jueves, 10 de octubre de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 14

Este capítulo está dedicado a toda la gente de Gisicom ;)

Héctor pasó toda la semana entre el trabajo y el gimnasio, aunque su amigo Víctor había bajado ya la intensidad del entreno. Helena y él no se vieron durante toda la semana ya que esta se había marchado urgente porque la habían aceptado en un cursillo en otra ciudad. El viernes por la noche, el nuevo móvil del joven sonó mientras este mantenía una acalorada charla con algunos amigos en el chat de su blog.

—Hola guapo, ¿dónde estás?
—Hola Diana, pues estoy aquí arriba peleándome con los del blog.
—¿Tú?
—Si, me tienen cansadito con el tema de que cuelgue algunas fotos de todas mis conquistas en la capital y yo les digo que soy todo un caballero y no hago ese tipo de cosas. Alguno ya me está poniendo el título de mayor gay del reino.
—Puedo ayudarte en ese tema. En media hora subo, ¿vale?
—De acuerdo, pero miedo me das.
—No te preocupes por nada, vas a quedar como el mayor ligón del reino.
—Diana… —pero la mujer ya había colgado el teléfono.

Una hora después de aquella intrigante llamada, Héctor escuchó el timbre de la puerta. Se levantó del sofá donde estaba leyendo un libro y miró a través de la mirilla de la puerta. Se sorprendió al ver que Wonder woman, Gata Sombra, Super girl y Tormenta con unos vistosos antifaces a juego, estaban al otro lado de la puerta. Héctor la abrió y dejó pasar a aquel cuarteto de heroínas que desfilaron ante él y besaron sus labios antes de dirigirse hasta el sillón donde había estado hacía unos momentos el joven.

—¿Y esto? —preguntó Héctor sorprendido.
—Esto, como tú dices, es la ayuda que necesitabas para tapar bocas. Hemos traído una cámara para que nos saques unas cuantas fotos a las aquí presentes y las cuelgues en tu blog. Y además, quiero ver que es lo que comentan de cada foto y cuanto más calientes, mejor.
—¿Estáis seguras? Mis amigos y los amigos de mis amigos, pueden ser algo soeces en sus comentarios.
—Vamos allá —dijo Roxy caracterizada en Tormenta.

Diana, era Wonder woman y aquel minúsculo traje no dejaba casi nada a la imaginación. Noelia y Cris, Gata sombra y Super girl respectivamente, se movían como dos modelos profesionales ante la cámara que después de una tanda de fotos, Héctor conectó a su portátil y colgó las fotos realizadas y a las que las chicas les habían dado su aprobación. Esperaron unos minutos y el contador del blog comenzó a dispararse.
Los comentarios, como había supuesto Héctor subían en intensidad y a cada uno más salido de tono, se sumaba otro peor que consiguieron arrancar las carcajadas de las mujeres mientras que el joven, se escondía avergonzado.

—Pues sí que hemos tenido éxito. Pero creo que podríamos hacerlo mucho mejor —dijo Roxy mientras se despojaba de su traje y se quedaba solo con su antifaz, altas botas negras y un minúsculo tanga. Sus pechos operados estaban erguidos y duros ante la atónita mirada de Héctor que se quedó con la boca abierta cuando el resto de las superheroínas imitaron a su compañera.
—Vamos chico, que no tenemos toda la noche, nuestros fans nos esperan y vamos a darle carnaza y de la buena.

Héctor cogió la cámara y cumplió con los sueños más calientes de aquellos blogueros y a cada foto que colgaba, más de ellos se añadían. En el momento que las mujeres se pusieron a juguetear entre ellas, el joven ya no pudo aguantar más y dejó la cámara metiéndose en el medio de aquella maraña de brazos y piernas, intentando satisfacer sus instintos más primarios. Fue rechazado y se tuvo que conformar con la visión de cuatro superheroínas impresionantes besándose, tocándose, lamiéndose…

Cuando amaneció, Héctor estaba rodeado de las mujeres que dormitaban placidamente sobre la cama y este se levantó sin despertarlas. Sobre la mesita del salón su ordenador estaba caliente por haberse pasado toda la noche encendido y más caliente estaba su blog, que echaba todavía humo con tantos comentarios por las fotos que había colgado. Se sentó tranquilamente con una taza de chocolate en la mano a leer la retahíla de observaciones que sus antiguos y nuevos amigos habían dejado escritos. Intentó que las risotadas no se escuchasen mucho para no despertar a sus amigas que todavía dormían sobre su cama. Pero el comentario que más le sorprendió fue el de una usuaria que se había dado de alta esa misma noche. Sonrió abiertamente al leerlo:


<<Vaya, si que necesitabas desahogarte. No te bastábamos mi tía y yo que has tenido que llamar a cuatro superheroínas>>.

Héctor apagó su portatil y fue a darse una ducha para intentar despertarse totalmente y comenzar con buen pie, una nueva semana en el trabajo. 

FIN

EL BECARIO. CAPITULO 13

El móvil de Héctor comenzó a sonar sobre la mesilla que había al lado de su cama. Al otro lado del teléfono estaba Helena que había llegado para recogerlo y subir a la sierra para celebrar el cumpleaños de su tía Graci.

—Sube. Todavía tengo que darme una ducha para poder despertar.
—¿Estás seguro?
—Pues claro o me quedaré dormido en el trayecto.
—Lo decía por subir, tonto.
—Ah, contigo sé que no hay problema.

Cinco minutos más tarde, Helena estaba sentada sobre la cama de Héctor mientras este se duchaba a escasos metros de allí con la puerta entreabierta. La chica no pudo resistir la tentación de acercarse sigilosamente a la entrada del cuarto de baño. De puntillas arrimó su blanca tez y espió al joven mientras se enjabonaba bajo el agua de la ducha de hidromasaje. Héctor estaba disfrutando enormemente de los chorros que masajeaban distintas partes de su cuerpo y no se percató de las miradas que Helena le dedicaba furtivamente desde la puerta. Esta podía ver su espalda, su bonito trasero y sus delgadas pero fuertes piernas. Notó al verlo un pequeño rumor que nacía dentro de su sexo. Se puso colorada por estar sintiendo aquello, quiso volver hacia la cama, pero algo la retenía allí.

Héctor se giró, pero no abrió los ojos. Ahora Helena podía verlo por delante. Su cuerpo estaba bien moldeado y tenía un miembro muy apetecible, sin piel sobre el glande ya que Héctor lo había estaba enjabonando y ahora relucía limpio bajo el agua. Helena estaba ensimismada y su sexo comenzó a humedecerse poco a poco. Cuando Héctor abrió los ojos después de cerrar el agua del hidromasaje, Helena ya no estaba en la puerta. Caminaba nerviosa de un lado para el otro pensando que su acaloramiento pudiese ser detectado por Héctor y eso hacía que sus mejillas estuviesen todavía más coloradas.

El joven salió de la ducha en ropa interior. Llevaba puesto un bóxer ajustado y una camiseta de algodón de asas que hizo que Helena calmase un poco su creciente ansiedad.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Héctor al verla tan azorada.
—Que va, para nada.
—Es que pareces una fiera enjaulada ahí de un lado para otro.
—Tengo ganas de llegar a la casa rural. Aun nos queda un buen trecho y no quiero llegar tarde.
—No te preocupes, me visto en un periquete.

Héctor cogió unos vaqueros, un jersey de cuello subido, una sudadera y su cazadora de invierno. Se calzó unas botas y le sonrió a Helena cuando hubo acabado de vestirse.

—Sí que eres rápido vistiéndote. Parece que tienes mucha práctica en ello. Seguro que en tu pueblo escapabas por las ventanas de las mujeres que te ligabas cuando llegaban sus maridos.
—¿Pero por quien me tomas? —preguntó Héctor fingiendo estar ofendido. —A mí los maridos me abrían la puerta y me despedían entre olés y víctores por la faena realizada.

Los dos rieron con ganas mientras bajaban en el ascensor. Helena había venido en un todoterreno ya que en la sierra aquel fin de semana había caído una copiosa capa de nieve. Héctor colocó el regalo de tía Graci en los asientos de detrás y se ajustó el cinturón.

El viaje les llevó una hora. A pesar de que había nieve a ambos lados de la carretera, la maquina quita nieves había realizado un gran trabajo y habían limpiado todo el trayecto hasta la casa rural. Al llegar, entraron en el vestíbulo y buscaron a la mujer.

—¡Tía! —le gritó Helena a la mujer que iba y venía de una mesa para otra, atendiendo a las personas que estaban alojadas en su casa rural.
—Hola mi niña —dijo la mujer espetándole dos sonoros besos en las frías mejillas de su sobrina. —Hola Héctor… ¿pero que te ha pasado que estás tan delgado?
—Mucho entreno en el gimnasio de su sobrina.
—Helena, esto no puede ser. Para un hombre que me gusta para ti, lo estás dejando en los huesos.
—Pero si no está en los huesos. Está algo más delgado, pero tiene todavía un buen cuerpo.
—¿Lo has visto?
—Esta mañana mientras se duchaba —dijo Helena dándose cuenta del error que había cometido.
—¿Qué? —preguntó Héctor con una ceja levantada.
—Perdón… fue después de ducharse…en ropa interior —dijo atropelladamente. —Te hemos traído tu regalo.
—No me cambies de tema —dijo Héctor divertido.
—Déjala tranquila y vayamos a mi cuarto. No quiero que mis clientes puedan pensar nada raro si abro el regalo aquí.
—Seguro que le… te va a encantar —dijo Héctor tuteando a la tía de Helena.

Subieron a los aposentos de tía Graci y Héctor cerró la puerta tras él. La mujer se sentó en la esquina de la gran cama y abrió con delicadeza el bonito papel con el que estaba envuelto su regalo. Abrió la caja aterciopelada y una sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Hemos acertado? —preguntó Héctor.
—De lleno. Me gusta mucho y seguro que me encantará —dijo cogiéndolo en sus manos.
—¿No crees que es demasiado grande? —preguntó Helena comenzando a ponerse colorada al ver el juguete entre las manos de su tía.
—No, es perfecto. Además, tu tío la tenía mucho más grande.

Ahora Helena si se había puesto totalmente colorada.

—La chica que nos lo vendió, nos dijo que te gustaría y que satisfaría todos tus deseos.
—Héctor por favor.
—Helena, tenemos que explicarle bien a tu tía las excelencias del juguetito. Seguro que Sonia me preguntará si tu tía quedó satisfecha con él.
 —Para eso tendré que probarlo, pero ahora me es totalmente imposible. Ya pudisteis comprobar que tengo el comedor de bote en bote y para disfrutar de mi regalito necesito algo de tranquilidad. Quizás si alguien me echase una mano ahí abajo…
—Sus deseos son órdenes para mí. ¿Qué tengo que hacer?
—¿Qué tal se te da lavar platos sin romperlos?
—Se me da bien. Los dejaré como los chorros del oro.
—Me conformo con que queden limpios y disponibles para su uso.
—Señora si señora —dijo Héctor cuadrándose ante la divertida tía Graci.
—Helena, ¿podrías ayudarme a servir las mesas, por favor?
—No hay problema. Démosles un buen servicio de comidas para que no duden en volver a pasar por aquí.

Al llegar la tarde, los últimos comensales abandonaban el salón y se dirigían algunos a sus vehículos o a sus habitaciones los que estaban alojados en la propia casa rural. Helena y Héctor se afanaron en tener lista la cocina y el comedor lo antes posible. Después, junto con los empleados, celebraron con la tía Graci su fiesta de cumpleaños con tarta incluida.


—Voy a retirarme un par de horas a mis aposentos. Necesito descansar y relajarme para disfrutar un poco de mi nuevo regalo.
—Muy bien, tía, pero sin detalles por favor.
—Héctor, ¿tú sabes cómo funciona?
—Si claro.
—¿Podrías subir y explicármelo? Me fío más de tu explicación que la que podría darme mi querida sobrina.
—¿Y eso? —preguntó Helena ofendida
—Es para que el chico le diga a la tal Sonia que el regalo funciona bien y que la homenajeada ha quedado plenamente satisfecha.
—Con mucho gusto se lo diré.
—De eso no me cabe duda —dijo Helena con aire de desaire.

Tía Graci y Héctor subieron a la habitación y el joven espero a que la mujer se duchase y saliese del baño con una bonita bata de seda. Después le explicó con todo lujo de detalles las diferentes velocidades con las que podía utilizar aquel juguete. Graci le pidió que le enseñase a utilizarlo cosa que a Héctor le sorprendió mucho. Pero accedió a hacerlo.

La madura mujer se situó entre sus piernas y pegó su espalda contra el pecho de Héctor. Este encendió el juguete y lo colocó a la mínima vibración. Le acarició el cuello y bajo suavemente por su hombro introduciendo el juguete por la apertura de la bata hacia uno de sus generosos pechos. El pezón reaccionó al instante y se puso completamente duro bajo la seda. Graci agarró con fuerza las piernas de Héctor que continuaba jugando con los pechos de la mujer. Esta respiraba cada vez con más fuerza y cerró los ojos para poder disfrutar todavía más del aquel momento.

El joven dejó de martirizar los pechos de Graci y subió un poquito la intensidad del vibrador.

—Esto te va a encantar —dijo Héctor con una malévola sonrisa.
—Empiezo a notar en mi trasero que también te está gustando a ti.

Héctor ni siquiera se molestó en intentar que su pene dejase de izarse y palpitar contra el trasero de Graci. Como ella había dicho, estaba disfrutando también de ese momento y su excitación fue en aumento haciendo que la mujer aspirase con cada bocanada de aire, el olor de su cuerpo.

Con un rápido movimiento, desabrochó la bata dejándola entreabierta y pudo observar el negro y rizado bello del pubis de la mujer… y para allá fue con el vibrador. Lo dejó sobre su monte de venus que empezó a mandar señales al sexo y este reaccionó con una importante lubricación. Héctor se atrevió a acariciar los pechos de la mujer con la mano que tenía libre y esta agradeció las caricias recibidas incorporándose un poco y tocando el henchido sexo del joven.

—¿Puedo…?
—Cuando gustes, Graci.

Con mucha habilidad y rapidez, Graci liberó el pene de Héctor y lo acarició notando todo su contorno, su calidez y su humedad en la punta. Sus manos eran expertas en aquellas lides y a pesar de llevar mucho tiempo sin tener una polla joven entre sus manos, como ella decía: una polla es una polla, aquí y en Lima.

Héctor disfrutó con aquel sube y baja tan cadencioso, pero atrajo hacia su pecho nuevamente a la mujer. Era su momento, su cumpleaños y él estaba allí para hacerla disfrutar al máximo y que comprendiera los distintos movimientos del vibrador. Bajó un poco más el juguete y lo dejó sobre el hinchado y sonrosado clítoris de la mujer. Está abrió un poco sus piernas, se acomodó contra su pecho y apoyó sus manos nuevamente sobre las rodillas de Héctor dejándolo hacer a él.

Helena comenzaba a impacientarse por la tardanza de Héctor y subió a la habitación de su tía. Total, el chico solo le iba a decir como funcionaba y las distintas velocidades de aquel juguete. ¿Qué podían estar haciendo tanto tiempo? Entonces pensó en el poder de persuasión de su tía y en el magnetismo que irradiaba Héctor. Antes de tocar con sus nudillos en la puerta, pegó la oreja contra y pudo escuchar unos leves gemidos. Si su tía ya estaba disfrutando del regalo, ¿dónde coño se había metido Héctor?

—Hay alguien detrás de la puerta —le susurró Graci a Héctor.
—¿Helena?
—¿Te gustaría que entrase?
—No creo que se atreva.
—¿Y sí?… en ese cajón de ahí tengo un pañuelo de seda. Hazla pasar pero con los ojos vendados.
—¿Aceptará?
—Pongámosla a prueba.

A Héctor le encantaba la idea de tener a tía y sobrina en la misma habitación. Mientras él cogía el pañuelo y se dirigía hacia la puerta, pudo ver con Graci introducía por completo el vibrador dentro de su sexo y lanzaba un ahogado suspiro que lo hizo sonreír. Después entreabrió la puerta y le ofreció el pañuelo a la joven. Helena palideció por el ofrecimiento y después enrojeció de ira, se giró para marcharse, pero la mano de Héctor la retuvo. Sin que pudiese reaccionar, le vendó los ojos y la atrajo hacia su cuerpo. Notó el calor que desprendía, notó el ardiente aliento sobre su nuca, el sexo contra su mullido trasero y aquel aroma que comenzaba a envolverla por entero. Recordó la escena de la ducha en el loft de Héctor y a pesar de que temblaba de los pies a la cabeza, se dejó llevar por él.

Al entrar pudo escuchar los tenues gemidos de su tía y como la presencia de Héctor se desvanecía dejándola sola en el medio de la habitación, totalmente impedida de la visión. Los demás sentidos reaccionaron. Su oído se aguzó y bajo los gemidos, pudo reconocer el casi imperceptible sonido del vibrador que estaba utilizando hábilmente su tía Graci. El olor almizclado de su sexo también le llegó a su nariz y pensó en salir de allí, correr hasta el coche y dejar a Héctor en la casa rural… pero no lo hizo. Siguió allí, quieta, escuchando como a escasos metros, su tía disfrutaba del vibrador y de las caricias del joven.

Y sintió envidia pues ella también quería ser acariciada por Héctor. Quería que sus manos recorrieran todo su cuerpo, que rozaran con ternura sus grandes pechos y que agarrasen con fuerza su trasero. Sin saber como, se quitó el jersey de cuello vuelto, la camiseta térmica y comenzó a tocarse. Se imaginaba que ella era la que estaba tumbada sobre la cama recibiendo las atenciones del joven, sus besos, su aliento sobre su piel, su pene cerca de su sexo…

Graci y Héctor la miraban complacidos desde su cómoda postura sobre la cama.

—Tiene mis genes, solo tenemos que ayudarla a liberarse de todos sus perjuicios — le dijo susurrándole al oído.
—Dime como puedo ayudarla y lo haré.
—Tráela hacia la cama, desnúdala muy despacio y después haz que se libere. Tienes unas manos que estoy segura de que podrán socorrerla.
—¿Y tú?
—No te preocupes por mí, yo estoy disfrutando como una colegiala con su nuevo juguete.

Héctor tuvo la necesidad de besar a aquella mujer y esta le correspondió con un apasionado beso que arrancó de ella su primer orgasmo de aquella tarde. Después dejó que Héctor se marchase a ayudar a su sobrina, que permanecía de pie, tocándose por encima de la ropa.

Helena notó los cálidos labios del joven sobre su cuello y se estremeció. Dejó de tocarse y le rodeó el cuello con sus manos. Héctor con las suyas, bajó lentamente acariciándole los brazos, las axilas y descendió hasta los pechos de Helena que permanecían todavía aprisionados milagrosamente dentro de su sujetador. Y este le ayudó a liberarlos del precioso sostén que se había comprado en la tienda de Sonia.

Apretó su mullido trasero contra el prominente paquete del joven y comenzó a moverlo de arriba hacia abajo mientras Héctor le acariciaba los pechos y bajaba con una de sus manos por su blanquecino abdomen. Helena comenzó a respirar con más rapidez al notar como Héctor le desabrochaba los cordones de su pantalón y como su mano se introducía por dentro de sus húmedas bragas de encaje, hasta llegar a acariciar el henchido botón de placer.

Héctor bajó unos pocos centímetros más e introdujo un par de dedos dentro del mojado sexo de Helena. Después regreso hasta el clítoris y con ellos bien humedecidos acarició durante un rato el palpitante lugar. Aquella situación excitaba muchísimo a Helena. Le estaba demostrando a su tía que comenzaba a dejar su pudor tras ella; Héctor le susurraba al oído palabras y situaciones muy picantes, escuchaba además a tía Graci con su juguetito y muy pronto sus jadeos se entremezclaron con los de ella. Instantes después, Helena se retorcía de placer bajo el abrazo del joven que tenía a su espalda, tan pegado a ella, que podía notar el incesante palpitar de su polla contra su culo. Estaba doblemente satisfecha; uno por el orgasmo tan vibrante que había sentido y otro porque les había demostrado a los dos que no era tan mojigata como ellos pensaban. Sonrió victoriosa cuando Héctor le dijo que le había encantado tocarla y cuando su tía le propinó un sonoro cachete en su hermoso trasero —sangre de mi sangre —dijo mientras lo hacía.

Aquella misma noche regresaron a la ciudad mientras por el camino comentaron aquella erótica escena que habían vivido en la casa rural de la tía Graci.

—Buenas noches Helena — dijo Héctor despidiéndose con un beso en los labios.
—Buenas noches. Si necesitas desahogarte, no dudes en pensar en mí. Dejaré que lo hagas.
—Había pensado imaginarme solo con tu tía, pero bueno, me haré un trío con las dos.
—Quién sabe, a lo mejor se te cumple ese pensamiento.


Helena subió la ventanilla y desapareció con su vehículo por las calles de la capital. Héctor sonrió por lo que le había dicho aquella chica. Parecía cambiada y eso a él, le encantaba.

miércoles, 2 de octubre de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 12

La semana trascurrió sin muchos cambios. Víctor siguió machacando a Héctor en el gimnasio y solo lo dejó tocar piscina el viernes, tal y como le había dicho. Por las noches, Diana le daba un sensual masaje que siempre terminaba con un desahogo mutuo. Y llegó el sábado, el día que se estrenaba en su nuevo trabajo. Por la mañana, temprano, recibió una llamada de Roxy que le indicó el lugar del encuentro con Sonia.

Sería en uno de los mejores hoteles de la ciudad y al atardecer. Víctor se encargaría de recogerlo y llevarlo a su destino. Héctor aprovechó para ir al gimnasio y volver a meterse en la piscina. La tarde pasada, no había nadado muy bien ya que tenía demasiadas agujetas. Pero esa mañana todo fue como siempre. El contacto con el agua, el deslizamiento, las brazadas relajadas. Al salir se encontró con Helena.

—Hola campeón.
—Hola Helena.
—Veo que has resistido una semana uno de los entrenos cafres de Víctor y has venido a por más.
—Para nada. Hoy he repetido piscina.
—Mierda, me he perdido al chico atractivo en bañador.
—Bueno, otro día, si quieres, te hago un pase privado.
—Espero que sea pronto —dijo Helena con una pícara sonrisa. —Recuerda que mañana me pasaré temprano a recogerte para subir a la sierra.
—No te preocupes. Estoy ansioso por darle el regalo a tu tía y ver la cara que pone.
—¿Qué cara va a poner? Pues de vicio —rio Helena.
—¿Te pasa algo? Te noto muy risueña y eso no es muy normal en ti.
—No sé, esta mañana me he levantado así de contenta.
—Pues me alegro mucho. Ahora tengo que irme, van a venir a recogerme.
—¿Chico o chica? —preguntó Helena arrepintiéndose al instante de haberlo hecho. —Perdona, no era mi intención inmiscuirme en tu vida privada.
—No lo has hecho. Es el cafre de Víctor el que viene a recogerme. Y por allí viene volando —dijo Héctor sonriéndole a la joven.
—Bueno, dile que tenga cuidado con el paquete que lleva detrás o tendrá que vérselas conmigo.
—Se lo diré… ¿te puedo contar un secreto?
—Claro.
—Me gusta ir más contigo en moto, tu culo es más mullidito que el de él.

Helena le guiñó un ojo y entró en el gimnasio.

A las ocho de la tarde, Héctor estaba a las puertas del hotel, vestido con un elegante traje de Hugo Boss. Allí lo había dejado Víctor que esa tarde había dejado su Harley aparcada y conducía un lujoso Aston Martin DBS plateado. Un hombre ataviado con un traje de muchos botones y cordones por su chaqueta, le abrió la puerta para que pudiese entrar.

El vestíbulo era impresionante. Tenía cuadros y esculturas dignas de los mejores museos. Se dirigió hacia la recepción y pidió la tarjeta de la habitación 151, tal y como le había indicado Roxy en la llamada de aquella mañana. Subió hasta la planta 15 e introdujo la tarjeta en el cajetín. El piloto se puso verde y la puerta, con un pequeño chasquido, se abrió. Entró y vio que la Suite estaba decorada con todo lujo de detalles.

—Héctor, por favor, ven a la habitación.

El joven reconoció la voz de Sonia y encaminó sus pasos hasta la habitación donde pudo verla vestida con un conjunto de ropa interior muy sugerente. Un corpiño de color rojo que realzaba todavía más sus sugerentes pechos y los dejaba totalmente a la vista. Liguero, medias y zapatos de aguja a juego con el color del corpiño que dejaba también su sexo al descubierto.

Aquella imagen de Sonia hizo que Héctor comenzase a tener una rápida erección.

—Acércate y bésame —dijo Sonia colocando sus brazos en jarra.

Héctor se acercó, pero no la besó. La cogió de la mano y la puso frente al gran espejo del tocador. Había comenzado a poner en práctica los sabios consejos que las últimas noches le había dado Diana sobre su amiga. << A Sonia le encanta dominar la situación, tienes que sorpréndela, descolócala. Los demás chicos de Roxy se dejan llevar por ella. Imponte>>

—Eres preciosa —le dijo al oído y dándole pequeños besos a lo largo de todo su cuello.

Ella pudo percibir el suave aroma de la colonia del joven y también aquel olor que la había excitado tanto aquel día en la tienda. Se miró al espejo y se vio voluptuosa. Lo había hecho antes de que Héctor llegase pero ahora que estaba él, la vista de su propio cuerpo con la lencería le daba un morbo añadido a la situación. Y el joven, vestido con aquel elegante traje, estaba muy atractivo.

—Desnúdate —le dijo girándose y mirándole lascivamente a los ojos, pero la reacción del joven acabó por descolocarla totalmente.

Héctor volvió a girarla nuevamente hacia el espejo y se dedicó a acariciarla, a tocarla y a besarla hasta que Sonia comenzó a excitarse. Sus pechos estaban turgentes y sus pezones hinchados. Su sexo comenzaba a rezumar un flujo lubricante, aguardando al duro falo de Héctor que pugnaba por liberarse debajo de sus pantalones.

—Bájame la cremallera del pantalón, pero no me lo desabotones. Solo la cremallera —le susurró al oído.

Sonia obedeció a pesar de no estar acostumbrada a acatar órdenes y menos de un hombre. Sin voltearse, colocó sus manos a su espalda y bajó por la cintura hasta dar con el paquete de Héctor. Cogió la cremallera y la bajó.

—Ahora libera mi polla… por favor.

La voz de Héctor sonaba firme y cautivadora a la vez. Sonia no podía resistir a los mandatos dados por el joven. Metió una mano dentro de la apertura del pantalón mientras con la otra, acariciaba por encima de la camisa el trabajado abdomen de Héctor. Le bajó un poco el bóxer y sacó fuera la húmeda polla que palpitaba a escasos centímetros de su culo.

—Déjame entrar —dijo el joven mientras recorría con sus dedos el vello púbico de la mujer.

Sonia abrió un poco las piernas y agarrando con decisión la polla de Héctor, la atrajo hasta su mojado coño que agradeció la llegada de aquel falo, lubricándolo poco a poco y a medida que iba entrando, comenzó a notar las primeras oleadas del orgasmo. Aquello había sido demasiado para ella. La puesta en escena de Héctor vistiendo tan elegantemente, sus firmes órdenes que ella acataba sin rechistar, el aroma sensual de su colonia, el olor sexual que desprendía y el morbo de estar siendo follada delante de un espejo, con sus pechos voluptuosos y sus pezones duros e enhiestos desde que había escuchado entrar al joven en la Suite… todo eso hizo que el orgasmo llegase sin que ella pudiese evitarlo.

Todavía los últimos coletazos del éxtasis no habían desaparecido de su cuerpo cuando Héctor la cogió de la mano y la llevo hacia la cama. Se desnudó delante de ella parsimoniosamente, como si le estuviese dedicando un streptease a la mujer que lo miraba detenidamente, estirada sobre la cama y apoyada sobre sus codos.

Victor había realizado un buen trabajo con el cuerpo del joven. Sus músculos ahora estaban algo más duros y marcados que antes. Sonia se incorporó y se sentó para poder admirar el torso de Héctor. Lo acercó a ella y comenzó a besar cada centímetro de su piel mientras le apretaba el culo con sus manos. Esto hizo que Héctor volviese a excitarse nuevamente.

Sonia agarró el duro miembro del joven con las dos manos y se lo llevo a la boca. Con su lengua lamía las perladas gotas de líquido que salían del pene de Héctor que, cerró los ojos para poder disfrutar todavía más del momento. Pero Sonia necesitaba que volviese a penetrarla. Le había sabido a poco el rato que habían estado frente al espejo. Dejó de satisfacerlo con su boca y lo llevó hasta el centro de la cama. Hizo que se acostase y se subió a horcajadas sobre su cuerpo. Estaba muy mojada y no le resulto difícil al pene de Héctor abrirse paso por las húmedas cavidades de su sexo.

Sonia podía verse montando como una amazona en el espejo. Se quitó el corpiño y la imagen de sus voluptuosos pechos dando pequeños brincos al compás del ritmo de sus caderas hizo que su excitación fuese en aumento. Héctor tampoco se había quedado totalmente inmóvil. Sus manos acariciaban las sedosas piernas de la mujer, con suavidad al tocar sus medias o apretando la carne con fuerza en otras ocasiones. Subió por su vientre hasta alcanzar los henchidos senos, que agradecieron la llegada de sus manos poniéndose sus pezones en guardia.

Héctor rozaba con delicadeza la sensible piel que iba desde la axila hasta el centro del pecho y esto arrancaba de la mujer, algún que otro gemido ahogado. Sonia cambió el rítmico vaivén de sus caderas por un sube y baja sobre el falo de Héctor. Subía hasta solo dejar la punta del glande dentro de ella, se mantenía unos segundos así y después bajaba con fuerza hasta golpear con su trasero sobre los testículos del joven. Esto se prolongó durante unos minutos hasta que Héctor no pudo más, se incorporó y lamió con lujuria los ardientes pezones de Sonia que estaban pidiendo ser acariciados.

La mujer agarró la cabeza del joven y la apretó con fuerza contra sus pechos, entregándose al furioso frenesí que Héctor le estaba proporcionando. Volvió a verse en el espejo y el reflejo de aquella tórrida escena provocó que los prolegómenos del inminente orgasmo llegasen a recorrer todo su cuerpo.

Sonia se movió con fuertza inusitada y su sexo se rozaba contra el duro vientre de Héctor que bajó con una de sus manos por la espalda de la mujer y con delicadeza, introdujo la punta de su dedo índice en su trasero. Eso hizo que Sonia, con un fuerte movimiento de su cadera, lo ayudase a introducirlo totalmente y se sintió doblemente penetrada.

El salvaje orgasmo les sobrevino unos minutos después casi al mismo tiempo y durante unos instantes perdieron la consciencia hasta del lugar donde se encontraban. <<La petite mort>> le había susurrado Sonia al ído. Se recostaron todavía unidos por el abrazo y así se quedaron durante mucho tiempo hasta que Héctor se levantó, recogió su ropa y se despidió de la mujer con un suave beso en los labios.