martes, 30 de abril de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 1

Su llegada a la gran ciudad no fue todo lo bien que había esperado. Un informático pueblerino contratado por una de las mayores empresas de publicidad del país, acababa de aterrizar en el aeropuerto de la capital. Héctor, que así se llamaba el joven, tenía veinticinco años y era la primera vez que salía de su pequeño pueblo en la costa y hacía el gran viaje a la ciudad. Había estudiado su carrera de Ingeniería Informática a distancia y con las buenas notas que había sacado, envió cientos de curriculum a muchas empresas, solicitando ser admitido en sus departamentos de informática.

La gran mayoría de las empresas, ni siquiera le respondieron, y las que si lo hicieron, le dijeron que no necesitaban a nadie en ese momento y que ya lo llamarían. Pero un buen día, una de aquellas empresas le respondió por carta. Les había interesado mucho su currículum y aunque no tenía experiencia laboral alguna en su campo, fueron los únicos que le habían solicitado una entrevista.

Todo fue muy rápido. Tras una cámara web y desde su propia casa, respondió satisfactoriamente a todas las cuestiones realizadas por la directora de recursos humanos, una mujer madura, con cara de mala leche y mirada escrutadora.

Al final de la entrevista, Héctor esbozó una gran sonrisa al escuchar a la dura de Gloria, preguntarle cuando podía incorporarse a la empresa. De eso hacía justamente una semana.

Héctor salió de la terminal y se dirigió a la parada de taxis. Tuvo que esperar unos minutos en una fila para coger uno ya que la llegada de varios aviones en poco espacio de tiempo, había llenado aquella zona de turistas y hombres de negocios que llegaban a la ciudad.

Cuando le tocaba su turno para subirse al único taxi que quedaba, una mujer se le coló y entró como una exhalación en el vehículo.

—Perdone, pero este taxi era para mí.
Lo siento, pero tengo mucha prisa. Tengo que llevar esto con urgencia —y le enseñó una pequeña carpeta —y no puedo esperar a que llegue otro.
—Pero, es que yo llevo más de un cuarto de hora esperando para coger uno.
—Hay que ser más rápido —dijo la mujer cerrando la puerta del taxi.

Héctor se quedó bastante chafado al ver como el taxi y la mujer se alejaban a gran velocidad hacia la autovía que les llevaría a la ciudad. Se fijó si había alguien detrás de él, pero era la última persona que había en aquella zona de la parada de taxis. Tuvo que esperar otros diez minutos más hasta que uno de aquellos flamantes vehículos blancos con la lucecita verde encima del capó, llegase para recogerlo. Metieron las maletas dentro del maletero del coche y otra fue en el asiento del copiloto.

—Buenas tardes, ¿a dónde lo llevo? —le preguntó el taxista.
—A esta dirección, por favor —dijo Héctor entregándole un papel al taxista y este comprobó la dirección que el joven le había entregado.
—Muy bien, vamos para allá.

El taxista le indicó que se abrochase el cinturón y después de esto, salieron parsimoniosamente hacia el caótico tráfico de la autovía. Media hora más tarde, el taxista lo había llevado hasta la dirección que Héctor le había dado. Bajó sus maletas y le pagó al taxista por la carrera.

—¿Es la primera vez que viene a la ciudad? —le preguntó el taxista.
—¿Se me nota tanto?
—Del pueblo, supongo.
—Pues sí que se me nota.
—No se preocupe, no se nota, lo que pasa es que tengo un don para esos detalles. Si necesita de mis servicios para moverse por la ciudad, tenga mi tarjeta —y el taxista le ofreció una tarjeta con unos bonitos caracteres escritos en ella. —Carlos Cifuentes para servirlo.
—Encantado Carlos, yo soy Héctor —dijo este estrechándole la mano.

Un crujido en la radio del taxi, hizo que Carlos se girase y se despidiese de Héctor con un gracioso saludo militar.

El joven vio como el taxi se alejaba por la estrecha calle y giraba hacia la gran avenida que lo llevaría por el centro de la ciudad hacia su nuevo destino.

Héctor llamó al timbre del primer piso. Una mujer que le habló desde el otro lado del video-portero, le abrió la puerta después que el muchacho se identificase. Desde fuera, la fachada del edificio, le daba un aspecto bastante antiguo, pero por dentro, había sido remodelado hacía solo un par de años. Un ascensor lo dejó en el quinto piso en un abrir y cerrar de ojos. Héctor se sorprendió al ver que la mujer que él espera encontrarse al salir del ascensor, no era como él se la había imaginado. Su tía, con la que vivía en el pueblo, se había puesto en contacto con una mujer en la capital a la que ella conocía desde sus tiempos mozos, y le había pedido alojamiento para su sobrino, previo pago de una considerable fianza.

Por eso, en su cabeza, se imaginaba una señora de avanzada edad como su tía y no una mujer como la que lo había ido a recibir a la puerta del piso.

—Tú debes de ser Héctor —le dijo la mujer.
—Y tu… ¿Luisa?
—No, cariño, esa es mi madre. Yo soy Diana y me ha tocado a mí venir a dejarte las llaves. Mi madre estaba bastante liada y no podía venir a recibirte.
—Ya me parecía a mí. La mujer con la que hablé por teléfono ayer mismo no se correspondía mucho con tu voz. Parecía un poquito mayor.
—¿Un poquito? Pero si solo tengo treinta y tantos.
—Y muy bien llevados por lo que veo – dijo Héctor sin saber porque había dicho eso.

Diana sonrió maliciosamente y le ayudó a pasar las maletas dentro del piso.

El piso estaba muy bien. Anteriormente, había sido una gran galería donde sus antiguos inquilinos, venían a pasar las soleadas tardes para una agradable lectura o simplemente, recostarse en unos grandes butacones y dormir la siesta. Ahora había sido reconvertido en un espectacular Loft de noventa metros cuadrados muy bien utilizados y con grandes armarios empotrados para aprovechar todavía más el espacio. La única puerta que había en todo el piso era la de la entrada ya que la del baño había sido sustituida por unas puertas correderas al estilo japonés. El dormitorio, a modo oriental, fue del agrado del joven y sobre todo después de que Diana insistiese para que probase el colchón acostándose los dos sobre él.

La mortecina luz de la tarde entraba por unas grandes ventanas por las que se podía ver toda la calle. Diana le indicó, que por fuera, los cristales de las ventanas eran de espejo y que si quería, podía pasearse completamente desnudo sin ser visto o espiar a los vecinos de los edificios de enfrente sin tener que estar escondido —yo lo tengo echo alguna que otra vez y es más divertido que ir al cine —le dijo la sonriente mujer enseñando su blanca y cuidada dentadura.

La cocina, con barra americana, era muy funcional y una gran mesa en el salón haría las delicias de los invitados, si es que Héctor los tenía algún día. El baño era bastante grande para aquel piso y tenía como productos estrella, un jacuzzi y una ducha de hidromasaje, —para impresionar a tus conquistas —le dijo Diana a Héctor.

El paseo por el loft había terminado. Estaban nuevamente llegando a la puerta del recibidor y Héctor se fijó por primera con detenimiento en la mujer. Sobre todo en el gracioso trasero de Diana que iba de un lado a otro, al compás de sus caderas. Sus piernas, enguantadas en unas finas medias con costura por detrás estilo años cincuenta, terminaban en unos altos zapatos de tacón. Una blusa blanca, dejaba entrever, un sujetador negro que hizo que la imaginación del muchacho se disparase hasta límites insospechados con la que iba a ser su casera. La melena rubia, recogida en una cola, le daba un aspecto juvenil.

Diana se giró y clavó en Héctor sus bonitos ojos azules.

—¿Te gusta?
—Me encanta. Es precioso.
—Me alegro mucho de que me digas eso. Tengo que trabajar mucho en el gimnasio para tener un culo como este.
—¿Perdón? —preguntó Héctor algo contrariado.
—¿No te estabas fijando en mi culo?
—¿Yo?
—Es que te he visto por el espejo de allí enfrente y creo que lo estabas observando con detenimiento, por eso te he preguntado si te gustaba.
—Yo… creía que era por el… piso… yo no… —balbuceó Héctor.
—Te dejo aquí las llaves, mañana te recojo para ir al trabajo.

Héctor, rojo como un tomate por lo que le había dicho aquella mujer, bajo la vista y cerró la puerta. Escuchó el taconeó de los zapatos de Diana hasta que llegaron al ascensor. Mañana Diana lo recogería para ir al trabajo ya que los dos trabajarían en la misma empresa. Ella como encargada de Internacional, gestionando todas las cuentas foráneas. Gracias a su dominio de varios idiomas que la habían ayudado mucho a alcanzar aquel preciado puesto en la empresa, y él como becario o chico para todo, como comprobaría la dura semana que llegaba.

Héctor se enteró mucho después que la entrevista con Gloria vía webcam había sido programada por Diana. Su tía, al saber que su sobrino había enviado uno de sus curriculum a la empresa de publicidad, se acordó de su amiga en la capital con la que se carteaba una vez al mes, y le pidió que hablase con su hija para que concertase una cita. Diana, que era muy servicial para con su madre, así lo hizo y en un par de días se concretó aquella entrevista de trabajo.

Diana vivía con su madre en el primer piso del edificio y si el loft en el que iba a vivir él era bonito, el piso de Diana y su madre era una maravilla de la decoración, como más adelante comprobaría Héctor.

Deshizo sus maletas, guardó toda su ropa y se dispuso a darse una agradable y reconfortante ducha. Los chorros de agua comenzaron a bajar por todo su cuerpo. El champú y el gel que había comprado Diana, dejó en su recuperado cuerpo un agradable olor a lavanda.

Después de salir del cuarto de baño, se tapó decorosamente con la toalla al ver que las ventanas no tenían los cortinones echados y desde el otro lado de la calle, algún vecino curioso, podría verlo salir del baño. Pero se acordó de lo que le había dicho Diana y como pudo comprobar después de pasearse desnudo por todo el piso, nadie de los edificios de enfrente podía verlo.

Comprobó que la nevera estaba repleta de comida y las alacenas, tenían de todo. Diana y su madre, bajo el consejo de su tía, le habían comprado todo lo que a él le gustaba.

Abrió el maletín en el que llevaba su portátil y su wifi detectó un par de redes que no estaban capadas con contraseña. La señal era buena y después de navegar un poco por la red, pudo leer todos sus correos. La mayoría eran de sus amigos del pueblo o de colegas informáticos repartidos por el mundo que lo felicitaban por su nuevo trabajo y le pedían imperiosamente que se echase de una vez, una novia que calmase todos sus ardores. Lo apagó con una sonrisa y se metió en la mullida cama. Al día siguiente se incorporaría a la plantilla de AlfaPubli, la mayor empresa de publicidad del país y una de las mejores de toda Europa.

2 comentarios:

  1. ¡Hombreeee! Este me suena... XD

    Quedó a medias, creo ¿No? O al menos en Gisi no se llegó a completar (No he mirado en La Mazmorra)

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  2. Pozi, Vin, nuestro querido becario tiene también cabida en este blog. La historia la tengo acabada con lo que así podre rellenar estos silenciosos días que me pego.
    Abrazotes.

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