miércoles, 29 de mayo de 2013

¡EXCLUSIVA MUNDIAL!

Pues sí, esto es una exclusiva mundial porque este texto pertenece a una historia más larga y totalmente inédita que todavía no he publicado en ningún foro o blog. Un pequeño paréntesis en el relato del Becario para desconectar unos minutos. Espero que la disfrutéis al igual que hice yo al escribirla y me comentéis si os gusta o no. Y para ponéroslo mucho más fácil, dejaré por aquí cuatro opciones para que no tengáis que comentar mucho más.

Opción a) Un iceberg me da más calor que tu historia.
Opción b) Ni bien ni mal, ni todo lo contrario.
Opción c) Sigue así, he entrado en calor.
Opción d) Se me ha puesto el chichi como la gaseosa.



Isabel escuchó el pitido de la olla Express y salió del baño con sus pantalones cortos vaqueros y una chaqueta de punto por encima para tapar su torso desnudo, mientras cruzaba a la carrera por el piso hasta la cocina. Rebajó el “fuego” de la cocina de inducción al 1 para que el pitorro de la olla bajase lentamente y volvió nuevamente a la carrera para el baño. Durante ese tramo, sus pechos rebotaban alegres por la falta de ataduras en forma de camisetas o sujetadores. Cuando llegó al baño, se quitó la chaqueta y vio como sus pezones estaban alborozados por culpa del roce de la lana contra la sensible piel de sus senos. Se quitó los pantalones y se bajó el minúsculo tanga que apenas tenía tela. Y cuando se disponía a meterse en la ducha, escuchó como la melodía de su móvil sonaba a todo volumen.

Se dio la vuelta con rapidez y deseó que la persona que la estaba interrumpiendo fuese su querido amigo Ángel. Y al ver su nombre en el móvil, su corazón casi le dio un vuelco.

—¿Isa?
—Hola, Ángel, ¿qué tal por Japón?
—Bien. El viaje fue agotador por los retrasos en los aviones, pero al final he llegado sin problema alguno. Acabo de instalarme en la habitación del hotel y llamarte ha sido lo primero que he hecho.
—Gracias, abuelito. Así me quedo más tranquila.
—¿Abuelito? ¿Todavía sigues con el tema? No te he demostrado ya varias veces que te equivocas totalmente con eso.
—Ángel, no te enfades. Si es por meterme contigo nada más. Sin ti y sin Celia por el piso, no tengo con quien hablar y ya sabes que me encanta sacarte de tus casillas.
—No te preocupes, al hombre tranquilo, nada logra sacarlo de sus casillas.
—Si no mencionamos el episodio de la máscara de samurái y la katana, pues si, eres un hombre tranquilo.
—Nunca me lo vas a perdonar, ¿verdad?
—Prefiero no hablar de ello.
—Vale. Pero la culpa es tuya por traer al piso a jovenzuelos indeseables que no saben cuándo una dama los “echa” elegantemente de su alcoba.
—Está bien, reconozco que me sacaste de un buen apuro y que si no llegas a estar tú en el piso, puede que la cosa hubiese acabado mal.
—Ya sabes que tengo alma de caballero andante. Bueno, cambiando de tema, ¿Qué estabas haciendo?
—Pues iba a darme una ducha rápida, comerme un buen plato de judías y meterme en cama, que estoy también agotada después de un largo día de trabajo.
—Pon el manos libres.
—¿Para qué?
—Tú hazme caso y sube el volumen para que puedas escucharme mientras te duchas.
—Te temo, Ángel.
—Tú déjate hacer.

Isa, con una sonrisa en los labios y un cosquilleo de nerviosismo en su estómago, hizo lo que Ángel le pedía desde el otro lado del mundo. Puso el manos libres y subió al máximo el volumen del altavoz para poder escucharlo sin problemas mientras se duchaba. Colocó el móvil sobre una estantería cercana a la ducha y dejó la puerta corredera de la bañera, totalmente abierta.

—¿Me escuchas bien?
—Perfectamente.
—Abre el agua de la ducha, regula la temperatura y date un primer remojón por todo el cuerpo.

Ángel, tumbado cómodamente sobre la cama de su lujosa suite del hotel y escuchando el agua de la ducha correr, sonreía al pensar que Isa, la chica rebelde que tantas y tantas veces había cuestionado lo que él decía, solo por llevarle la contraria, ahora estaba dejándose llevar únicamente por el sonido de su voz.

—Isa, quiero que dirijas el chorro de la ducha hacia tu cuello y quiero que vayas bajando lentamente ese chorro hasta el valle de tus pechos.
—Ángel, ¿qué estás intentando hacerme?
—Por favor, cierra los ojos y haz lo que te pido.
<<Bufff, cuando pone esa voz tan sensual por teléfono, no soy capaz de resistirme a lo que me pide. Aunque podría pasar de lo que me dice, creo que voy a jugar a su juego>> —pensó Isa mientras cerraba los ojos y dejaba que el chorro de la ducha le golpease el cuello y poco a poco, fue bajándolo hasta donde Angel le había sugerido.

—Muy bien Isa. Ahora quiero que dirijas el chorro por uno de tus pechos y que desde el pezón hagas una espiral que vaya de dentro a fuera y cuando acabes, lo hagas sobre el otro.

Isa obedeció esta vez sin rechistar, con el chorro de la ducha trazó las espirales en ambos senos y estos reaccionaron enviándole pequeñas pero placenteras descargas hacia su sexo, que comenzaba a humedecerse desde dentro.

—¿Te sientes bien?
—Si Ángel, me siento bien. Si eso es lo que buscabas, lo has conseguido.
—Quiero que con una mano, desciendas hacia el vientre y que hagas círculos con el agua y mientras que con la otra mano, utilices la esponja para enjabonarte suavemente el busto que supongo estará en estos momentos bastante sensible ya.
<<¿Pero este tiene una cámara instalada en el baño o qué?>>  —pensó Isa mientras se enjabonaba el escote.

—Más despacio Isa. Quiero que lo hagas más despacio. Suave.

<<Definitivamente la tiene instalada>> —pensar que Ángel la estaba mirando como un voyeur, desde la otra punta del mundo, la hizo excitarse todavía más. Es más, entre el agua caliente de la ducha que se iba acercando peligrosamente a su monte de venus, la esponja que se deslizaba suavemente sobre sus estimulados senos y la sensual y aterciopelada voz que Ángel estaba poniendo a través del móvil, la estaban trasportando a un estado de embriaguez sensual al que hacía tiempo que no llegaba.

 —Isa, ¿recuerdas aquel día que te quedaste mirando a través de la puerta entreabierta mientras yo me estaba duchando?
—¿Yo? Jamás he hecho tal cosa —dijo mintiendo lo mejor que podía en aquel estado.
—Quiero que te imagines que esta vez soy yo el que está al otro lado de la puerta, mirando como lo haces. Y te encanta que lo haga, que observe tu bonito cuerpo desnudo, que mire como el agua recorre todas sus hechuras curvilíneas y como la espuma tapa tímidamente tus agraciados y generosos pechos.
<<Joder, Ángel es capaz de leerme el pensamiento>>

—Baja lentamente el chorro de agua y deja que golpee tu sexo, sin apartarlo en ningún momento mientras enjabonas tu vientre, tus caderas y dejas que la esponja se introduzca entre tus nalgas sintiendo la espuma recorrer tus partes íntimas y ocultas a los demás mortales.

Isa notaba todo aquello que Ángel le narraba y también como la espuma descendía lentamente desde sus senos, haciendo que las cosquillas que sentía, se tornase en pequeños suspiros de placer. Comenzó a desear fervientemente que Ángel estuviese al otro lado de la puerta, mirando lascivamente como ella se duchaba. Imaginarse que el hombre se estaba tocando mientras ella pasaba su esponja por sus nalgas y que él desease cambiarse por aquel objeto y ser quien lo hiciese con sus manos. Eso la hizo excitarse totalmente.

—Ángel…
—Dime Isa.
—Me gustaría…
—Y a mí también, pero ahora no puede ser. Aun así, quiero que sigas como hasta ahora. Deja la esponja, coloca gel en tu mano y aplícalo directamente sobre tu sexo. Quiero que lo enjabones muy bien y que utilices el agua sobre tu trasero, que bajé caliente entre las montañas que forman tus nalgas y que lo recorra como un río hasta que se pierda en el descenso, formando una improvisada catarata de agua, que se mezclará irremediablemente con el néctar que saldrá de tu cuerpo de mujer —dijo Ángel con una voz cada vez más sensual, más cálida y alargando alguna que otra palabra, tratando de excitar todavía más a Isa.

<<¿Néctar?. Lo que se va a mezclar es una buena cantidad de fluidos que no paro de producir, que estoy muy caliente y te necesito aquí y ahora>>  —pensó Isa mientras hacía todo lo que Ángel le pedía a través del móvil.

 —Ángel, estoy a punto de caramelo y sinceramente, no aguanto más. Así que, por lo que más quieras, apaga tu móvil porque voy a empezar a gemir y no voy a parar hasta que consiga aliviarme.
—Me encantaría escucharte. Sería todo un placer si me dejas hacerlo.
—Ángel, por favor.
—¿Quieres que lo apague?
<<Lo que quiero es que me ayudes con tus manos a acabar con esto>>. —No, no lo apagues.
—Entonces, acabemos con esto. Creo que tu sexo está preparado. Sube el chorro hacia tus pechos y limpia de jabón toda la zona. Muy bien, una chica aplicada. Ahora imagina que tu mano es la mía y que desciende lentamente por tu escote y se pierde en tu vientre con miles de caricias, baja por tus caderas y remonta el monte de Venus. Con la mano libre, abre los labios y deja que el chorro del agua, golpee tu pequeño clítoris.

<<¿Pequeño? En estos momentos es un micro pene con ganas de explotar. Si pudieses verlo, si pudieses tocarlo o besarlo con tus labios mientras tu lengua lo martillea una y otra vez hasta…>>

Isa no pudo contenerse más y entre gemidos ahogados, consiguió tener un placentero y largo orgasmo que la dejó casi sin fuerzas y tuvo que ponerse en cuclillas en la bañera para no perder el equilibrio ya que sus piernas continuaban temblando a pesar de que los placenteros espasmos, iban descendiendo de intensidad.

—Isa, ¿sigues ahí?
—Ahora no, Ángel. No me hables. Necesito… estar sola —dijo Isa algo azorada.
—Está bien. Buenas noches y que descanses.
—Lo mismo te digo y por cierto, de esto que ha pasado, ni una palabra a nadie.
—Hecho, quedará entre tú y yo.
—Es más, preferiría que lo olvidases. Empiezo a arrepentirme de haberme dejado llevar por ti.
—¿No lo has pasado bien?
—Eso es lo que me preocupa. Que me lo he pasado demasiado bien y no sé cómo voy a volver a mirarte a la cara cuando vuelvas.
—Pues haz lo mismo como cuando me espiaste mientras me duchaba.
—Que yo no… ¡te odio! Voy a secarme ya.
Sayonara, Isa.

—Lo mismo te digo.

martes, 28 de mayo de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 5

Al día siguiente, Diana subió a buscar a Héctor como todas las mañanas. Pero se encontró en la puerta una nota que decía: <<Me he levantado temprano esta mañana para ir a trabajar. Besos, por supuesto sin lengua. Héctor>>

La mujer sonrió para sus adentros. Aquel joven iba a ser un excelente espécimen. De eso se iba a encargar ella misma.

Cuando lo vio al llegar al trabajo, ni siquiera se dirigió a él. Subió las escaleras de caracol y se encerró en su despacho. A media mañana, recibió una llamada internar del despacho de Gloria.

—Dime Gloria.
—Hola, chica mala.
—¿Héctor?
—El mismo, ¿qué haces?
—Pues hablar con un becario desocupado, por cierto, ¿Dónde está Gloria?
—Ha salido y no volverá hasta la tarde.
—Y no tienes nada más que hacer que andar a molestar a tus superiores.
—Estaba picando datos y me he dicho <<voy a llamar a Diana y preguntarle que tal hoy en el autobús>>.
—Bien.
—¿Solo bien? ¿No me has echado de menos?
—No, para nada.
—Pues yo he echado de menos tu culito.
—¿Sí?
—Pues sí. No tenía ninguna anciana con la que restregarme.
—Maldito capullo —dijo Diana escuchando una sonrisita burlona al otro lado del teléfono.
—Nos vemos…
—Espera no cuelgues, tenemos que hablar sobre lo de apuntarte en mi gimnasio. ¿Lo has pensado?
—Sí y acepto la oferta.
—¿Y lo de sacarte un dinero extra?
—Acepto también.
—Muy bien, seguro que no te arrepentirás.
—Buf, ya lo estoy haciendo.

Por la tarde, Diana llegó a la oficina para recoger a Héctor. Irían a su gimnasio para darlo de alta como socio. Cuando llegaron allí, la recepcionista los recibió con una alegre sonrisa en el rostro.

—Buenos tardes, Helena.
—Hola Diana, ¿Qué tal?
—Traigo un nuevo socio. Quisiera añadirlo a mi cuenta.
—Muy bien, sin problema. Sabes que al hacerlo, tu cuota se reduce.
—Sí, lo sé.
—Por favor, rellena este impreso y anota a lo que te quieres apuntar —le dijo la recepcionista dirigiéndose a Héctor.
—No hace falta, Helena. Ponlo con acceso libre a todo. Y lo apuntas a la clase de Spinning de las nueve, conmigo.
—Muy bien.
—Diana, habrá días que no podré venir a esas horas.
—No te preocupes por nada. Yo me encargo de Gloria y de tus horarios intempestivos.
—¿Diana? —dijo una voz ronca tras ellos.
—Víctor, hola, guapetón —dijo Diana dándose la vuelta al reconocer aquel vozarrón.

Un hombre alto y ancho como un armario de tres puertas estaba plantado tras ellos. Dejó su bolsa de deporte sobre el suelo y abrazó a Diana tratando de no espachurrarla.

—Cuanto tiempo ha pasado sin verte por aquí —le dijo Diana a aquel hombretón.
—Si, estuve muy ocupado, sin poder venir al gimnasio durante todo este tiempo. Menos mal que hacia ejercicio en casa para no perder la forma.
—Menuda coincidencia, ayer mismo hable con Roxy.
—Si, me comentó que nos veríamos este fin de semana.
—Eso espero… ¿te apetece que tomemos algo y nos ponemos al día?
—Claro, pero yo invito.
—Que galante, ya no quedan caballeros como tú en este mundo —dijo Diana agarrándose del portentoso brazo de Víctor. —Helena, ¿podrías encargarte tú de enseñarle las instalaciones al nuevo socio?
—Claro que sí. Será todo un placer.

La recepcionista salió de detrás del mostrador mientras Héctor seguía con la vista a la pareja que estaba subiendo por las escaleras hacia la cafetería del tercer piso.

—Me acompaña por favor.
—Trátame de tu —le dijo Héctor que sé sorprendido al ver a la muchacha por entera. Su pelo castaño estaba recogido con una pinza por detrás, su tez era extremadamente pálida y su estatura no pasaba del metro sesenta. Pero lo que más destacaba de aquella recepcionista eran el tamaño de sus pechos por los cuales a Héctor le vino a la cabeza aquel manido refrán que decía <<teta que mano no cubre, no es teta, sino ubre>> y el tremendo culazo que tenía la chica. Una cinturita de avispa hacia que el cóctel fuese totalmente explosivo.

Héctor la siguió por todas las instalaciones. Helena le enseñó primero la piscina de 25 metros con Ozono, la zona de Spa y la zona de relajación. Subieron al primer piso donde estaba la zona de spinning, aerobic y gimnasio de pesas, en el segundo piso, las pistas de Pádel y en el tercero, cafetería y restaurante.

—Vaya, sí que está completito el gimnasio. Menudas instalaciones tenéis aquí.
—Somos uno de los mejores gimnasios del país y has tenido mucha suerte en que Diana te trajese con ella. Hay lista de espera para poder ser socio.
—¿Cuesta mucho ser socio?
—Si Diana no te lo ha dicho, yo no estoy autorizada a hacerlo —dijo Helena dándole un codazo en el brazo a Héctor.

Diana se reunió con Héctor que charlaba animosamente con Helena.

—Veo que ya tienes una nueva amiga —dijo ella cogiéndolo del brazo.
—Si, es una chica muy simpática.
—¿Te has fijado en que esa camiseta que lleva, no puede dar más de sí?
—No, no me había fijado, ¿Por qué lo dices?
—Por sus… vale, déjalo.
—¿Qué tal tu reencuentro con Víctor?
—Muy bien, hacia medio año que no nos veíamos. Nos hemos puesto al día en todo.
—Me alegro mucho.
—Mira, está a punto de llegar nuestro bus. Pero hagamos una cosa. Tú irás en un lado del bus y yo en el otro. Hoy quiero evitarte un calentón.
—No hay problema. Cuanto más alejado mejor.


Entraron en el autobús y consiguieron coger asientos, uno en cada lado. A Héctor le parecía una situación absurda, pero cumpliría la promesa de aguantar hasta el fin de semana y cuanto más alejado de Diana mejor. Además, su mente vagaba entre los voluptuosos pechos de Helena y la fantasía de poseerla debajo del mostrador.

miércoles, 22 de mayo de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 4


CAPITULO 4

Héctor dejó la oficina y se marchó a casa en autobús. Llegó al piso y después de desnudarse, se dio una larga y reparadora ducha de agua caliente. Se preparó un desayuno y cuando se iba a meter en cama, su móvil comenzó a sonar. El número de Diana volvía a aparecer en la pantalla.

—¿No me digas que no le ha gustado?
—No, no te llamaba por eso. A Clara le ha encantado aunque me lo ha dicho en petit comité. El problema lo tengo yo.
—¿Qué te ha pasado?
—Necesito de tu sabiduría informática cuanto antes.
—Vale, voy para allá.
—Lo siento, sé que estarías metido ya en cama pero no te hubiese llamado si no fuese importante —dijo Diana pareciendo muy preocupada.
—Ya estoy saliendo por la puerta —dijo Héctor levantándose de la cama de un salto.
—Gracias cielo, te lo recompensaré este fin de semana.

Héctor se vistió a toda velocidad. Cogió su cartera y la abrió para localizar la tarjeta que le había dado aquel simpático taxista. Carlos Cifuentes. Cogió su móvil y lo llamó.

—Carlos.
—Sí, ¿quién es?
—Soy… Héctor, el pueblerino que recogiste el domingo por la tarde en el aeropuerto.
—¿Héctor?… ¿pueblerino? Ah, si, ya me acuerdo.
—Necesito de tus servicios y de tu veloz taxi.
—Sabía que algún día me necesitarías. ¿Dónde estás?
—En la misma dirección en la que me dejaste el domingo.   —¿Cuánto tardarías en llegar hasta aquí?
—No ando muy lejos de ahí, dame diez minutos y me tendrás en la puerta.
—¿Y sin son cinco?
—Joder chico, te van las emociones fuertes. Voy para allá.

A los cinco minutos Héctor estaba ya sentado en el asiento de atrás del taxi de Carlos.

—¿A qué dirección vamos?
—¿Sabes dónde está AlfaPubli?
—¿Qué taxista de la ciudad no sabe dónde está la mejor agencia de publicidad con las chicas más guapas trabajando allí?
—No sabía que fuese tan famosa en vuestro mundillo.
—Tengo una buena amiga que trabaja allí.
—¿A lo mejor la conozco?
—Se llama Gloria y es la encargada de Recursos Humanos.
—Si, claro que la conozco.
—Espera un momento, ¿tú no serás el nuevo becario pringado del que me ha hablado esa bella mujer?
—Seguro que si, soy ese becario pringado.
—Qué suerte tienes macho y perdón por lo de macho, como decía aquel. Trabajar rodeado de tanta belleza todos los días.
—Bueno… si tú lo dices.

Carlos arrancó su taxi con un chirriar de ruedas y después de una carrera que duró quince largos y kamikazes minutos por el centro de la ciudad, llegaron a su destino.

—Dale recuerdos a Gloria de mi parte.
—Se los daré, si soy capaz de que mis huevos bajen nuevamente a mi bolsa escrotal. ¿Cuánto es la carrera?
—Héctor, me caes bien tío, así que esta carrera va de mi cuenta.
—Gracias Carlos —dijo Héctor despidiéndose con un apretón de manos.

Subió en el ascensor y entró en la oficina. Subió las escaleras y entró como una exhalación en el despacho de Diana que tenía la cara desencajada.

—Dime que ha pasado —le dijo Héctor al entrar en su despacho.
—Tengo un puñetero virus en mi ordenador.

Héctor vio la pantalla del ordenador de Diana y unos dibujitos de una pareja follando en cientos de posturas, rebotaban a un lado y a otro de la pantalla como si se tratase de una pelota de tenis.

—Alguien ha entrado en páginas que no debería —dijo Héctor con una media sonrisa.
—¿Yo? Ni se me ocurriría.
—Este virus, el llamado “follamigos” solo se puede coger entrando en páginas porno. Es un troyano, algo molesto, pero no es dañino si se coge a tiempo.
—¿Puedes hacer algo?
—He salido tan rápido de casa que se me ha olvidado traer mi portátil y mis discos mágicos, pero espera un momento – dijo Héctor cogiendo su móvil —hay alguien que puede ayudarnos.
—Que sea rápido por favor, en menos de media hora tengo la presentación de la campaña de los franceses y no puedo andar con el “follamigos” pululando por la pantalla de mi portátil.
—No te preocupes… Neo soy Spartan —dijo Héctor hablando por su móvil.
—¿Qué pasa colega? ¿Ya te has tirado a alguna de la pivitas de la empresa?
—Qué no, menuda paliza me estáis dando en el blog con ese temita… necesito tu ayuda.
—Dime.
—El “follamigos” ataca de nuevo. Necesito limpiar un portátil y yo no me he traído los discos. Tendremos que intentar un enlace online y desinfectarlo desde tu guarida.
—Eso está hecho, dame conexión.
—Espera un momento que tengo a los monigotes cabalgando y no me dejan darte acceso… si, ya te veo… todo tuyo.
—¡Vamos a darle caaaaañaaaaaaa!

En el ordenador de Diana, podía verse como se abrían y cerraban ventanas a toda velocidad. Códigos binarios de color verde que subían y bajaban dándole un aspecto peliculero a todo el asunto.

—No te preocupes, es el toque dramático de mi colega Neo. Es fanático de Matrix —le dijo Héctor al oído a Diana. —Neo, cuando termines, blinda el portátil para que no pueda ser nuevamente infectado.
—Ok Spartan, corto y cierro comunicación vía móvil.

Unos segundos después, en la pantalla del ordenador aparecía un paisaje primaveral conocido por Diana.

—Increíble. Parece estar todo bien —dijo la mujer repasando la presentación en Power Point que tenía que realizar en cinco minutos. —Dile a ese Neo que le debo una.
—Se lo diré.
—¿Sigue en pie lo de este fin de semana?
—Si sigo aquí sí.
—Seguirás, vaya si seguirás.

Aquella tarde, Gloria dejó que Héctor se marchase antes para casa, no sin antes darle las gracias de parte de Clara por el laborioso trabajo realizado con el expediente de los franceses. Héctor, por su parte, le dio recuerdos de Carlos el taxista y Gloria se puso colorada como un tomate, echando de su despacho al divertido muchacho.

Eran las cinco de la tarde cuando Héctor llegó nuevamente a su piso. Se desvistió, corrió los tupidos cortinones para evitar que la luz del día pudiese turbar su sueño y se tiró en cama completamente exhausto.

Al rato y cuando estaba comenzando a coger el sueño, sonó el timbre de la puerta. Se levantó fastidiado y medio somnoliento y se dirigió a la puerta. Vio por la mirilla y al otro lado estaba Diana. Abrió la puerta y la mujer pasó dentro.

—¿Estabas acostado? Creo que es la segunda vez que te interrumpo el sueño.
—No te preocupes.
—Venía a darte las gracias por lo de esta mañana. Cuando he salido de trabajar, me comentó Gloria que ya te había mandado para casa.
—Si, me dio permiso. Pero no tenías porque darme nuevamente las gracias, con una vez, para mí, es suficiente.
—Bueno, también tenía ganas de verte.
—¿Y eso?
—Esta mañana te he echado mucho de menos en el autobús.
—Lo siento, yo no he tenido mucho tiempo hoy para acordarme de nuestro jueguecitos mañaneros.
—Lo sé, has trabajado mucho y debes de estar muy cansado.

Diana se acercó a él, le colocó su mano sobre el cuello y le acercó la cara a la suya. Después lo besó en los labios.
Héctor sacó su lengua a pasear, pero Diana se echó hacia atrás.

—Todavía no te conozco lo suficiente para eso.
—Lo siento Diana – dijo el joven algo contrariado.
—Vamos, desnúdate y acuéstate sobre la cama. Te has ganado uno de mis famosos masajes.

Héctor se quitó la camiseta con la que dormía y se quedó con unos bóxer. Se tumbó sobre la cama, de espaldas a Diana. Esta se metió dentro del baño y cogió una crema de dentro de un mueble, que el muchacho ni siquiera sabía que existía.
Después, se quitó el vestido y se quedó en una combinación de Dolce & Galbana de color negro. Se colocó a horcajadas sobre el trasero de Héctor y antes de ponerse manos a la obra, calentó sus manos.

—Tienes una buena espalda, ¿hacías ejercicio en el pueblo?
—Mucha piscina, salía a correr tres días a la semana y algo de bici.
—Si, se te ve bastante en forma —dijo echando la crema sobre sus manos y después extendiéndola sobre la espalda de Héctor.
—Que gustazo. Hacía mucho tiempo que no me daban un masaje.
—¿Chico o chica?
—Chica, por supuesto.
—Bueno, en los tiempos que corren, no se puede fiar uno de nada.
—Vaya, creía que había quedado claro que me gustan las mujeres, después de dos calentones en el autobús.
—Los hay a los que le van la carne y el pescado a la vez.
—Pues yo soy de pescado, me encanta el pescado, vivía en un pueblo pesquero y me encante el…
—Si, te he entendido —dijo Díana amasándole los hombros.
—Como sigas así, voy a empezar a ronronear.
—Gatito malo.

Diana, después de diez minutos sobre los hombros, brazos y espalda de Héctor, le dijo que se diese la vuelta. Quería darle un masaje frontal. Este accedió gustosamente y ella volvió a subirse a horcajadas sobre él, colocándose encima de su prominente paquete.

—Se suponía que tendrías que estar relajado.
—Es bastante complicado con una mujer como tu encima.
—¿Tanto te excito?
—Bastante, a pesar de tus cuarenta y tantos.

Diana sonrió y masajeó los pectorales de Héctor que cerró los ojos intentando retener todo el placer que aquella mujer le estaba ofreciendo.

—Héctor, ¿esta semana has podido hacer algo de ejercicio?
—Si te refieres a ir a correr o a nadar, no he tenido mucho tiempo. Además, el sueldo de becario me dará para poder pagar solo la mitad de este piso.
—Sabes que si tienes algún problema de dinero, no tienes más que decírmelo y yo te ayudaré en lo que pueda.
—Gracias Diana, pero me he propuesto pagarlo yo todo. Bueno, mientras en la oficina siga de becario, mi tía pagará la mitad del alquiler.
—Muy bien, pero me vas a dejar hacer una cosa mientras tu no puedas pagártelo. En mi gimnasio, hay una piscina y unas clases divertidísimas de spinning. Te voy a hacer socio por lo que a mí, me bajarán mi cuota.
—Diana, ya estás haciendo demasiado por mí.
—Si Clara al final de mes decide contratarte, tendrás posibilidad de pagártelo tu mismo. Aunque deberías dejar que tu tía siguiese pagando la mitad del alquiler del piso. A ella no le importará.
—No sé si debería hacer eso. Son demasiados favores los que voy a tener que pagar.
—Tienes veinticinco años y toda la vida por delante para poder devolverlos, además, estoy pensando en algo para que te saques un dinerillo extra.
—¿Legal o ilegal?
—Por quien me tomas – dijo Diana ofendida y parando de masajear el marcado abdomen de Héctor.
—Lo siento Diana.
—Está bien —dijo apartándose un poco para poder bajar el húmedo bóxer del joven.
—¿Qué vas a hacer? – preguntó Héctor incorporándose sobre sus brazos.
—Todavía estoy algo ofendida por tu pregunta por lo que tendrás que resarcirme por tal ofensa. Relájate y disfruta de lo que voy a hacerte.

Diana tomó el miembro de Héctor con sus dos manos. Se imaginó como sería tenerlo dentro de ella y eso hizo que su sexo comenzase a lubricarse interiormente. Acercó el pene de Héctor contra su braguita y comenzó a frotarlo contra ella. Este volvió a tumbarse y se dejó hacer por las expertas manos de Diana.

—Cuando estés a punto de correrte, avísame.
—No creo que me quede mucho para eso. Llevo más de una semana sin aliviarme y los calentones de estos días me han dejado a punto de caramelo.

Diana apretaba el caliente, húmedo y palpitante pene de Héctor contra sus braguitas que estaban ya húmedas entre sus fluidos y los del joven. Este comenzó a respirar profundamente y más rápido. Intentó acariciar las piernas de Diana, pero esta no le dejó.

—Diana, me voy a correr —dijo Héctor comenzando a tener los primeros síntomas de la llegada del orgasmo.

Diana apretó y palpó un poco los testículos de Héctor, como si comprobase la carga que estaba a punto de salir y repentinamente, dejó de masturbarlo.

—¿Qué pasa? —preguntó Héctor nuevamente contrariado por la situación.
—Que no me apetece mancharme con tu semen. Pero este fin de semana, te prometo que te correrás a gusto.
—¿Me estás vacilando?
—No.
—¿Me vas a dejar así con las ganas?
—Sí.
—Será mejor que te marches. Ya acabaré yo con el trabajo “sucio”.
—No cariño, no lo harás.
—¿Qué?
—Cada día comprobaré la carga de tus huevos y como no estén así de “pesados” me voy a enfadar mucho y te prometo que no tendrás un buen fin de semana a mi lado.
—¿Estás de coña, no?
—No, no lo estoy.
—Diana, que te den.

Diana se vistió lentamente, se puso sus zapatos y antes de salir por la puerta, se giró y miró a Héctor. Este todavía permanecía con su pene erecto mirándola.

—¿Aceptas el reto? – le preguntó.
—¿Pero que os pasa a las mujeres? ¿disfrutáis retándome?
—¿Lo aceptas?
—Te prometo que aunque me muera de ganas por correrme, no lo haré hasta el fin de semana.
—Si no lo haces en estos dos días que te quedan, yo te ayudaré a hacerlo.
—Ni lo sueñes, te vas a quedar tú también con las ganas.

Diana cerró la puerta tras de si. Cogió su móvil y llamó al de Héctor.

—¿Qué quieres? —le preguntó Héctor enfadado.
—No te estarás tocando, ¿verdad?

No obtuvo respuesta, solo una señal de que se había cortado la llamada. Sonrió y marcó otro número de teléfono. Esperó unos cuantos tonos y una voz femenina respondió al otro lado.

—¿Sí?
—Roxy, soy Diana.
—Cielo, ¿cómo estás?
—Bien.
—Cuanto tiempo hace que no hablamos, creía que se te había tragado la tierra.
—Por un tiempo, así fue, pero he resurgido como el ave fénix, con muchas más fuerzas que antes.
—Así me gusta. ¿Estás mejor de lo tuyo? ¿Has vuelto a ver o saber algo del innombrable?
—Estoy mejor de lo mío y de esa persona, después de aquel día, no he vuelto a saber nada.
—Te lo advertí, querida, te dije que te iba a hacer mucho daño. Si me dejases encargarme a mí del asunto, Victor le hubiese puesto las pilas.
—Lo sé, pero quería hacerlo por mí misma.
—¿Cuándo te veré?
—Muy pronto… tengo un chico nuevo que enseñarte.
—¿Qué? ¿Pero como haces para conseguirlos?
—Ya sabes, mi irresistible encanto.
—Eso, y que tienes un cuerpazo que los vuelve locos. Y yo gastándome un dineral en bisturí, silicona y botox.
—Te quejarás de cómo te han dejado.
—Bueno, ahora ya no, ja ja ja. ¿Cómo es el nuevo?
—Te va a encantar. Alto, atractivo y con un buen cuerpo.
—¿Y de lo otro?
—No está nada mal.
—Estoy ansiosa por verlo.
—Este fin de semana tenía pensado pasarme por ahí. ¿Todavía funciona mi tarjeta VIP? —preguntó Diana.
—Te pondré en la lista de Victor con tu acompañante. Este sábado haremos fiesta Ibicenca.
—Bien, me sienta de muerte el blanco.
—Como te odio.
—Besos, cariño.
—Azotes, amor.

martes, 14 de mayo de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 3


Al día siguiente, al entrar en el autobús, Diana se colocó muy cerca de Héctor. Este, había dejado su maletín en su piso ya que Gloria tenía para él, mucho más trabajo burocrático y no iba a necesitar su portátil durante un tiempo.

—Hueles muy bien – dijo Diana.
—Es la misma colonia de ayer.
—Pero, hoy hueles todavía mejor, no sé, es como si tu olor corporal se mezclase con tu colonia y le diesen un toque muy, muy… no sé como explicarlo… sensual.

El viaje en autobús comenzó como siempre. A cada arrancada de autobús, Diana acomodaba su trasero durante unos instantes contra la incipiente entrepierna de Héctor y este se dejaba hacer. Hasta que el autobús volvió a llenarse y durante los quince minutos posteriores, estuvieron en un tira y afloja, jugueteando con sus caderas una y su pelvis el otro. Pero este no aguantaba más y cogió disimuladamente a Diana por la cadera y la apretó contra él. Esta dejó de moverse y notó contra su vestido, el palpitante órgano del joven.

Llegó el momento de apearse del autobús y Diana le hizo un gesto a Héctor para que viese para su entrepierna. Dentro de su pantalón había un bulto considerable y el joven tuvo que quitarse la chaqueta y recorrer el resto del trayecto pasando bastante frío. Se subieron al ascensor y Diana volvió a pegarse a él.

Ahora sería Héctor el que iba a jugar con ella. El ascensor iba atestado de gente y nadie se daría cuenta de lo que iba a hacer ya que ellos estaban arrimados en un rincón del ascensor. Subió con sus manos por el vestido de Diana y disimuladamente comenzó a acariciarle los pechos. La mujer, sorprendida por el arrebato del joven, por la situación del ascensor plagado de gente y porque ya venía bastante caliente del autobús, notó como sus pechos agradecían aquellas caricias. Al llegar a la planta once, Héctor no fue el único que llevaba algo henchido.

—Si eres capaz de llegar al viernes vivo, este fin de semana me gustaría enseñarte algo de la ciudad —dijo Diana colocándose la chaqueta para que nadie pudiese observar sus revolucionados pechos.
—Acepto el reto —dijo Héctor todavía con la chaqueta tapando su entrepierna.

Aquel día, Héctor volvió a demostrar que les costaría Dios y ayuda a todas las mujeres de la empresa, para que dejase aquel trabajo. Antes de las dos de la tarde, lo llamaron del despacho de dirección. Estaban esperando un paquete urgente y en cuanto llegase, tenía que subirlo.

—Ten cuidado con Mónica. Es la secretaria de Clara y tiene muy malas pulgas —le dijo Gloria entregándole el paquete tan esperado por dirección.

Héctor subió por primera vez las escaleras de caracol y se dirigió hacia el despacho de dirección. A la puerta estaba una secretaria que el joven reconoció al instante.

—Buenos días Mónica. Traigo el paquete para dirección.
—Gracias. Déjalo aquí encima.
—Por cierto, ¿que tal el taxi el domingo pasado?
—¿Perdón? —dijo la rubia secretaria.
—Si, en el aeropuerto, cuando tenías que entregar una carpetita de este tamaño —dijo Héctor haciendo un dibujo en el aire de la carpetita.
—Lo siento, no te ubico en el espacio-tiempo —dijo Mónica haciendo el mismo gesto que había realizado Héctor.
—Vaya, que pena, quería agradecerte haberme dejado allí otros diez minutos más a la espera de otro taxi.
—Ah, si, ahora me acuerdo. El joven que me cedió cortésmente el taxi. ¿No te di las gracias en aquel momento?
—Pues no. Me diste un buen consejo.
—¿Sí? ¿Y cual fue?
—Que fuese más rápido cogiendo taxis.
—¿Y que tal?
—Pues lo dicho. No hubo oportunidad de probar mi rapidez ya que tuve que esperar otros diez minutos.
—Bueno, pues gracias por cederme el taxi.
—Un placer Mónica.
—El placer ha sido mío y hazme un favor. Aguanta un día más y después abandona.
—¿La apuesta? Lo siento, vais a perder todas.
—Bueno, hay una de nosotras que ha apostado muy fuerte por ti.
—No lo sabía.
—Diana ha apostado quinientos euros ha que aguantas más de un mes.

<<Bien por ella>> pensó Héctor. De repente, el teléfono de Mónica sonó por línea interna y descolgó el auricular.

—Si, el becario ya ha traído el paquete… si todavía está por aquí… ahora mismo lo hago pasar.
—Clara quiere que le lleves el paquete.
—¿A su despacho?
—¿Tienes algún problema?
—No.
—Pues entonces vamos —dijo Mónica levantándose de su escritorio y dirigiéndose a la puerta del despacho de dirección.

Héctor pudo ver lo sexy que era aquella chica. Llevaba una blusa azul y una minifalda a juego, que si solo se agachase un poquito, podrían vérsele hasta las amígdalas.

—Pase —dijo una voz al otro lado de la puerta, después de que Mónica llamase.
—Clara, el becario está aquí —dijo la secretaria abriendo la puerta.

Héctor recogió el paquete de encima de la mesa de Mónica y entró con él, en el elegante despacho de dirección. Después escuchó como la secretaria cerraba la puerta tras él.

—Por favor, toma asiento.
—Gracias —dijo Héctor que observa como la mujer no apartaba la vista de su portátil. Clara era una mujer que había llegado a lo alto de la empresa con mucho esfuerzo. Nadie le había regalado nada y no le debía favores a ningún mecenas. Era una mujer de fuerte carácter y muy segura de sí misma.

El joven pudo advertir con todo detalle que a la melena negra recogida en una larga cola no se le vía ni una sola cana, su flequillo cortado por encima de sus cejas era totalmente simétrico, sus pestañas con un sutil toque de rímel para que no pareciesen apelmazadas y sus labios perfilados al milímetro sin una sola raya fuera de ellos.

—¿Te gusta lo que ves? —le preguntó Clara mirándolo ahora si, a los ojos.
—Si, claro —sonrió Héctor. —Es un buen portátil, de lo mejorcito en el mercado.

Clara sonrió también por la respuesta dada por el joven. Se lo quedó mirando durante unos instantes y después le dijo que abriese el paquete. Le pasó unas tijeras y Héctor lo abrió.

—¿Que tal llevas estos dos días? ¿Mis chicas te tratan bien?
—Mejor de lo que esperaba.
—Me alegra escuchar eso —dijo Clara recostándose en su confortable silla. —Mañana tengo una reunión y necesito copias encuadernadas del dossier que tienes en tus manos. Como puedes ver, algún cenutrio ha puesto un tipo de letra demasiado pequeña y me gustaría no dejarme las pestañas leyendo eso.
—Sí, algo pequeña sí que es.
—No es la primera vez que lo hacen, por eso me gustaría contar con tus servicios. He leído en el informe que me ha pasado Gloria que eres rápido escribiendo con el teclado.
—Bueno, hago lo que puedo. Cuatrocientas cincuenta pulsaciones.
—Creo que eres el indicado para este trabajo. Pásalo a un tipo de letra que se pueda leer, haces diez copias, lo encuadernas y lo dejas preparado en la Sala de Juntas para primera hora de la mañana.
—Perdone Clara, pero eso me llevaría mucho tiempo.
—Creía que te gustaban los retos, o por lo menos, así lo ponías en tu currículum —dijo Clara mientras abría una carpeta que contenía unos folios —si, aquí lo pone <<me gustan los retos y superarme a mi mismo>>
—¿Tapas trasparentes por delante y negras por detrás? —dijo Héctor con mucha seguridad.
—Sí.
—Mañana a primera hora tendrá las copias sobre la mesa de la Sala de Juntas.
—Muy bien. Ahora puedes retirarte.

Héctor salió del despacho y se encontró con Mónica que estaba sentada sobre la esquina de su mesa hablando por teléfono. Al pasar por su lado, tapó el auricular con su mano y:

—Buena suerte —le dijo con una sonrisa burlona.
—La voy a necesitar —dijo Héctor con resignación.

Bajó por las escaleras de caracol y la oficina estaba ya medio vacía. Solo quedaban en ella algunas de las chicas del departamento de Diseño Gráfico que se marcharían media hora más tarde. Se dirigió al despacho de Gloria y le comentó el “trabajito” que le había encomendado Clara.

—Mierda, —dijo Gloria levantando su orondo trasero de su silla —si no lo tienes para mañana, eres becario en paro.
—Tendré que ponerme lo antes posible con él.
—Está bien, deja todo lo que te había mandado hacer y sígueme. Te asignaré un ordenador y te enseñaré a manejar la maquina de encuadernación.
—Se como funcionan. Trabajé durante un año en una copistería.
—Es verdad, lo había leído. Sígueme.

Héctor, con el dossier debajo de su brazo, siguió a Gloria por toda la oficina y lo llevó hasta un ordenador.

—Este te servirá. Ahora, encomiéndate a todos los santos y haz que salga humo de esas teclas.
—Gracias Gloria.
—¿Has comido ya?
—No, no he podido bajar todavía a la cafetería.
—¿Te subo algo?
—Si me traes un café te lo agradecería.
—Marchando un café y un bocadillo de regalo.

Al rato, un humeante café doble estaba sobre la mesa del escritorio donde Héctor se afanaba en pasar aquel grueso dossier en limpio. El bocadillo lo fue comiendo poco a poco durante el resto del día. Aquella tarde-noche, fueron varios los cafés que el joven se tuvo que tomar para poder mantener el ritmo de tecleo.

Las señoras de la limpieza dejaban la oficina cuando Héctor llevaba solo la mitad del trabajo realizado. Se levantó unos instantes, desentumeció sus músculos y relajó sus hombros y su cuello. Respiró profundamente y volvió al trabajo.

Eran las siete de la mañana cuando su móvil comenzó a sonar.

—¿Si?
—¿Pero donde coño estás? —le preguntó Diana al otro lado del teléfono. —Llevo diez minutos llamando a la puerta y como no contestabas, acabo de entrar en tu piso para ver si te había pasado algo.
—Estoy en la oficina.
—¿A qué hora te has marchado para ahí?
—Todavía no me he marchado.
—Pero que me estás contando. ¿Me quieres decir que llevas trabajando desde ayer? A los becarios no se les pagan las horas extras.
—Ya, pero Clara me ha pedido que le pasara a limpio un dossier que llegó ayer y ahora estaba con la encuadernación de las copias.
—¿No me digas que los franceses han vuelto a enviar otro dossier con letra minúscula?
—Pues creo que sí.
—Pero ese trabajo tendría que hacerlo Mónica, que es su secretaría… aunque conociéndola… ¿Te queda mucho?
—Estoy acabando ya. En quince minutos tendrá las copias encuadernadas sobre la mesa.
—Muy bien cielo. Voy para allá.

Media hora más tarde, Diana entraba como una exhalación en la oficina. Vio que Héctor estaba hablando con Gloria y esta sonreía satisfecha.

—Vaya joyita de chico nos hemos agenciado —dijo Gloria.
—¿Lo ha conseguido? ¿Qué tal ha quedado?
—Muy bien. Le he echado un vistazo rápido y a Clara le va a  encantar. Este joven redacta muy bien, hasta ha colocado las notas manuscritas que había por los márgenes y las ha ubicado a  pie de página como explicaciones… y sin faltas ortográficas.
—Eso está muy bien. Ahora hazme un favor. Vete a casa, date una ducha, duerme un poco y vuelve por la tarde.
—Pero tengo que trabajar.
—A Gloria seguro que no le importa que te tomes un descanso.
—¿Y la jefa?
—De Clara me encargo yo.