viernes, 7 de junio de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 6

Al día siguiente, Diana y Héctor se fueron a trabajar nuevamente juntos. La táctica que había utilizado Diana con Héctor los días anteriores, volvió a repetirse, pero este, permanecía impertérrito ante las acometidas del trasero de ella. Hasta que se volvió a llenar nuevamente el autocar y Diana decidió actuar de otra manera. Se puso de cara a él y con sus manos, bajó la cremallera de su pantalón. Héctor la veía a los ojos mientras ella, metía una de sus manos por dentro de su pantalón buscando los testículos del joven.

—Hum, noto que están más jugosos que el otro día. Me gusta —le dijo Diana al oído.
—Puedo hacerlo, puedo hacerlo —se repetía Héctor una y otra vez mientras Diana acariciaba su incipiente miembro.
—¿Seguro? ¿Recuerdas a Helena? ¿Recuerdas esas enormes tetas? ¿Te imaginas tu polla entre esos voluptuosos pechos? Arriba y abajo, arriba y abajo o mejor aun, montada a horcajadas sobre ti, con sus tetas saltando cerca de tu boca mientras la penetras por ese culazo que tiene, mmmmm, se me hace la boca agua solo de pensarlo.

Héctor no aguantaba más, estaba a punto de correrse gracias a que Diana lo masturbaba en el rincón del autobús, mientras los demás pasajeros, ajenos a lo que pasaba detrás de ellos, seguían con sus aburridas vidas. La respiración del joven comenzó a incrementarse, señal para Diana de que tenía que parar de hacer lo que estaba haciendo. Y así lo hizo. Sacó su mano del paquete de Héctor y cerró su cremallera, asegurándose de dejarlo todo bien colocado.

—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Dime, guapetón.
—¿Qué quieres de mí?
—Ver hasta donde puedes llegar.
—Ya sabes que me gustan los retos —dijo Héctor introduciendo una mano por dentro de la camisa de Diana y comenzando a acariciar y apretujar uno de los pechos de la mujer.
—Veo que si —dijo Diana sintiendo los largos dedos del joven deslizándose por la puntilla de su sujetador.
—Imagínate que en vez de mis dedos, son mis labios los que están sobre tu sujetador.
—Muy bien, pero date prisa que pronto llegaremos a nuestra parada —dijo cerrando los ojos y dejándose arrastrar por la lujuria y la cálida voz de Héctor hablándole al oído.
—Mejor aun, sigamos con tu historia… Helena sigue disfrutando de mi polla horadando su trasero, pero delante  de nosotros y sentada en una cómoda silla, te encuentras tú, vestida con tu combinación y con las braguitas sobre el suelo.
—Me gusta —dijo Diana pasándose la lengua por los labios.
—Solo hay un problema, tus manos están atadas a la espalda, con un pañuelo de seda blanco, que hace juego con tu combinación.
—Eso ya no me gusta tanto… no me puedo tocar.
—De eso se trata, de que sientas la frustración de ver a dos personas que disfrutan follando y tú, con tus efluvios resbalando por tus piernas, no puedes hacer absolutamente nada.
—Te estás volviendo un pervertido, mi querido Héctor, y eso me encanta —dijo Diana mientras el joven deslizaba sus dedos por su pecho e intentaba acariciar el henchido pezón de la mujer.
—Sí y es gracias a ti… uy, creo que ya llegamos a nuestra parada.
—Es igual, bajaremos en la siguiente. Pero ni se te ocurra parar ahora y cuéntame cuando me vas a desatar y dejar de hacerme sufrir.
—Lo siento, yo me tengo que bajar aquí —le dijo Héctor a una malhumorada Diana al sentir que el joven extraía su mano de entre sus cálidos pechos.

En el ascensor del edificio no hubo ningún tipo de jugueteo, Diana estaba realmente enfadada con Héctor. No se podía creer que aquel jovencito utilizase las mismas artimañas que ella misma utilizaba con él. Pero sonrió para ella, estaba resultando ser un alumno muy aplicado y con un autocontrol excelente.

Entraron en la oficina y Héctor se dirigió al despacho de Gloria, para las encomiendas del día. Diana subió por las escaleras de caracol y se paró delante de la puerta del despacho jurídico. Habló con Esther, la secretaría y pasó dentro.

Allí se encontró con las dos abogadas que habían regresado de un viaje de trabajo al extranjero.

—Buenos días, Cristina, buenos días, Noelia.
—Diana, ¿qué tal estás?
—Muy bien —dijo la mujer dirigiéndose a las abogadas.
—¿Sabes que hemos recibido un mensaje en nuestras Blackberry sobre una fiesta Ibicenca en Afrodita? – dijo Cristina.
—No, no sabía lo de vuestro mensaje, pero si sabía lo de la fiesta. He hablado con Roxy esta semana.
—Lo sabemos. En el mensaje iba algo que nosotros no nos creíamos como lo de que y leo textualmente: Diana vuelve al redil y trae carne fresca – dijo Noelia.
—Esta Roxy como es.
—¿Es eso cierto? —preguntó Cristina.
—¿Lo del redil o lo de la carne fresca?
—Las dos cosas —respondieron al unísono.
—Si, algo parecido.
—Vaya, vaya, vaya… —dijo Noelia —mañana tendremos que ponernos nuestras mejores galas para tratar de estar a la altura.
—No os paséis, que llevo mucho tiempo fuera del juego.
—Y el nuevo, ¿sabe de que va la cosa?
—Todavía no. Mañana se enterará.
—Muy bien, que lo coja por sorpresa y así huirá dejándonos sin diversión.
—No lo creo, es un joven bastante atrevido… ¿queréis conocerlo?
—¿Está aquí?
—Si, trabaja aquí. Es el nuevo becario.
—Esther, llama al becario y que venga lo antes posible a nuestro despacho —dijo Noelia pulsando el botón del interfono para comunicarse con su secretaria.

—Becario, te reclaman en Jurídico – le dijo Gloria a Héctor que picaba datos a todo velocidad.
—¿En jurídico? – preguntó el joven.
—¿Estás sordo?
—Voy para allá —dijo Héctor levantándose de su asiento.

Salió del despacho de Gloria y subió por las escaleras de caracol. Todas las mujeres de la oficina lo seguían con la mirada.

—Lo siento chicas, voy a jurídico, no a dirección.

Un murmullo de decepción recorrió toda la oficina y después todas volvieron a sus respectivas tareas.

Héctor llegó hasta la mesa de la secretaria de las abogadas y esta lo hizo pasar a su despacho.

—Buenos días  —dijo al entrar en el despacho.
—Buenos días —dijo Cristina acercándose a saludarlo con la mano —Creo que ya conoces a Diana, por lo que te presentaré a mi compañera de despacho. Noelia, este es…
—Héctor.
—¿Héctor? Un nombre muy varonil —dijo Noelia estrechándole la mano.
—Estas dos hermosas mujeres querían conocerte —dijo Diana. —Acaban de llegar de un viaje de negocios y creo que eran las únicas que no conocías aun de la empresa.

Cristina y Noelia eran dos guapísimas abogadas, rubias las dos. Una de pelo largo, Cristina y otra con el pelo corto, Noelia. Las dos vestían elegantes trajes realizados a medida y sus zapatos valían más que toda la ropa que tenía Héctor junta.

—Diana nos estaba comentando que había un chico nuevo que había entrado a trabajar como becario y claro, queríamos conocer al nuevo lo antes posible —dijo Cristina
—No sabía que fuese tan famoso ya en la empresa —sonrió Héctor.
—Estamos a viernes y según tengo entendido, ninguno de los becarios anteriores había durado tanto —dijo Cristina.
—Es muy diligente —dijo Diana —y está realizando un gran trabajo esta semana.
—Y es un chico atractivo —dijo Noelia. —Tiene algo que me gusta como hombre.
—No lo sabes tu bien —dijo Diana por lo bajo, pero fue escuchada por todos los presentes.
—Diana, ¿ya lo has catado?
—No, todavía no.
—¿Y a que estás esperando?
—Perdón —dijo Héctor —,pero todavía sigo aquí.
—No me digas que te da reparo que hablemos sobre ti estando tu presente.
—Sobre ciertos temas, sí.
—Este chico es un cielo —dijo Cristina.  —Espero verlo mañana.
—Seguro que si —dijo Diana. —Me lo llevo antes de que le saquéis más los colores.
—Aguafiestas —dijo Noelia dándole una palmada en el trasero a la guapa ejecutiva.

—¿A qué ha venido eso de ahí dentro? —preguntó Héctor
—Solo querían conocerte.
—¿Y lo de mañana?
—Ya te dije que este fin de semana nos vamos a divertir.
—¿Con ellas?
—Si ellas quieren unirse y a ti se te va definitivamente la vergüenza…
—¿Pero que os pasa a las mujeres de esta empresa con los hombres? ¿Creéis que somos unos simples objetos?
—Si te vas a poner digno conmigo, será mejor que me vaya —dijo Diana poniéndole un dedo en los labios.

Héctor comprendió que poniéndose en aquella actitud, no iba a conseguir nada de Diana, con lo que decidió rematar allí mismo con la conversación y volver nuevamente a los dominios de Gloria, que por lo menos, lo trataba con respeto y con su inestimable “dulzura”.

Al mediodía, la jornada laboral se dio por concluida. La primera semana de Héctor en la empresa había sido una auténtica locura desde el lunes hasta el momento de apagar su ordenador. Había conocido a todas las mujeres de la empresa, pero la que más le inquietaba era su casera. Diana había jugado con él y todavía no sabía hasta que punto lo había hecho.

Se vieron nuevamente al coger el ascensor que los llevaría a la calle.

—Hola Héctor.
—Hola Diana.
—¿Tienes algo que hacer estar tarde?
—Pues tenía pensado actualizar mi blog, contestar algunos correos y llamar a mi tía.
—¿Qué te parece si a las seis nos vamos de compras?
—¿Los dos juntos?
—Si te lo ha pedido Gloria antes, puedo hablar con ella si quieres.
—Capto la idea. ¿Qué vamos a comprar?
—Ropa para ti para que te la pongas mañana en una fiesta a la que te voy a llevar.
—Tengo ropa de sobra.
—¿Algo en lino blanco?
—Pues no.
—Bien, pues entonces iremos a comprarte una camisa y un pantalón de lino. También unas sandalias que te vayan a juego.
—Pero si estamos en pleno mes de enero.
—A donde vamos, pasaremos mucho calor.
—¿Alguna pista?
—¿Que te dice la palabra Afrodita?
—Era la diosa del amor… espera, ¿el templo de Afrodita? ¿aquí?, ¿en la capital?
—Sí.
—Pero según se dice por ahí, es un club para mujeres de alto  nivel.
—Si lo es.
—¿Y como pretendes colarme en una de sus fiestas?
—Conozco a la dueña.
—Era de lo que hablaban las abogadas en su despacho.
—Sí.
—¿Sabes que es el sueño de cualquier hombre entrar en un club como ese?
—Supongo que sí. Rodeado de las mujeres con más pasta, más guapas y más salidas de la ciudad.
—No me estarás poniendo a prueba con otros de tus jueguecitos psicológicos, ¿verdad?
—No, esto va muy en serio. Y te prometo que allí, podrás relajarte de la manera que tú quieras.
—¿Prometido?
—Prometido – dijo Diana levantando su mano derecha.

Aquella tarde recorrieron varias tiendas, buscando la ropa apropiada para ambos. Después de un par de horas, llegaron a casa con sus bolsas y su ropa de marca. Héctor, no estaba muy conforme de que Diana hubiese pagado todo, pero si lo hubiese hecho él, su tarjeta de crédito ahora, estaría pidiendo auxilio.

—Espero que descanses bien esta noche. Mañana a estas horas, estaremos preparándonos para irnos al club.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Dime.
—¿Qué vamos a hacer allí?
—Divertirnos y pasarlo muy bien.
—¿Tendremos sexo?

—Depende de ti —dijo Diana despidiéndose con un tierno beso en los labios de Héctor.

3 comentarios:

  1. No me acuerdo yo de lo de la fiesta, tendré que esperar al próximo capítulo; y menos mal que, en el autobús, Diana es de las que vuelven a subir la cremallera, no sería la primera historia en la que se la dejan abierta XD

    Dos cosillas para corregir, en "Y ha que estás esperando" y "Mañana ha estas horas" ese "a" va sin hache, y además, el qué lleva acento ;)

    PD: No puedo evitarlo, el modo inquisidor se activa solo... :P

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  2. ¿Lo de la historia del autobús con la cremallera abierta, no estarás hablando con conocimiento de causa verdad? Suertudo ;).
    Por cierto, me mola tu modo inquisidor, es que me quedo solo poniendo H de más.

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  3. No, nunca me ha pasado nada como esto... :P

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