lunes, 8 de julio de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 8

CAPITULO 8

El móvil de Héctor comenzó a sonar sobre la mesilla y esté, todavía con los ojos cerrados, lo cogió y le dio al botón de contestar.

—¿Sí?
—¿Héctor, eres tú?
—El mismo, ¿quién es?
—Soy Helena.
—Hola Helena  —dijo Héctor abriendo parcialmente los ojos.
—Creo que te he despertado, me acabo de dar cuenta de que ayer me dijiste que te ibas de fiesta.
—Sí. Pero no te preocupes, está bien que me hayas despertado, por cierto, ¿qué hora es?
—Son las doce del mediodía.
—¿No habíamos quedado para la tarde?
—Si, pero había pensado en que sería mejor quedar para comer. Me gustaría invitarte. Se de un sitio en la sierra donde hacen un jabalí exquisito.
—Por mí no hay problema. Me ducho y te voy a recoger. La verdad que ahora que lo comentas, mis tripas empiezan a dar guerra.
—¿Qué te parece si yo te recojo en una hora?
—Si puede ser en medio hora, mejor.
—Dalo por hecho, nos vemos en media hora.

Héctor se desperezó totalmente, se levantó de la cama y se metió bajo la ducha. Su mente rememoró lo acontecido con las abogadas la noche anterior y su pene comenzó a izarse. Héctor lo enjabonó con delicadeza, como si se tratase de una joya a la que había que mimar y después de utilizar gran parte del agua caliente, decidió acabar con una buena ducha de agua fría. Aun así, su pene no comenzó a relajarse hasta que estuvo completamente vestido con unos vaqueros, unos tenis y un jersey de lana de cuello subido. Fuera, la ciudad hacía tiempo que se había despertado y pudo observar desde los grandes ventanales de su loft, como la gente iba y venía de un lado para otro, en aquel frío domingo del mes de enero.

Se tomó un café para terminar de desperezarse y cogió su cazadora térmica par irse con Helena a la sierra. Abrió la puerta del edificio y el aire frío de aquel mediodía, consiguió despertarlo totalmente. Enfrente de él, un motorista acababa de llegar con una moto de gran cilindrada y se había quedado viendo para él. Subió su visera y Héctor pudo reconocer aquellos ojitos color avellana de Helena. Después se quitó el casco y su melena iba recogida en un moño detrás de su cabeza.

—¿Subes?
—¿Vamos a ir a la sierra en moto?
—Es el medio más rápido para moverse por la ciudad y en menos de una hora, estaremos sentados a la mesa, comiéndonos unos buenos trozos de jabalí.
—Nunca he montado en moto.

Helena le sonrió. Su tez blanquecina, le hacían parecerse a una muñeca de porcelana. No llevaba ningún tipo de maquillaje y solo sus labios color carne, le daban un toque de color a su rostro.

—Te he traído algo para ti. Espero que te sirva —dijo la chica tendiéndole un casco igualito al suyo. —Tiene unos intercomunicadores instalados por lo que podremos hablar por los cascos sin necesidad de gritarnos.
—Muy bien, pero conduce con cuidado —dijo Héctor mientras subía a horcajadas en la parte de atrás del asiento de la moto.
—No te preocupes, tú agárrate bien —dijo cogiendo las manos del joven y poniéndoselas en su cintura. —No dejaré que te caigas.

La moto se movía con agilidad por las casi desérticas calles de la ciudad y en pocos minutos estaban ya a las afueras y camino de la sierra. El paisaje corría a gran velocidad cuando cogieron la autovía y una dicharachera Helena le comentaba a un nervioso Héctor, lo mucho que le gustaría el lugar al que iban.

Cincuenta minutos más tarde llegaban a una casa rural. Allí descendieron de la moto y Héctor agradeció a Dios que el viaje hubiese concluido sin ningún tipo de percance. Entraron en el establecimiento y se dirigieron al pequeño comedor de la casa. Allí los estaba esperando una señora entradita en carnes, de unos cincuenta años, atractiva a pesar de su edad y que se abalanzó sobre Helena dándole un fuerte abrazo. Héctor pensó que con lo poquita cosa que era la chica, con aquel apretujón, la señora la iba a descoyuntar.

—Héctor, esta es mi tía Graci —dijo Helena despegándose de los fuertes brazos de la mujer.
—Encantado —dijo el joven dándole un par de besos.
—Por fin mi sobrinita me trae a un chico educado y que no parece un fumado.
—Tía, no te pases.
—Es cierto, siempre que vienes por aquí, tengo que aguantar a unos tipos con pintas de delincuentes.
—Son moteros como yo, tía, y no son delincuentes.
—Vale, lo que tú digas —dijo la tía Graci acabando ya con esa la conversación. —Ahora sentaros a la mesa que os traeré la crema.

La pareja se sentó en una de las mesitas del vacío comedor, junto a la ventana que daba al bosque.

—¿Traes a muchos hombres por aquí?
—De vez en cuando, hacemos salidas moteras los domingos por la sierra y venimos a comer aquí. Pero a mi tía no le gustan las pintas de mis amigos. Por cierto, veo que ya has recuperado un poco el color.
—Lo siento, no estoy acostumbrado a ver la muerte tan a menudo.

Helena comenzó a reír y su risa se escuchó en todo el comedor. Era una risa alegre y contagiosa que hizo que Héctor comenzase a reír también.

—Así me gusta, que la juventud se divierta sin fumar esos “pitillos” que se fuman tus amigos en el patio.
—Tía, no empieces.
—Está bien, firmaremos un pacto de no agresión. Además, como he dicho, este chico que has traído hoy, parece uno de los buenos.

Helena y Héctor degustaron aquella crema de calabacín y decidieron repetir ya que estaba deliciosa. Después llegó el segundo plato. Unos trozos de jabalí estofado que se deshacía en la boca. De postre, unas natillas aderezadas con una buena cantidad de canela <<para subir la líbido>> había dicho la tía Graci mientras degustaba el rico postro sentada a la mesa con ellos.

Después de tomarse un café con leche, decidieron salir a dar un paseo para bajar la copiosa comida. La tía de Helena los acompañaba. Esta los guió por un sendero y los condujo hasta un pequeño claro en el bosque.

—Que recuerdos me trae este lugar. Tu tío y yo hacíamos el amor aquí muy a menudo.
—¡Tía Graci! —dijo Helena pareciendo escandalizada.
—¿Qué pasa? ¿Es que tú no haces esas cosas?
—Si las hago, no voy por ahí predicándolas.
—Mojigata.
—Tía…
—Lo echo mucho de menos y sobre todo por las noches. Que quieres, todavía me hierve la sangre.
—Pero tía…

Héctor las miraba divertido, estaba alucinado al escuchar a aquella mujer hablando tan abiertamente de su sexualidad.

—He pensado en comprarme un consolador de esos, ¿tú podrías conseguirme uno?
—Creo que esta conversación está saliéndose ya de contesto.
—¿Por qué? Héctor, ¿a ti te molesta hablar de estas cosas?
—Para nada. Creo que la sexualidad hay que vivirla tenga uno la edad que se tenga.
—A que sí. Tengo solo cincuenta y cinco años y aun estoy en edad de merecer.
—Pues yo le había echado unos cincuenta.
—Eso son los aires de la sierra, que me conservan lozana. Aunque cuando vivía el tío de Helena, me conservaba todavía mucho mejor.
—Por dios, tía Graci, vas a conseguir que me ruborice.
—Con esa cara tan blanca que tienes, lo dudo mucho.


Una llamada al móvil de Helena hizo que esta diese gracias a Dios por dar terminada aquella conversación.

—Si… perdón… espera un momento, no tengo mucha cobertura por aquí —dijo Helena descendiendo un poco por el sendero por el que habían venido. —Tía voy a llamar desde recepción.
—Toma las llaves —dijo Graci dándole las llaves de la oficina. —Mi sobrina siempre tan ocupada.
—Si, parece que si —dijo Héctor. —¿Le puedo hacer una pregunta?
—Claro que sí.
—¿Hace mucho que se quedó viuda?
—Hace ya diez años.
—Lo siento mucho.
—¿Tuviste algo que ver en la muerte de mi marido?
—No.
—Pues entonces no lo sientas —dijo la tía Graci acariciándole la espalda. —Vaya, tienes una buena espalda.
—Gracias.
—Desde que te vi entrar con mi sobrina, pensé que eras un buen espécimen para ella. Lleva tiempo ya sin salir con nadie y creo que le hace falta que le echen un buen polvo de vez en cuando.
—Pues yo creo que no le faltarían candidatos para eso —dijo Héctor con una leve sonrisa.
—Si, eso es cierto. Creo que tiene unos buenos pechos y un buen culo para hacer las delicias de cualquier hombre, pero he pensado que estos no le van.
—¿Cree que Helena puede ser lesbiana?
—Ya no sé que pensar. Con tantos hombres que hay por el mundo y esta sobrina mía no aprovecha nada su juventud. Si yo tuviese ese cuerpo, no se me resistiría ninguno.
—Graci, usted tampoco se puede quejar.
—Trátame de tú. Y si me quejo, me sobran algunos kilos.
—¿Y desde la muerte de su marido no se ha echado ningún novio?
—He tenido algunos pretendientes, para que lo voy a negar, pero ninguno a la altura de mi Julio.
—Puede que fuese… que seas muy exigente.
—Si le llamas ser exigente a que por lo menos te duren más de cinco minutos sin cansarse, pues si, soy muy exigente.

Héctor se rió por lo que había dicho aquella mujer.

—Está claro que eres mucha mujer para cualquier hombre, excepto para tu julio.
—Si, fue un gran amante y me tenía siempre bien atendida. Aunque tengo que reconocer, que yo también tenía mi mérito. Sé hacer cosas que le sacarían totalmente los colores a mi sobrina.
—Cuenta, cuenta.
—No me tires más de la lengua, Héctor, que el horno está comenzando a cocer. Creo que le he puesto demasiada canela a las natillas – Héctor volvió a sonreír, le encantaba escuchar a Graci. - Bajemos a la casa o no respondo por tu seguridad.

El joven le ofreció el brazo y los dos bajaron de ganchete, mientras la mujer le contaba mil y una historias de su juventud, cada una más picante que la última.


Cuando comenzaba a atardecer, Helena y Héctor se despidieron de la tía Graci. Esta les hizo prometer que volverían a subir el fin de semana siguiente ya que ella estaba de cumpleaños y quería que su sobrina y Héctor lo pasasen allí. Helena no estaba muy de acuerdo, pero Héctor aceptó encantado.

—Lo ves mi niña, a este chico le han quedado ganas de probar los flanes de tu tía —dijo la tía Graci intentando que su comentario sonase lo más pícaro posible.
—¿Con caramelo? —preguntó Héctor entrando en el juego.
—O sin el —dijo la tía Gracia acercándose al joven y dándole una palmadita en el trasero.
—Será mejor que nos marchemos o no respondo de mi tía —dijo Helena montando sobre la moto y colocándose el casco.
—No te olvides del “juguetito” que te he pedido —le dijo su tía.
—No te preocupes, Graci. Si ella no te lo trae, cuenta conmigo para eso.
—Oh, Dios, vámonos ya y no le des tanta coba, que ya la tienes más que ganada —dijo Helena agarrando del brazo a un divertido Héctor y ofreciéndole el otro casco.

Anochecía cuando llegaron a las puertas del piso de Héctor. Este se desmontó de la moto y le dio el casco a Helena.

—Gracias por todo, me lo he pasado muy bien —dijo Héctor
—Entonces, ¿ha valido la pena el haberte despertado?
—Claro que sí. Y tu tía es fantástica.
—¿Seguro? No te ha parecido algo… ¿excéntrica?
—Para nada. Y lo del “juguetito” lo decía muy en serio. Me gustaría hacerle un regalo por lo bien que nos ha alimentado en su casita rural.
—No hace falta que le regales nada —dijo Helena. Y menos, un aparato de esos.
—Tu tía tiene razón. Eres un poquito…
—¿Qué? ¿Qué soy que?
—Mañana nos vemos en el gimnasio —dijo Héctor pareciendo cansado.
—No, tu no te vas sin decirme lo que te parezco.
—Ciao cara.
—¡Héctor!

El joven introdujo la llave en la puerta y la abrió, pero no entró. Bajó las escaleras corriendo, se acercó a la contrariada chica, le agarró la cara, le dio dos sonoros besos y le dijo:

—Eres una chica muy atractiva, sensual… pero una mojigata. Hasta mañana.

Héctor volvió a subir a la carrera por las escaleras y antes de entrar por la puerta, se giró y vio a Helena que le hacia un gesto con su dedo corazón. El joven sin apenas inmutarse y en tono solemne le dijo:

—Ese gesto no es propio de una señorita como tú.
—Que te den —le espetó Helena y después de colocarse el casco, arrancó su moto y salió por la calle como alma que lleva el diablo.

Héctor todavía sonreía mientras abría la puerta de su loft. Se dirigió hacia su portátil y allí actualizó su blog. Hizo hincapié en un nuevo lugar donde pasar un fin de semana o unas tranquilas vacaciones disfrutando de la naturaleza y del buen comer. La casa rural de la tía Graci recibiría más visitas desde aquel día. Después tomó una ducha y un buen colacao que saboreó mientras veía las parpadeantes luces de la ciudad.


Se acostó. Estaba realmente cansado. Había sido una semana muy ajetreada donde había hecho de casi todo en su nuevo trabajo, pero aquellos dos últimos días fueron su recompensa al esfuerzo realizado. Había valido la pena dejar la tranquilidad de su pueblo y venirse a la capital. Se durmió pensando en eso y en su nuevo trabajo. Mañana le diría a Diana que aceptaba su propuesta.

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