lunes, 23 de septiembre de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 11

A la mañana siguiente, Héctor volvió a levantarse temprano para poder ejercitarse. Ducha rápida y salida apresurada para poder estar un momento a solas en el ascensor con Diana. Se miraron, se sonrieron, pero no se dijeron más que un cordial <<buenos días>>.
Los juegos del autobús habían cesado en el momento que Héctor había aceptado su nuevo trabajo. Diana ya no necesitaba calibrar su aguante. Y Héctor comenzaba a echarlos de menos… pronto tendría que poner remedio a eso.

Fue un día agotador para el chico. Una dichosa actualización en el software de la empresa había dejado en stand by el servidor y Héctor se afanó en arreglar aquel entuerto. Eran más de las tres de la tarde, cuando, después de reinstalado el sistema, todo volvió a funcionar. Unos aplausos sonaron en la oficina cuando emergió del cuarto donde estaba instalado el servidor central y Diana le guiñó un ojo desde el primer piso. Este respondió con una gran reverencia y se marchó al cuarto de Gloria, por si la jefa de Recursos Humanos tenía más trabajo para él. Y por supuesto, lo tenía. El tiempo que había perdido arreglando el servidor tenía que recuperarlo durante la tarde, como la gran mayoría de las empleadas que trabajaban a gran velocidad sobre sus teclados y las diseñadoras que tenían las tabletas gráficas comenzando a echar humo bajo la atenta mirada de Clara.

Sobre las siete de la tarde, Clara dejó que todo el mundo se fuese para casa. Habían trabajado sin descanso desde que el becario había arreglado el servidor. Empezaba a parecerle muy acertada la contratación de Héctor y por eso, se dirigió a él cuando lo vio salir del despacho de Gloria.

—Hola Héctor.
—Buenas tardes, Clara.
—Has realizado un buen trabajo con el servidor. Es bueno tener a alguien que domine todos los apartados informáticos.
—Ha costado un poquito, pero al final, he conseguido quitar la fastidiosa actualización. De ahora en adelante, ya no se descargarán de forma automática y pedirá antes su instalación.
—Es bueno saberlo —le dijo Clara sonriéndole.
—Hola Clara. Supongo que estarás felicitando al becario —dijo Diana cogiendo de ganchete a Héctor.
—Sí. Creo que se merecía mi más sincera felicitación ya que nos ha salvado de una buena. Pero tampoco quiero que se relaje. Todavía le queda una dura semana por delante.
—No te preocupes por él, es duro de pelar —dijo Diana. Por cierto, me ha llamado Víctor para preguntar por donde andabas y le he dicho que te viniese a buscar directamente a la oficina. Ahora está abajo con tu mochila de deporte para ir al gimnasio.
—Pero si la tenía en casa.
—Si, pero Víctor es muy amigo de mi madre y le ha pedido encarecidamente que lo dejase entrar en tu loft para recogerte la ropa de deporte.
—Pues estaba algo cansado hoy para meterme con él en una sala de pesas. Preferiría relajarme en la piscina haciendo unos cuantos largos.
—Eso díselo a él. Y una cosa, enciende tu móvil.
—Es verdad, por eso no ha podido hablar conmigo.
—Clara, ¿qué sería del mundo si los hombres no nos tuviesen a nosotras? —preguntó Diana.
—El Mundo no existiría y estos estarían extinguidos desde hace mucho tiempo.
—Cada vez me gusta más que se hable de mí estando yo presente —dijo Héctor intentando parecer fastidiado.
—Ah, ¿pero sigues aquí? Creíamos que habrías desaparecido —dijo Diana sonriéndole maliciosamente.

Héctor bajó en el ascensor con las dos mujeres y tuvo que aguantar una retahíla de chistes feministas. No sabía que Clara fuese tan simpática fuera del trabajo y hasta él se rio del generó masculino. En la puerta del edificio, Víctor lo aguardaba con su Harley encendida y le pasó la mochila.

—He pasado por tu piso y he visto que habías dejado ya la mochila preparada. Fue una misión rápida.
—Víctor, había pensado en hacer hoy piscina. Estoy algo cansado todavía por el machaque de ayer y por la paliza que me he dado con un servidor.
—¿Y quien ha ganado? —preguntó Víctor con guasa. Lo siento mucho Héctor, pero seguirás mi plan. La piscina quedará para el viernes. Estamos a martes y te quedan muchas pesas que levantar y muchos circuitos donde sudar.
—¿Todavía estoy a tiempo de decirle a Roxy que paso del nuevo trabajo?

Víctor sonrió y le paso el casco. En el gimnasio, no tuvo compasión de él, pero Héctor demostró que tampoco se amilanaba. Después en la ducha, el hombretón lo felicitó por aguantar la tortura a la que había sido sometido y porque pronto se vería el fruto de su esfuerzo. Al salir, el chico se encontró con Helena.

—Tu no llegas al jueves vivo – le dijo Helena. —Víctor, no le des tanta caña que se nos va a quedar pajarito en la sala de pesas.
—Helena, confía en mí. Héctor es más fuerte de lo que parece a simple vista.
—¿Seguro? —preguntó el chico dudando mucho de la afirmación de Víctor.
—El domingo me lo tengo que llevar al cumpleaños de mi tía y te advierto de que como se me caiga de la moto, te la cargas.
—No tiene más que agarrarse a ti y seguro que no se te cae.
—¿Qué estás insinuando?
—Cuando lo llevo yo de paquete en mi moto, se agarra muy fuerte a mí… pero que muy fuerte.
—Ya, porque conduces como un loco.
—Mira quien fue a hablar. La kamikaze de la carretera.
—Si quieres pelea, podemos ir fuera —dijo Helena empujando a Víctor con sus grandes pechos.
—Ten cuidado niña, no vayas a sacarme un ojo —dijo el hombretón.
—Ahora sí que tendrás pelea —dijo Helena colocándose con la guardia en alto y las piernas separadas.
—No voy a pelear contigo, la última vez ya me diste una paliza —dijo Víctor cogiendo a Héctor y poniéndolo entre él y la enfurecida chica.
—Retira entonces lo que has dicho.
—Lo retiro.
—¿Todo?
—Bueno, menos lo de que Héctor se agarra más fuerte a mí que a ti —y diciendo esto, cogió al chico por el brazo y se lo llevó fuera del gimnasio.

—¿Es verdad que Helena te dio una paliza? —le preguntó Héctor ya a las puertas del piso.
—Sí.
—¿No me estarás vacilando?
—Para nada. Helena es 5º Dan en Aikido y yo solo 1º Dan. Una vez, la vacilé demasiado y me retó. Imagínate. Un tiarrón como yo podría aplastarla sin ningún problema pero chico, yo no se dé donde saco tanta fuerza para tirarme una y otra vez al suelo. Deben ser esos poderosos pechos porque si no, yo no me lo explico. Desde esa vez, trato de vacilarla lo menos posible.
—Bueno Víctor, creo que voy a acostarme ya. Necesito descansar.
—No te olvides de tener el móvil encendido y prepara ya la mochila para mañana. Por si tengo que venir a buscarla.
—Me la llevaré a la oficina.
—Muy bien. Descansa esta noche. Mañana seguiremos dándole caña a ese cuerpo.

Víctor se despidió con unos gestos haciendo referencia a los pechos de Helena que hicieron sonreír a Héctor. Cuando estaba sacando las llaves para entrar en el edificio, su móvil comenzó a vibrar dentro del bolsillo de su pantalón.

—Hola Diana.
—¿Dónde estás?
—Aquí abajo, intentando coger las llaves para poder entrar, pero me duele todo el cuerpo.
—Ya te abro yo —y comenzó a sonar la apertura del portero automático.
—Gracias
—Te espero en la puerta de tu piso.
—Ok.

Héctor subió en el ascensor, apoyada su espalda contra el espejo del elevador. Estaba realmente cansado. Al abrirse la puerta, se dirigió casi arrastrando los pies hasta la puerta su piso donde lo aguardaba Diana.

—Vaya, sí que te está dando caña.
—No lo sabes tu bien. Me duele todo.
—¿Todo… todo?
—Creo que sí. Es el único músculo que no ejercito, pero aún así, me duele.
—Eso tiene arreglo. Si quieres te puedo dar un masaje.
—Pues te lo agradecería muchísimo.
—¿Cuánto?

Héctor no captó la pregunta en un primer instante. Su cerebro todavía no regía muy bien después de la hora y media en el gimnasio.

—Veo que sí que estás muy cansado. Pasemos dentro e intentaré recomponer algo tu maltrecho cuerpo.

Héctor estaba tumbado sobre la cama, de espaldas a Diana. Esta se colocó encima, sentada sobre el endurecido trasero del joven y después de untarse las manos con aceite, comenzó a masajear todos los músculos de su espalda, hombros y cuello.

—Toma nota mentalmente de lo que estoy haciendo. A las mujeres nos gusta mucho que nos deis masajes y sobre todo, que sepáis darlos.
—Muy bien —dijo Héctor.
—¿Sabes dar un masaje?
—Un poco. Automasaje diría yo.
—No estoy hablando de auto satisfacción.
—Ni yo. Cuando salía en bici, al finalizar, me daba un masaje en las piernas para relajarlas. No es tan efectivo como cuando te lo dan, pero por lo menos no tenía agujetas.
—En que estaría yo pensando.
—No tengo ni idea —dijo Héctor.
—Date la vuelta.

Héctor se giró y dejo que Diana masajease sus pectorales y sus abdominales.

—Héctor, ¿tu no estabas cansado?
—Cansado no, muerto.
—Pues debajo de mi culito estoy empezando a notar que hay una parte de ti que comienza a revivir.
—Lo siento, vive aparte de mí.
—¿Puedo hacerte unas preguntas?
—Claro.
—Después de lo de Afrodita, ¿has vuelto liberarte?
—No.
—¿Ni con Helena ni con Sonia?
—No.
—¿Te gustaría que te ayudase?
—Claro que si… espera un momento. ¿Harás lo mismo que la otra vez de dejarme con las ganas?
—Eso depende solo de ti.
—¿De mí?
De cómo me toques. Si me gusta, te tocaré, si no me gusta —como lo haces, pararé.
—Acepto el reto.

Diana se levantó y pudo observar como Héctor tenía su pene completamente erecto y palpitante. Se desprendió de su ropa y se quedó solo con un conjunto de braguita y sujetador que Héctor le pidió que no se quitase.

Se colocaron uno junto al otro y Diana agarró el pene de Héctor con una de sus manos. Lo notó cálido. Héctor se incorporó sobre uno de sus brazos y se acercó al cuello de la mujer. Muy despacio, comenzó a besar su cuello y notó como Diana subía y bajaba la piel que cubría el henchido falo. Después de utilizar la lengua a lo largo del cuello hasta el hombro, dio un pequeño mordisco y en ese instante, Diana paró de masturbarlo. <<No le gustan los mordiscos>> pensó Héctor. Y volvió a utilizar su boca.

Pero Diana seguía sin hacer movimiento alguno. Héctor utilizó su mano para acariciar el otro hombro y desprender de él, el tirante del sujetador que quedó sobre uno de los brazos de la mujer. Siguió recorriendo la aterciopela piel de Diana y esta volvió a mover lentamente su mano sobre el miembro del joven. Héctor con las yemas de sus dedos, recorrió el valle que había entre los pechos de Diana y lentamente fue tocando por encima del sujetador hasta topar con el duro pezón que intentaba abrirse paso por la escasa tela que lo cubría.

El joven amoldó su mano al contorno del sujetador y apretó delicadamente el pecho de la mujer. Esta apretó con fuerza el sexo de Héctor y aumentó un poco el ritmo de su mano. Héctor comprendió que tenía que seguir por aquella zona. Su mano se deshizo de la copa del sostén que recubría el pecho y lo dejó a la vista. Se incorporó todavía más e hizo que Diana, delicadamente, se tumbase totalmente sobre la cama. Después le dio un largo beso en la boca y bajó muy despacio por el cuello hasta estar sobre el pecho que quedaba al descubierto. Diana podía notar con mucha intensidad el olor que el joven desprendía por todo su cuerpo, ese olor que la volvía loca cada vez que él estaba excitado. Respiró profundamente y movió su mano arriba y abajo sobre el pene del joven.

Héctor se quedó parado, con el erguido pezón de Diana dentro de su boca, pero ni su lengua, ni sus labios lo tocaban. Esta le apretó nuevamente el pene, pero él no hizo nada.

—Héctor… —susurró Diana.

El joven dejó pasar unos segundos más, echó el cálido aliento sobre el palpitante pezón y después, lo lamió con su lengua y lo succionó con delicadeza. Diana suspiró y lanzó un ahogado gemido al notar la boca de Héctor sobre su pecho. Continuó con el ritmo y la presión que ejercía sobre el falo del joven y este respiró con más fuerza al notar como las oleadas de placer comenzaban a invadirlo.

Mientras seguía lamiendo y chupando el pecho de Diana, bajó con la mano por su cuerpo y la deslizó por debajo de las braguitas de encaje. Se encontró con un sexo completamente depilado y dejó que su mano lo recorriese totalmente hasta la hendidura del trasero de la atractiva mujer. Volvió a desandar el camino recorrido y se paró sobre el sonrosado y henchido clítoris. Al rozarlo, Diana dio un pequeño respingo y volvió a gemir. Pero Héctor, por el momento, no quiso tocarlo nuevamente. Bajo unos centímetros, separó los húmedos labios del sexo de la mujer y poco a poco introdujo un dedo, después otro y después dejó que su dedo pulgar ascendiese hasta el botón del placer.

Diana ya gemía al compás de las penetraciones de los dedos de Héctor que seguía acariciando y jugando con el clítoris de la mujer mientras lamía uno de sus pechos. Diana aumentó el ritmo de la masturbación de Héctor que comenzó a respirar con más cadencia al notar que estaba casi a punto de correrse.

—Diana, yo ya no puedo aguantar más —le dijo hablando entre dientes.
—Pues bésame y córrete conmigo —dijo la mujer que comenzaba a experimentar las primeras oleadas de su orgasmo.


Media hora más tarde y después de una ducha, Diana y Héctor dormían placidamente debajo de las sábanas. El joven le había pedido que se quedase esa noche con él y Diana había accedido gustosa al ofrecimiento realizado. Mañana tendría que levantarse temprano para bajar a su piso, ducharse, darse un sutil toque de maquillaje y vestirse para ir a trabajar. Pero para eso todavía quedaban unas cuantas horas... 

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