lunes, 23 de septiembre de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 11

A la mañana siguiente, Héctor volvió a levantarse temprano para poder ejercitarse. Ducha rápida y salida apresurada para poder estar un momento a solas en el ascensor con Diana. Se miraron, se sonrieron, pero no se dijeron más que un cordial <<buenos días>>.
Los juegos del autobús habían cesado en el momento que Héctor había aceptado su nuevo trabajo. Diana ya no necesitaba calibrar su aguante. Y Héctor comenzaba a echarlos de menos… pronto tendría que poner remedio a eso.

Fue un día agotador para el chico. Una dichosa actualización en el software de la empresa había dejado en stand by el servidor y Héctor se afanó en arreglar aquel entuerto. Eran más de las tres de la tarde, cuando, después de reinstalado el sistema, todo volvió a funcionar. Unos aplausos sonaron en la oficina cuando emergió del cuarto donde estaba instalado el servidor central y Diana le guiñó un ojo desde el primer piso. Este respondió con una gran reverencia y se marchó al cuarto de Gloria, por si la jefa de Recursos Humanos tenía más trabajo para él. Y por supuesto, lo tenía. El tiempo que había perdido arreglando el servidor tenía que recuperarlo durante la tarde, como la gran mayoría de las empleadas que trabajaban a gran velocidad sobre sus teclados y las diseñadoras que tenían las tabletas gráficas comenzando a echar humo bajo la atenta mirada de Clara.

Sobre las siete de la tarde, Clara dejó que todo el mundo se fuese para casa. Habían trabajado sin descanso desde que el becario había arreglado el servidor. Empezaba a parecerle muy acertada la contratación de Héctor y por eso, se dirigió a él cuando lo vio salir del despacho de Gloria.

—Hola Héctor.
—Buenas tardes, Clara.
—Has realizado un buen trabajo con el servidor. Es bueno tener a alguien que domine todos los apartados informáticos.
—Ha costado un poquito, pero al final, he conseguido quitar la fastidiosa actualización. De ahora en adelante, ya no se descargarán de forma automática y pedirá antes su instalación.
—Es bueno saberlo —le dijo Clara sonriéndole.
—Hola Clara. Supongo que estarás felicitando al becario —dijo Diana cogiendo de ganchete a Héctor.
—Sí. Creo que se merecía mi más sincera felicitación ya que nos ha salvado de una buena. Pero tampoco quiero que se relaje. Todavía le queda una dura semana por delante.
—No te preocupes por él, es duro de pelar —dijo Diana. Por cierto, me ha llamado Víctor para preguntar por donde andabas y le he dicho que te viniese a buscar directamente a la oficina. Ahora está abajo con tu mochila de deporte para ir al gimnasio.
—Pero si la tenía en casa.
—Si, pero Víctor es muy amigo de mi madre y le ha pedido encarecidamente que lo dejase entrar en tu loft para recogerte la ropa de deporte.
—Pues estaba algo cansado hoy para meterme con él en una sala de pesas. Preferiría relajarme en la piscina haciendo unos cuantos largos.
—Eso díselo a él. Y una cosa, enciende tu móvil.
—Es verdad, por eso no ha podido hablar conmigo.
—Clara, ¿qué sería del mundo si los hombres no nos tuviesen a nosotras? —preguntó Diana.
—El Mundo no existiría y estos estarían extinguidos desde hace mucho tiempo.
—Cada vez me gusta más que se hable de mí estando yo presente —dijo Héctor intentando parecer fastidiado.
—Ah, ¿pero sigues aquí? Creíamos que habrías desaparecido —dijo Diana sonriéndole maliciosamente.

Héctor bajó en el ascensor con las dos mujeres y tuvo que aguantar una retahíla de chistes feministas. No sabía que Clara fuese tan simpática fuera del trabajo y hasta él se rio del generó masculino. En la puerta del edificio, Víctor lo aguardaba con su Harley encendida y le pasó la mochila.

—He pasado por tu piso y he visto que habías dejado ya la mochila preparada. Fue una misión rápida.
—Víctor, había pensado en hacer hoy piscina. Estoy algo cansado todavía por el machaque de ayer y por la paliza que me he dado con un servidor.
—¿Y quien ha ganado? —preguntó Víctor con guasa. Lo siento mucho Héctor, pero seguirás mi plan. La piscina quedará para el viernes. Estamos a martes y te quedan muchas pesas que levantar y muchos circuitos donde sudar.
—¿Todavía estoy a tiempo de decirle a Roxy que paso del nuevo trabajo?

Víctor sonrió y le paso el casco. En el gimnasio, no tuvo compasión de él, pero Héctor demostró que tampoco se amilanaba. Después en la ducha, el hombretón lo felicitó por aguantar la tortura a la que había sido sometido y porque pronto se vería el fruto de su esfuerzo. Al salir, el chico se encontró con Helena.

—Tu no llegas al jueves vivo – le dijo Helena. —Víctor, no le des tanta caña que se nos va a quedar pajarito en la sala de pesas.
—Helena, confía en mí. Héctor es más fuerte de lo que parece a simple vista.
—¿Seguro? —preguntó el chico dudando mucho de la afirmación de Víctor.
—El domingo me lo tengo que llevar al cumpleaños de mi tía y te advierto de que como se me caiga de la moto, te la cargas.
—No tiene más que agarrarse a ti y seguro que no se te cae.
—¿Qué estás insinuando?
—Cuando lo llevo yo de paquete en mi moto, se agarra muy fuerte a mí… pero que muy fuerte.
—Ya, porque conduces como un loco.
—Mira quien fue a hablar. La kamikaze de la carretera.
—Si quieres pelea, podemos ir fuera —dijo Helena empujando a Víctor con sus grandes pechos.
—Ten cuidado niña, no vayas a sacarme un ojo —dijo el hombretón.
—Ahora sí que tendrás pelea —dijo Helena colocándose con la guardia en alto y las piernas separadas.
—No voy a pelear contigo, la última vez ya me diste una paliza —dijo Víctor cogiendo a Héctor y poniéndolo entre él y la enfurecida chica.
—Retira entonces lo que has dicho.
—Lo retiro.
—¿Todo?
—Bueno, menos lo de que Héctor se agarra más fuerte a mí que a ti —y diciendo esto, cogió al chico por el brazo y se lo llevó fuera del gimnasio.

—¿Es verdad que Helena te dio una paliza? —le preguntó Héctor ya a las puertas del piso.
—Sí.
—¿No me estarás vacilando?
—Para nada. Helena es 5º Dan en Aikido y yo solo 1º Dan. Una vez, la vacilé demasiado y me retó. Imagínate. Un tiarrón como yo podría aplastarla sin ningún problema pero chico, yo no se dé donde saco tanta fuerza para tirarme una y otra vez al suelo. Deben ser esos poderosos pechos porque si no, yo no me lo explico. Desde esa vez, trato de vacilarla lo menos posible.
—Bueno Víctor, creo que voy a acostarme ya. Necesito descansar.
—No te olvides de tener el móvil encendido y prepara ya la mochila para mañana. Por si tengo que venir a buscarla.
—Me la llevaré a la oficina.
—Muy bien. Descansa esta noche. Mañana seguiremos dándole caña a ese cuerpo.

Víctor se despidió con unos gestos haciendo referencia a los pechos de Helena que hicieron sonreír a Héctor. Cuando estaba sacando las llaves para entrar en el edificio, su móvil comenzó a vibrar dentro del bolsillo de su pantalón.

—Hola Diana.
—¿Dónde estás?
—Aquí abajo, intentando coger las llaves para poder entrar, pero me duele todo el cuerpo.
—Ya te abro yo —y comenzó a sonar la apertura del portero automático.
—Gracias
—Te espero en la puerta de tu piso.
—Ok.

Héctor subió en el ascensor, apoyada su espalda contra el espejo del elevador. Estaba realmente cansado. Al abrirse la puerta, se dirigió casi arrastrando los pies hasta la puerta su piso donde lo aguardaba Diana.

—Vaya, sí que te está dando caña.
—No lo sabes tu bien. Me duele todo.
—¿Todo… todo?
—Creo que sí. Es el único músculo que no ejercito, pero aún así, me duele.
—Eso tiene arreglo. Si quieres te puedo dar un masaje.
—Pues te lo agradecería muchísimo.
—¿Cuánto?

Héctor no captó la pregunta en un primer instante. Su cerebro todavía no regía muy bien después de la hora y media en el gimnasio.

—Veo que sí que estás muy cansado. Pasemos dentro e intentaré recomponer algo tu maltrecho cuerpo.

Héctor estaba tumbado sobre la cama, de espaldas a Diana. Esta se colocó encima, sentada sobre el endurecido trasero del joven y después de untarse las manos con aceite, comenzó a masajear todos los músculos de su espalda, hombros y cuello.

—Toma nota mentalmente de lo que estoy haciendo. A las mujeres nos gusta mucho que nos deis masajes y sobre todo, que sepáis darlos.
—Muy bien —dijo Héctor.
—¿Sabes dar un masaje?
—Un poco. Automasaje diría yo.
—No estoy hablando de auto satisfacción.
—Ni yo. Cuando salía en bici, al finalizar, me daba un masaje en las piernas para relajarlas. No es tan efectivo como cuando te lo dan, pero por lo menos no tenía agujetas.
—En que estaría yo pensando.
—No tengo ni idea —dijo Héctor.
—Date la vuelta.

Héctor se giró y dejo que Diana masajease sus pectorales y sus abdominales.

—Héctor, ¿tu no estabas cansado?
—Cansado no, muerto.
—Pues debajo de mi culito estoy empezando a notar que hay una parte de ti que comienza a revivir.
—Lo siento, vive aparte de mí.
—¿Puedo hacerte unas preguntas?
—Claro.
—Después de lo de Afrodita, ¿has vuelto liberarte?
—No.
—¿Ni con Helena ni con Sonia?
—No.
—¿Te gustaría que te ayudase?
—Claro que si… espera un momento. ¿Harás lo mismo que la otra vez de dejarme con las ganas?
—Eso depende solo de ti.
—¿De mí?
De cómo me toques. Si me gusta, te tocaré, si no me gusta —como lo haces, pararé.
—Acepto el reto.

Diana se levantó y pudo observar como Héctor tenía su pene completamente erecto y palpitante. Se desprendió de su ropa y se quedó solo con un conjunto de braguita y sujetador que Héctor le pidió que no se quitase.

Se colocaron uno junto al otro y Diana agarró el pene de Héctor con una de sus manos. Lo notó cálido. Héctor se incorporó sobre uno de sus brazos y se acercó al cuello de la mujer. Muy despacio, comenzó a besar su cuello y notó como Diana subía y bajaba la piel que cubría el henchido falo. Después de utilizar la lengua a lo largo del cuello hasta el hombro, dio un pequeño mordisco y en ese instante, Diana paró de masturbarlo. <<No le gustan los mordiscos>> pensó Héctor. Y volvió a utilizar su boca.

Pero Diana seguía sin hacer movimiento alguno. Héctor utilizó su mano para acariciar el otro hombro y desprender de él, el tirante del sujetador que quedó sobre uno de los brazos de la mujer. Siguió recorriendo la aterciopela piel de Diana y esta volvió a mover lentamente su mano sobre el miembro del joven. Héctor con las yemas de sus dedos, recorrió el valle que había entre los pechos de Diana y lentamente fue tocando por encima del sujetador hasta topar con el duro pezón que intentaba abrirse paso por la escasa tela que lo cubría.

El joven amoldó su mano al contorno del sujetador y apretó delicadamente el pecho de la mujer. Esta apretó con fuerza el sexo de Héctor y aumentó un poco el ritmo de su mano. Héctor comprendió que tenía que seguir por aquella zona. Su mano se deshizo de la copa del sostén que recubría el pecho y lo dejó a la vista. Se incorporó todavía más e hizo que Diana, delicadamente, se tumbase totalmente sobre la cama. Después le dio un largo beso en la boca y bajó muy despacio por el cuello hasta estar sobre el pecho que quedaba al descubierto. Diana podía notar con mucha intensidad el olor que el joven desprendía por todo su cuerpo, ese olor que la volvía loca cada vez que él estaba excitado. Respiró profundamente y movió su mano arriba y abajo sobre el pene del joven.

Héctor se quedó parado, con el erguido pezón de Diana dentro de su boca, pero ni su lengua, ni sus labios lo tocaban. Esta le apretó nuevamente el pene, pero él no hizo nada.

—Héctor… —susurró Diana.

El joven dejó pasar unos segundos más, echó el cálido aliento sobre el palpitante pezón y después, lo lamió con su lengua y lo succionó con delicadeza. Diana suspiró y lanzó un ahogado gemido al notar la boca de Héctor sobre su pecho. Continuó con el ritmo y la presión que ejercía sobre el falo del joven y este respiró con más fuerza al notar como las oleadas de placer comenzaban a invadirlo.

Mientras seguía lamiendo y chupando el pecho de Diana, bajó con la mano por su cuerpo y la deslizó por debajo de las braguitas de encaje. Se encontró con un sexo completamente depilado y dejó que su mano lo recorriese totalmente hasta la hendidura del trasero de la atractiva mujer. Volvió a desandar el camino recorrido y se paró sobre el sonrosado y henchido clítoris. Al rozarlo, Diana dio un pequeño respingo y volvió a gemir. Pero Héctor, por el momento, no quiso tocarlo nuevamente. Bajo unos centímetros, separó los húmedos labios del sexo de la mujer y poco a poco introdujo un dedo, después otro y después dejó que su dedo pulgar ascendiese hasta el botón del placer.

Diana ya gemía al compás de las penetraciones de los dedos de Héctor que seguía acariciando y jugando con el clítoris de la mujer mientras lamía uno de sus pechos. Diana aumentó el ritmo de la masturbación de Héctor que comenzó a respirar con más cadencia al notar que estaba casi a punto de correrse.

—Diana, yo ya no puedo aguantar más —le dijo hablando entre dientes.
—Pues bésame y córrete conmigo —dijo la mujer que comenzaba a experimentar las primeras oleadas de su orgasmo.


Media hora más tarde y después de una ducha, Diana y Héctor dormían placidamente debajo de las sábanas. El joven le había pedido que se quedase esa noche con él y Diana había accedido gustosa al ofrecimiento realizado. Mañana tendría que levantarse temprano para bajar a su piso, ducharse, darse un sutil toque de maquillaje y vestirse para ir a trabajar. Pero para eso todavía quedaban unas cuantas horas... 

martes, 10 de septiembre de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 10

Héctor resoplaba como una locomotora. Víctor lo estaba castigando con un entreno Espartano. Le había montado un circuito de pesas, barras y múltiples aparatos para fortalecer todos los músculos de su cuerpo. Después de dos horas, lo mandó para la ducha. A Héctor le dolía todo el cuerpo. No había ni una sola célula que no se quejase del tratamiento al que había sido sometido. Se duchó y salió hasta la recepción donde se encontró con Helena.

—¿Pero tú sabes la hora que es? No te va a dar tiempo a llegar a la tienda para recoger el regalo de mi tía.
—Es verdad, pero la culpa es de Víctor. Me ha machacado durante dos horas y me he quedado baldado bajo el agua de la ducha.
—Pues yo no puedo acercarte. ¡Víctor! —gritó Helena al ver aparecer al fornido hombre.
—Dime reina.
—Ya que tú eres el culpable de que este chico esté de esta guisa, necesito que lo acerques a toda velocidad a la dirección que él te diga.
—A sus órdenes, mi reina.

Víctor le pasó un casco y los dos se montaron en una imponente Harley. Salieron a gran velocidad hacia la calle donde se encontraba la tienda, donde una atractiva dependienta estaba esperando por Héctor.

—¿Necesitas que te espere?
—No hace falta. Iré andando hasta casa. Creía que Helena era un kamikaze en la moto, pero tú eres un psicópata.
—Héctor, para andar por la ciudad, tienes que hacerte respetar y más si eres motero.
—Está bien. Espérame, pero te juro, que como vuelvas a hacer una tumbada como la de antes, salto de la moto en marcha.
—Tranquilo, te llevaré a casa de una pieza y si quieres te arroparé en la cama.

Héctor llamó a la puerta del establecimiento. Sonia apareció en pocos segundos en la puerta, le dedicó una sonrisa y lo hizo pasar.

—¿El chicarrón de la moto es amigo tuyo?
—Sí.
—Dile que vamos a tardar un poquito. Me acaban de traer el papel para envolver los regalos y todavía no tengo el tuyo preparado.

Héctor salió y le comentó a Víctor que la cosa iba para un ratito.

—No te preocupes, me tomaré algo en la cafetería de ahí al lado.
—No creo que tarde mucho en envolver un regalo.
—Te esperaré lo que haga falta —le dijo Víctor guiñándole un ojo.

El joven volvió a entrar en la tienda y Sonia cerró con llave tras él. La mujer lo hizo pasar hasta el salón donde estaban los artículos eróticos.

—Por favor, siéntate aquí mientras esperas… perdona ¿te molesta si te tuteo?
—Para nada. Esta tarde me estabas haciendo mayor tratándome tan correctamente.
—A los clientes debo tratarlos así.
—¿Y ahora? ¿Ya no soy cliente?
—Depende de ti.

Héctor tragó saliva mientras la dependienta se metía dentro de la habitación y envolvía el regalo de la tía Graci. Después salió y dejó el regalo envuelto sobre la mesita.

—¿Te gustaría ver los artículos más exclusivos?
—¿Los bañados en oro?
—Si, para que veas el efecto que hacen sobre la piel.
—La verdad es que no me veo probándolos.
—No era mi intención que tú los probases.
—Pues entonces será todo un placer ver esos artículos de lujo.

Sonia le sonrió y se dirigió hacia unas vitrinas que abrió con una tarjeta que extrajo de uno de sus bolsillos. Sacó una caja y volvió a cerrar la vitrina. Después cogió una de las sillas y la puso enfrente de donde estaba sentado Héctor, con la mesita en medio separándolos a ambos. Bajó la intensidad de la luz del salón, se quitó la chaqueta que dejó doblada sobre otra mesa, colocó una sábana de satén sobre la silla y se sentó sobre ella.

Héctor se fijó sin reparo en la atractiva mujer que tenía enfrente. Pelo de color negro y corto, ojos castaños, labios finos y perfilados con un sutil toque de color rosáceo. Tenía unos dedos largos como pudo apreciar al coger el vibrador entre sus manos y unas bonitas piernas que sobresalían sobre su entallada falda. Los zapatos de tacón torneaban sus estilizadas pantorrillas.

Sonia aguantó la mirada escrutadora del joven sin apenas pestañear. Cuando vio que los ojos de Héctor volvían a verle a la cara, le sonrió nuevamente y comenzó a desabotonarse la camisa con una mano dejando entrever un bonito escote.

Héctor se revolvió un poco en la silla pues su “amiguito” comenzaba a despertarse. La mujer sonrió al ver el efecto que estaba causando en el joven. Cogió el vibrador y lo encendió.

—Como puedes comprobar, el ruido es apenas imperceptible. Puede ser utilizado en cualquier sitió sin que los demás se den cuenta de lo que haces —dijo la dependienta mientras se pasaba el dorado aparato por su cuello y lo bajaba hacia su escote.

Sus pezones emergieron por debajo de su ropa incluso antes de que el contacto con el frío metal rozase sus pechos. Eran algo voluptuosos y pugnaban por liberarse de la atadura del bonito sujetador negro de encaje que llevaba debajo de la camisa de seda.

—Me gustaría que te tocases mientras yo lo hago —le dijo Sonia.

Héctor, en un primer momento, estuvo algo reticente, pero al ver que Sonia seguía desabrochando su camisa, el joven comenzó a tocarse por encima del pantalón. Sonia vio como el bulto del joven comenzaba a crecer y a notarse bajo los vaqueros. Recorrió sus pechos con el vibrador mientras este le enviaba pequeños temblores a través de la suave piel. Cerró los ojos y disfrutó del placentero masaje que le estaba proporcionando el precioso objeto.

—Quiero ver eso que abulta debajo de la tela de tus vaqueros —dijo Sonia abriendo los ojos.
—Si te subes un poco más la falda, por mí no hay problema.

Sonia colocó el vibrador entre sus pechos y con sus manos, se subió la falda hasta la cintura. Un tanga negro de encaje a juego con el sujetador apareció ante los ojos del joven. La mujer abrió muy despacio las piernas y comenzó a utilizar el vibrador sobre ellas, acercándolo a su húmedo sexo. Volvió a cerrar los ojos y a disfrutar las oleadas de placer que aquel objeto le estaba dando.

Héctor se desabrochó el pantalón, bajó la cremallera y extrajo su duro tallo. Su pene rezumaba un líquido lubricante que utilizó para extenderlo por todo su glande. Sonia abrió los ojos y quedó complacida al ver al joven en todo su esplendor.

—Parece duro —dijo Sonia.
—Lo está —dijo Héctor tocándose y masturbándose ante la atenta mirada de la mujer.
—¿Quieres ver mi coño?
—Me encantaría.

Sonia se abrió un poco más y apartó la tela del tanga para que Héctor pudiese ver su sexo. Cogió el vibrador y muy despacio se lo fue introduciendo poco a poco. Un gemido salió de la boca de la mujer y Héctor sonrío al ver como estaba disfrutando.

Con un sutil toque de sus dedos, el sujetador que tenía un broche en la parte delantera, se abrió y dejó sus pechos colgando libremente para que fuesen admirados por el joven voyeur.

—Necesito tus manos sobre ellos —le dijo Sonia a Héctor, pero antes, me gustaría verte desnudo.

Héctor se quitó la ropa lentamente, dejando que Sonia disfrutase del espectáculo. La miraba a los ojos con lujuria y ella le respondía con la misma mirada mientras subía la intensidad de la vibración. Cuando estuvo completamente desnudo, se acercó a la mujer y esta pudo percibir el olor del joven. Pudo distinguir el aroma del gel con el que se había duchado Héctor, pero lo que no pudo reconocer fue el otro olor que venía mezclado con el aromático gel de baño. Una mezcla de olores que la excitaba muchísimo. Cogió su pene y lo introdujo en su cálida boca. Chupó y después lamió el caliente tallo del joven. Este echó su cabeza hacia atrás y un gutural gemido salió de su garganta. Después utilizó hábilmente sus manos sobre los turgentes pechos de Sonia. Los acarició, los masajeó y con sus dedos sobre los duros pezones, arrancó pequeños estremecimientos que recorrieron todo el cuerpo de la mujer.

Entre aquellos sutiles toques y el vibrador abriéndose paso en su sexo, a Sonia le quedaban solo unos segundos antes de que un orgasmo estallase dentro de su cuerpo. Y así fue… mientras chupaba de manera lasciva el pene de Héctor le sobrevino un orgasmo que la hizo estremecer sobre la silla.

Héctor se puso de rodillas mientras Sonia se recuperaba del éxtasis al que la habían llevado conjuntamente las caricias del joven y aquel dorado vibrador. Le abrió las piernas y con su lengua lamió los jugos que salían del su sexo. No tocó el pequeño botón de placer pues todavía estaba demasiado sensible para ser ni tan siquiera rozado. Se levantó y se vistió.

—Eres muy complaciente —le dijo la mujer a su espalda. —Otro en tu lugar se hubiese intentado aprovechar de la situación para satisfacer sus propias necesidades.
—Entiendo que si tú quisieses algo más, me lo pedirías. Creo que eres una mujer que sabe muy bien lo que quiere y lo que no.

Sonia se acercó a él, le puso una mano por detrás de su cuello y acercó su boca a la de Héctor. Después lo besó, saboreando ambos las mieles de sus propios sexos.

—Volverás a saber de mí —le dijo Sonia apartándose unos instantes.
—Me encantaría que así fuese.

Héctor salió de la tienda con el regalo de la tía Graci envuelto en un elegante papel de color dorado y atado con un lazo rojo que Sonia había colocado con gran esmero. Se dirigió a la cafetería donde Víctor estaba tomándose un cortado y leyendo el periódico del día.

—¿Todo bien? —preguntó sin levantar la vista de las hojas del rotativo.
—Si, ya tengo el regalo envuelto.
—Y creo que algo más.
—No te entiendo —dijo Héctor tratando de hacerse el despistado.
—Me acaba de llamar Roxy. Para este sábado tienes tu primer contacto.
—¿Qué?
—Acabas de estar con una de nuestras clientas.
—¿Sonia?
—Sí.
—Pero… ella no me dijo nada.
—No tenías porque saberlo.
—Pero ni Roxy ni Diana me han dicho nada de esto.
—Háblalo con Diana. Yo ahora te tengo órdenes de llevarte a casita. Roxy me ha dicho que te proteja como oro en paño.

Víctor dejó a Héctor en la puerta de su piso. Habían quedado para la tarde siguiente en el gimnasio y así continuar con el plan de definición muscular. Cuando llegó a la puerta de su piso encontró una caja sobre el felpudo. La cogió y pudo ver que se trataba de un teléfono móvil nuevo. Había un sobre encima de la caja y dentro una nota manuscrita que Héctor leyó al instante.

<<Querido Héctor. Llámame lo antes posible con tu nuevo y flamante móvil. Besos. Diana>>

Héctor entró en su loft, pero antes de llamar a Diana, se desvistió y se dio una buena ducha. Dejó que el agua calmase los últimos vestigios del encuentro con la enigmática Sonia. Se puso un pijama corto, una camiseta de asas y cenó algo rápido. Después encendió su nuevo móvil y llamó a Diana.

—Hola cielo, ¿qué tal? —preguntó Diana.
—Muy bien cariño, ¿y tú? —le dijo Héctor.

Diana sonrió al otro lado del móvil.

—Bien también. He tenido una interesante charla con Sonia, la mujer que has conocido hoy.
—¿Sí? No me digas.
—Pues sí. Me ha dicho que cuando te conoció esta tarde, le pareciste un chico interesante, pero esta noche le pareciste <<una tentación a la que una, no se puede resistir>> y esas son palabras textuales.
—Vaya, que cosas —dijo Héctor intentando fingir no estar muy interesado a lo que Diana le estaba contando.
—Se ha quedado con ganas de conocerte más concienzudamente y ha concertado una cita contigo el sábado.
—¿Pero es una clienta de Roxy? —preguntó Héctor con retintín.
—Vale, lo siento —dijo Diana resoplando. —Vi la oportunidad de que conocieses a una de mis amigas y casualmente, clienta del Afrodita y así poder hacer algún que otro contacto.
—Diana, ¿y si llego a ir a recoger el regalo con Helena?
—¿Por qué? ¿Ha pasado algo que yo deba saber?
Sonia es una mujer muy persuasiva.
—Lo sé. Aparte de ser muy atractiva y rica. La tienda en la que habéis estado es su buque insignia y es una de las boutiques de lencería más en auge del mercado. La sección de productos eróticos, a pesar de no estar al alcance de todos los bolsillos, tiene pedidos desde todas las partes del mundo y tengo que reconocer, que el mérito de ese apogeo es en parte gracias a Alfapubli.
—Bueno, aclarado ya el tema, tengo que reconocer, que si todas las clientas de Roxy son así de guapas, voy a disfrutar mucho con mi nuevo trabajo.
—No todas serán así. Algunas te gustarán más y otras menos. Lo que si debes recordar es que tendrás que dejarlas siempre complacidas. Hacerlas sentirse lo mejor posible. Que piensen que ha valido la pena pasar un buen rato contigo y que deseen repetir el encuentro.
—Espero que Sonia no te haya dado ninguna queja sobre mí.
—Como ya te he dicho, ha quedado gratamente satisfecha. Y te puedo asegurar que es una mujer muy selectiva con los hombres con los que está.
—Me alegro mucho —dijo Héctor intentando evitar un bostezo, sin conseguirlo.
—Pareces cansado.
—Lo estoy. Víctor me ha machacado en el gimnasio.
—Parece ser que ya ha empezado con su programa de endurecimiento. Si antes estabas bien, él té dejará mejor.
—Bueno… que haga lo que quiera conmigo… ahora estoy demasiado cansado para resistirme… hasta mañana Diana.
—Hasta mañana, cielito.

martes, 3 de septiembre de 2013

Otro microrrelato.

Anais se despertó y observó el cuerpo desnudo de Marko, brillante bajo la cálida luz de la mañana, que se filtraba por la ventana. Dormitaba de espaldas a ella y esta no pudo resistirse y acariciar su piel. Empezó por el cuello, continuó por su hombro y recorrió el largo brazo hasta que llego a su mano, donde se encontró con sus delgados y delicados dedos, los mismos que la habían amado la noche anterior. Habían recorrido durante horas, su tersa y aterciopelada piel de melocotón, habían escalado por sus pechos, jugado con sus pezones y descendido por el valle de sus senos, para luego buscar y adentrarse en las humedades de su anhelante sexo.


Pegó su cuerpo contra el de Marko, haciendo que su monte de Venus quedase a la altura del trasero del joven. Después, una de sus manos buscó los fuertes pectorales y pellizcó sus pechos. Este gesto fue interpretado como una llamada al amor pues Marko, abrió los ojos, tocó lujurioso las voluptuosas nalgas de Anais y la apretó todavía más contra él. Si ella quería volver a jugar, no sería él el que le dijese que no. La beso apasionadamente y todo volvió a comenzar.