martes, 7 de mayo de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 2


Eran las siete de la mañana, cuando el timbre de la puerta sonó en el piso. Héctor, que llevaba desde las seis en pie, corrió como una gacela para abrir. Al otro lado de la puerta estaba Diana vestida con un traje de falda y chaqueta que le daba un aire de ejecutiva agresiva muy peculiar.

—Vaya, que elegante estás —le dijo viendo al muchacho de arriba abajo.
—Me gustaría dar una buena primera impresión el primer día de trabajo en la empresa.
—¿En la empresa? Creía que te ibas de boda.
—Pues tenía pensado ir así… ¿o es que no voy bien?
—Demasiado bien para el trabajo que vas a desempeñar. Entras como becario, no como un alto ejecutivo. Lo mejor será que te pongas algo más cómodo y que no te haga sudar demasiado. Vamos a ver que tienes por estos armarios —dijo Diana entrando en el piso muy resolutiva y comenzando a revolver en toda la ropa del joven. —Con esto creo que darás una buena impresión ante Gloria —dijo Diana dejando un pantalón vaquero, una camisa a cuadros violeta y un jersey a juego con la camisa.
—¿Tú crees? Cuando me entrevistó no me veía con muy buenos ojos y por eso me había puesto el traje, para poder impresionarla un poco.
—Confía en mí —dijo Diana sentándose cómodamente en el sillón.
—¿Me tengo que cambiar?
—¿No pretenderás que te ayude yo también a eso? Yo ya he hecho mi trabajo.
—Pero me tengo que desnudar.
—¿Y? No tenemos mucho tiempo.

Héctor comenzó a quitarse la ropa. Se sentía algo incómodo porque se veía observado por Diana. Se quedó en ropa interior e intentó vestirse lo antes posible, pero al ponerse los vaqueros, tropezó con la cama y cayó sobre el mullido colchón. Diana se fijó en el torso desnudo del joven, tenía unos buenos pectorales y unas abdominales marcadas, brazos fibrosos y unas bonitas manos con unos dedos largos y delgados.

—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Si claro —dijo Héctor levantándose con los pantalones a medio vestir.
—¿Has estado muchas veces desnudo o en ropa interior delante de una mujer?
—Pues claro que si, muchas veces.
—¿Cuantas?
—Muchas.
—¿Puedes especificar el número?
—Unas tres o cuatro.
—Y eso en el pueblo son muchas, supongo.
—Las suficientes – dijo Héctor algo molesto.
—Lo siento, no era mi intención incomodarte. Es que me ha resultado algo extraño que un chico como tú, bien parecido, estuviese tan nervioso mientras se cambiaba ante una mujer.
—No suelo hacerlo muy a menudo. 
—De ahí mi interés por saber cuantas veces lo habías hecho. Pero no te preocupes. Con tu llegada a la ciudad, seguro que se multiplican. Aquí tendrás muchas más oportunidades —dijo Diana sonriendo. —Bueno, dejémonos de cháchara porque tenemos que marcharnos o no cogeremos el autobús que nos lleve al centro.

Diana y Héctor bajaron en el ascensor. Él pudo percibir la sutil fragancia del perfume que ella llevaba puesto ese día. Salieron a la calle y con paso apurado llegaron a la parada de autobús. Esperaron un par de minutos y el bus llegó para recogerlos. Dentro, las plazas con asiento estaban todas ocupadas y decidieron dirigirse hacia el final del autocar. Allí, Diana se cogió a la barra mientras Héctor se apoyaba contra el panel del bus, con una mano agarraba la barra de arriba y con la otra sujetaba su maletín del portátil.

Cuando el autobús arrancó, el impulso hizo Diana echase el cuerpo un poco hacia atrás y su trasero se pegó durante unos instantes contra la entrepierna de Héctor, hasta que el autobús tomó nuevamente impulso y Diana volvió a su posición inicial. Ella no le dio importancia alguna a lo ocurrido, pero Héctor, notó como su “amiguito” comenzaba a desperezarse. Un par de paradas más y el autobús estaba lleno a rebosar. Ahora, irremediablemente, Diana tenía que estar pegada a Héctor que había colocado entre su cuerpo y el de ella, su maletín.

—Podías apartar esa cosa de ahí detrás.
—Lo siento Diana, no sé que es lo que me pasa. Debe ser por el nerviosismo del primer día de trabajo.
—Lo decía por el maletín. Es bastante molesto tener algo tan duro y con cada acelerón no hace más que clavárseme en el trasero. De lo otro, es agradable notar como una, a sus cuarenta y tantos todavía es capaz de poner contento a un joven como tu —pero Diana no sabía porque había dicho eso. Se notaba rara con Héctor, no sabía lo que era, quizás el aroma que desprendía su cuerpo.
—Perdona Diana, pero ¿ayer no eran solo treinta y tantos?
—Ya, pero ayer no te conocía y hoy te he visto en ropa interior.

Bajaron en la parada del centro, como la inmensa mayoría de las personas que viajaban en el autocar. Después cruzaron la calle y entraron por una puerta giratoria en un gran edificio de oficinas. Subieron en un ascensor y bajaron en la planta once.

—Bien, aquí es donde trabajarás. Esta planta será tu hogar durante el tiempo que trabajes aquí.
—Espero que sea mucho.
—Bueno, todos los becarios que hemos tenido, no han durado más allá de unos días. Y eso los mejores.
—¿Unos días?
—Si, la carga de trabajo fue demasiado para ellos.
—Daré el callo.
—Lo darás, de eso me encargo yo o tu tía no nos mandará esas ricas pastas que nos envía desde hace años.
—Veo que mi tía tiene mucha influencia por aquí.
—Vamos a ver a Gloria. Seguro que querrá conocerte en persona.

Bajaron unas escaleras y Héctor vio como estaba distribuida la oficina. Se componía de dos pisos. El de abajo era donde estaba todo el trasiego de la empresa. Diseñadores, administrativos y personal de oficios varios. En la planta de arriba, estaban los departamentos de internacional, nacional, jurídico y dirección como así le indicó Diana.

Se dirigieron hacia la zona de Recursos Humanos y llamaron a la puerta.

—Gloria, te traigo al nuevo becario —dijo Diana abriendo la puerta.
—Vaya, veo que es el primero que viene a trabajar en vaqueros —dijo la mujer al verlos entrar.

Héctor vio para Diana y esta le guiñó el ojo.

—Yo misma le he aconsejado para que viniese así. Ya sabes cómo se ponen esos becarios trajeados que comienzan a sudar y sudar y la peste que nos dejan por toda la oficina.
—Eso es cierto, además, con ropa cómoda podrá moverse mejor.
—Bueno, yo me marcho. Tengo una video conferencia con Paris a primera hora. Héctor que pases un buen día.
—Gracias Diana – dijo Héctor estrechándole la mano.
—Una cosa antes de marcharme. Sabrás volver a casa. Yo a las tres me marcho y supongo que Gloria te dará algo de trabajo extra para que te pongas al día cuanto antes.
—Si, sabré regresar. Soy como un GPS andante y he memorizado todas las paradas del autobús. Podría regresar a casa andando sin ningún problema —dijo Héctor muy seguro de lo que decía.
—Vaya, yo esta mañana en el autobús, no era capaz de concentrarme en nada. No sé si era porque era lunes o porque estaba intentando imaginarme desnudo al yogurin que estaba detrás de mí.

Diana desapareció del despacho después de dejar con la boca abierta a Héctor. Gloria por su parte, se había levantado y estaba cogiendo un carrito donde había un centenar de cartas que había que repartir por los distintos departamentos.

—Bueno, tu primer trabajo será repartir el correo. Como eres un recomendado de mi amiga Diana, te ayudaré a repartirlo. Cuando termines con el reparto, volverás nuevamente por todos los departamentos y recogerás todos los papeles que te den. Los llevarás a la destructora de papel y los eliminarás. Después vuelve aquí y te encomendaré otras tareas.
—¿Dónde puedo dejar mi maletín?
—Dios, otro con portátil. Espero que dures lo suficiente como para poder usarlo.
—No se preocupe Gloria, no me rindo fácilmente.
—Eso espero. Diana se ha jugado el culo por ti. Clara, la jefa, no quería meter más becarios en la empresa porque estos no aportan absolutamente nada, pero ella insistió mucho en hacerte la entrevista y darte una oportunidad.

Héctor quedó sorprendido al saber que Diana había apostado fuerte por él ya que esta, no le había comentado nada sobre eso. ¿Tan ricas estaban las pastas de su tía?

Gloria, seguida de Héctor con el carrito del correo, se dirigió a la oficina. Desde lo alto de las escaleras pudieron observar el bullicio que había allí dentro, entre ordenadores, teléfonos sonando y las alegres charlas de las trabajadoras que se encuentra después de un fin de semana sin verse.

—¿No notas nada raro? —le preguntó Gloria a Héctor.

Este observó detenidamente, pero no encontró nada extraño en el comportamiento de los allí presentes. Al no contestar, Gloria le preguntó nuevamente.

—¿Ves a alguno como tú?
—¿Otro becario?
—Otro hombre.

Héctor volvió a observar la oficina y se dio cuenta de que el cien por cien de los trabajadores que había, eran del sexo femenino.

—Por favor, un poco de atención —dijo Gloria, pero no le hicieron caso. —Por favor, un poco de atención —volvió a decirlo, pero nadie le hizo caso. —¡Silencio! —gritó Gloria y todo el mundo dejó de hacer lo que estaba haciendo en ese momento. —Muy bien, como podéis ver, a mi lado hay un becario nuevo. Espero que lo tratéis bien y no como a los anteriores, ¿está claro?
—Este es más mono que el último pero, ¿cuánto aguantará? —dijo una.
—Se admiten apuestas —dijo otra.

La primera se fue hasta un tablón y comenzó a garabatear los nombres de las apostantes y las cantidades que apostaban.

En ese momento entró una mujer que iba con mucha prisa. Se paró en el rellano de las escaleras y vio el bullicio que se arremolinaba delante del tablón donde deberían estar las tareas asignadas para toda la semana.

—¿Pero que está pasando aquí? —preguntó la mujer a viva voz

Todo el mundo se calló al verla allí parada como una estatua.

—Clara, ha llegado el nuevo becario y las chicas estaban apostando cuanto durará en la empresa —dijo Gloria desde lo alto de las escaleras.

Aquella mujer se giró y vio a Héctor de arriba abajo. Después se dirigió hacia el tablón y le echó una mirada matadora a la que tenía el rotulador en la mano.

—Debería daros vergüenza que no esperaseis a vuestra jefa, a la que os da de comer, para poder ser la primera en apostar. Cincuenta Euros a que no pasa de tres días.
—Pero es mono —dijo una.
—Entonces que sean cien —dijo Clara con una sonrisa maliciosa y desapareciendo por las escaleras de caracol que la llevaban al piso de arriba.
—Vaya, sí que os lo pasáis bien en esta empresa —dijo Héctor sin parecer muy ofendido
—Sabemos cómo divertirnos… ¡apuesto otros cien a que aguanta toda la semana! —gritó Gloria bajando por la escaleras a todo tren.

Aquella mañana, Héctor repartió el correo, recogió el material para la destructora de papel y después de comer, actualizó los ordenadores de toda la empresa. Eran más de las nueve de la noche cuando salió de allí.

Se fue hasta la parada del autobús y después de media hora estaba enfrente de la puerta del edificio donde vivía. Cogió el manojo de llaves que le había dejado la noche anterior Diana y entró. En ese momento, escucho que alguien le hablaba desde atrás.

—Menudas horitas de llegar.
—Hola Diana.
—¿No me digas que llegas aun del trabajo?
—Si, me he liado un poco con las actualizaciones de los ordenadores.
—Ni que los hubieses actualizado todos… ¿no lo has hecho verdad?
—Los del piso de abajo sí. Las chicas me lo pidieron.
—Pero que abusonas.
—Lo hice gustosamente y para demostrarle a todas, que yo no soy como los demás becarios. Quiero trabajar y no me asusta formar parte de una empresa poblada por mujeres.
—Vaya, creo que fue un pequeño detalle que se me escapó comentarte.
—Si, no recuerdo haberlo escuchado. A lo mejor algo me comentaste en el autobús, pero como estaba atento a las calles y en que tu trasero se acomodase bien con mi entrepierna, puede que se me haya escapado.
Touche. Veo que aprendes rápido. Me gusta esa actitud. Llegarás muy lejos.
—¿En la empresa?
—Si, en eso también – dijo Diana guiñándole un ojo. —Cuando te duches, baja a cenar con mi madre y conmigo.
—No quisiera molestar. Me iba a preparar un bocata y después actualizar mi blog.
—¿Tienes un blog? ¿Y que escribes?
—De todo un poco. Aunque lo de trabajar en una empresa rodeado de mujeres creo que va a ser algo que mis amigos no van a creerse.
—Lo dicho, baja y nos comentas todo eso a mi madre y a mí, que tiene muchas ganas de conocerte. Además, las pastas de tu tía llegaron esta tarde.

Aquella noche la velada fue muy agradable. La madre de Diana, doña Luisa, era de la edad de su tía y por lo que pudo averiguar en sus años mozos, eran uña y carne. Le contó anécdotas de aquellos tiempos que consiguieron quitarle los colores. Ahora sabía de donde había heredado Diana aquel pícaro carácter que tenía.

Eran más de las doce cuando se acostó en cama. Había actualizado el blog y en menos de dos minutos tenía ya más de cincuenta comentarios. Muchos eran asiduos de aquel blog y compañeros informáticos que lo pusieron en los altares de los cielos por tener tanta suerte en su vida. Que poco sabían ellos de lo que iba a depararle la vida en los días posteriores.

5 comentarios:

  1. A ver, tienes un blog con un relato en el que el prota, al final del capítulo, actualiza su blog ¡Inception! Menos mal que el blog de tu personaje no es también de relatos... XD

    Por cierto, pásate (Si puedes) por Gisicom, que Toluuuu ha comentado una cosilla que puede interesarte como escritor ;)

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  2. Gracias por el aviso Vin, pero para ser escritor me queda mucho que aprender. Yo me siento más "juntaletras".
    Abrazotes

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  3. No te infravalores, hombre; eres mucho más que eso ;)

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  4. y la primera parte? y la tercera? donde está mi látigo!!! BUFYYY!!!! Donde lo dejaste???

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  5. Mi querido colega, rey de las "correctancias". Gracias por aparecer por aquí y comentar en el segundo capítulo.
    Abrazotes y te diré que el látigo no me asusta ya, aunque prefiero la fusta y una alegre amazona...

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