martes, 10 de septiembre de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 10

Héctor resoplaba como una locomotora. Víctor lo estaba castigando con un entreno Espartano. Le había montado un circuito de pesas, barras y múltiples aparatos para fortalecer todos los músculos de su cuerpo. Después de dos horas, lo mandó para la ducha. A Héctor le dolía todo el cuerpo. No había ni una sola célula que no se quejase del tratamiento al que había sido sometido. Se duchó y salió hasta la recepción donde se encontró con Helena.

—¿Pero tú sabes la hora que es? No te va a dar tiempo a llegar a la tienda para recoger el regalo de mi tía.
—Es verdad, pero la culpa es de Víctor. Me ha machacado durante dos horas y me he quedado baldado bajo el agua de la ducha.
—Pues yo no puedo acercarte. ¡Víctor! —gritó Helena al ver aparecer al fornido hombre.
—Dime reina.
—Ya que tú eres el culpable de que este chico esté de esta guisa, necesito que lo acerques a toda velocidad a la dirección que él te diga.
—A sus órdenes, mi reina.

Víctor le pasó un casco y los dos se montaron en una imponente Harley. Salieron a gran velocidad hacia la calle donde se encontraba la tienda, donde una atractiva dependienta estaba esperando por Héctor.

—¿Necesitas que te espere?
—No hace falta. Iré andando hasta casa. Creía que Helena era un kamikaze en la moto, pero tú eres un psicópata.
—Héctor, para andar por la ciudad, tienes que hacerte respetar y más si eres motero.
—Está bien. Espérame, pero te juro, que como vuelvas a hacer una tumbada como la de antes, salto de la moto en marcha.
—Tranquilo, te llevaré a casa de una pieza y si quieres te arroparé en la cama.

Héctor llamó a la puerta del establecimiento. Sonia apareció en pocos segundos en la puerta, le dedicó una sonrisa y lo hizo pasar.

—¿El chicarrón de la moto es amigo tuyo?
—Sí.
—Dile que vamos a tardar un poquito. Me acaban de traer el papel para envolver los regalos y todavía no tengo el tuyo preparado.

Héctor salió y le comentó a Víctor que la cosa iba para un ratito.

—No te preocupes, me tomaré algo en la cafetería de ahí al lado.
—No creo que tarde mucho en envolver un regalo.
—Te esperaré lo que haga falta —le dijo Víctor guiñándole un ojo.

El joven volvió a entrar en la tienda y Sonia cerró con llave tras él. La mujer lo hizo pasar hasta el salón donde estaban los artículos eróticos.

—Por favor, siéntate aquí mientras esperas… perdona ¿te molesta si te tuteo?
—Para nada. Esta tarde me estabas haciendo mayor tratándome tan correctamente.
—A los clientes debo tratarlos así.
—¿Y ahora? ¿Ya no soy cliente?
—Depende de ti.

Héctor tragó saliva mientras la dependienta se metía dentro de la habitación y envolvía el regalo de la tía Graci. Después salió y dejó el regalo envuelto sobre la mesita.

—¿Te gustaría ver los artículos más exclusivos?
—¿Los bañados en oro?
—Si, para que veas el efecto que hacen sobre la piel.
—La verdad es que no me veo probándolos.
—No era mi intención que tú los probases.
—Pues entonces será todo un placer ver esos artículos de lujo.

Sonia le sonrió y se dirigió hacia unas vitrinas que abrió con una tarjeta que extrajo de uno de sus bolsillos. Sacó una caja y volvió a cerrar la vitrina. Después cogió una de las sillas y la puso enfrente de donde estaba sentado Héctor, con la mesita en medio separándolos a ambos. Bajó la intensidad de la luz del salón, se quitó la chaqueta que dejó doblada sobre otra mesa, colocó una sábana de satén sobre la silla y se sentó sobre ella.

Héctor se fijó sin reparo en la atractiva mujer que tenía enfrente. Pelo de color negro y corto, ojos castaños, labios finos y perfilados con un sutil toque de color rosáceo. Tenía unos dedos largos como pudo apreciar al coger el vibrador entre sus manos y unas bonitas piernas que sobresalían sobre su entallada falda. Los zapatos de tacón torneaban sus estilizadas pantorrillas.

Sonia aguantó la mirada escrutadora del joven sin apenas pestañear. Cuando vio que los ojos de Héctor volvían a verle a la cara, le sonrió nuevamente y comenzó a desabotonarse la camisa con una mano dejando entrever un bonito escote.

Héctor se revolvió un poco en la silla pues su “amiguito” comenzaba a despertarse. La mujer sonrió al ver el efecto que estaba causando en el joven. Cogió el vibrador y lo encendió.

—Como puedes comprobar, el ruido es apenas imperceptible. Puede ser utilizado en cualquier sitió sin que los demás se den cuenta de lo que haces —dijo la dependienta mientras se pasaba el dorado aparato por su cuello y lo bajaba hacia su escote.

Sus pezones emergieron por debajo de su ropa incluso antes de que el contacto con el frío metal rozase sus pechos. Eran algo voluptuosos y pugnaban por liberarse de la atadura del bonito sujetador negro de encaje que llevaba debajo de la camisa de seda.

—Me gustaría que te tocases mientras yo lo hago —le dijo Sonia.

Héctor, en un primer momento, estuvo algo reticente, pero al ver que Sonia seguía desabrochando su camisa, el joven comenzó a tocarse por encima del pantalón. Sonia vio como el bulto del joven comenzaba a crecer y a notarse bajo los vaqueros. Recorrió sus pechos con el vibrador mientras este le enviaba pequeños temblores a través de la suave piel. Cerró los ojos y disfrutó del placentero masaje que le estaba proporcionando el precioso objeto.

—Quiero ver eso que abulta debajo de la tela de tus vaqueros —dijo Sonia abriendo los ojos.
—Si te subes un poco más la falda, por mí no hay problema.

Sonia colocó el vibrador entre sus pechos y con sus manos, se subió la falda hasta la cintura. Un tanga negro de encaje a juego con el sujetador apareció ante los ojos del joven. La mujer abrió muy despacio las piernas y comenzó a utilizar el vibrador sobre ellas, acercándolo a su húmedo sexo. Volvió a cerrar los ojos y a disfrutar las oleadas de placer que aquel objeto le estaba dando.

Héctor se desabrochó el pantalón, bajó la cremallera y extrajo su duro tallo. Su pene rezumaba un líquido lubricante que utilizó para extenderlo por todo su glande. Sonia abrió los ojos y quedó complacida al ver al joven en todo su esplendor.

—Parece duro —dijo Sonia.
—Lo está —dijo Héctor tocándose y masturbándose ante la atenta mirada de la mujer.
—¿Quieres ver mi coño?
—Me encantaría.

Sonia se abrió un poco más y apartó la tela del tanga para que Héctor pudiese ver su sexo. Cogió el vibrador y muy despacio se lo fue introduciendo poco a poco. Un gemido salió de la boca de la mujer y Héctor sonrío al ver como estaba disfrutando.

Con un sutil toque de sus dedos, el sujetador que tenía un broche en la parte delantera, se abrió y dejó sus pechos colgando libremente para que fuesen admirados por el joven voyeur.

—Necesito tus manos sobre ellos —le dijo Sonia a Héctor, pero antes, me gustaría verte desnudo.

Héctor se quitó la ropa lentamente, dejando que Sonia disfrutase del espectáculo. La miraba a los ojos con lujuria y ella le respondía con la misma mirada mientras subía la intensidad de la vibración. Cuando estuvo completamente desnudo, se acercó a la mujer y esta pudo percibir el olor del joven. Pudo distinguir el aroma del gel con el que se había duchado Héctor, pero lo que no pudo reconocer fue el otro olor que venía mezclado con el aromático gel de baño. Una mezcla de olores que la excitaba muchísimo. Cogió su pene y lo introdujo en su cálida boca. Chupó y después lamió el caliente tallo del joven. Este echó su cabeza hacia atrás y un gutural gemido salió de su garganta. Después utilizó hábilmente sus manos sobre los turgentes pechos de Sonia. Los acarició, los masajeó y con sus dedos sobre los duros pezones, arrancó pequeños estremecimientos que recorrieron todo el cuerpo de la mujer.

Entre aquellos sutiles toques y el vibrador abriéndose paso en su sexo, a Sonia le quedaban solo unos segundos antes de que un orgasmo estallase dentro de su cuerpo. Y así fue… mientras chupaba de manera lasciva el pene de Héctor le sobrevino un orgasmo que la hizo estremecer sobre la silla.

Héctor se puso de rodillas mientras Sonia se recuperaba del éxtasis al que la habían llevado conjuntamente las caricias del joven y aquel dorado vibrador. Le abrió las piernas y con su lengua lamió los jugos que salían del su sexo. No tocó el pequeño botón de placer pues todavía estaba demasiado sensible para ser ni tan siquiera rozado. Se levantó y se vistió.

—Eres muy complaciente —le dijo la mujer a su espalda. —Otro en tu lugar se hubiese intentado aprovechar de la situación para satisfacer sus propias necesidades.
—Entiendo que si tú quisieses algo más, me lo pedirías. Creo que eres una mujer que sabe muy bien lo que quiere y lo que no.

Sonia se acercó a él, le puso una mano por detrás de su cuello y acercó su boca a la de Héctor. Después lo besó, saboreando ambos las mieles de sus propios sexos.

—Volverás a saber de mí —le dijo Sonia apartándose unos instantes.
—Me encantaría que así fuese.

Héctor salió de la tienda con el regalo de la tía Graci envuelto en un elegante papel de color dorado y atado con un lazo rojo que Sonia había colocado con gran esmero. Se dirigió a la cafetería donde Víctor estaba tomándose un cortado y leyendo el periódico del día.

—¿Todo bien? —preguntó sin levantar la vista de las hojas del rotativo.
—Si, ya tengo el regalo envuelto.
—Y creo que algo más.
—No te entiendo —dijo Héctor tratando de hacerse el despistado.
—Me acaba de llamar Roxy. Para este sábado tienes tu primer contacto.
—¿Qué?
—Acabas de estar con una de nuestras clientas.
—¿Sonia?
—Sí.
—Pero… ella no me dijo nada.
—No tenías porque saberlo.
—Pero ni Roxy ni Diana me han dicho nada de esto.
—Háblalo con Diana. Yo ahora te tengo órdenes de llevarte a casita. Roxy me ha dicho que te proteja como oro en paño.

Víctor dejó a Héctor en la puerta de su piso. Habían quedado para la tarde siguiente en el gimnasio y así continuar con el plan de definición muscular. Cuando llegó a la puerta de su piso encontró una caja sobre el felpudo. La cogió y pudo ver que se trataba de un teléfono móvil nuevo. Había un sobre encima de la caja y dentro una nota manuscrita que Héctor leyó al instante.

<<Querido Héctor. Llámame lo antes posible con tu nuevo y flamante móvil. Besos. Diana>>

Héctor entró en su loft, pero antes de llamar a Diana, se desvistió y se dio una buena ducha. Dejó que el agua calmase los últimos vestigios del encuentro con la enigmática Sonia. Se puso un pijama corto, una camiseta de asas y cenó algo rápido. Después encendió su nuevo móvil y llamó a Diana.

—Hola cielo, ¿qué tal? —preguntó Diana.
—Muy bien cariño, ¿y tú? —le dijo Héctor.

Diana sonrió al otro lado del móvil.

—Bien también. He tenido una interesante charla con Sonia, la mujer que has conocido hoy.
—¿Sí? No me digas.
—Pues sí. Me ha dicho que cuando te conoció esta tarde, le pareciste un chico interesante, pero esta noche le pareciste <<una tentación a la que una, no se puede resistir>> y esas son palabras textuales.
—Vaya, que cosas —dijo Héctor intentando fingir no estar muy interesado a lo que Diana le estaba contando.
—Se ha quedado con ganas de conocerte más concienzudamente y ha concertado una cita contigo el sábado.
—¿Pero es una clienta de Roxy? —preguntó Héctor con retintín.
—Vale, lo siento —dijo Diana resoplando. —Vi la oportunidad de que conocieses a una de mis amigas y casualmente, clienta del Afrodita y así poder hacer algún que otro contacto.
—Diana, ¿y si llego a ir a recoger el regalo con Helena?
—¿Por qué? ¿Ha pasado algo que yo deba saber?
Sonia es una mujer muy persuasiva.
—Lo sé. Aparte de ser muy atractiva y rica. La tienda en la que habéis estado es su buque insignia y es una de las boutiques de lencería más en auge del mercado. La sección de productos eróticos, a pesar de no estar al alcance de todos los bolsillos, tiene pedidos desde todas las partes del mundo y tengo que reconocer, que el mérito de ese apogeo es en parte gracias a Alfapubli.
—Bueno, aclarado ya el tema, tengo que reconocer, que si todas las clientas de Roxy son así de guapas, voy a disfrutar mucho con mi nuevo trabajo.
—No todas serán así. Algunas te gustarán más y otras menos. Lo que si debes recordar es que tendrás que dejarlas siempre complacidas. Hacerlas sentirse lo mejor posible. Que piensen que ha valido la pena pasar un buen rato contigo y que deseen repetir el encuentro.
—Espero que Sonia no te haya dado ninguna queja sobre mí.
—Como ya te he dicho, ha quedado gratamente satisfecha. Y te puedo asegurar que es una mujer muy selectiva con los hombres con los que está.
—Me alegro mucho —dijo Héctor intentando evitar un bostezo, sin conseguirlo.
—Pareces cansado.
—Lo estoy. Víctor me ha machacado en el gimnasio.
—Parece ser que ya ha empezado con su programa de endurecimiento. Si antes estabas bien, él té dejará mejor.
—Bueno… que haga lo que quiera conmigo… ahora estoy demasiado cansado para resistirme… hasta mañana Diana.
—Hasta mañana, cielito.

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