martes, 30 de abril de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 1

Su llegada a la gran ciudad no fue todo lo bien que había esperado. Un informático pueblerino contratado por una de las mayores empresas de publicidad del país, acababa de aterrizar en el aeropuerto de la capital. Héctor, que así se llamaba el joven, tenía veinticinco años y era la primera vez que salía de su pequeño pueblo en la costa y hacía el gran viaje a la ciudad. Había estudiado su carrera de Ingeniería Informática a distancia y con las buenas notas que había sacado, envió cientos de curriculum a muchas empresas, solicitando ser admitido en sus departamentos de informática.

La gran mayoría de las empresas, ni siquiera le respondieron, y las que si lo hicieron, le dijeron que no necesitaban a nadie en ese momento y que ya lo llamarían. Pero un buen día, una de aquellas empresas le respondió por carta. Les había interesado mucho su currículum y aunque no tenía experiencia laboral alguna en su campo, fueron los únicos que le habían solicitado una entrevista.

Todo fue muy rápido. Tras una cámara web y desde su propia casa, respondió satisfactoriamente a todas las cuestiones realizadas por la directora de recursos humanos, una mujer madura, con cara de mala leche y mirada escrutadora.

Al final de la entrevista, Héctor esbozó una gran sonrisa al escuchar a la dura de Gloria, preguntarle cuando podía incorporarse a la empresa. De eso hacía justamente una semana.

Héctor salió de la terminal y se dirigió a la parada de taxis. Tuvo que esperar unos minutos en una fila para coger uno ya que la llegada de varios aviones en poco espacio de tiempo, había llenado aquella zona de turistas y hombres de negocios que llegaban a la ciudad.

Cuando le tocaba su turno para subirse al único taxi que quedaba, una mujer se le coló y entró como una exhalación en el vehículo.

—Perdone, pero este taxi era para mí.
Lo siento, pero tengo mucha prisa. Tengo que llevar esto con urgencia —y le enseñó una pequeña carpeta —y no puedo esperar a que llegue otro.
—Pero, es que yo llevo más de un cuarto de hora esperando para coger uno.
—Hay que ser más rápido —dijo la mujer cerrando la puerta del taxi.

Héctor se quedó bastante chafado al ver como el taxi y la mujer se alejaban a gran velocidad hacia la autovía que les llevaría a la ciudad. Se fijó si había alguien detrás de él, pero era la última persona que había en aquella zona de la parada de taxis. Tuvo que esperar otros diez minutos más hasta que uno de aquellos flamantes vehículos blancos con la lucecita verde encima del capó, llegase para recogerlo. Metieron las maletas dentro del maletero del coche y otra fue en el asiento del copiloto.

—Buenas tardes, ¿a dónde lo llevo? —le preguntó el taxista.
—A esta dirección, por favor —dijo Héctor entregándole un papel al taxista y este comprobó la dirección que el joven le había entregado.
—Muy bien, vamos para allá.

El taxista le indicó que se abrochase el cinturón y después de esto, salieron parsimoniosamente hacia el caótico tráfico de la autovía. Media hora más tarde, el taxista lo había llevado hasta la dirección que Héctor le había dado. Bajó sus maletas y le pagó al taxista por la carrera.

—¿Es la primera vez que viene a la ciudad? —le preguntó el taxista.
—¿Se me nota tanto?
—Del pueblo, supongo.
—Pues sí que se me nota.
—No se preocupe, no se nota, lo que pasa es que tengo un don para esos detalles. Si necesita de mis servicios para moverse por la ciudad, tenga mi tarjeta —y el taxista le ofreció una tarjeta con unos bonitos caracteres escritos en ella. —Carlos Cifuentes para servirlo.
—Encantado Carlos, yo soy Héctor —dijo este estrechándole la mano.

Un crujido en la radio del taxi, hizo que Carlos se girase y se despidiese de Héctor con un gracioso saludo militar.

El joven vio como el taxi se alejaba por la estrecha calle y giraba hacia la gran avenida que lo llevaría por el centro de la ciudad hacia su nuevo destino.

Héctor llamó al timbre del primer piso. Una mujer que le habló desde el otro lado del video-portero, le abrió la puerta después que el muchacho se identificase. Desde fuera, la fachada del edificio, le daba un aspecto bastante antiguo, pero por dentro, había sido remodelado hacía solo un par de años. Un ascensor lo dejó en el quinto piso en un abrir y cerrar de ojos. Héctor se sorprendió al ver que la mujer que él espera encontrarse al salir del ascensor, no era como él se la había imaginado. Su tía, con la que vivía en el pueblo, se había puesto en contacto con una mujer en la capital a la que ella conocía desde sus tiempos mozos, y le había pedido alojamiento para su sobrino, previo pago de una considerable fianza.

Por eso, en su cabeza, se imaginaba una señora de avanzada edad como su tía y no una mujer como la que lo había ido a recibir a la puerta del piso.

—Tú debes de ser Héctor —le dijo la mujer.
—Y tu… ¿Luisa?
—No, cariño, esa es mi madre. Yo soy Diana y me ha tocado a mí venir a dejarte las llaves. Mi madre estaba bastante liada y no podía venir a recibirte.
—Ya me parecía a mí. La mujer con la que hablé por teléfono ayer mismo no se correspondía mucho con tu voz. Parecía un poquito mayor.
—¿Un poquito? Pero si solo tengo treinta y tantos.
—Y muy bien llevados por lo que veo – dijo Héctor sin saber porque había dicho eso.

Diana sonrió maliciosamente y le ayudó a pasar las maletas dentro del piso.

El piso estaba muy bien. Anteriormente, había sido una gran galería donde sus antiguos inquilinos, venían a pasar las soleadas tardes para una agradable lectura o simplemente, recostarse en unos grandes butacones y dormir la siesta. Ahora había sido reconvertido en un espectacular Loft de noventa metros cuadrados muy bien utilizados y con grandes armarios empotrados para aprovechar todavía más el espacio. La única puerta que había en todo el piso era la de la entrada ya que la del baño había sido sustituida por unas puertas correderas al estilo japonés. El dormitorio, a modo oriental, fue del agrado del joven y sobre todo después de que Diana insistiese para que probase el colchón acostándose los dos sobre él.

La mortecina luz de la tarde entraba por unas grandes ventanas por las que se podía ver toda la calle. Diana le indicó, que por fuera, los cristales de las ventanas eran de espejo y que si quería, podía pasearse completamente desnudo sin ser visto o espiar a los vecinos de los edificios de enfrente sin tener que estar escondido —yo lo tengo echo alguna que otra vez y es más divertido que ir al cine —le dijo la sonriente mujer enseñando su blanca y cuidada dentadura.

La cocina, con barra americana, era muy funcional y una gran mesa en el salón haría las delicias de los invitados, si es que Héctor los tenía algún día. El baño era bastante grande para aquel piso y tenía como productos estrella, un jacuzzi y una ducha de hidromasaje, —para impresionar a tus conquistas —le dijo Diana a Héctor.

El paseo por el loft había terminado. Estaban nuevamente llegando a la puerta del recibidor y Héctor se fijó por primera con detenimiento en la mujer. Sobre todo en el gracioso trasero de Diana que iba de un lado a otro, al compás de sus caderas. Sus piernas, enguantadas en unas finas medias con costura por detrás estilo años cincuenta, terminaban en unos altos zapatos de tacón. Una blusa blanca, dejaba entrever, un sujetador negro que hizo que la imaginación del muchacho se disparase hasta límites insospechados con la que iba a ser su casera. La melena rubia, recogida en una cola, le daba un aspecto juvenil.

Diana se giró y clavó en Héctor sus bonitos ojos azules.

—¿Te gusta?
—Me encanta. Es precioso.
—Me alegro mucho de que me digas eso. Tengo que trabajar mucho en el gimnasio para tener un culo como este.
—¿Perdón? —preguntó Héctor algo contrariado.
—¿No te estabas fijando en mi culo?
—¿Yo?
—Es que te he visto por el espejo de allí enfrente y creo que lo estabas observando con detenimiento, por eso te he preguntado si te gustaba.
—Yo… creía que era por el… piso… yo no… —balbuceó Héctor.
—Te dejo aquí las llaves, mañana te recojo para ir al trabajo.

Héctor, rojo como un tomate por lo que le había dicho aquella mujer, bajo la vista y cerró la puerta. Escuchó el taconeó de los zapatos de Diana hasta que llegaron al ascensor. Mañana Diana lo recogería para ir al trabajo ya que los dos trabajarían en la misma empresa. Ella como encargada de Internacional, gestionando todas las cuentas foráneas. Gracias a su dominio de varios idiomas que la habían ayudado mucho a alcanzar aquel preciado puesto en la empresa, y él como becario o chico para todo, como comprobaría la dura semana que llegaba.

Héctor se enteró mucho después que la entrevista con Gloria vía webcam había sido programada por Diana. Su tía, al saber que su sobrino había enviado uno de sus curriculum a la empresa de publicidad, se acordó de su amiga en la capital con la que se carteaba una vez al mes, y le pidió que hablase con su hija para que concertase una cita. Diana, que era muy servicial para con su madre, así lo hizo y en un par de días se concretó aquella entrevista de trabajo.

Diana vivía con su madre en el primer piso del edificio y si el loft en el que iba a vivir él era bonito, el piso de Diana y su madre era una maravilla de la decoración, como más adelante comprobaría Héctor.

Deshizo sus maletas, guardó toda su ropa y se dispuso a darse una agradable y reconfortante ducha. Los chorros de agua comenzaron a bajar por todo su cuerpo. El champú y el gel que había comprado Diana, dejó en su recuperado cuerpo un agradable olor a lavanda.

Después de salir del cuarto de baño, se tapó decorosamente con la toalla al ver que las ventanas no tenían los cortinones echados y desde el otro lado de la calle, algún vecino curioso, podría verlo salir del baño. Pero se acordó de lo que le había dicho Diana y como pudo comprobar después de pasearse desnudo por todo el piso, nadie de los edificios de enfrente podía verlo.

Comprobó que la nevera estaba repleta de comida y las alacenas, tenían de todo. Diana y su madre, bajo el consejo de su tía, le habían comprado todo lo que a él le gustaba.

Abrió el maletín en el que llevaba su portátil y su wifi detectó un par de redes que no estaban capadas con contraseña. La señal era buena y después de navegar un poco por la red, pudo leer todos sus correos. La mayoría eran de sus amigos del pueblo o de colegas informáticos repartidos por el mundo que lo felicitaban por su nuevo trabajo y le pedían imperiosamente que se echase de una vez, una novia que calmase todos sus ardores. Lo apagó con una sonrisa y se metió en la mullida cama. Al día siguiente se incorporaría a la plantilla de AlfaPubli, la mayor empresa de publicidad del país y una de las mejores de toda Europa.

viernes, 19 de abril de 2013

El libro maldito


Como hace ya tiempo que no cuelgo algo suculento, es decir, que tenga más de una página, aquí os dejo un relato del que estoy bastante orgulloso y que espero que os guste mucho.

ADVERTENCIA: Si eres un vampiro, por favor, de verdad, NO LO LEAS. Lo digo porque te pondrás como una moto y más salido que el pico de una plancha. Es más, te dará tal subidón que parecerá que le acabas de chuparle la sangre a un septuagenario hasta arriba de Viagra en un geriátrico.
Ahora bien, si eres una vampiresa te recomiendo la lectura antes de irte a dormir al amanecer. Seguro que dormirás toda “golosona”…


Eran cerca de las nueve de la noche, cuando el rubio Erik entró en la gran biblioteca. Saludó al viejo guardia de seguridad y se dirigió hacia la puerta de acceso de los empleados. Entró en los vestuarios y se cambió de ropa, quitándose el chándal que traía del gimnasio por el uniforme que llevaban los empleados del edificio. Salió nuevamente al amplio vestíbulo de la biblioteca y se dirigió hacia la recepción donde Sally, la regordeta y cincuentona recepcionista, atendía a unos estudiantes que habían reservado una mesa de estudio para toda la noche. Aquella misma noche, comenzaban los quince días más duros en la universidad y como su biblioteca abría solo hasta las doce, la mayoría de estudiantes se acercaban cargados con sus enseres de estudio y cantidades ingentes de café. El más previsor, hasta el saco de dormir.

Sally, al ver a Erik, dejó a un lado a los estudiantes y se levantó de su silla para acercarse y abrazarlo con fuerza. A su lado, parecía una niña. Erik media un metro noventa y Sally no pasaba del metro y medio.

Te debo una. 

Ya te dije que no me importaba, además, me vendrá muy bien este dinerillo extra.

Cuando vea a Josh, lo voy a matar. Mira que dejarme sola durante esta quincena.

Sally, Josh tiene que atender a su mujer que se ha puesto de parto.

Pero podía haber avisado antes.

Ha roto aguas una semana antes de lo previsto. Lo mejor es que salga todo bien.

Aun así, lo voy a matar. Si no fuera por ti, no tendría a nadie controlando a estos jovenzuelos —dijo mirando de soslayo al grupo de estudiantes que todavía esperaban que Sally les dijese la mesa que les correspondía —ya que en la Quincena Infernal, se vuelven más raros de lo normal.

No te preocupes, si se desmandan aunque sea un poco, avisamos a Helmer y ya está.

¿Helmer? A ese no le quedan más que tres o cuatro navidades a lo sumo.

¡Sally! —dijo Erik divertido.

Es verdad, entre su mujer y la comida basura, no dura más que eso. Además, supongo que podrás encargarte tú solo de toda la tropa que hay por ahí arriba. Seguro que pones más respeto que el viejo Helmer.

Muchas gracias por tu confianza Sally, eres un sol.

Ay, Erik, si tuviese treinta años menos, te ibas a enterar de lo buena que puedo llegar a ser. Mis dos primeros maridos no eran capaces de aguantarme ni un asalto, pero en cambio tú, con ese cuerpo de dios vikingo…

¡Sally! Vas a conseguir que me ruborice. Atendamos a estos estudiantes y ya hablaremos después de tus fantasías sobre Asgard.

Tienes toda la razón. Llévalos a la mesa 15 y que no se les ocurra ensuciar nada o molestar a los demás ocupantes de la sala de estudio. Por cierto, hay un par de cajas con libros de una donación. Necesito que los catalogues y los guardes en los estantes correspondientes. Llévate mi Tablet para hacerlo… y no te olvides del Walkie, por si te necesito por aquí abajo.

A sus pies, Srta. Sally, la más bella Valquiria de todo el Valhalla.

Sally le sonrió pícaramente y se sentó delante de su ordenador tecleando sin parar. Cuando Erik desembalase los libros y los catalogase con la Tablet, al instante pasarían a formar parte de la gran biblioteca junto a los miles y miles de libros que ya llenaban sus estanterías.

Erik guio a los estudiantes hasta su mesa y comprobó que muchas de ellas estaban ya ocupadas en su mayoría, por los discípulos de los profesores universitarios que los machaban sin piedad en la Quincena Infernal con sus exámenes y trabajos de fin de carrera.

Después de situarlos se acercó al pasillo donde Sally le indicó que estaban las cajas. Era una zona no muy transitada pues los libros que por allí había, solían solo consultarlos gente muy especializada en el tema. Erik se puso los guantes, abrió las cajas y con sumo cuidado, extrajo los volúmenes que había dentro. La mayoría eran grandes tratados sobre botánica, sobre el cuidado de los viñedos en bella Toscana y un libro ilustrado sobre Zoología de principios del siglo XVIII. Pero debajo del libro de Zoología, apareció un libro más pequeño, de tapas muy gastadas, cuatro finas tiras de cuero envolviéndolo y unidas en el centro con un gran sello lacrado en rojo.

Erik no pudo descubrir el título de aquel libro y decidió llevárselo de allí para que lo Sally le echase un vistazo. Cuando esta lo vio, no le dio la mayor importancia, pues como había venido con los demás libros, seguro que se trababa de algún libro con condimentos secretos para la elaboración del vino dulce.
Pero Erik no quedó muy convencido por aquella vaga explicación de la recepcionista. Quería averiguar que había debajo de aquel misterioso sello; es más, tenía la necesidad acuciante de romperlo y ver que había entre las páginas del libro. Pidió permiso para hacerlo y a Sally le pareció bien. Todo lo que Erik hacía le parecía bien. No podía negarle nada ya que tenía la oculta obsesión de algún día, amanecer con él a su lado después de una noche de locura y pasión.

Erik se dirigió a la salita donde Cris, la restauradora, tenía todas sus herramientas, las cuales, podían servirle para poder romper el sello sin cargarse el resto del libro. Cogió un cúter para poder separar la unión que había entre las tiras de cuero y el sello, pero desechó la idea al ver que era imposible hacerlo con esa herramienta. Entonces se decidió por el bisturí. Muchas habían sido las veces que había visto a Cris manejarlo mientras separaba las tapas de los libros que había que reparar y sabía que aquella efectiva herramienta sería más precisa que el cúter.

Cogió con delicadeza el bisturí y se afanó en tratar de sesgar aquella unión pero por mucho que lo intentó, no pudo ni tan siquiera arrancar ni una sola viruta del rojo lacre. Aquello se convirtió en una misión casi imposible porque parecía que aquel sello estuviese embrujado pero al final, apunto ya de desistir y después de un mal movimiento de su mano, Erik se hizo un corte con el bisturí que atravesó el fino látex del guante y seccionó limpiamente la yema de uno de sus dedos.

Una gota de sangre cayó lentamente desde el dedo hasta el sello lacrado y como por arte de magia, este se desintegró haciendo que las tiras de cuero se retirasen hacía los cuatro puntos cardinales, dejando así libre de su prisión, a aquel incunable.

Erik no apartó la vista del libro a pesar de que sudores fríos recorrían su espalda y prácticamente todos los pelillos rubios de sus brazos se habían erizado al presenciar aquel milagro o más bien, aquel acto de brujería. Pero algo lo impulsaba a abrir aquel libro de tapas gastadas por el tiempo y en el momento que lo tocó, sintió una pequeña y agradable descarga eléctrica que circuló por entre sus dedos haciendo que estos se moviesen nerviosos al pasar las hojas.

Estaban todas en blanco, de principio a fin y encontró una cuartilla doblada al pasar la última hoja. La cogió y la desdobló. Al igual que el resto, estaba en blanco, vacía de palabras que contasen el secreto de aquel libro. Pero rozó aquella cuartilla con el dedo ensangrentado y esta cobró vida por unos instantes. Comenzaron a aparecer los finos trazos de unas letras manuscritas con tinta roja y Erik pudo leerlas a pesar de que el miedo lo inundó de la cabeza hasta los pies.

Querido Erik. Si puedes leer estas letras es porque el libro te ha elegido para seguir su legado de terror. Al igual que hemos hecho los demás, deberás someterte a todas sus órdenes y aprenderás con el tiempo, que jamás podrás saciar totalmente su sed de sangre. Él decidirá cuando parar, mientras tanto, sírvelo lo mejor que puedas.


Erik no podía articular palabra alguna. Ahora sabía a ciencia cierta que la desaparición del sello cuando una gota de su sangre lo había rozado, había sido un acto de brujería al igual que la aparición de las letras manuscritas sobre la cuartilla y con su nombre en el encabezado. Aun así, no podía dejar de mirarlo, de repasar cada hoja para ver si podía descubrir algún secreto más.

Se quitó el guante perforado y apretó el dedo donde se había cortado. Una gran gota de sangre afloró y Erik frotó la yema del dedo por toda la página manchando de rojo fluido, el inmaculado papel. Y tal y como había sucedido con la cuartilla del final, la hoja cobró vida.

Unas imágenes surgieron entremezcladas con la sangre y la hoja de libro. Erik pudo ver una construcción muy antigua, parecía un Zigurat de la antigua Babilonia o por lo menos eso le pareció a él. Por los grandes escalones de aquel templo babilónico, descendía un río de sangre que cubría los cuerpos de cientos de amantes que practicaban sexo hasta la extenuación. Al pasar la hoja, volvió a repetir el mismo gesto sobre la página, manchándola de sangre y ahora, el libro lo transportó hacia el antiguo Egipto. La escena de sangre y sexo volvió a aparecer pero esta vez, alrededor de la Esfinge de Giza y dentro de los dos templos que la rodeaban.

Páginas y más páginas, desde Roma a la época moderna, saltando por los cinco continentes hasta llegar al siglo pasado. Sangre y sexo como denominador común. El crepitar del Walkie hizo que Erik volviese al mundo real. Sin darse cuenta, había utilizado el bisturí en todos los dedos de su mano y esta goteaba sangre encima del libro, que se alimentaba de ella sin parar.

Erik, ¿estás ahí?   

Dime Sally —dijo el rubio encargado mientras trataba de componer sus maltrechos y heridos dedos.

Hay una profesora de Bellas Artes que pregunta por ti en recepción. Se llama Karla —dijo Sally mirando de arriba abajo a la mujer.

Dile que suba, la esperaré en la sección de Arte Antiguo. Tengo un libro para ella que puede interesarle mucho, con exquisitos grabados que no la dejarán indiferente.

Cuando Erik se dirigió hacia el lavabo con el botiquín de primeros auxilios, comprobó que sus heridas se habían curado rápida e inexplicablemente. Ni sangre, ni cortes en sus dedos. Sé miró al espejo y vio que sus bonitos ojos azules, habían cambiado a un tono gris verdoso, pero lo que más le llamó la atención era su mirada, algo había cambiado en ella y muy pronto averiguaría en que consistía ese cambio. 

Mientras cruzaba el primer piso del edificio hasta el lugar que le había indicado a Sally para reunirse con la profesora, se fue cruzando con estudiantes que iban ocupando sus mesas asignadas para las largas horas de estudio. Muchos de ellos, sobre todo la parte femenina, se quedaron ensimismadas de las miradas que Erik les dedicaba a cada una de ellas. El joven ya era famoso en la universidad pues para ganarse un sobresueldo, posaba desnudo para el último curso de Bellas Artes y se comentaba que su cuerpo, era todo un placer para la vista.

A grandes trancos llegó a la sección de Arte Antiguo y aun tuvo que esperar un poco hasta que la guapa y dicharachera profesora, llegase hasta donde él estaba ya que los recovecos y múltiples pasillos de aquella sección hicieron que Karla se perdiese un par de veces. En cuanto la vio, la cogió del brazo y la llevó casi a empellones hasta un lugar más tranquilo, si ya no fuese aquella sección de la biblioteca, tranquila por si sola.

—Erik, me haces daño —protesto Karla.

—Tienes que ver esto — dijo el joven sacando el libro de debajo de su chaqueta.

—¿Puedes soltarme? Empiezas a asustarme.

—¡Míralo! —dijo con dureza Erik abriéndolo por la mitad.

—Si no me sueltas, gritaré y no me importa tirar nuestra amistad a la basura, joder Erik, ¡suéltame! —le dijo Karla intentando interponer entre ellos su gran portafolios.

Pero el joven apaciguó repentinamente sus ansias y la miró a los ojos. Karla pareció tranquilizarse y sonrió tontamente, como si estuviese viendo al hombre más guapo sobre la faz de la tierra.

—Por favor, ¿puedes ahora echarle un vistazo? —dijo Erik depositando el libro sobre un pequeño atril que se utilizaba para poder leer con más comodidad los libros de aquella sección.

—Si, claro, por supuesto que le echaré un vistazo. Pidiendo las cosas con amabilidad es como se debe hacer, nada de malos modos.

Karla se colocó frente al libro y de espaldas a Erik. Miró las blanquecinas hojas pero no había nada que leer. Rápidamente notó como los largos dedos del joven se deslizaban por su chaqueta y la desabotonaba con presteza. Karla no hizo ningún ademán de pararlo. Llevaba todo el año tratando de llevárselo a la cama y por fin, Erik tomaba la iniciativa. Y eso que ella solo había venido a enseñarle los bocetos que habían realizado sobre él, los alumnos de último curso. Bueno, era un pretexto más para poder verlo después de las clases.  

La chaqueta estaba ya en el suelo y la blusa azul estaba a punto de seguir su mismo destino. Notaba como su respiración comenzaba a ser más rápida al sentir la calidez de sus manos sobre la piel de sus hombros. Karla dio un respingo cuando el joven bajó la cremallera de su falda y la dejó caer sobre la chaqueta y la camisa.

A Karla comenzó a faltarle el aire al escuchar como detrás de ella, Erik comenzaba a desnudarse. Conocía el cuerpo de aquel David de Miguel Angel pero en vez de estar esculpido en mármol, aquel joven estaba hecho de aterciopelada piel y fuertes y cincelados músculos. Lo había visto tantas veces desnudo que podría decirle con los ojos cerrados, donde estaba situado exactamente cada lunar de su espalda o surcar sin tocarlo, las onduladas protuberancias de su abdomen.

Erik se desnudó rápidamente y estrechó entre sus fuertes brazos el cuerpo de Karla que temblaba de ansiedad. Aquel abrazo consiguió que se tranquilizase y las palabras susurradas al oído por parte el joven, eliminaron cualquier conato de resistencia que pudiese surgir en aquella estancia. Cogió el bisturí de uno de sus bolsillos de su chaqueta que estaba sobre el enmoquetado suelo y lo dejó en el atril, junto al misterioso libro.

Se agachó nuevamente y quitó toda la ropa que había a los pies de Karla. No le quitó sus altos zapatos de tacón porque así, esta quedaría a la altura justa para él. Subió lentamente por las medias de seda con costura, deteniéndose en las bragas de corte brasileño a juego con el encaje de sus medias. A la profesora, siempre le había gustado vestir elegantemente bajo su ropa y de vez en cuando, deleitaba a sus alumnos con puntillas y encajes que dejaba entrever por su escote o con un elegante cruce de piernas.

Erik cogió el bisturí y descendió con él por el vientre de la mujer que respiraba profundamente al notar el frio acero sobre su piel. Después, con dos cortes limpios en ambos extremos, las bonitas bragas de encaje cayeron al suelo. A la mujer no le importó, ya se compraría unas nuevas más adelante.

Karla se movió para intentar excitar a Erik y este reaccionó al instante agarrándola por la cintura y atrayéndola hacia él, para que notase como su sexo iba creciendo poco a poco entre los pliegues de su trasero. Karla sonrío maliciosamente, sabía que por fin y después de todo aquel año, Erik terminaría entre sus piernas. Pero el joven tenía otros planes, trataba de contener sus ganas de penetrarla salvajemente y dejó la ondulante cintura de la profesora, acercando sus manos al cierre del sostén que cayó al suelo irremediablemente. Los pechos de Karla se encontraron súbitamente liberados y reaccionaron al contacto de los dedos de Erik sobre sus grandes y henchidos pezones, enviando pequeñas descargar al humedecido y caliente sexo de la profesora.

Karla estaba muy excitada y deseaba fervientemente que Erik se metiese dentro de ella, quería sentir el falo dentro de su sexo, envolverlo y dejarlo allí para siempre. Pero el joven se reprimía, todavía no había llegado ese momento de unión que la mujer anhelaba. Separó los pliegues del trasero de Karla para posar su húmedo sexo entre ellos y haciendo un movimiento de abajo hacia arriba, consiguió impregnar toda aquella estrechez de carne y piel, con las primeras gotas de su esencia.

Después cogió nuevamente el bisturí y se hizo un corte en uno de sus dedos mientras Karla, apartando su melena lisa de pelo castaño, contempló ese movimiento ensimismada. Después el joven dejó caer las gotas de sangre de su dedo, sobre el libro y este absorbió el caliente y rojo líquido, dejando ver una imagen del Paris del siglo XVII. Esta tomó vida a cada gota de sangre que descendía lentamente del dedo de Erik. La pareja pudo ver como un hombre bien vestido estaba tumbado en medio de una gran cama redonda, rodeado de varias mujeres de moral distraída, por lo que pudieron averiguar por las ropas que llevaban puestas. Esas ropas, apenas podían retener las hechuras de aquellas mujeres y la mitad de ellas, estaban medio desnudas y la otra mitad se movían lentamente, como si estuviesen bailando para aquel caballero.

La imagen comenzó a difuminarse al dejar de gotear el dedo de Erik. Karla, ni corta ni perezosa, cogió el bisturí y se hizo un profundo corte en la mano. No sintió dolor alguno, al contrario, el placer que le proporcionó hacerlo, la hizo gemir y echar involuntariamente su cabeza hacia atrás. La sangre fluía sobre el libro que bebió y bebió sin descanso, pero generoso, devolvió a los amantes la imagen difusa de su página que poco a poco, volvió a la vida. Ahora las mujeres estaban ya casi desnudas, solo portaban sus apretados corsés, que empujaban sus pechos hacia arriba y hacia adelante. El caballero pasaba de uno a otro, los lamía, los chupaba, los mordisqueaba y las mujeres mientras tanto, se toqueteaban las unas a las otras por en medio de sus piernas y cuando llegaban a los tupidos sexos, se relamían de placer.

El caballero, extrajo su grueso pene enhiesto y dejo que una a una, se lo introdujesen en la boca, le diesen unos cuantos lametones y fuese a otra boca. Así hasta que no pudo aguantarse más y se corrió en la boca de una de las mujeres. La afortunada lamió el falo hasta dejarlo totalmente limpio, recibiendo seis monedas de plata y apartándola del juego. Esta se tenía que colocar abierta de piernas encima de un pequeño libro que había muy cerca de la gran cama redonda y allí dejar que la mezcla de jugos y menstruación alimentasen la voracidad de aquellas páginas en blanco.

El caballero volvió a por los pechos de las otras cinco mujeres y al poco rato estaba ya con su sexo preparado para otra felación por parte de todas ellas. Quien consiguiese hacer que se corriese nuevamente, se ganaría cinco monedas y así sucesivamente. Todas pasarían por encima de aquel misterioso libro y tal y como había solicitado el caballero, las seis meretrices tenían que estar con el periodo, por lo que él pagaría todavía mejor sus servicios.

Karla cogió con una de sus manos, el duro falo de Erik y sin más preámbulos, lo introdujo dentro de su húmedo sexo. Los dos gimieron de placer pues la excitación del momento y las imágenes vividas en el libro los habían predispuesto para el sexo salvaje. Los besos furiosos, las lenguas endiabladas, los ásperos lametones por el cuello, los pellizcos dolorosos y los arañazos, los hacían parecerse más a dos animales en pleno apareamiento que a dos personas adultas practicando sexo en un lugar prohibido. Aquella salvaje cópula no duraría más que unos minutos durante los cuales, Karla y Erik disfrutarían del sexo más animal que habían tenido nunca.

Karla empujaba con fuerza su trasero hacia atrás intentando engullir el pene de Erik con su sexo mientras no dejaba de emitir pequeños gemidos al compás de cada embestida proporcionada por el joven que estaba a su espalda. Notaba sobre la piel de su regazo, el rizado vello del sexo de Erik y este le proporcionaba una sensación extra al tórrido momento. Y más cuando al joven se le ocurrió bajar con una de sus manos y con el dedo corazón se puso a jugar la entrada de su trasero.

Cuando el feroz orgasmo les sobrevino a los dos, ahogaron los gemidos tapándose las bocas con ambas manos, cayendo al suelo prácticamente sin fuerza alguna que los sostuviese.

Durante unos minutos, permanecieron unidos en un tierno abrazo hasta que el sexo del joven se puso más flácido y poco a poco, salió de la mojada oquedad de la profesora de Bellas Artes. Erik lamió el profundo corte de la mano de Karla y a los pocos segundos, aquella herida se cerró como habían hecho anteriormente los cortes de él. Le susurró al oído que olvidase todo lo que había pasado y que cuando se recuperase, se vistiese y saliese del edificio sin decirle nada a nadie de lo que allí había ocurrido. Después, se levantó y vio todavía que en aquella página del libro, el caballero sonreía satisfecho de lo que había visto y con una reverencia, la imagen se difuminó hasta que la página se quedó totalmente en blanco.

Desnudo como estaba, caminó por el laberinto de pasillos sin temor a que lo descubriesen y se dirigió hasta la entrada de aquella sección desde donde observó a todos los estudiantes con los ojos clavados en sus libros. Miró con lujuria a todas las chicas y con una maliciosa sonrisa, volvió hasta donde la profesora de Bellas Artes recogía su carpeta, con los bocetos que sus alumnos habían dibujado del antiguo y tierno Erik.





viernes, 5 de abril de 2013

Besos



Estás frente al espejo… ese espejo que siempre te devuelve tu mejor imagen, ese amigo que te mira y hace que sonrías al verte siempre bella.

Estás acabando de arreglarte para salir y le das un último retoque a esos labios carnosos, húmedos y apetecibles de ser besados hasta morir.

Recuerdo la primera vez que pose mis labios sobre tuyos, aquel beso robado mientras nos cruzábamos por el pasillo. Cuantas noches había planeado aquel momento hasta que por fin, armado de valor, me decidí y a pesar de estar temeroso de tu reacción, tu sonrisa sincera, tranquilizó mi corazón que latía desbocado bajo mi pecho.

Cuantos besos vinieron después de aquel beso… cientos… miles… ligeros como el roce de la brisa o apasionados como la más furiosa tempestad.

Me gusta besarte sin saber cómo acabará ese beso… quizás con un roce de tu lengua sobre mis labios buscando el placer de comernos mutuamente con nuestras bocas…