martes, 14 de mayo de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 3


Al día siguiente, al entrar en el autobús, Diana se colocó muy cerca de Héctor. Este, había dejado su maletín en su piso ya que Gloria tenía para él, mucho más trabajo burocrático y no iba a necesitar su portátil durante un tiempo.

—Hueles muy bien – dijo Diana.
—Es la misma colonia de ayer.
—Pero, hoy hueles todavía mejor, no sé, es como si tu olor corporal se mezclase con tu colonia y le diesen un toque muy, muy… no sé como explicarlo… sensual.

El viaje en autobús comenzó como siempre. A cada arrancada de autobús, Diana acomodaba su trasero durante unos instantes contra la incipiente entrepierna de Héctor y este se dejaba hacer. Hasta que el autobús volvió a llenarse y durante los quince minutos posteriores, estuvieron en un tira y afloja, jugueteando con sus caderas una y su pelvis el otro. Pero este no aguantaba más y cogió disimuladamente a Diana por la cadera y la apretó contra él. Esta dejó de moverse y notó contra su vestido, el palpitante órgano del joven.

Llegó el momento de apearse del autobús y Diana le hizo un gesto a Héctor para que viese para su entrepierna. Dentro de su pantalón había un bulto considerable y el joven tuvo que quitarse la chaqueta y recorrer el resto del trayecto pasando bastante frío. Se subieron al ascensor y Diana volvió a pegarse a él.

Ahora sería Héctor el que iba a jugar con ella. El ascensor iba atestado de gente y nadie se daría cuenta de lo que iba a hacer ya que ellos estaban arrimados en un rincón del ascensor. Subió con sus manos por el vestido de Diana y disimuladamente comenzó a acariciarle los pechos. La mujer, sorprendida por el arrebato del joven, por la situación del ascensor plagado de gente y porque ya venía bastante caliente del autobús, notó como sus pechos agradecían aquellas caricias. Al llegar a la planta once, Héctor no fue el único que llevaba algo henchido.

—Si eres capaz de llegar al viernes vivo, este fin de semana me gustaría enseñarte algo de la ciudad —dijo Diana colocándose la chaqueta para que nadie pudiese observar sus revolucionados pechos.
—Acepto el reto —dijo Héctor todavía con la chaqueta tapando su entrepierna.

Aquel día, Héctor volvió a demostrar que les costaría Dios y ayuda a todas las mujeres de la empresa, para que dejase aquel trabajo. Antes de las dos de la tarde, lo llamaron del despacho de dirección. Estaban esperando un paquete urgente y en cuanto llegase, tenía que subirlo.

—Ten cuidado con Mónica. Es la secretaria de Clara y tiene muy malas pulgas —le dijo Gloria entregándole el paquete tan esperado por dirección.

Héctor subió por primera vez las escaleras de caracol y se dirigió hacia el despacho de dirección. A la puerta estaba una secretaria que el joven reconoció al instante.

—Buenos días Mónica. Traigo el paquete para dirección.
—Gracias. Déjalo aquí encima.
—Por cierto, ¿que tal el taxi el domingo pasado?
—¿Perdón? —dijo la rubia secretaria.
—Si, en el aeropuerto, cuando tenías que entregar una carpetita de este tamaño —dijo Héctor haciendo un dibujo en el aire de la carpetita.
—Lo siento, no te ubico en el espacio-tiempo —dijo Mónica haciendo el mismo gesto que había realizado Héctor.
—Vaya, que pena, quería agradecerte haberme dejado allí otros diez minutos más a la espera de otro taxi.
—Ah, si, ahora me acuerdo. El joven que me cedió cortésmente el taxi. ¿No te di las gracias en aquel momento?
—Pues no. Me diste un buen consejo.
—¿Sí? ¿Y cual fue?
—Que fuese más rápido cogiendo taxis.
—¿Y que tal?
—Pues lo dicho. No hubo oportunidad de probar mi rapidez ya que tuve que esperar otros diez minutos.
—Bueno, pues gracias por cederme el taxi.
—Un placer Mónica.
—El placer ha sido mío y hazme un favor. Aguanta un día más y después abandona.
—¿La apuesta? Lo siento, vais a perder todas.
—Bueno, hay una de nosotras que ha apostado muy fuerte por ti.
—No lo sabía.
—Diana ha apostado quinientos euros ha que aguantas más de un mes.

<<Bien por ella>> pensó Héctor. De repente, el teléfono de Mónica sonó por línea interna y descolgó el auricular.

—Si, el becario ya ha traído el paquete… si todavía está por aquí… ahora mismo lo hago pasar.
—Clara quiere que le lleves el paquete.
—¿A su despacho?
—¿Tienes algún problema?
—No.
—Pues entonces vamos —dijo Mónica levantándose de su escritorio y dirigiéndose a la puerta del despacho de dirección.

Héctor pudo ver lo sexy que era aquella chica. Llevaba una blusa azul y una minifalda a juego, que si solo se agachase un poquito, podrían vérsele hasta las amígdalas.

—Pase —dijo una voz al otro lado de la puerta, después de que Mónica llamase.
—Clara, el becario está aquí —dijo la secretaria abriendo la puerta.

Héctor recogió el paquete de encima de la mesa de Mónica y entró con él, en el elegante despacho de dirección. Después escuchó como la secretaria cerraba la puerta tras él.

—Por favor, toma asiento.
—Gracias —dijo Héctor que observa como la mujer no apartaba la vista de su portátil. Clara era una mujer que había llegado a lo alto de la empresa con mucho esfuerzo. Nadie le había regalado nada y no le debía favores a ningún mecenas. Era una mujer de fuerte carácter y muy segura de sí misma.

El joven pudo advertir con todo detalle que a la melena negra recogida en una larga cola no se le vía ni una sola cana, su flequillo cortado por encima de sus cejas era totalmente simétrico, sus pestañas con un sutil toque de rímel para que no pareciesen apelmazadas y sus labios perfilados al milímetro sin una sola raya fuera de ellos.

—¿Te gusta lo que ves? —le preguntó Clara mirándolo ahora si, a los ojos.
—Si, claro —sonrió Héctor. —Es un buen portátil, de lo mejorcito en el mercado.

Clara sonrió también por la respuesta dada por el joven. Se lo quedó mirando durante unos instantes y después le dijo que abriese el paquete. Le pasó unas tijeras y Héctor lo abrió.

—¿Que tal llevas estos dos días? ¿Mis chicas te tratan bien?
—Mejor de lo que esperaba.
—Me alegra escuchar eso —dijo Clara recostándose en su confortable silla. —Mañana tengo una reunión y necesito copias encuadernadas del dossier que tienes en tus manos. Como puedes ver, algún cenutrio ha puesto un tipo de letra demasiado pequeña y me gustaría no dejarme las pestañas leyendo eso.
—Sí, algo pequeña sí que es.
—No es la primera vez que lo hacen, por eso me gustaría contar con tus servicios. He leído en el informe que me ha pasado Gloria que eres rápido escribiendo con el teclado.
—Bueno, hago lo que puedo. Cuatrocientas cincuenta pulsaciones.
—Creo que eres el indicado para este trabajo. Pásalo a un tipo de letra que se pueda leer, haces diez copias, lo encuadernas y lo dejas preparado en la Sala de Juntas para primera hora de la mañana.
—Perdone Clara, pero eso me llevaría mucho tiempo.
—Creía que te gustaban los retos, o por lo menos, así lo ponías en tu currículum —dijo Clara mientras abría una carpeta que contenía unos folios —si, aquí lo pone <<me gustan los retos y superarme a mi mismo>>
—¿Tapas trasparentes por delante y negras por detrás? —dijo Héctor con mucha seguridad.
—Sí.
—Mañana a primera hora tendrá las copias sobre la mesa de la Sala de Juntas.
—Muy bien. Ahora puedes retirarte.

Héctor salió del despacho y se encontró con Mónica que estaba sentada sobre la esquina de su mesa hablando por teléfono. Al pasar por su lado, tapó el auricular con su mano y:

—Buena suerte —le dijo con una sonrisa burlona.
—La voy a necesitar —dijo Héctor con resignación.

Bajó por las escaleras de caracol y la oficina estaba ya medio vacía. Solo quedaban en ella algunas de las chicas del departamento de Diseño Gráfico que se marcharían media hora más tarde. Se dirigió al despacho de Gloria y le comentó el “trabajito” que le había encomendado Clara.

—Mierda, —dijo Gloria levantando su orondo trasero de su silla —si no lo tienes para mañana, eres becario en paro.
—Tendré que ponerme lo antes posible con él.
—Está bien, deja todo lo que te había mandado hacer y sígueme. Te asignaré un ordenador y te enseñaré a manejar la maquina de encuadernación.
—Se como funcionan. Trabajé durante un año en una copistería.
—Es verdad, lo había leído. Sígueme.

Héctor, con el dossier debajo de su brazo, siguió a Gloria por toda la oficina y lo llevó hasta un ordenador.

—Este te servirá. Ahora, encomiéndate a todos los santos y haz que salga humo de esas teclas.
—Gracias Gloria.
—¿Has comido ya?
—No, no he podido bajar todavía a la cafetería.
—¿Te subo algo?
—Si me traes un café te lo agradecería.
—Marchando un café y un bocadillo de regalo.

Al rato, un humeante café doble estaba sobre la mesa del escritorio donde Héctor se afanaba en pasar aquel grueso dossier en limpio. El bocadillo lo fue comiendo poco a poco durante el resto del día. Aquella tarde-noche, fueron varios los cafés que el joven se tuvo que tomar para poder mantener el ritmo de tecleo.

Las señoras de la limpieza dejaban la oficina cuando Héctor llevaba solo la mitad del trabajo realizado. Se levantó unos instantes, desentumeció sus músculos y relajó sus hombros y su cuello. Respiró profundamente y volvió al trabajo.

Eran las siete de la mañana cuando su móvil comenzó a sonar.

—¿Si?
—¿Pero donde coño estás? —le preguntó Diana al otro lado del teléfono. —Llevo diez minutos llamando a la puerta y como no contestabas, acabo de entrar en tu piso para ver si te había pasado algo.
—Estoy en la oficina.
—¿A qué hora te has marchado para ahí?
—Todavía no me he marchado.
—Pero que me estás contando. ¿Me quieres decir que llevas trabajando desde ayer? A los becarios no se les pagan las horas extras.
—Ya, pero Clara me ha pedido que le pasara a limpio un dossier que llegó ayer y ahora estaba con la encuadernación de las copias.
—¿No me digas que los franceses han vuelto a enviar otro dossier con letra minúscula?
—Pues creo que sí.
—Pero ese trabajo tendría que hacerlo Mónica, que es su secretaría… aunque conociéndola… ¿Te queda mucho?
—Estoy acabando ya. En quince minutos tendrá las copias encuadernadas sobre la mesa.
—Muy bien cielo. Voy para allá.

Media hora más tarde, Diana entraba como una exhalación en la oficina. Vio que Héctor estaba hablando con Gloria y esta sonreía satisfecha.

—Vaya joyita de chico nos hemos agenciado —dijo Gloria.
—¿Lo ha conseguido? ¿Qué tal ha quedado?
—Muy bien. Le he echado un vistazo rápido y a Clara le va a  encantar. Este joven redacta muy bien, hasta ha colocado las notas manuscritas que había por los márgenes y las ha ubicado a  pie de página como explicaciones… y sin faltas ortográficas.
—Eso está muy bien. Ahora hazme un favor. Vete a casa, date una ducha, duerme un poco y vuelve por la tarde.
—Pero tengo que trabajar.
—A Gloria seguro que no le importa que te tomes un descanso.
—¿Y la jefa?
—De Clara me encargo yo.

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