lunes, 17 de junio de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 7

A la mañana siguiente, Héctor cogió el autobús muy temprano y se marchó al gimnasio. En recepción estaba Helena que lo recibió con una amplia sonrisa. Lo llevó personalmente hasta los vestuarios y después volvió a su puesto de trabajo. Mientras se cambiaba, Héctor pensó en los grandes pechos de la recepcionista y de que tipo de ropa interior usaría ya que tenía entendido que para los senos grandes, los sujetadores no eran muy picantes, más bien, todo lo contrario, antieróticos totalmente. O por lo menos los de su tía eran así.

Se metió en la piscina y allí solo había un par de señoras de avanzada edad que nadaban por sus respectivas calles. Héctor, que llevaba una semana sin tocar agua, comenzó a deslizarse con lentitud mientras sus músculos comenzaban a calentarse. Cuando llevaba ya una hora de natación, decidió que era más que suficiente para el primer día y salió de la piscina. A aquellas horas había más gente por allí y un grupo de adolescentes que estaban con una monitora, en uno de los cursillos de natación, se le quedaron viendo entre sonrisitas, para el bañador de competición que apenas aguantaba el poderío del joven.

Héctor se secó, se cambió y subió a la sala de pesas donde estuvo corriendo media hora en la maquina elíptica y remató la sesión con otra media hora en la de remo. Bajó nuevamente a los vestuarios de la piscina y se duchó. Allí se encontró con Victor, que lo saludó como si lo conociese de toda la vida y se despidió de él, no sin antes prometerle una sesión de pesas para definir más su musculatura.

—Bueno, Helena, yo me voy ya.
—¿Qué tal tu primer día de gimnasio?
—Genial, necesitaba desestresar todo mi cuerpo y me ha venido de perlas.
—Pues para ser tu primer día, ya te has hecho famoso entre las jovencitas de la clase de natación. Me han preguntado quien era el macizo que había estado nadando tanto tiempo.
—Mierda… lo siento, creo que voy a tener que comprarme otro bañador. El que he traído hoy es algo pequeño.
—A tu izquierda, tienes la tienda de ropa deportiva, seguro que encuentras algo de tu talla.
—No, si el bañador es de mi talla, el problema es que estuve pensando en cosas que no debía y claro…, pero que estoy diciendo.
—No te preocupes, suele pasar muy a menudo, pensar en cosas que no se deben – dijo Helena guiñándole un ojo y dándole su nuevo carnet de socio. – Ha llegado esta mañana, mientras nadabas.
—Gracias Helena, y perdona mi vocabulario y mis tonterías.
—¿Haces algo esta noche? – le preguntó la recepcionista.
—Si, me voy de fiesta, ¿por qué lo preguntas?
—Me gustaría invitarte a tomar una copa o un café si lo prefieres. Pero veo que ya tienes plan.
—Mañana puedo.
—¿Mañana? Si, me encantaría – dijo Helena recuperando su sonrisa.
—¿Dónde te recojo?
—Te recogeré yo.
—¿Sabes dónde vivo?
—Tengo tu dirección en el ordenador. A las cuatro ¿te viene bien?
—Supongo que sí. Mañana nos vemos.
—Hasta mañana.

Héctor se puso su gorro de lana antes de salir por la puerta del gimnasio. Fuera hacia frío pero su mente calenturienta ya vagaba por paisajes oníricos, completamente desnudo y persiguiendo a Diana y a Helena entre la verde hierba de un campo.

A las ocho de la noche, Diana llamó a su puerta. Sus ojos azules resplandecieron al verlo abrir la puerta. Completamente vestido de blanco, con sus sandalias y su pelo engominado.

—Estás muy guapo —dijo Diana besándolo en el cuello.
—Tú estás… estás… madre de dios y del amor hermoso.
—Tomaré eso como un cumplido.

Diana vestía un vestido blanco muy vaporoso. Debajo de él, se intuía una minúscula tanga blanca y no llevaba sujetador, por lo que sus pechos se movían un poco debajo del inmaculado vestido.

—Venga, nuestro carruaje ha llegado puntual.
—¿Nos vienen a buscar?
—Claro, soy una Vip y tengo privilegios.

Bajaron en el ascensor y Héctor notó que Diana llevaba un perfume diferente al que había llevado durante la semana. Un olor que no supo reconocer mezclado con unos aromas afrutados, inundó su nariz y despertaron en él, algo parecido al deseo.

Un Audi A8 los estaba esperando a la puerta del edificio. Se montaron en él y delante de ellos comenzó a desfilar la bulliciosa ciudad que comenzaba a prepararse para aquel sábado noche. A las afueras, en el polígono industrial, estaba el Club Afrodita. Ocupaba las dos plantas enteras de un edificio y fuera, a pesar del frío, había una larga cola para entrar formada íntegramente por mujeres.

El Audi se detuvo a las puertas del Club y Diana y Héctor descendieron de él. Todas las mujeres que guardaban cola se sintieron celosas de la mujer que cogía del brazo a aquel atractivo espécimen del sexo contrario.

Víctor estaba en la puerta, aguardando la llegada de Diana y de su acompañante.

—Hola guapo.
—Hola Diana, ¿que tal estas?
—Muy bien, algo nerviosa por volver aquí después de tanto tiempo.
—Bueno, por eso no te preocupes. Veo que vienes acompañada por el nadador con el mejor paquete de la piscina.
—¿Qué?
—Esta mañana era lo único que se comentaba en el gimnasio.
—¿Has estado en el gimnasio? —le preguntó Diana a Héctor.
—Si, me apetecía mucho ir a nadar. Después he subido a la sala de aparatos y me he desfogado totalmente.
—Vaya con el chico de pueblo. ¿Y que es eso del mejor paquete de la piscina?
—Es un nombrecito que le han puesto unas jovencitas de uno de los cursillos de natación que había esta mañana en la piscina —le contestó Víctor.
—Vamos a tener que hablar largo y tendido sobre ese asunto —le dijo Diana dándole una palmadita en el trasero a Héctor.

Víctor habló con dos hombres que estaban apostados en la puerta y uno de ellos tomó nota de los nombres de Diana y Héctor. Después los guió por unas escaleras que tenían el paso restringidos a todo aquel que no fuese gente VIP o servicio de seguridad del local. Subieron al piso superior por ellas y desde allí podían ver el buen ambiente que se respiraba ya en el Club Afrodita con todas las mujeres vestidas de blanco. Llegaron a la zona VIP del local, donde había nuevamente, otros dos hombres del servicio de seguridad, tan armarios empotrados como los dos que había a las puertas del edificio.

Aquel ambiente era menos bullicioso que el que había en el piso de abajo. Una música menos machacona, se escuchaba por todo aquel selecto local. Lo primero que sorprendió a Héctor, fue ver por allí a dos camareros que iban casi al desnudo, si no fuese por un pequeño tanga que tapaba algo sus vergüenzas. Había otro en la barra que tenía la misma indumentaria de trabajo. Lo que si notó, era que los chicos eran jóvenes y guapos. Parecían modelos de pasarela.

Una mujer, que estaba hablando animosamente con el chico que estaba detrás de la barra, los vio llegar y se acercó casi a la carrera y con los brazos abiertos, hasta los recién llegados.

—Dios mío, Diana, estás guapísima.
—Hola Roxy —dijo Diana besándola en la boca.
—Como he echado de menos esos labios tan carnosos.
—Y yo los piropos tan halagadores que salen de tu boca.
—Este debe de ser el chico nuevo —dijo señalando a Héctor sin que este se diese cuenta.
—Sí.
—Veo que te has quedado corta en la descripción. Está muy apetecible.

Héctor observó detenidamente a la mujer que estaba con Diana. Era una belleza de mujer. Mulata, pelo castaño y liso, ojos verdes y un cuerpo en la que destacan unos prominentes pechos realzados a golpe de bisturí. Diana y ella rivalizaban amistosamente en belleza y erotismo.

—Héctor, acércate, quiero presentarte a mi buena amiga Roxy.
—Encantado —dijo el joven dándole un par de besos en las mejillas.
—Hola Héctor. Espero que pases una agradable noche en nuestra compañía. Ahora tengo que dejaros, hay más gente a la que tengo que saludar. Diana, hablaremos a lo largo de la noche.
—Muy bien Roxy.
—Una última cosa  —dijo la mujer pantera como así le puso de sobrenombre Héctor por sus andares felinos y sus ojos gatunos. —Coméntale algo de su nueva labor al chico, no vaya a ser que se nos asuste.
—No te preocupes, no se asustará.
—Confío en ti —dijo Roxy alejándose colgada del brazo del imponente Víctor.

Diana cogió a Héctor de la mano y lo llevó hasta las cristaleras que había cerca de unos sillones con forma de semicírculo.
Allí abajo había ya, más de cien mujeres bailando al ritmo de la música que Roxy se había traído de la Isla Blanca.

—Todo lo que hablemos a partir de ahora, tiene que ser estrictamente confidencial. No puedes publicar nada en tu Blog lo que estás viendo ahora y sobre todo, de lo que verás a partir de la medianoche.
—Pero Diana, puedo ser el tío más envidiado del país. Ya lo era al entrar a trabajar en AlfaPubli pero ahora…
—Nada de comentarios sobre el Club Afrodita fuera de aquí, ¿entendido?
—Vale, entendido.

Un camarero se acercó a la pareja y sobre su bandeja había un par de San Franciscos sin alcohol. Era la bebida preferida de Diana y Roxy se había encargado de pedírsela desde el momento que le habían dicho que estaba ya en el Club.

—Muy bien. ¿Qué pensarías si te digo que muchas de esas mujeres de ahí abajo pagarían por pasar un buen rato contigo?
—Pensaría que estás bebida, aunque por lo que he visto hasta ahora, ni siquiera has probado el San Francisco que llevas en la mano.
—Buen observador. Fíjate en los bailarines. Tienen unos cuerpos esculpidos con muchas horas de gimnasio, las mujeres que bailan con ellos, por una cantidad de dinero, se podrán marchar a sus casas con cualquiera de ellos y —disfrutar de una agradable noche en compañía de un macizo en su cama.
—¿Y tú me estás comparando con un macizo de esos?
—No, cielo, tú tienes una ventaja o desventaja según se mire. Todos los hombres que trabajan aquí, desde los camareros, bailarines y pasando por el servicio de seguridad, son gays.
—¿Víctor también?
—Si, Víctor también lo es.
—Vaya, quien lo diría. Nos hemos visto desnudos en el vestuario esta mañana y no me he percatado de que fuese gay.
—Es que no lo lleva escrito en la cara. Además, no eres su tipo, no eres lo suficientemente peludo para serlo. Pero si te sirve de consuelo, cuando lo conocí y me lo dijo, yo tampoco me lo creí. Pero me gustaría volver a tu tema. Esta semana te propuse una manera de ganarte un dinero extra y aquí la tienes.
—¿Hacer de gay?
—No.
—De gigoló.
—Tampoco.
—Joder Diana, me estás diciendo que voy a trabajar de puto para ganarme la vida.
—Tú te ganas la vida en la oficina, esto sería un extra añadido. Y no sería como un vulgar puto, ofrecerías un servicio de calidad por una buena cantidad de dinero. Limpio y sin riesgo alguno ya que la clientela es escogida y muy selecta.
—Pero Diana, es un servicio de prostitución de lujo, lo pintes como lo pintes.
—Llámalo como quieras, ¿aceptas?

Héctor miró a todas las mujeres que había bailando en la pista, bebiendo en la barra y en las mesas y las que subían a bailar más cerca con los gogós.

—¿Cuánto?
—El primer mes de prueba, dos mil euros, mil para ti, limpios y otros mil para Roxy que es la encargada de contactar con las mujeres.
—¿Y después?
—Depende del nivel de la persona que lo contrate y del servicio que requiera. Puedes conseguir entre seis mil y doce mil euros extra al mes.
—¿Qué?
—¿Es poco?
—¿Por hacer eso que tanto me gusta y que no tengo muchas oportunidades de hacer? Lo veo bastante bien pagado.
—Sabía que la idea te encantaría.
—Todavía no he aceptado.
—Lo harás —dijo Diana muy convencida de lo que decía dándole un pequeño sorbo a su bebida.

Héctor tenía ganas de bailar y bajó con su pase VIP en uno de sus bolsillos. Comenzó a fantasear con todas las mujeres que se encontraba a su paso. Sabía que estaba siendo observado por Diana a través de los cristales de espejo que había en el primer piso y eso lo excitaba.

Algunas mujeres se le acercaron para entablar una amistosa charla, otras, lo invitaron a tomarse algo y alguna que otra, le propuso tener sexo oral en los baños, cosa que estaba terminante prohibido por los trabajadores del Club, por lo menos fuera de la zona VIP, como pudo averiguar más tarde el joven.

Se acercó a un par de mujeres a las que reconoció en el medio de tantas. Eran las abogadas de la empresa y ellas se alegraron de verlo.

—Hola Héctor —dijo Cristina con una sonrisa de oreja a oreja.
—Cristina, Noelia, buenas noches. Están ustedes muy guapas esta noche.
—Gracias —dijo Noelia —tú tampoco estás nada mal.
—Ese cumplido me hará enrojecer.
—Como si fuésemos las primeras que te lo hemos dicho esta noche —dijo Cristina. —Te hemos observado desde que bajaste de la zona VIP. Y has ligado lo tuyo hasta llegar hasta aquí.
—Es que aquí es muy fácil ligar. Todas son mujeres y siempre hay algunas más desesperadas o con alguna copa de más encima que otras.
—No seas modesto. Para ser un hombre, hetero, no estás nada mal —dijo Noelia.
—Si, ya me he enterado que los chicos por aquí son más de otra ala.
—Y también muchas chicas —dijo Noelia besando apasionadamente en la boca a Cristina.
—¿Sois lesbianas? Quien lo diría. Podrías tener al hombre que quisieseis con solo chasquear los dedos.
—Muy de vez en cuando nos damos el gusto de acostarnos con el otro sexo, si el chico lo merece.
—¿Te gustaría bailar con nosotras?
—Será todo un placer.

Cristina y Noelia se pusieron delante y detrás de Héctor, haciendo un sandwich con sus cuerpos. Bailaron durante un buen rato, tocándose y haciendo que el joven tuviese pensamientos pecaminosos con las guapas abogadas. Estaban tan cerca los tres que las mujeres comenzaron a sentir lo mismo que sentía Diana cuando Héctor se excitaba. Aquella mezcla de colonia y hormonas que desprendía el joven en grandes cantidades, hicieron que las abogadas lo deseasen con premura. De repente, todas las luces del Club Afrodita se apagaron y solo se encendieron las ultravioleta. Eran las doce de la noche, el momento justo desinhibirse totalmente.

—Será mejor que subamos a la sala VIP, aquí corres demasiado peligro.

Héctor se dejó guiar por las abogadas que lo llevaron en volandas hasta las escaleras, no sin antes ser manoseado varias veces por alguna de aquellas mujeres que bailaban contoneándose lascivamente delante de los ahora, desnudos gogós.

Subieron las escaleras y entraron en un ambiente bastante más tranquilo. Noelia, agarró a Héctor por un brazo y lo sentó en uno de los sillones circulares mientras Cristina se dirigía hacia la barra para pedir unas copas.

Héctor estaba exhausto ya que hacía mucho tiempo que no bailaba tanto. Noelia se puso a horcajadas sobre él y comenzó a hablarle al oído. Lo que le estaba contando hizo que Héctor ya no fuese capaz de reprimirse ni un instante más y su miembro comenzó a izarse por debajo de su pantalón de lino blanco. Noelia lo notó y apretó su culo contra él.

—¿No habréis empezado la fiesta sin mí? —preguntó Cristina acercándose a la pareja.
—No cariño, solo estaba calentando un poquito más a Héctor —dijo Noelia levantándose y cediéndole el sitio a su compañera.
—Vaya, sí que está caliente —dijo Cristina notando el duro miembro de Héctor apretujado contra su vestido.

Diana, sentada con Roxy, los observaba sin perder de vista al trío desde el otro lado del sillón. Se levantó y se acercó a Noelia susurrándole al oído que le enseñasen a tocar a una mujer y que lo desfogasen hasta dejarlo seco.

Cristina recibió el mismo mensaje de Diana y asintió con la cabeza.

—Disfruta esta noche, te lo has ganado —le dijo Diana a Héctor.

Héctor no se sorprendió de lo que le había dicho su compañera de juegos de autobús y de ascensor. Lo que si le sorprendería gratamente, fue lo que hizo después con las abogadas.

Cristina se quitó sus braguitas, se subió al sillón, se levantó el vestido y colocó su depilado sexo muy cerca de la boca de Héctor. Mientras, Noelia, desabrochaba los cordones del pantalón de lino del joven y se los bajaba, junto con sus bóxer de Armani. El grueso pene de Héctor palpitaba incesante en la mano de Noelia y una gotita de líquido asomó en su punta, en el momento que Noelia bajó la piel para dejar al descubierto su enrojecido glande haciendo que el joven lanzase al aire un gemido de placer.

—Vamos a ver que es lo que sabes hacer —le dijo Cristina cogiendo la cabeza de Héctor y acercándosela hacia su sexo.

Héctor no había realizado muchas comidas de coño en su vida, pero si sabía mucha teoría extraída de los libros y de Internet. Y ahora tenía que poner en juego todo su repertorio.

Olió el sexo de Cristina y aquel aroma impregnó toda su nariz. Aspiró profundamente, abrió un poco su boca y besó los labios del sexo de Cristina como si fuesen los labios de su boca. Cristina gimió placenteramente, el primer contacto con la boca de Héctor había sido todo un éxito. La lengua del joven salió ardiente buscando el botón del placer, pero Cristina le dijo que no lo hiciese todavía, que jugase un poco más con sus labios y su boca, que después de besarlo, lanzase su cálido aliento sobre los húmedos labios de su sexo.

Héctor cumplió con su deseo y la sensación de calidez y humedad, hizo que Cristina comenzase a mojarse abundantemente y unas gotitas de líquido comenzaron a asomar a su sexo. Mientras Noelia, seguía parsimoniosamente masturbando a Héctor, sopesaba el peso de sus hinchados testículos y con la yema de sus dedos, lubricaba el glande con las gotas de los fluidos que emergían del mismo.

—El chico tiene aguante —le dijo Diana a Roxy.
—¿Por qué lo dices?
—Llevo toda la semana provocándolo y he conseguido en un par de veces que estuviese a punto de correrse.
—¿Y lo has dejado así, con las ganas?
—Sí.
—Sabía que podías ser mala, pero no cruel.
—Además le dije que no se podía tocar para desahogarse y que si lo cumplía, obtendría una placentera recompensa.
—Mala, cruel y sádica.
—Tenía que comprobar que el chico lo valía.
—Pues parece que se está defendiendo bien con Noelia y Cristina.

Héctor estaba ya horadando con su lengua, el sexo de Cristina mientras esta, con sus dedos le facilitaba el camino abriendo sus labios para recibirlo. Noelia se vio sorprendida por la mano que trataba de acceder a sus partes más intimas. El joven vio recompensado su pequeño esfuerzo siendo conducido por la mano de ella hasta sus húmedas braguitas. Noelia se abrió de piernas, dejando ver a las dos observadoras mujeres que estaban enfrente, su lugar más íntimo y sensual. Con una de sus manos, seguía masturbando al joven y con la otra, cogió la mano de Héctor y la guió por sus piernas de un lado a otro, lentamente hasta introducirse ambas, entre las humedades de su sexo. En ese momento, Noelia cerró sus piernas para sentir todavía más, aquellas caricias que le estaban proporcionando.

El cerebro de Héctor asimilaba a gran velocidad, todas las enseñanzas que estaba recibiendo y a su vez, disfrutaba enormemente de las sensuales caricias que le ofrecían.

Cristina comenzó a frotarse el clítoris con las yemas de sus dedos mientras Héctor lamía y chupaba los pliegues de sus labios. Noelia dejó que el joven introdujese un par de dedos dentro de su sexo y al hacerlo, aceleró enormemente los prolegómenos del orgasmo que comenzaba a llegar.

El trío de las dos chicas y del joven, estaba a punto de correrse y la primera en hacerlo fue Cristina que con una mano agarraba la cabeza de Héctor y con la otra, se frotaba con lujuria su henchido clítoris. Soltó un prolongado gemido y esto hizo que Noelia al escucharla, comenzase a tener el suyo.

—Eso se llama sincronización —le dijo susurró Roxy a Diana.

Noelia, todavía con los últimos coletazos de su orgasmo, se abalanzó sobre el pene de Héctor y se lo introdujo en su boca sin ningún miramiento. El joven lanzó un gemido de placer y le recomendó a la guapa abogada que se apartase, ya que estaba a punto de correrse.

—No te preocupes – le susurró Cristina al oído —Noelia sabe muy bien lo que hace. Ahora solo preocúpate de disfrutar.

Héctor obedeció y se dejó hacer por la voraz boca de Noelia que parecía que quisiese comerse todo el pene del joven. Lo lamía, lo chupaba y lo introducía hasta que su boca ya no podía meterse nada más. A los pocos segundos, Héctor inspiró profundamente, aguantó todo lo que pudo, y soltó un chorro de caliente semen dentro de la boca de Noelia, que tragó casi sin respirar, todo el líquido expulsado por el joven que permanecía con los ojos cerrados mientras la abogada lamía y relamía todo el falo que comenzaba a perder su erección.

Diana sonrió orgullosa. No se había equivocado con aquel chico, y puliendo unas poquitas cosas, se convertiría en un buen amante.

Cristina y Noelia decidieron dar la noche por concluida en el Club. Héctor les preguntó si podían acercarlo hasta su piso y ellas accedieron encantadas. Se fueron a limpiar al baño y después regresaron a la sala VIP.

—¿Te vas ya?  —le preguntó Diana.
—Si, las letradas me llevaran a casa.
—Bien. ¿Has decidido algo sobre lo que hablamos?
—Depende de la respuesta que me des a mi pregunta, ¿qué tal me he comportado?
—Has estado correcto.
—¿Solo correcto?
—Pues sí.
—Vaya, creía que había estado mejor que correcto. He aguantado como un campeón hasta dejar que mis parteners se corriesen antes que yo.
—Eso ha sido muy galante por tu parte, pero date cuenta que fueron ellas las que te guiaron por sus cuerpos.
—Y muy bien guiado, por cierto —dijo Roxy.
—Perdonad si todavía no me decida. Dejadme lo que queda el resto del fin de semana para pensarlo. La verdad que un dinero extra no me vendría mal y sobre todo si es disfrutando de esta manera.
—Disfrutarás siempre que tú quieras hacerlo. Solo hay una máxima en este trabajo. Nunca te enamores de ninguna de las mujeres con la que te acuestes.
—¿Por eso los chicos que hay por aquí son todos gays?
—Muy buena deducción —dijo Roxy.
—Te lo dije, el chico no es para nada tonto —dijo Diana dándole un ligero codazo a Roxy.


Héctor besó las manos de las dos mujeres y se retiró acompañado de las dos abogadas, una por cada brazo. Abajo, sobre la pista, los gogós ejercían ahora de bomberos que apagan los fuegos internos de las desinhibidas mujeres que lamían o se introducían las “mangueras” de los solicitados hombres.

viernes, 7 de junio de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 6

Al día siguiente, Diana y Héctor se fueron a trabajar nuevamente juntos. La táctica que había utilizado Diana con Héctor los días anteriores, volvió a repetirse, pero este, permanecía impertérrito ante las acometidas del trasero de ella. Hasta que se volvió a llenar nuevamente el autocar y Diana decidió actuar de otra manera. Se puso de cara a él y con sus manos, bajó la cremallera de su pantalón. Héctor la veía a los ojos mientras ella, metía una de sus manos por dentro de su pantalón buscando los testículos del joven.

—Hum, noto que están más jugosos que el otro día. Me gusta —le dijo Diana al oído.
—Puedo hacerlo, puedo hacerlo —se repetía Héctor una y otra vez mientras Diana acariciaba su incipiente miembro.
—¿Seguro? ¿Recuerdas a Helena? ¿Recuerdas esas enormes tetas? ¿Te imaginas tu polla entre esos voluptuosos pechos? Arriba y abajo, arriba y abajo o mejor aun, montada a horcajadas sobre ti, con sus tetas saltando cerca de tu boca mientras la penetras por ese culazo que tiene, mmmmm, se me hace la boca agua solo de pensarlo.

Héctor no aguantaba más, estaba a punto de correrse gracias a que Diana lo masturbaba en el rincón del autobús, mientras los demás pasajeros, ajenos a lo que pasaba detrás de ellos, seguían con sus aburridas vidas. La respiración del joven comenzó a incrementarse, señal para Diana de que tenía que parar de hacer lo que estaba haciendo. Y así lo hizo. Sacó su mano del paquete de Héctor y cerró su cremallera, asegurándose de dejarlo todo bien colocado.

—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Dime, guapetón.
—¿Qué quieres de mí?
—Ver hasta donde puedes llegar.
—Ya sabes que me gustan los retos —dijo Héctor introduciendo una mano por dentro de la camisa de Diana y comenzando a acariciar y apretujar uno de los pechos de la mujer.
—Veo que si —dijo Diana sintiendo los largos dedos del joven deslizándose por la puntilla de su sujetador.
—Imagínate que en vez de mis dedos, son mis labios los que están sobre tu sujetador.
—Muy bien, pero date prisa que pronto llegaremos a nuestra parada —dijo cerrando los ojos y dejándose arrastrar por la lujuria y la cálida voz de Héctor hablándole al oído.
—Mejor aun, sigamos con tu historia… Helena sigue disfrutando de mi polla horadando su trasero, pero delante  de nosotros y sentada en una cómoda silla, te encuentras tú, vestida con tu combinación y con las braguitas sobre el suelo.
—Me gusta —dijo Diana pasándose la lengua por los labios.
—Solo hay un problema, tus manos están atadas a la espalda, con un pañuelo de seda blanco, que hace juego con tu combinación.
—Eso ya no me gusta tanto… no me puedo tocar.
—De eso se trata, de que sientas la frustración de ver a dos personas que disfrutan follando y tú, con tus efluvios resbalando por tus piernas, no puedes hacer absolutamente nada.
—Te estás volviendo un pervertido, mi querido Héctor, y eso me encanta —dijo Diana mientras el joven deslizaba sus dedos por su pecho e intentaba acariciar el henchido pezón de la mujer.
—Sí y es gracias a ti… uy, creo que ya llegamos a nuestra parada.
—Es igual, bajaremos en la siguiente. Pero ni se te ocurra parar ahora y cuéntame cuando me vas a desatar y dejar de hacerme sufrir.
—Lo siento, yo me tengo que bajar aquí —le dijo Héctor a una malhumorada Diana al sentir que el joven extraía su mano de entre sus cálidos pechos.

En el ascensor del edificio no hubo ningún tipo de jugueteo, Diana estaba realmente enfadada con Héctor. No se podía creer que aquel jovencito utilizase las mismas artimañas que ella misma utilizaba con él. Pero sonrió para ella, estaba resultando ser un alumno muy aplicado y con un autocontrol excelente.

Entraron en la oficina y Héctor se dirigió al despacho de Gloria, para las encomiendas del día. Diana subió por las escaleras de caracol y se paró delante de la puerta del despacho jurídico. Habló con Esther, la secretaría y pasó dentro.

Allí se encontró con las dos abogadas que habían regresado de un viaje de trabajo al extranjero.

—Buenos días, Cristina, buenos días, Noelia.
—Diana, ¿qué tal estás?
—Muy bien —dijo la mujer dirigiéndose a las abogadas.
—¿Sabes que hemos recibido un mensaje en nuestras Blackberry sobre una fiesta Ibicenca en Afrodita? – dijo Cristina.
—No, no sabía lo de vuestro mensaje, pero si sabía lo de la fiesta. He hablado con Roxy esta semana.
—Lo sabemos. En el mensaje iba algo que nosotros no nos creíamos como lo de que y leo textualmente: Diana vuelve al redil y trae carne fresca – dijo Noelia.
—Esta Roxy como es.
—¿Es eso cierto? —preguntó Cristina.
—¿Lo del redil o lo de la carne fresca?
—Las dos cosas —respondieron al unísono.
—Si, algo parecido.
—Vaya, vaya, vaya… —dijo Noelia —mañana tendremos que ponernos nuestras mejores galas para tratar de estar a la altura.
—No os paséis, que llevo mucho tiempo fuera del juego.
—Y el nuevo, ¿sabe de que va la cosa?
—Todavía no. Mañana se enterará.
—Muy bien, que lo coja por sorpresa y así huirá dejándonos sin diversión.
—No lo creo, es un joven bastante atrevido… ¿queréis conocerlo?
—¿Está aquí?
—Si, trabaja aquí. Es el nuevo becario.
—Esther, llama al becario y que venga lo antes posible a nuestro despacho —dijo Noelia pulsando el botón del interfono para comunicarse con su secretaria.

—Becario, te reclaman en Jurídico – le dijo Gloria a Héctor que picaba datos a todo velocidad.
—¿En jurídico? – preguntó el joven.
—¿Estás sordo?
—Voy para allá —dijo Héctor levantándose de su asiento.

Salió del despacho de Gloria y subió por las escaleras de caracol. Todas las mujeres de la oficina lo seguían con la mirada.

—Lo siento chicas, voy a jurídico, no a dirección.

Un murmullo de decepción recorrió toda la oficina y después todas volvieron a sus respectivas tareas.

Héctor llegó hasta la mesa de la secretaria de las abogadas y esta lo hizo pasar a su despacho.

—Buenos días  —dijo al entrar en el despacho.
—Buenos días —dijo Cristina acercándose a saludarlo con la mano —Creo que ya conoces a Diana, por lo que te presentaré a mi compañera de despacho. Noelia, este es…
—Héctor.
—¿Héctor? Un nombre muy varonil —dijo Noelia estrechándole la mano.
—Estas dos hermosas mujeres querían conocerte —dijo Diana. —Acaban de llegar de un viaje de negocios y creo que eran las únicas que no conocías aun de la empresa.

Cristina y Noelia eran dos guapísimas abogadas, rubias las dos. Una de pelo largo, Cristina y otra con el pelo corto, Noelia. Las dos vestían elegantes trajes realizados a medida y sus zapatos valían más que toda la ropa que tenía Héctor junta.

—Diana nos estaba comentando que había un chico nuevo que había entrado a trabajar como becario y claro, queríamos conocer al nuevo lo antes posible —dijo Cristina
—No sabía que fuese tan famoso ya en la empresa —sonrió Héctor.
—Estamos a viernes y según tengo entendido, ninguno de los becarios anteriores había durado tanto —dijo Cristina.
—Es muy diligente —dijo Diana —y está realizando un gran trabajo esta semana.
—Y es un chico atractivo —dijo Noelia. —Tiene algo que me gusta como hombre.
—No lo sabes tu bien —dijo Diana por lo bajo, pero fue escuchada por todos los presentes.
—Diana, ¿ya lo has catado?
—No, todavía no.
—¿Y a que estás esperando?
—Perdón —dijo Héctor —,pero todavía sigo aquí.
—No me digas que te da reparo que hablemos sobre ti estando tu presente.
—Sobre ciertos temas, sí.
—Este chico es un cielo —dijo Cristina.  —Espero verlo mañana.
—Seguro que si —dijo Diana. —Me lo llevo antes de que le saquéis más los colores.
—Aguafiestas —dijo Noelia dándole una palmada en el trasero a la guapa ejecutiva.

—¿A qué ha venido eso de ahí dentro? —preguntó Héctor
—Solo querían conocerte.
—¿Y lo de mañana?
—Ya te dije que este fin de semana nos vamos a divertir.
—¿Con ellas?
—Si ellas quieren unirse y a ti se te va definitivamente la vergüenza…
—¿Pero que os pasa a las mujeres de esta empresa con los hombres? ¿Creéis que somos unos simples objetos?
—Si te vas a poner digno conmigo, será mejor que me vaya —dijo Diana poniéndole un dedo en los labios.

Héctor comprendió que poniéndose en aquella actitud, no iba a conseguir nada de Diana, con lo que decidió rematar allí mismo con la conversación y volver nuevamente a los dominios de Gloria, que por lo menos, lo trataba con respeto y con su inestimable “dulzura”.

Al mediodía, la jornada laboral se dio por concluida. La primera semana de Héctor en la empresa había sido una auténtica locura desde el lunes hasta el momento de apagar su ordenador. Había conocido a todas las mujeres de la empresa, pero la que más le inquietaba era su casera. Diana había jugado con él y todavía no sabía hasta que punto lo había hecho.

Se vieron nuevamente al coger el ascensor que los llevaría a la calle.

—Hola Héctor.
—Hola Diana.
—¿Tienes algo que hacer estar tarde?
—Pues tenía pensado actualizar mi blog, contestar algunos correos y llamar a mi tía.
—¿Qué te parece si a las seis nos vamos de compras?
—¿Los dos juntos?
—Si te lo ha pedido Gloria antes, puedo hablar con ella si quieres.
—Capto la idea. ¿Qué vamos a comprar?
—Ropa para ti para que te la pongas mañana en una fiesta a la que te voy a llevar.
—Tengo ropa de sobra.
—¿Algo en lino blanco?
—Pues no.
—Bien, pues entonces iremos a comprarte una camisa y un pantalón de lino. También unas sandalias que te vayan a juego.
—Pero si estamos en pleno mes de enero.
—A donde vamos, pasaremos mucho calor.
—¿Alguna pista?
—¿Que te dice la palabra Afrodita?
—Era la diosa del amor… espera, ¿el templo de Afrodita? ¿aquí?, ¿en la capital?
—Sí.
—Pero según se dice por ahí, es un club para mujeres de alto  nivel.
—Si lo es.
—¿Y como pretendes colarme en una de sus fiestas?
—Conozco a la dueña.
—Era de lo que hablaban las abogadas en su despacho.
—Sí.
—¿Sabes que es el sueño de cualquier hombre entrar en un club como ese?
—Supongo que sí. Rodeado de las mujeres con más pasta, más guapas y más salidas de la ciudad.
—No me estarás poniendo a prueba con otros de tus jueguecitos psicológicos, ¿verdad?
—No, esto va muy en serio. Y te prometo que allí, podrás relajarte de la manera que tú quieras.
—¿Prometido?
—Prometido – dijo Diana levantando su mano derecha.

Aquella tarde recorrieron varias tiendas, buscando la ropa apropiada para ambos. Después de un par de horas, llegaron a casa con sus bolsas y su ropa de marca. Héctor, no estaba muy conforme de que Diana hubiese pagado todo, pero si lo hubiese hecho él, su tarjeta de crédito ahora, estaría pidiendo auxilio.

—Espero que descanses bien esta noche. Mañana a estas horas, estaremos preparándonos para irnos al club.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Dime.
—¿Qué vamos a hacer allí?
—Divertirnos y pasarlo muy bien.
—¿Tendremos sexo?

—Depende de ti —dijo Diana despidiéndose con un tierno beso en los labios de Héctor.