de coña?
—¿Te crees que eres el único que está “calentito” en estos momentos? A las mujeres se nos nota menos las calenturas.
—Vaya, no sabía que causaba calores en mi compañera de calle —dije con sorna.
—¿No te lo crees?
—¿Qué una mujer que podría tener a cualquier hombre que quisiese se fijase en un tío como yo? Pues no, no me lo creo.
—Déjame tu mano.

Inocentemente le “presté” mi mano. Ella la cogió y la metió en el agua hasta que estaba a escasos centímetros de su sexo. Mientras hacía eso, yo vigilaba al sesentón de la calle lenta que de vez en cuando se paraba a descansar. Sandra, separó su bañador y mi mano pudo tocar su depilado coño. Introdujo algunos dedos en él y pude notar su cálida y viscosa humedad.

—¿Puedes notarlo?
—Si, puedo notarlo. ¿Te gustaría estrujarme el trasero ahora?
—Si dejas los dedos ahí metidos, lo haré encantada.

Sandra se movió unos centímetros hacía adelante y mientras tocaba mi trasero cerró los ojos y se abandonó unos instantes a mis caricias.

—Buff, menudo calentón tengo —le dije.
—Puedo notarlo contra mi abdomen —dijo apretándome más contra ella. —¿Que tal se te da el buceo?
—Algo más de media piscina sin respirar.
—Creo que será suficiente por lo menos para que me puedas comer el coño.

Sandra se retiró hacia atrás un poco y se dejó flotando con las piernas abiertas. Sonreí, tomé algo de aire y me sumergí bajo el agua. Le retiré un poco el bañador y lamí con avidez el jugoso sexo que rezumaba un liquidillo transparente y viscoso. Antes de volver a subir pues me estaba quedando sin aire, separé un poquito los labios de su coño y ataqué con mi lengua su henchido y palpitante clítoris. Sandra, me agarró la cabeza y me hundió la cara en su coño. Apenas tenía ya aire cuando se dio cuenta de que tenía que respirar.

—Estaba a punto de correrme —me dijo mientras me quitaba las piernas de encima de mis hombros
—Lo siento, pero mis pulmones no daban para más —dije yo con la respiración algo entrecortada.
—Creo que necesito una ducha de agua muy fría.
—Estamos los dos igual. Y el sesentón creo que también, no deja de mirarnos.

Sandra lo vio y comenzó a reírse.

—Bueno, yo lo dejo por hoy. ¿Vas a seguir haciendo largos?
—Ahora toca ducha. No creo que pueda continuar con esta calentura entre las piernas.

Me guiño el ojo y salió de la piscina como alma que lleva el diablo. Yo esperé un poco más hasta que mi polla estuviese casi totalmente relajada. Fuera, la lluvia caía con fuerza y el viento era cada vez más fuerte. A nadie se le ocurriría venir al gimnasio con aquel temporal.
Me metí en el vestuario, cogí mi toalla y el champú y me metí en la ducha. Escuché al otro lado de la pared como Sandra maldecía al meterse debajo de la ducha de agua fría e intenté hacer yo lo mismo. Necesitaba quitarme aquel calor del cuerpo.

Mientras me enjabonaba, note como unas manos se agarraban a mi trasero. Estaba a punto de acordarme de la madre que parió al sesentón por tocarme cuando note el pecho de una mujer contra mi espalda.

—El agua fría no ha funcionado. ¿A ti que tal te va? —me preguntó Sandra.
—Iba bien hasta que has llegado.
—¿Quieres que me vaya?
—Ya que estás, podrías quedarte y nos aliviamos mutuamente.
—¿Y si viene el vejete y nos pilla en plena faena?
—Vamos al baño y allí nos encerramos.

Salimos hacia los baños que estaban al otro lado de las duchas y nos metimos en el del final. Allí sin más preámbulos, Sandra bajó la tapa del váter y se sentó, cogió mi polla y comenzó a menearla con premura hasta que decidió que la dureza era lo suficiente para metérsela en la boca.

No me habían hecho muchas mamadas hasta aquella mañana por lo que casi me corro de gusto a los dos minutos de empezar. Sandra lo notó y dejo de comérmela para levantarse y darse la vuelta. Colocó su culazo frente a mi polla y comenzó a jugar con ella, metiéndosela en medio de sus nalgas.

Los dos estábamos muy calientes y sus gemidos me estaban poniendo todavía más cachondo cuando decidí que era el momento de entrar dentro de su sexo. Cuando estaba apunto de entrar, me dijo que no lo hiciese, que intentase entrar por la puerta trasera.

Nunca había tenido la oportunidad de probar aquel manjar por lo que accedí a intentarlo. Cogí mi polla con firmeza y la acerqué al pequeño agujero de su trasero.

—Espera, necesito que antes me relajes un poco con tu lengua —me dijo Sandra abriendo su culo de par en par para tener un mejor acceso a su entrada trasera.

Me puso en cuclillas y comencé a lamer aquel agujero por el que en breve me dispondría a penetrar. Mi saliva se mezcló con el liquidillo lubricante que anteriormente había soltado mi polla cuando Sandra había jugueteado con ella.

Metí un dedo en su culo y a medida que su entrada se iba relajando, metí otro que accedió sin dificultad alguna. Era el momento de probar a meterle otra cosa más consistente.

Me levanté, moje un poco la punta de mi sexo con saliva y lo puse pegado a su agujero. Poco a poco, Sandra se fue moviendo hacia atrás y con unos pocos movimientos hizo que mi polla se perdiese totalmente de mi vista.

Yo comencé a penetrarla al ritmo que ella me pedía, poco a poco al principio y después más rápido y profundo. Mi abdomen chocaba contra sus nalgas y estas vibraban ante el continuo golpeteo. Era una gozada ya que aquel estrecho túnel estaba consiguiendo que mis ganas de correrme volviesen a aparecer.

Sandra también estaba muy cerca de llegar al suyo y así me lo hizo saber, irguiéndose un poco y cogiéndome el culo con ambas manos para que no dejase de penetrarla hasta que me corriese. El orgasmo casi fue instantáneo y casi llegando a los últimos coletazos, Sandra obtuvo el suyo.

La cogí de la cintura y me quedé pegada a ella hasta que mi miembro salió de su trasero, seguido de un pequeño rio de semen.

—Me he quedado con ganas de más —dijo Sandra mientras se limpiaba con un poco de papel.
—Tienes que darme unos minutos. La edad empieza a afectarme y no recupero tan pronto como en mi juventud.
—Lo siento, pero tengo prisa de que entres. Comprueba de que no hay nadie en las duchas.

Salí y comprobé que allí no había nadie, pero repentinamente, el sesentón entró en las duchas y pasó al vestuario. Tenía unos instantes para sacar a Sandra de los baños y que saliese para su vestuario. Así lo hice pero ella me agarró de la mano y me llevó con ella hasta las duchas. Allí no había nadie. Era la única mujer en todo el gimnasio junto con la señora de la limpieza y la recepcionista, y estas no utilizarían las duchas aquella mañana. Fuera el temporal de viento y lluvia estaba en pleno apogeo y a nadie se le ocurriría ir al gimnasio en aquel preciso instante.

Sandra pulsó el botón de la ducha y el agua caliente comenzó a recorrer nuestros cuerpos. Aquella situación me excitaba muchísimo y con la ayuda de sus manos y sus profundos besos, mi recuperación total fue en tiempo récord.

Al rato estábamos follando salvajemente debajo de la ducha. Ella se movía ágilmente para que la penetración fuese lo más profunda posible. Note como se convulsionaba un par de veces y después de eso, bajábamos un poquito el ritmo hasta que ella se recuperaba y volvía a tratar de sacarme toda la leche que pudiese. Aquella media hora debajo de la ducha fue colosal. Practicamos varias posturas y en todas ellas, Sandra buscaba llevarme al límite del orgasmo. En cuanto le decía que no podía más y que me iba a correr, ella paraba y cambiábamos de postura.

Pero hubo un momento en el que ya no aguantaba y Sandra, compadeciéndose de mí, sacó mi polla de su coño y lo metió en su insaciable boca. Insaciable, porque me corrí dentro de ella y no paró de chupármela hasta que se aseguró que ya no salía más leche de mi sexo.

Los dos estábamos exhaustos y nos despedimos con un largo beso en la boca. Sabía a semen, pero no me disgustó su sabor. Me despedí de ella y quedamos para el día siguiente. Algo de natación y unos buenos polvazos para después. Además, la tele había dicho que el temporal continuaría el domingo y no seríamos molestados por nadie durante la mañana.

Al otro lado de la pared, en los baños, la señora de la limpieza se dejaba caer sobre el retrete, cansada de tanto trajín. <<Mañana me traigo uno de mis juguetes. Con la caña que se dan estos dos, voy a necesitarlo>> pensó 

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