miércoles, 24 de julio de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 9

El despertador sonó a las 6.15 de la mañana. Héctor se levantó e hizo sus ejercicios matinales. Era la primera vez que los hacía ya que esa mañana tenía algo de tiempo para ello. Cuando se metió en la ducha, sus músculos se relajaron. Las rápidas flexiones y los abdominales lo habían despertado totalmente. Mientras se duchaba, por su mente pasó el recuerdo de lo acontecido el día anterior. Helena y su moto, la picara de la tía Graci y la divertida despedida con la chica del gimnasio. Eso hizo que su pene comenzase a moverse el solito por allá abajo.

—Chico, ¿no has tenido bastante con lo del sábado? —le preguntó. Pero su pene, como ya sabía, tenía vida propia. - Tranquilo, creo que tendremos más oportunidades de alzamientos varios.


—Ayer no estuviste en casa. Te llamé al móvil pero me aparecía apagado o fuera de cobertura —le dijo Diana.
—Estuve de paseo y en el lugar en el que estaba, no había mucha cobertura.
—Recuérdame que tenemos que comprarte un móvil más potente que el que tienes. Si vas a trabajar para Roxy, no puedes perder a una clienta por estar fuera de cobertura.
—Cierto, eso me recuerda que acepto el trabajo.
—Me alegra mucho escucharte decir eso. Aunque debo reconocer que la cara con la que acabaste el sábado, ya me indicaba por donde iban a ir los tiros.
—¿Con qué cara acabé?
—Satisfacción. Por cierto, para estar fuera de cobertura, tenías que estar algo lejos, ¿no?
—Si, en una casa rural.
—Vaya. ¿Solo?
—No.
—¿Vas a comentarme algo o tendré que sonsacarte?
—Me gustaría que me sonsacaras, pero te lo contaré sin pedirte nada a cambio.
—Gracias por permitirme tal honor.
—Un placer, querida Diana, un placer.

Héctor le relató lo acontecido el día anterior. Diana reía divertida por las ocurrencias de la tía Graci y se sorprendió de lo rápido que Helena le había echado el ojo a su “pupilo”.

—Cuenta conmigo para comprarle el regalito a la tía Graci.
—No Diana, lo del regalito es cosa de su sobrina y mía.
—¿Sabes algo de esos juguetitos?
—No, pero lo que me voy a divertir llevando a Helena de compras.
—Héctor, creo que se te está pegando mi maldad.
—Ya sabes, todo lo bueno se pega.

Al mediodía, Diana dejó sobre la mesa de Héctor una dirección de una tienda donde comprar el juguetito de la tía Graci. Héctor no pudo resistirse y buscó por Internet información de los productos que vendían aquella tienda. Quedó gratamente sorprendido de la exclusividad de los juguetitos. Cogió su móvil y buscó el número de Helena.

—¿Sí?
—Hola, soy Héctor.
—Hola.
—Me preguntaba si habías pensado ya en lo de tu tía.
—No.
—¿Y no has visto nada por ahí para regalarle?
—No.
—Yo si he visto algo y creo que deberíamos ir los dos a comprárselo.
—Lo siento, pero tú eres el único que se ha comprometido a hacerlo. Además, ya te dije ayer que no hacia falta que le regalases nada.
—Si voy de cumple me gusta llegar algo y tu tía ha pedido una cosa muy especial. Y no seré yo el que no se la lleve.
—Tu mismo.
—Tu mismo no. Tú vendrás conmigo a comprárselo.
—Eso ni lo sueñes.
—Claro, es verdad.
—¿El que es verdad?
—Nada, Helena, nada.
—Dime.
—Yo mismo se lo compraré. Lo que pasa es que tu tía seguirá pensando lo mismo sobre ti.
—¿A qué hora voy a buscarte? — preguntó Helena algo irritada.
—Hoy no me tienen muy ocupado en el trabajo. Creo que podré salir a mi hora.
—Te recogeré ahí.
—Muy bien.

Helena estaba a las puertas del edificio cuando Héctor salió de trabajar. Venía acompañada de Diana y esta le dedicó un guiño a Helena. La chica se puso colorada al entender que Diana estaba enterada del asunto del regalo de su tía.

—Lo siento, pero tenía que hacer averiguaciones de cuales eran las mejores tiendas para nuestra misión y Diana es una persona de total confianza. Me ha pasado una dirección y veremos a ver que tal. Tenemos que preguntar por una tal Sonia.
—Héctor, después de esto, ya nada será igual entre nosotros.
—Un poquito melodramática sí que eres.
—No es eso, es que tengo un poco de vergüenza al ir contigo.
—¿Nunca habías ido a un sitio como estos?
—Nunca me había hecho falta.
—Pues ya somos dos y hoy perderemos nuestra virginidad al entrar en un exclusivo antro de perversión.
—Y yo era la melodramática.

Media hora más tarde estaban a las puertas del establecimiento recomendado por Diana. Entraron en la tienda y lo primero que se encontraron, fue un gran surtido de lencería intima para mujeres y solo de las mejores marcas del mercado. Ninguna prenda bajaba de los cien euros. Ni tan siquiera los escasos de tela, llamados tangas de hilo.

Helena se interesó mucho por los sujetadores de tallas grandes ya que le costaba encontrar alguno que fuese bonito y sexy. Estaba cansada ya de los sujetadores deportivos y de los de colores sosos.

Le preguntó a una dependienta si tendrían alguno de su talla y la chica que la atendió le dijo que si, que no habría ningún problema para encontrar alguno a su gusto, ya que tenían un gran surtido de marcas. Y si no, siempre podría elegirlo en su catálogo y pedirlo a otras tiendas del país.

Helena estaba encantada de mejor humor y menos cohibida. Entró con Héctor en la zona de juguetes eróticos y pudieron observar a simple vista que aquel salón, en nada se parecía al típico sex shop. Los artículos que había colocados en los expositores, parecían joyas en vez de juguetes sexuales. Una mujer salió de una habitación contigua y se presentó ante los posibles compradores.

—Mi nombre es Sonia y pueden preguntarme todo lo que quieran sobre los artículos que hay expuestos a su disposición.
—Justamente la persona que estábamos buscando —dijo Héctor.
—Entonces son ustedes las personas que Diana me dijo que iban a venir. ¿En qué puedo ayudarles?
—Estamos buscando algo para regalar a una mujer que cumple algo más de cincuenta —dijo Héctor.
—¿Algo en especial? —preguntó la atractiva dependienta.
—Algo para quitar las penas de una fogosa viuda —dijo Héctor recibiendo un pequeño codazo por parte de Helena.
—Pero nos gustaría que fuese algo sofisticado, que no sea el típico pene rugoso o estriado de látex —dijo Helena sorprendiendo ahora a Héctor.

Sonia les pidió que la acompañasen hacia una zona del salón donde había unas comodísimas sillas. Les dijo que se sentasen y después, buscó entre los artículos algo que pudiese ser del agrado de los compradores.

Les acercó tres cajas forradas en terciopelo negro y de distintos tamaños. La primera caja contenía algo parecido a un huevo de color malva y venía con un mando inalámbrico incorporado.

—Este es un huevo vibrador y es lo que más se está vendiendo para las mujeres ya que comienza a sustituir a las tradicionales bolas chinas. Está fabricado en suave látex y lo hay en varios colores, hipoalergénico y es muy fácil de limpiar. El mando incorpora una pantalla LCD que te indica que nivel de vibración tiene el huevo en cada momento. Hasta diez niveles de vibración que harán las delicias de la mujer o de la pareja, ya que esta podrá participar activamente en el juego. Puede ser utilizado internamente en la vagina o externamente sobre el clítoris.

Helena y Héctor se miraron. Ella estaba bastante colorada y él sonreía tontamente.

De la segunda caja, Sonia extrajo un artilugio de color rosáceo.

—Esta cosita se llama LILY y es un elegante masajeador clitorial. Está diseñado para jugar, en el amplio sentido de la palabra – dijo Sonia sonriendo - y las delicadas formas de LILY se acoplan sutilmente a las curvas de la mano, permitiendo un control perfecto en cualquiera de sus cinco excitantes modos de estimulación. Su tacto de seda es un auténtico placer sobre la piel desnuda.

Helena y Héctor tocaron a LILY y comprobaron los modos de vibración del pequeño masajeador.

En la tercera caja había un vibrador de color negro y Sonia se dispuso a contar todas sus excelencias.

—ELISE es el más seductor de los objetos de placer – dijo Sonia cerrando durante unos segundos sus ojos como si estuviese recordando algo placentero. Sus formas más redondeadas ofrecen una vibración de mayor profundidad, al tiempo que sus cinco modos de estimulación trasmiten una increíble variedad de sensaciones en el punto G, en el clítoris y por todo el cuerpo. Tiene dos dispositivos vibradores independientes situados en la base y en la punta del tallo con lo que, ELISE, puede repartir sus atenciones allá donde con mayor urgencia se reclamen.

Helena lo cogió entre sus manos y lo tocó comprobando el suave tacto de la silicona.

—Creo que es un poquito grande —dijo.
—Son 22 centímetros —respondió Sonia al instante.
—Si eso te parece grande, tendrías que ver el aparato de mi amigo Pablo —dijo Héctor. Grande, enorme, colosal…
—Vale, creo que lo hemos entendido —dijo Helena depositando el vibrador dentro de su elegante caja.
—Tenemos también el masajeador y el vibrador en las versiones de lujo. Vienen en unas cajitas de madera forradas en suave satén y estos objetos de placer juegan mucho con el frío del metal y el calor. Los puede tener en acero inoxidable y bañados en oro de 18 quilates.
—Y los precios seguramente son algo más prohibitivos, ¿verdad?
—El masajeador ronda los 1.100 Euros en acero y los 1.300 con el baño de 18 quilates. El vibrador está entre los 6.000 y 7.500 Euros. Pero el metal tiene un aspecto muy atractivo y evocador sobre la piel desnuda.
—Vaya. Y con esos precios, ¿tienen mujeres que los compren?
—Más de la que se pueda imaginar. Esta es una tienda muy exclusiva y a pesar de eso, tenemos pedidos de todos los lugares del mundo.
—Pues realmente no sé cual elegir. ¿Tu cual te llevarías para tu tía? —le preguntó Héctor a Helena.
—Pues…
—Si me permiten la sugerencia, yo elegiría a ELISE sin duda alguna —dijo Sonia volviendo a coger el vibrador de su caja.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro. Estoy aquí para resolver cualquier duda que tengan.
—Es personal.
—¡Héctor!
—Tranquila, creo que sé por donde va a ir la cuestión.
—¿Ha probado alguno de estos aparatos?
—Todos  —dijo Sonia sonriendo amablemente. —Aquí ofrecemos la mejor calidad y si alguna clienta tiene dudas de cómo funciona un aparato o del nivel de satisfacción que pueda proporcionarle cualquier objeto de placer de los que disponemos aquí, no da buena imagen que me ponga a leer las instrucciones o que no sepa decirle las sensaciones que producen uno u otro objeto. O simplemente cual le puede venir mejor para según sea la parte a estimular.
—Una mujer entregada a su trabajo —dijo Héctor pícaramente.
—Muy entregada —le correspondió Sonia.
—Está bien. Nos llevaremos a ELISE —dijo Helena cortando la mirada que se estaban dedicando Héctor y la dependienta.

Sonia se levantó de su asiento y cogió la caja que contenía el nuevo regalo de la tía Graci. Lo llevó a una habitación que había en la parte de atrás y después salió de ella.

—Tenemos un pequeño problema. No me queda papel de regalo de nuestra tienda y hasta más tarde no me lo servirán. —¿Les importaría venir sobre las diez de la noche para recogerlo?
—A mí me es imposible. Tengo que estar en el gimnasio hasta tarde.
—Yo podría venir a esa hora.
—Muy bien. Pago en efectivo o con tarjeta.
—Con tarjeta —dijo Helena extrayendo su visa oro.
—Vaya, sí que pagan bien en el gimnasio —dijo Héctor.

Helena le guiñó un ojo y después volvieron a salir a la tienda de ropa íntima. Allí Sonia, le pasó un voluminoso catálogo a Helena de lencería para que eligiese cualquier prenda de la revista.

—Al ser nueva clienta, la primera compra tiene un regalo incluido.
—Lo ojearé con detenimiento y te pondré sobre aviso de lo que me guste. Gracias por todo.
—Un placer.
—Vendré a las diez para recoger el regalo.
—Muy bien, aquí estaré —dijo Sonia sonriéndole a Héctor.

—Ten cuidado, Casanova, o se te va a comer —le dijo Helena al salir.
—¿Quién? ¿La amable a la par que atractiva dependienta de una tienda de lencería con los objetos eróticos más caros del país? —dijo Héctor sin apenas respirar.
—La misma.
—No lo creo.
—¿No me digas que no has notado como te miraba?
Pues no.
—Dios, que tontos sois los hombres.
—No somos tontos, lo que pasa es que las mujeres sois muy listas —dijo Héctor dándole un pequeño achuchón a una sorprendida Helena. —Me lo he pasado muy bien de compras contigo.
—Pues a mí, aun me dura un poco el sofocón.
—¿De ver tantos aparatos de placer?
—No bobo, de la vergüenza que he pasado contigo ahí dentro.

Helena y Héctor se despidieron con un hasta luego ya que se verían después en el gimnasio. Al poco rato, Héctor recibió una llamada en su móvil. No conocía aquel número, pero aun así, contestó.

—¿Sí?
—Hola Héctor, soy Víctor.
—Hola Víctor, ¿Qué tal?
—En una hora voy a ir al gimnasio. ¿Te apuntas a hacer unas cuantas pesas?
—No me gustan mucho las pesas. Me aburren.
—No te preocupes. Meteremos poco peso y harás muchas repeticiones. Quiero que definas más ese cuerpo de nadador.
—Bueno, coger algo de volumen no me vendría mal.
—Pero no mucho. Estás muy bien así. Las mujeres acaban cansándose de los tíos cachas. Y tú eres un producto nuevo en el mercado que tenemos que aprovechar al máximo.
—¿Un producto nuevo? ¿Cómo un perfume?
—Algo parecido —sonrió Víctor al otro lado del móvil.

—Vale, pues quedamos en una hora.

lunes, 8 de julio de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 8

CAPITULO 8

El móvil de Héctor comenzó a sonar sobre la mesilla y esté, todavía con los ojos cerrados, lo cogió y le dio al botón de contestar.

—¿Sí?
—¿Héctor, eres tú?
—El mismo, ¿quién es?
—Soy Helena.
—Hola Helena  —dijo Héctor abriendo parcialmente los ojos.
—Creo que te he despertado, me acabo de dar cuenta de que ayer me dijiste que te ibas de fiesta.
—Sí. Pero no te preocupes, está bien que me hayas despertado, por cierto, ¿qué hora es?
—Son las doce del mediodía.
—¿No habíamos quedado para la tarde?
—Si, pero había pensado en que sería mejor quedar para comer. Me gustaría invitarte. Se de un sitio en la sierra donde hacen un jabalí exquisito.
—Por mí no hay problema. Me ducho y te voy a recoger. La verdad que ahora que lo comentas, mis tripas empiezan a dar guerra.
—¿Qué te parece si yo te recojo en una hora?
—Si puede ser en medio hora, mejor.
—Dalo por hecho, nos vemos en media hora.

Héctor se desperezó totalmente, se levantó de la cama y se metió bajo la ducha. Su mente rememoró lo acontecido con las abogadas la noche anterior y su pene comenzó a izarse. Héctor lo enjabonó con delicadeza, como si se tratase de una joya a la que había que mimar y después de utilizar gran parte del agua caliente, decidió acabar con una buena ducha de agua fría. Aun así, su pene no comenzó a relajarse hasta que estuvo completamente vestido con unos vaqueros, unos tenis y un jersey de lana de cuello subido. Fuera, la ciudad hacía tiempo que se había despertado y pudo observar desde los grandes ventanales de su loft, como la gente iba y venía de un lado para otro, en aquel frío domingo del mes de enero.

Se tomó un café para terminar de desperezarse y cogió su cazadora térmica par irse con Helena a la sierra. Abrió la puerta del edificio y el aire frío de aquel mediodía, consiguió despertarlo totalmente. Enfrente de él, un motorista acababa de llegar con una moto de gran cilindrada y se había quedado viendo para él. Subió su visera y Héctor pudo reconocer aquellos ojitos color avellana de Helena. Después se quitó el casco y su melena iba recogida en un moño detrás de su cabeza.

—¿Subes?
—¿Vamos a ir a la sierra en moto?
—Es el medio más rápido para moverse por la ciudad y en menos de una hora, estaremos sentados a la mesa, comiéndonos unos buenos trozos de jabalí.
—Nunca he montado en moto.

Helena le sonrió. Su tez blanquecina, le hacían parecerse a una muñeca de porcelana. No llevaba ningún tipo de maquillaje y solo sus labios color carne, le daban un toque de color a su rostro.

—Te he traído algo para ti. Espero que te sirva —dijo la chica tendiéndole un casco igualito al suyo. —Tiene unos intercomunicadores instalados por lo que podremos hablar por los cascos sin necesidad de gritarnos.
—Muy bien, pero conduce con cuidado —dijo Héctor mientras subía a horcajadas en la parte de atrás del asiento de la moto.
—No te preocupes, tú agárrate bien —dijo cogiendo las manos del joven y poniéndoselas en su cintura. —No dejaré que te caigas.

La moto se movía con agilidad por las casi desérticas calles de la ciudad y en pocos minutos estaban ya a las afueras y camino de la sierra. El paisaje corría a gran velocidad cuando cogieron la autovía y una dicharachera Helena le comentaba a un nervioso Héctor, lo mucho que le gustaría el lugar al que iban.

Cincuenta minutos más tarde llegaban a una casa rural. Allí descendieron de la moto y Héctor agradeció a Dios que el viaje hubiese concluido sin ningún tipo de percance. Entraron en el establecimiento y se dirigieron al pequeño comedor de la casa. Allí los estaba esperando una señora entradita en carnes, de unos cincuenta años, atractiva a pesar de su edad y que se abalanzó sobre Helena dándole un fuerte abrazo. Héctor pensó que con lo poquita cosa que era la chica, con aquel apretujón, la señora la iba a descoyuntar.

—Héctor, esta es mi tía Graci —dijo Helena despegándose de los fuertes brazos de la mujer.
—Encantado —dijo el joven dándole un par de besos.
—Por fin mi sobrinita me trae a un chico educado y que no parece un fumado.
—Tía, no te pases.
—Es cierto, siempre que vienes por aquí, tengo que aguantar a unos tipos con pintas de delincuentes.
—Son moteros como yo, tía, y no son delincuentes.
—Vale, lo que tú digas —dijo la tía Graci acabando ya con esa la conversación. —Ahora sentaros a la mesa que os traeré la crema.

La pareja se sentó en una de las mesitas del vacío comedor, junto a la ventana que daba al bosque.

—¿Traes a muchos hombres por aquí?
—De vez en cuando, hacemos salidas moteras los domingos por la sierra y venimos a comer aquí. Pero a mi tía no le gustan las pintas de mis amigos. Por cierto, veo que ya has recuperado un poco el color.
—Lo siento, no estoy acostumbrado a ver la muerte tan a menudo.

Helena comenzó a reír y su risa se escuchó en todo el comedor. Era una risa alegre y contagiosa que hizo que Héctor comenzase a reír también.

—Así me gusta, que la juventud se divierta sin fumar esos “pitillos” que se fuman tus amigos en el patio.
—Tía, no empieces.
—Está bien, firmaremos un pacto de no agresión. Además, como he dicho, este chico que has traído hoy, parece uno de los buenos.

Helena y Héctor degustaron aquella crema de calabacín y decidieron repetir ya que estaba deliciosa. Después llegó el segundo plato. Unos trozos de jabalí estofado que se deshacía en la boca. De postre, unas natillas aderezadas con una buena cantidad de canela <<para subir la líbido>> había dicho la tía Graci mientras degustaba el rico postro sentada a la mesa con ellos.

Después de tomarse un café con leche, decidieron salir a dar un paseo para bajar la copiosa comida. La tía de Helena los acompañaba. Esta los guió por un sendero y los condujo hasta un pequeño claro en el bosque.

—Que recuerdos me trae este lugar. Tu tío y yo hacíamos el amor aquí muy a menudo.
—¡Tía Graci! —dijo Helena pareciendo escandalizada.
—¿Qué pasa? ¿Es que tú no haces esas cosas?
—Si las hago, no voy por ahí predicándolas.
—Mojigata.
—Tía…
—Lo echo mucho de menos y sobre todo por las noches. Que quieres, todavía me hierve la sangre.
—Pero tía…

Héctor las miraba divertido, estaba alucinado al escuchar a aquella mujer hablando tan abiertamente de su sexualidad.

—He pensado en comprarme un consolador de esos, ¿tú podrías conseguirme uno?
—Creo que esta conversación está saliéndose ya de contesto.
—¿Por qué? Héctor, ¿a ti te molesta hablar de estas cosas?
—Para nada. Creo que la sexualidad hay que vivirla tenga uno la edad que se tenga.
—A que sí. Tengo solo cincuenta y cinco años y aun estoy en edad de merecer.
—Pues yo le había echado unos cincuenta.
—Eso son los aires de la sierra, que me conservan lozana. Aunque cuando vivía el tío de Helena, me conservaba todavía mucho mejor.
—Por dios, tía Graci, vas a conseguir que me ruborice.
—Con esa cara tan blanca que tienes, lo dudo mucho.


Una llamada al móvil de Helena hizo que esta diese gracias a Dios por dar terminada aquella conversación.

—Si… perdón… espera un momento, no tengo mucha cobertura por aquí —dijo Helena descendiendo un poco por el sendero por el que habían venido. —Tía voy a llamar desde recepción.
—Toma las llaves —dijo Graci dándole las llaves de la oficina. —Mi sobrina siempre tan ocupada.
—Si, parece que si —dijo Héctor. —¿Le puedo hacer una pregunta?
—Claro que sí.
—¿Hace mucho que se quedó viuda?
—Hace ya diez años.
—Lo siento mucho.
—¿Tuviste algo que ver en la muerte de mi marido?
—No.
—Pues entonces no lo sientas —dijo la tía Graci acariciándole la espalda. —Vaya, tienes una buena espalda.
—Gracias.
—Desde que te vi entrar con mi sobrina, pensé que eras un buen espécimen para ella. Lleva tiempo ya sin salir con nadie y creo que le hace falta que le echen un buen polvo de vez en cuando.
—Pues yo creo que no le faltarían candidatos para eso —dijo Héctor con una leve sonrisa.
—Si, eso es cierto. Creo que tiene unos buenos pechos y un buen culo para hacer las delicias de cualquier hombre, pero he pensado que estos no le van.
—¿Cree que Helena puede ser lesbiana?
—Ya no sé que pensar. Con tantos hombres que hay por el mundo y esta sobrina mía no aprovecha nada su juventud. Si yo tuviese ese cuerpo, no se me resistiría ninguno.
—Graci, usted tampoco se puede quejar.
—Trátame de tú. Y si me quejo, me sobran algunos kilos.
—¿Y desde la muerte de su marido no se ha echado ningún novio?
—He tenido algunos pretendientes, para que lo voy a negar, pero ninguno a la altura de mi Julio.
—Puede que fuese… que seas muy exigente.
—Si le llamas ser exigente a que por lo menos te duren más de cinco minutos sin cansarse, pues si, soy muy exigente.

Héctor se rió por lo que había dicho aquella mujer.

—Está claro que eres mucha mujer para cualquier hombre, excepto para tu julio.
—Si, fue un gran amante y me tenía siempre bien atendida. Aunque tengo que reconocer, que yo también tenía mi mérito. Sé hacer cosas que le sacarían totalmente los colores a mi sobrina.
—Cuenta, cuenta.
—No me tires más de la lengua, Héctor, que el horno está comenzando a cocer. Creo que le he puesto demasiada canela a las natillas – Héctor volvió a sonreír, le encantaba escuchar a Graci. - Bajemos a la casa o no respondo por tu seguridad.

El joven le ofreció el brazo y los dos bajaron de ganchete, mientras la mujer le contaba mil y una historias de su juventud, cada una más picante que la última.


Cuando comenzaba a atardecer, Helena y Héctor se despidieron de la tía Graci. Esta les hizo prometer que volverían a subir el fin de semana siguiente ya que ella estaba de cumpleaños y quería que su sobrina y Héctor lo pasasen allí. Helena no estaba muy de acuerdo, pero Héctor aceptó encantado.

—Lo ves mi niña, a este chico le han quedado ganas de probar los flanes de tu tía —dijo la tía Graci intentando que su comentario sonase lo más pícaro posible.
—¿Con caramelo? —preguntó Héctor entrando en el juego.
—O sin el —dijo la tía Gracia acercándose al joven y dándole una palmadita en el trasero.
—Será mejor que nos marchemos o no respondo de mi tía —dijo Helena montando sobre la moto y colocándose el casco.
—No te olvides del “juguetito” que te he pedido —le dijo su tía.
—No te preocupes, Graci. Si ella no te lo trae, cuenta conmigo para eso.
—Oh, Dios, vámonos ya y no le des tanta coba, que ya la tienes más que ganada —dijo Helena agarrando del brazo a un divertido Héctor y ofreciéndole el otro casco.

Anochecía cuando llegaron a las puertas del piso de Héctor. Este se desmontó de la moto y le dio el casco a Helena.

—Gracias por todo, me lo he pasado muy bien —dijo Héctor
—Entonces, ¿ha valido la pena el haberte despertado?
—Claro que sí. Y tu tía es fantástica.
—¿Seguro? No te ha parecido algo… ¿excéntrica?
—Para nada. Y lo del “juguetito” lo decía muy en serio. Me gustaría hacerle un regalo por lo bien que nos ha alimentado en su casita rural.
—No hace falta que le regales nada —dijo Helena. Y menos, un aparato de esos.
—Tu tía tiene razón. Eres un poquito…
—¿Qué? ¿Qué soy que?
—Mañana nos vemos en el gimnasio —dijo Héctor pareciendo cansado.
—No, tu no te vas sin decirme lo que te parezco.
—Ciao cara.
—¡Héctor!

El joven introdujo la llave en la puerta y la abrió, pero no entró. Bajó las escaleras corriendo, se acercó a la contrariada chica, le agarró la cara, le dio dos sonoros besos y le dijo:

—Eres una chica muy atractiva, sensual… pero una mojigata. Hasta mañana.

Héctor volvió a subir a la carrera por las escaleras y antes de entrar por la puerta, se giró y vio a Helena que le hacia un gesto con su dedo corazón. El joven sin apenas inmutarse y en tono solemne le dijo:

—Ese gesto no es propio de una señorita como tú.
—Que te den —le espetó Helena y después de colocarse el casco, arrancó su moto y salió por la calle como alma que lleva el diablo.

Héctor todavía sonreía mientras abría la puerta de su loft. Se dirigió hacia su portátil y allí actualizó su blog. Hizo hincapié en un nuevo lugar donde pasar un fin de semana o unas tranquilas vacaciones disfrutando de la naturaleza y del buen comer. La casa rural de la tía Graci recibiría más visitas desde aquel día. Después tomó una ducha y un buen colacao que saboreó mientras veía las parpadeantes luces de la ciudad.


Se acostó. Estaba realmente cansado. Había sido una semana muy ajetreada donde había hecho de casi todo en su nuevo trabajo, pero aquellos dos últimos días fueron su recompensa al esfuerzo realizado. Había valido la pena dejar la tranquilidad de su pueblo y venirse a la capital. Se durmió pensando en eso y en su nuevo trabajo. Mañana le diría a Diana que aceptaba su propuesta.