miércoles, 22 de mayo de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 4


CAPITULO 4

Héctor dejó la oficina y se marchó a casa en autobús. Llegó al piso y después de desnudarse, se dio una larga y reparadora ducha de agua caliente. Se preparó un desayuno y cuando se iba a meter en cama, su móvil comenzó a sonar. El número de Diana volvía a aparecer en la pantalla.

—¿No me digas que no le ha gustado?
—No, no te llamaba por eso. A Clara le ha encantado aunque me lo ha dicho en petit comité. El problema lo tengo yo.
—¿Qué te ha pasado?
—Necesito de tu sabiduría informática cuanto antes.
—Vale, voy para allá.
—Lo siento, sé que estarías metido ya en cama pero no te hubiese llamado si no fuese importante —dijo Diana pareciendo muy preocupada.
—Ya estoy saliendo por la puerta —dijo Héctor levantándose de la cama de un salto.
—Gracias cielo, te lo recompensaré este fin de semana.

Héctor se vistió a toda velocidad. Cogió su cartera y la abrió para localizar la tarjeta que le había dado aquel simpático taxista. Carlos Cifuentes. Cogió su móvil y lo llamó.

—Carlos.
—Sí, ¿quién es?
—Soy… Héctor, el pueblerino que recogiste el domingo por la tarde en el aeropuerto.
—¿Héctor?… ¿pueblerino? Ah, si, ya me acuerdo.
—Necesito de tus servicios y de tu veloz taxi.
—Sabía que algún día me necesitarías. ¿Dónde estás?
—En la misma dirección en la que me dejaste el domingo.   —¿Cuánto tardarías en llegar hasta aquí?
—No ando muy lejos de ahí, dame diez minutos y me tendrás en la puerta.
—¿Y sin son cinco?
—Joder chico, te van las emociones fuertes. Voy para allá.

A los cinco minutos Héctor estaba ya sentado en el asiento de atrás del taxi de Carlos.

—¿A qué dirección vamos?
—¿Sabes dónde está AlfaPubli?
—¿Qué taxista de la ciudad no sabe dónde está la mejor agencia de publicidad con las chicas más guapas trabajando allí?
—No sabía que fuese tan famosa en vuestro mundillo.
—Tengo una buena amiga que trabaja allí.
—¿A lo mejor la conozco?
—Se llama Gloria y es la encargada de Recursos Humanos.
—Si, claro que la conozco.
—Espera un momento, ¿tú no serás el nuevo becario pringado del que me ha hablado esa bella mujer?
—Seguro que si, soy ese becario pringado.
—Qué suerte tienes macho y perdón por lo de macho, como decía aquel. Trabajar rodeado de tanta belleza todos los días.
—Bueno… si tú lo dices.

Carlos arrancó su taxi con un chirriar de ruedas y después de una carrera que duró quince largos y kamikazes minutos por el centro de la ciudad, llegaron a su destino.

—Dale recuerdos a Gloria de mi parte.
—Se los daré, si soy capaz de que mis huevos bajen nuevamente a mi bolsa escrotal. ¿Cuánto es la carrera?
—Héctor, me caes bien tío, así que esta carrera va de mi cuenta.
—Gracias Carlos —dijo Héctor despidiéndose con un apretón de manos.

Subió en el ascensor y entró en la oficina. Subió las escaleras y entró como una exhalación en el despacho de Diana que tenía la cara desencajada.

—Dime que ha pasado —le dijo Héctor al entrar en su despacho.
—Tengo un puñetero virus en mi ordenador.

Héctor vio la pantalla del ordenador de Diana y unos dibujitos de una pareja follando en cientos de posturas, rebotaban a un lado y a otro de la pantalla como si se tratase de una pelota de tenis.

—Alguien ha entrado en páginas que no debería —dijo Héctor con una media sonrisa.
—¿Yo? Ni se me ocurriría.
—Este virus, el llamado “follamigos” solo se puede coger entrando en páginas porno. Es un troyano, algo molesto, pero no es dañino si se coge a tiempo.
—¿Puedes hacer algo?
—He salido tan rápido de casa que se me ha olvidado traer mi portátil y mis discos mágicos, pero espera un momento – dijo Héctor cogiendo su móvil —hay alguien que puede ayudarnos.
—Que sea rápido por favor, en menos de media hora tengo la presentación de la campaña de los franceses y no puedo andar con el “follamigos” pululando por la pantalla de mi portátil.
—No te preocupes… Neo soy Spartan —dijo Héctor hablando por su móvil.
—¿Qué pasa colega? ¿Ya te has tirado a alguna de la pivitas de la empresa?
—Qué no, menuda paliza me estáis dando en el blog con ese temita… necesito tu ayuda.
—Dime.
—El “follamigos” ataca de nuevo. Necesito limpiar un portátil y yo no me he traído los discos. Tendremos que intentar un enlace online y desinfectarlo desde tu guarida.
—Eso está hecho, dame conexión.
—Espera un momento que tengo a los monigotes cabalgando y no me dejan darte acceso… si, ya te veo… todo tuyo.
—¡Vamos a darle caaaaañaaaaaaa!

En el ordenador de Diana, podía verse como se abrían y cerraban ventanas a toda velocidad. Códigos binarios de color verde que subían y bajaban dándole un aspecto peliculero a todo el asunto.

—No te preocupes, es el toque dramático de mi colega Neo. Es fanático de Matrix —le dijo Héctor al oído a Diana. —Neo, cuando termines, blinda el portátil para que no pueda ser nuevamente infectado.
—Ok Spartan, corto y cierro comunicación vía móvil.

Unos segundos después, en la pantalla del ordenador aparecía un paisaje primaveral conocido por Diana.

—Increíble. Parece estar todo bien —dijo la mujer repasando la presentación en Power Point que tenía que realizar en cinco minutos. —Dile a ese Neo que le debo una.
—Se lo diré.
—¿Sigue en pie lo de este fin de semana?
—Si sigo aquí sí.
—Seguirás, vaya si seguirás.

Aquella tarde, Gloria dejó que Héctor se marchase antes para casa, no sin antes darle las gracias de parte de Clara por el laborioso trabajo realizado con el expediente de los franceses. Héctor, por su parte, le dio recuerdos de Carlos el taxista y Gloria se puso colorada como un tomate, echando de su despacho al divertido muchacho.

Eran las cinco de la tarde cuando Héctor llegó nuevamente a su piso. Se desvistió, corrió los tupidos cortinones para evitar que la luz del día pudiese turbar su sueño y se tiró en cama completamente exhausto.

Al rato y cuando estaba comenzando a coger el sueño, sonó el timbre de la puerta. Se levantó fastidiado y medio somnoliento y se dirigió a la puerta. Vio por la mirilla y al otro lado estaba Diana. Abrió la puerta y la mujer pasó dentro.

—¿Estabas acostado? Creo que es la segunda vez que te interrumpo el sueño.
—No te preocupes.
—Venía a darte las gracias por lo de esta mañana. Cuando he salido de trabajar, me comentó Gloria que ya te había mandado para casa.
—Si, me dio permiso. Pero no tenías porque darme nuevamente las gracias, con una vez, para mí, es suficiente.
—Bueno, también tenía ganas de verte.
—¿Y eso?
—Esta mañana te he echado mucho de menos en el autobús.
—Lo siento, yo no he tenido mucho tiempo hoy para acordarme de nuestro jueguecitos mañaneros.
—Lo sé, has trabajado mucho y debes de estar muy cansado.

Diana se acercó a él, le colocó su mano sobre el cuello y le acercó la cara a la suya. Después lo besó en los labios.
Héctor sacó su lengua a pasear, pero Diana se echó hacia atrás.

—Todavía no te conozco lo suficiente para eso.
—Lo siento Diana – dijo el joven algo contrariado.
—Vamos, desnúdate y acuéstate sobre la cama. Te has ganado uno de mis famosos masajes.

Héctor se quitó la camiseta con la que dormía y se quedó con unos bóxer. Se tumbó sobre la cama, de espaldas a Diana. Esta se metió dentro del baño y cogió una crema de dentro de un mueble, que el muchacho ni siquiera sabía que existía.
Después, se quitó el vestido y se quedó en una combinación de Dolce & Galbana de color negro. Se colocó a horcajadas sobre el trasero de Héctor y antes de ponerse manos a la obra, calentó sus manos.

—Tienes una buena espalda, ¿hacías ejercicio en el pueblo?
—Mucha piscina, salía a correr tres días a la semana y algo de bici.
—Si, se te ve bastante en forma —dijo echando la crema sobre sus manos y después extendiéndola sobre la espalda de Héctor.
—Que gustazo. Hacía mucho tiempo que no me daban un masaje.
—¿Chico o chica?
—Chica, por supuesto.
—Bueno, en los tiempos que corren, no se puede fiar uno de nada.
—Vaya, creía que había quedado claro que me gustan las mujeres, después de dos calentones en el autobús.
—Los hay a los que le van la carne y el pescado a la vez.
—Pues yo soy de pescado, me encanta el pescado, vivía en un pueblo pesquero y me encante el…
—Si, te he entendido —dijo Díana amasándole los hombros.
—Como sigas así, voy a empezar a ronronear.
—Gatito malo.

Diana, después de diez minutos sobre los hombros, brazos y espalda de Héctor, le dijo que se diese la vuelta. Quería darle un masaje frontal. Este accedió gustosamente y ella volvió a subirse a horcajadas sobre él, colocándose encima de su prominente paquete.

—Se suponía que tendrías que estar relajado.
—Es bastante complicado con una mujer como tu encima.
—¿Tanto te excito?
—Bastante, a pesar de tus cuarenta y tantos.

Diana sonrió y masajeó los pectorales de Héctor que cerró los ojos intentando retener todo el placer que aquella mujer le estaba ofreciendo.

—Héctor, ¿esta semana has podido hacer algo de ejercicio?
—Si te refieres a ir a correr o a nadar, no he tenido mucho tiempo. Además, el sueldo de becario me dará para poder pagar solo la mitad de este piso.
—Sabes que si tienes algún problema de dinero, no tienes más que decírmelo y yo te ayudaré en lo que pueda.
—Gracias Diana, pero me he propuesto pagarlo yo todo. Bueno, mientras en la oficina siga de becario, mi tía pagará la mitad del alquiler.
—Muy bien, pero me vas a dejar hacer una cosa mientras tu no puedas pagártelo. En mi gimnasio, hay una piscina y unas clases divertidísimas de spinning. Te voy a hacer socio por lo que a mí, me bajarán mi cuota.
—Diana, ya estás haciendo demasiado por mí.
—Si Clara al final de mes decide contratarte, tendrás posibilidad de pagártelo tu mismo. Aunque deberías dejar que tu tía siguiese pagando la mitad del alquiler del piso. A ella no le importará.
—No sé si debería hacer eso. Son demasiados favores los que voy a tener que pagar.
—Tienes veinticinco años y toda la vida por delante para poder devolverlos, además, estoy pensando en algo para que te saques un dinerillo extra.
—¿Legal o ilegal?
—Por quien me tomas – dijo Diana ofendida y parando de masajear el marcado abdomen de Héctor.
—Lo siento Diana.
—Está bien —dijo apartándose un poco para poder bajar el húmedo bóxer del joven.
—¿Qué vas a hacer? – preguntó Héctor incorporándose sobre sus brazos.
—Todavía estoy algo ofendida por tu pregunta por lo que tendrás que resarcirme por tal ofensa. Relájate y disfruta de lo que voy a hacerte.

Diana tomó el miembro de Héctor con sus dos manos. Se imaginó como sería tenerlo dentro de ella y eso hizo que su sexo comenzase a lubricarse interiormente. Acercó el pene de Héctor contra su braguita y comenzó a frotarlo contra ella. Este volvió a tumbarse y se dejó hacer por las expertas manos de Diana.

—Cuando estés a punto de correrte, avísame.
—No creo que me quede mucho para eso. Llevo más de una semana sin aliviarme y los calentones de estos días me han dejado a punto de caramelo.

Diana apretaba el caliente, húmedo y palpitante pene de Héctor contra sus braguitas que estaban ya húmedas entre sus fluidos y los del joven. Este comenzó a respirar profundamente y más rápido. Intentó acariciar las piernas de Diana, pero esta no le dejó.

—Diana, me voy a correr —dijo Héctor comenzando a tener los primeros síntomas de la llegada del orgasmo.

Diana apretó y palpó un poco los testículos de Héctor, como si comprobase la carga que estaba a punto de salir y repentinamente, dejó de masturbarlo.

—¿Qué pasa? —preguntó Héctor nuevamente contrariado por la situación.
—Que no me apetece mancharme con tu semen. Pero este fin de semana, te prometo que te correrás a gusto.
—¿Me estás vacilando?
—No.
—¿Me vas a dejar así con las ganas?
—Sí.
—Será mejor que te marches. Ya acabaré yo con el trabajo “sucio”.
—No cariño, no lo harás.
—¿Qué?
—Cada día comprobaré la carga de tus huevos y como no estén así de “pesados” me voy a enfadar mucho y te prometo que no tendrás un buen fin de semana a mi lado.
—¿Estás de coña, no?
—No, no lo estoy.
—Diana, que te den.

Diana se vistió lentamente, se puso sus zapatos y antes de salir por la puerta, se giró y miró a Héctor. Este todavía permanecía con su pene erecto mirándola.

—¿Aceptas el reto? – le preguntó.
—¿Pero que os pasa a las mujeres? ¿disfrutáis retándome?
—¿Lo aceptas?
—Te prometo que aunque me muera de ganas por correrme, no lo haré hasta el fin de semana.
—Si no lo haces en estos dos días que te quedan, yo te ayudaré a hacerlo.
—Ni lo sueñes, te vas a quedar tú también con las ganas.

Diana cerró la puerta tras de si. Cogió su móvil y llamó al de Héctor.

—¿Qué quieres? —le preguntó Héctor enfadado.
—No te estarás tocando, ¿verdad?

No obtuvo respuesta, solo una señal de que se había cortado la llamada. Sonrió y marcó otro número de teléfono. Esperó unos cuantos tonos y una voz femenina respondió al otro lado.

—¿Sí?
—Roxy, soy Diana.
—Cielo, ¿cómo estás?
—Bien.
—Cuanto tiempo hace que no hablamos, creía que se te había tragado la tierra.
—Por un tiempo, así fue, pero he resurgido como el ave fénix, con muchas más fuerzas que antes.
—Así me gusta. ¿Estás mejor de lo tuyo? ¿Has vuelto a ver o saber algo del innombrable?
—Estoy mejor de lo mío y de esa persona, después de aquel día, no he vuelto a saber nada.
—Te lo advertí, querida, te dije que te iba a hacer mucho daño. Si me dejases encargarme a mí del asunto, Victor le hubiese puesto las pilas.
—Lo sé, pero quería hacerlo por mí misma.
—¿Cuándo te veré?
—Muy pronto… tengo un chico nuevo que enseñarte.
—¿Qué? ¿Pero como haces para conseguirlos?
—Ya sabes, mi irresistible encanto.
—Eso, y que tienes un cuerpazo que los vuelve locos. Y yo gastándome un dineral en bisturí, silicona y botox.
—Te quejarás de cómo te han dejado.
—Bueno, ahora ya no, ja ja ja. ¿Cómo es el nuevo?
—Te va a encantar. Alto, atractivo y con un buen cuerpo.
—¿Y de lo otro?
—No está nada mal.
—Estoy ansiosa por verlo.
—Este fin de semana tenía pensado pasarme por ahí. ¿Todavía funciona mi tarjeta VIP? —preguntó Diana.
—Te pondré en la lista de Victor con tu acompañante. Este sábado haremos fiesta Ibicenca.
—Bien, me sienta de muerte el blanco.
—Como te odio.
—Besos, cariño.
—Azotes, amor.

2 comentarios:

  1. Como lo leí hace tiempo, no me acordaba de este capítulo, ni del "jueguecito"...

    Desde luego, de los relatos adulto-eróticos que he leído, puede que los tuyos sean los más cercanos al mundillo del h-manga que he leído (Lo cual, dicho por un aficionado al hentai pretende ser un elogio :p)

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  2. Pues el final es de traca, ya lo leerás. Aunque estoy seguro de que las legiones de fans de este blog me pedirán continuación de la historia ;)

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