martes, 22 de enero de 2013

El regalo. Segunda parte


Tres horas después, Mike volaba con su equipo en uno de los Jets privados hacia Dubai. Para él no era la primera vez viajaba hasta allí pues había estado ya en alguna que otra misión de la Central. Todavía recordaba la última y lo mucho que tuvo que trabajar en aquel harem con todas aquellas bellas mujeres de aquel rico magnate del petróleo. Sonrió y notó un ligero cosquilleo en su entrepierna que le hizo notar que su “amigo” también recordaba aquella estresante misión.

Como agradecieron que les devolviese a su marido de aquel secuestro Express perpetrado por uno de sus rivales en el negocio. Sobre todo aquellas dos mujeres, las más hermosas entre todas. Recordó sus manos quitándole la ropa con restos de sangre de los captores de su esposo, llevándolo hasta la bañera donde se metieron con él y lo bañaron durante más de media hora. Mientras una se dedicaba a darle un masaje por cuello y hombros, la otra subía por sus piernas, acariciándolo hasta toparse con el grueso sexo de Mike, que reaccionó al contacto de las sedosas manos de una de las esposas. Este se apoyó totalmente contra el cuerpo de la otra mujer, notando sus pechos contra su espalda. Su tupido sexo podía notarlo en la parte baja de su espalda y agradeció mentalmente, encontrar mujeres que no iban a la nueva moda de llevarlo todo completamente rasurado.

El hombre se dejó hacer por las expertas manos de aquellas dos mujeres, le encantaba el tacto de su piel color aceituna, sus cabelleras negras, sus ojos pintados que hacían destacar todavía más el color avellana de sus pupilas. La que estaba detrás dejó de masajearlo por los hombros y pasó sus manos hacia el torso de Mike, acariciando sus trabajados abdominales y pellizcando sus pezones que hicieron recorrer descargas de placer por todo el cuerpo del hombre.

La mujer que estaba ocupándose de las piernas de Mike, vio que el sexo de este estaba preparado para recibir el de ella; se colocó encima, y poco a poco, se lo introdujo, tratando de sentir como la magnitud del miembro del hombre se iba abriendo pasa entre las paredes de su oscura pero húmeda cueva de placer.

El ritmo cadencioso y pausado de la cabalgada, alargó durante muchos minutos el momento placentero que estaban viviendo los tres, en aquella bañera dorada, ya que Mike, siendo un caballero como era, había alargado una mano por detrás de su espalda y se había encargado manualmente de proporcionar todo el gozo que le era posible a la otra esposa del magnate de petróleo.

Dos horas más tarde, Mike subía al avión con su equipo, teniendo la satisfacción de haber realizado un gran trabajo sobre el terreno.

Era de noche cuando llegaron al aeropuerto internacional de Dubai, unos humers negros los estaban esperando a pie de pista. Entraron y fueron conducidos hacia uno de los edificios más famosos del emirato, la torre Burj Califa. John les informó de que los cuatro sospechosos se habían instalado en una de las suites corporativas y más concretamente en la planta 150 de la torre. Lo que no había conseguido averiguar era en cual de las suites de esa planta, estaría Katia con sus captores.

Ahora les tocaba el turno a Mike y a su equipo. Entrar, localizar a la joven y salir sin hacer ruido. Esa era la especialidad de cualquier agente secreto pero no la de Mike.

Lo primero sería pasar desapercibidos para las cámaras de seguridad de la entrada del gran vestíbulo. Dentro, casualmente, se encontraba la Comic-con que este año se organizaba en Dubai. Cientos de personas vestidas con los más variopintos disfraces de personajes de cómics y mangas en general. Los compañeros se buscaron la vida y se encargaron de tres star troopers que intentaban ligar con las varias princesas Leia disfrazadas de esclavas. 

Mike se vistió con un mono negro muy ajustado, se colocó bien sus gafas negras y se colgó una mochila a la espalda mientras John le iba dando indicaciones a los star troopers de lo que tenían que hacer. Cuando todo estuvo preparado, Mike subió a la planta 150 para tratar de encontrar a la chica secuestrada. Pero no pudo ni tan siquiera acceder al piso. Había dos matones al salir del ascensor que le indicaron que aquella planta estaba reservada y que no se podía estar en ella. Mike, fingiendo estar algo bebido, pidió disculpas y bajó un piso.

—John, hay dos bicharracos a la salida del ascensor, cámaras de seguridad en la entrada y pude ver alguna más en los pasillos.
—No te preocupes. Un par de los nuestros se están encargando de la parte técnica de esa planta. En unos segundos tendrás la 150 a oscuras.
—Muy, bien, ajustaré mis gafas en visión nocturna.
—Me confirman que en cuanto subas, tendrás oscuridad total durante cinco minutos antes de que se activen las luces de emergencia.
—Vuelvo a subir.
—Ten cuidado e intenta no hacer mucho ruido, pero si tienes problemas, la salida de emergencia está un piso más arriba.
Bye John.


(Mision imposible: Limp Bizkit)

Mike llegó a la planta 150 por las escaleras de emergencia, justo en el momento que se abrieron las puertas del ascensor donde entraron los matones y del que no volverían a salir. Una pequeña granada sónica los dejaría atontados durante un buen rato. La oscuridad de la planta era total ya que se habían bajado las persianas de seguridad y las gafas que llevaba puestas se activaron en visión nocturna.

El cronómetro de su reloj comenzaba a descontar los segundos que le quedaban antes de que la luz volviese a toda la planta. Corrió por toda ella hasta que vio salir por una de las puertas a un hombre armado con una pistola y que buscaba a tientas el interruptor de la luz del pasillo. Mike se encargó de él con una patada voladora que lo dejó inconsciente. Recogió su arma y entró en plan comando en la suite donde suponía que tendrían retenida a Katia.

Y allí estaba ella, completamente desnuda, abierta de piernas y atada sobre unos arneses que colgaban del techo. Había un par de tipos embutidos en unos trajes de cuero y argollas por todas partes. Media docena de gerifaltes apoltronados en unos grandes sillones y cuatro hombres armados tomando unas copas en una improvisada barra de bar.

Mike se dirigió primeramente hacia el lugar donde estaban las amenazas más peligrosas y se encargó de los matones más cercanos, les arrebató sus armas automáticas y se cargó a los cuatro sin apenas esfuerzo. Un tiro en la cabeza los más afortunados y los otros, en el pecho donde les abrió un buen boquete. Después, eliminó a los dos hombres “en cueros“ que corrían a ciegas con sus látigos y juguetes de tamaños considerables.

Los mandamases también recibieron su ración de plomo antes de liberar a Katia de sus ataduras. 

—¿Estas bien? ¿Te han hecho algo?
—Me han estado manoseando todo el rato y has entrado en el momento que iban a empezar con esos gigantescos penes de látex —dijo la joven algo aturdida.

En ese momento, la luz volvió repentinamente y las gafas de Mike se volvieron nuevamente oscuras.

—John, algo va mal, solo han pasado tres minutos y ya tengo luz por aquí.
—Sal pitando, los disparos van a atraer hacia ti al resto de matones de todo el edificio y el cuerpo de seguridad de la torre.
—Entendido, tengo a la rehén, parece algo drogada. Eliminados todos los sospechosos y reconozco a varios Domine durmiendo en los sillones.
—¡Plan B, tus chicos no pueden ayudarte, Plan B!
—¿Es este tu vestido? —le preguntó a Katia que no había reaccionado del todo.
—No lo sé, ¿dónde estoy?

Mike le puso el vestido y la cogió en brazos al ver que Katia no se sostenía en pie todavía. Corrió hasta los ascensores, pero John le indicó que no era buena idea. Salió por las puertas de las escaleras de emergencia y subió hasta el piso de arriba, perseguido por los hombres de los mandamases que había dejado “durmiendo” en sus cómodos sillones.

Una ráfaga de plomo quedó incrustada en la pared y había pasado a escasos centímetros de la cabeza de Katia.

—¿Cuánto pesas?
—Cincuenta kilos.
—¡Dime tu peso verdadero! —grito el hombre corriendo hacia uno de los grandes ventanales de la planta 151.
—¿Cincuenta?

Mike cogió un pequeño mando a distancia e hizo estallar unas pequeñas cargas de explosivo que hicieron volar el gran ventanal que caería al vació y sobre los jardines de la torre.

Unos segundos antes del salto, las balas volaban por encima de sus cabezas y eso hizo despejarse totalmente a Katia.

—Cincuenta y ocho, peso cincuenta y ocho kilos.
—Entonces nos vamos a estrellar —le dijo Mike con una gran sonrisa.

Pero el salto al vacío estaba ya dado.

Katia se aferraba al cuerpo de Mike como una cría de mono a su madre. El hombre le agarraba la cintura mientras descendían a gran velocidad hacia el suelo.

—¡Necesito que te agarres más fuerte. Pasa las piernas alrededor de las mías! —le gritó al oído.

Pero Katia lo único que podía hacer era gritar lo más fuerte que podía.

Entonces Mike soltó una de las manos que tenía agarrada a la cintura de Katia y soltó el pequeño paracaídas de emergencia que se abrió sin ningún problema. Al notar que perdía sujeción, Katia se aferró tal y como le había dicho Mike y pasó sus piernas alrededor de las de él.

—¡Tengo que soltar la otra mano, necesito dirigir el paracaídas a un lugar seguro, fuera del alcance de los tiradores de la torre! ¿Estás prepara?
—No, no lo estoy —pero Mike no hizo caso y soltó la otra mano con la que agarraba la cintura de la joven. Durante unos segundos, con sus manos y su cuerpo, controló la dirección de la caída y cuando estaban a cien metros del suelo, desplegó el paracaídas que se abrió con tal fuerza, que el hombre tuvo que agarra a Katia para que esta no lo soltase. Después de asegurarse que estaba perfectamente agarrada, dirigió el paracaídas a una zona residencial y aterrizaron dentro de una gran piscina donde se deshicieron rápidamente del paracaídas ya que este, estuvo a punto de ahogar a la joven.

—Tenemos que salir de aquí cuanto antes. Desde la torre han podido ver nuestro lugar de aterrizaje.
—Dios mío, tú eres Rafa, el limpia cristales.
—Si lo soy.
—Pero, pero, p…
—Pero en mis ratos libres me dedico a rescatar a bellas damiselas en apuros. Ahora tranquilízate un momento.
—¿Qué me tranquilice? Me han raptado, me han drogado, me han traído a un país extraño sin mi consentimiento, me han desnudado delante de unos vejestorios, me han atado, manoseado y casi violado con unos consoladores tamaño caballo, me han disparado y he saltado desde una torre de no sé cuantos pisos y sin paracaídas y ¿me pides que me tranquilice?
—Te olvidas de que casi te ahogas con el paracaídas.
—Y el que supuestamente me ha salvado es un limpia cristales con aires de espía tercermundista.
—Vaya, eso me ha dolido.
—Que te den, tío, no pienso tranquilizarme ni quiero hacerlo.
—Tienes todo el derecho para estar así, pero necesito que estés tranquila y que dejes de gritarme. Te he salvado la vida.
—No quiero hacerlo y te gritaré lo que a mí me venga en gana.

Pero Mike no estaba dispuesto a ello. Le dio un cabezazo que la dejó inconsciente. Después la echó sobre su hombro como si se tratase de un saco de patatas y se la llevó de aquella zona residencial.

Tres de días más tarde, Katia estaba tumbada en la cama. Todavía no recordaba muy bien lo que había pasado desde que les había entregado los billetes a aquellos hombres en el hotel. Era como si no recordase nada de lo que había pasado en ese par de días. Y eso que Cloti le había dicho que la habían encontrado sin conocimiento tirada en un callejón cercano al hotel. Parece ser que le había dado una lipotimia por el calor y se había dado un buen golpe en la cabeza en la caída. Aun así, no recordaba nada de lo acontecido.

Rafa la había encontrado y la había llevado al hospital donde permaneció un día bajo supervisión médica. Marga fue a buscarla cuando le dieron el alta y le dijo que se tomase esos días de merecidas vacaciones y que entre ella y Cloti tratarían de despachar todo el trabajo. Además, le llevaba un sobre con un extra por haber llevado los billetes al hotel y que los agradecidos clientes le habían dejado en la recepción del Rich.

Katia le pidió a Cloti que le diese las gracias a Rafa, pero otro chico lo había sustituido para la limpieza de los ventanales aquellos dos días. Y por lo que ella había averiguado parece ser que había dejado el trabajo sin dejar rastro alguno. Todas las mujeres de la zona se habían quedado sin el macizo limpia cristales de Rafa. Y para rematar su decepción, las tormentas veraniegas hicieron su aparición en la ciudad haciendo que el buen tiempo se alejase por unos días.

Tres días más tarde, Katia recibió un mensaje en su móvil. Era de Rafa. Le decía que si todavía estaba interesada en contactar con él, lo único que tenía que hacer era estar esa misma noche y a partir de las once, en la primera farola del malecón con una gabardina negra, unas gafas y una pañoleta. Él la recogería con un vehículo y la pasearía por toda la ciudad. A Katia, en un principio, le pareció ridículo lo de llevar gafas a esas horas de la noche, pero después pensó que así nadie la reconocería.

A las once en punto, estaba tal y como le había pedido Rafa en la primera farola del malecón. Apunto estaba ya de diluviar, cuando este apareció con una gran limusina que hizo sonreír de oreja a oreja a la joven. Rafa salió del gran vehículo, vestido con un elegante esmoquin, le ayudó a subir y la acomodó enfrente de él.

—John, por favor, danos una vuelta por la ciudad.
—Como usted diga.

La limusina arrancó y Rafa comprobó que Katia por debajo de su gabardina llevaba unas medias con liguero. Este le dio su aprobación y esta, sacándose las gafas, descruzó y cruzó nuevamente las piernas. No llevaba ropa interior y el hombre pudo ver el pelirrojo sexo de la joven.

—Sabes que eres preciosa, ¿verdad?
—Bueno, no me veo mal delante del espejo. Pero me ha sorprendido verte en limusina ya que un simple limpia cristales no creo que tenga tanto dinero para estos lujos.
—No veas tú la de vidrieras que he tenido que limpiar para conseguir este cochazo con un chofer tan obediente con este.

Katia se rio con ganas y se acercó a Rafa. Él le pasó la mano por el cuello y la atrajo hacia su boca. Se dieron un largo beso y sus lenguas jugaron en un principio despacio para después luchar con lujuria dentro de sus bocas.

La joven se quitó la gabardina y Rafa admiró el corpiño que realzaba la figura de Katia y sus bonitos pechos perlados de pecas. Sus pezones sonrosados llevaban duros un buen rato y el hombre los miro con lujuria, como si quisiese comérselos con los ojos. Se quitó la chaqueta, se aflojó la pajarita y se desabotonó la camisa. Ella por su parte, se colocó a horcajadas encima de Rafa y se movió insinuante, con los pechos muy cerca de la boca de aquel hombre que comenzaba a estar muy caliente debajo de su pantalón.

—¿Quieres que le diga a John que suba el cristal?
—No, me da mucho más morbo así. Que nos vea si quiere.
—Es tu noche, tú eliges.
—Elijo quitarte el pantalón. Creo que hay algo por ahí abajo que está subiendo y aumentando de tamaño.
—No hay problema, no hará falta ni que te muevas.

Rafa apoyó el peso de su cuerpo en sus piernas y levantó un poco su cintura con Katia encima. Se bajó los pantalones, sus bóxer y reposó su duro trasero contra el cómodo asiento de la limusina. Katia se acomodó lo mejor que pudo y se pegó al grueso sexo del hombre que la agarraba por la espalda para atraerla más hacia él.

Mechones de pelo reposaban encima de los pechos de Katia y se mecían al son de sus caderas mientras Rafa, la abrazaba con fuerza, como si no quisiese que aquel abrazo terminase nunca. Ella le acariciaba el pelo y desde esa corta distancia podía ver las canas que iban colonizando poco a poco, el pelo negro del hombre.

En unos segundos y sin que la joven pudiese hacer nada por la fuerza de aquel dios griego, este la tumbó y colocó la cabeza entre sus piernas, lamiendo con deseo los fluidos de Katia y los suyos propios que se habían adherido a la blanca piel del abdomen de la joven.

Katia le agarraba la cabeza con fuerza como si intentase meter toda la cara de Rafa dentro de su sexo, quería… necesitaba que él estuviese dentro de ella, lo deseaba desde el día que lo vio tras las grandes cristaleras de la Agencia de Viajes. Así se lo hizo saber, pero Rafa no aflojaba en su empeño de lamer toda la miel que salía de aquel cántaro divino. Y fue así como Katia no pudo aguantar más y entre bufidos, groserías y tirones de pelo, tuvo su primer orgasmo de la noche mientras veía como el fiel John, observaba impertérrito la escena desde el espejo retrovisor.

Todavía no se habían desvanecido los ecos del primer orgasmo cuando Rafa volvió otra vez a la postura inicial con Katia sentada a horcajadas sobre él. Con sus ágiles dedos, que eran capaces de desactivar en segundos complicados artilugios creados para estallar, quitó uno a uno los corchetes del corpiño de Katia que agradeció aquel gesto con una sonrisa en sus labios.

—¿Te puedo quitar yo la camisa? —le preguntó.
Quid pro quo, mi querida y bella Katia.

Esta le arrancó la camisa, literalmente y la dejó encima de su ropa.

—Podías haber sido un poco más cuidadosa, no sabes lo caras que van esas camisas.
—Uy, lo siento, yo no quería —dijo Katia poniendo cara de niña buena —bueno, esto compensa lo de no hacerme caso hace unos momentos cuando te estaba pidiendo que parases y metieses dentro de mí otra cosa que no fuese la lengua.
—No te había entendido bien, con los tirones de pelos que me dabas.
—Como sois los hombres, tenemos siempre que guiaros y enseñaros en todo lo que hay que hacer —dijo Katia mientras levantaba un poco sus caderas, agarraba el enhiesto sexo de Rafa y poco a poco, lo iba introduciendo en el de ella.
—Ves como era mejor tenerte más receptiva. Mi amiguito no suele entrar en todos los lugares si estos no están preparados para recibirlo.
—Entonces retiro lo dicho, sabes lo que se hace —dijo Katia moviéndose muy despacio y lubricando por entero el falo de su partenaire.

Rafa le agarraba el trasero, dejándole las marcas en su blanca piel por la presión ejercida con sus dedos. Ella se movió despacio en un principio, pero poco a poco, aumentó en intensidad su cabalgada, subiendo y bajando con más rapidez hasta que Rafa estuvo próximo a su orgasmo y justo en ese instante, la joven detuvo su frenético ritmo quedando solo con la punta del sexo dentro de ella.

—Todavía no, guapetón.
—Sabes que podría obligarte solo con apoyar mis manos en tus caderas —dijo Rafa resoplando.
—No lo harás si sabes lo que te conviene.

Cuando Katia notó que Rafa estaba algo más tranquilo se dejó caer por entero con todo su peso y volvió a repetir este movimiento unas cuantas veces más, hasta que Rafa, volvió a sentir nuevamente los prolegómenos del orgasmo. La joven, volvió a detenerse.

—Una cosa, guapa, la limusina va por horas.
—Lo siento, pero estoy a punto yo también y me encantaría que fueses un caballero y esperases por mí para hacerlo.
—Vaya, me has tocado la fibra sensible. Aguantaré todo lo que me pidas.
—No te preocupes, no me queda mucho ya.

Rafa agarró con una mano, uno de los pechos de Katia y el otro se lo metió en la boca ejerciendo una leve pero cadenciosa presión con su lengua. La joven comenzó a moverse rítmicamente y el roce del vello púbico de ambos sexos, hicieron que las oleadas de placer comenzasen a hacer su aparición en los cuerpos de los amantes.

Pero Katia todavía no estaba dispuesta de abandonarse al placer. Le pidió cambiar de postura por última vez y se sentó ofreciéndole una panorámica de su hermoso cuerpo al atento chofer de la limusina. Rafa, sorprendido pero demasiado excitado para protestar, hizo resbalar una de sus manos por todo el cuerpo de la joven y acarició lentamente el henchido botón del placer que hizo aumentar el ritmo frenético de las embestidas de Katia, hasta que con un prolongado gemido, esta se derrumbó sobre el torso de un satisfecho Rafa.


Las cápsulas se iluminaron, se abrieron y de su interior emergieron dos ancianos octogenarios, que salían sonrientes y contentos.
—Esta vez, John, lo ha bordado —dijo la mujer arreglando su camisón.
—Y con dos fotos antiguas nuestras ha creado dos avatares buenísimos y que decir del mundo virtual, es excelente.
—Me lo he pasado genial, he disfrutado muchísimo de esta aventura. Pero la próxima vez, deja que los encapuchados hagan un poco su trabajo. Aquellos juguetitos parecían muy divertidos.
—Katia, tu siempre tan dispuesta a disfrutar de estas aventuras.
—¿A pesar de la edad?
—Pues claro, a pesar de la edad.

Katia miró el pijama que llevaba el hombre y le lanzó una sonrisa.
—Don Rafael, ¿no le había dicho el médico que no podía tomar Viagra por sus problemas de corazón?
—No la he tomado, mi querida Katia. Es por esta historia que me ha puesto juguetón.
—Pues tendremos que arreglar eso cuanto antes. Todavía me quedan ganas a pesar de lo ocurrido en la limusina.
—Está bien. Más tarde llamaré a John y le daré las gracias por su regalo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario