jueves, 10 de octubre de 2013

EL BECARIO. CAPITULO 13

El móvil de Héctor comenzó a sonar sobre la mesilla que había al lado de su cama. Al otro lado del teléfono estaba Helena que había llegado para recogerlo y subir a la sierra para celebrar el cumpleaños de su tía Graci.

—Sube. Todavía tengo que darme una ducha para poder despertar.
—¿Estás seguro?
—Pues claro o me quedaré dormido en el trayecto.
—Lo decía por subir, tonto.
—Ah, contigo sé que no hay problema.

Cinco minutos más tarde, Helena estaba sentada sobre la cama de Héctor mientras este se duchaba a escasos metros de allí con la puerta entreabierta. La chica no pudo resistir la tentación de acercarse sigilosamente a la entrada del cuarto de baño. De puntillas arrimó su blanca tez y espió al joven mientras se enjabonaba bajo el agua de la ducha de hidromasaje. Héctor estaba disfrutando enormemente de los chorros que masajeaban distintas partes de su cuerpo y no se percató de las miradas que Helena le dedicaba furtivamente desde la puerta. Esta podía ver su espalda, su bonito trasero y sus delgadas pero fuertes piernas. Notó al verlo un pequeño rumor que nacía dentro de su sexo. Se puso colorada por estar sintiendo aquello, quiso volver hacia la cama, pero algo la retenía allí.

Héctor se giró, pero no abrió los ojos. Ahora Helena podía verlo por delante. Su cuerpo estaba bien moldeado y tenía un miembro muy apetecible, sin piel sobre el glande ya que Héctor lo había estaba enjabonando y ahora relucía limpio bajo el agua. Helena estaba ensimismada y su sexo comenzó a humedecerse poco a poco. Cuando Héctor abrió los ojos después de cerrar el agua del hidromasaje, Helena ya no estaba en la puerta. Caminaba nerviosa de un lado para el otro pensando que su acaloramiento pudiese ser detectado por Héctor y eso hacía que sus mejillas estuviesen todavía más coloradas.

El joven salió de la ducha en ropa interior. Llevaba puesto un bóxer ajustado y una camiseta de algodón de asas que hizo que Helena calmase un poco su creciente ansiedad.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Héctor al verla tan azorada.
—Que va, para nada.
—Es que pareces una fiera enjaulada ahí de un lado para otro.
—Tengo ganas de llegar a la casa rural. Aun nos queda un buen trecho y no quiero llegar tarde.
—No te preocupes, me visto en un periquete.

Héctor cogió unos vaqueros, un jersey de cuello subido, una sudadera y su cazadora de invierno. Se calzó unas botas y le sonrió a Helena cuando hubo acabado de vestirse.

—Sí que eres rápido vistiéndote. Parece que tienes mucha práctica en ello. Seguro que en tu pueblo escapabas por las ventanas de las mujeres que te ligabas cuando llegaban sus maridos.
—¿Pero por quien me tomas? —preguntó Héctor fingiendo estar ofendido. —A mí los maridos me abrían la puerta y me despedían entre olés y víctores por la faena realizada.

Los dos rieron con ganas mientras bajaban en el ascensor. Helena había venido en un todoterreno ya que en la sierra aquel fin de semana había caído una copiosa capa de nieve. Héctor colocó el regalo de tía Graci en los asientos de detrás y se ajustó el cinturón.

El viaje les llevó una hora. A pesar de que había nieve a ambos lados de la carretera, la maquina quita nieves había realizado un gran trabajo y habían limpiado todo el trayecto hasta la casa rural. Al llegar, entraron en el vestíbulo y buscaron a la mujer.

—¡Tía! —le gritó Helena a la mujer que iba y venía de una mesa para otra, atendiendo a las personas que estaban alojadas en su casa rural.
—Hola mi niña —dijo la mujer espetándole dos sonoros besos en las frías mejillas de su sobrina. —Hola Héctor… ¿pero que te ha pasado que estás tan delgado?
—Mucho entreno en el gimnasio de su sobrina.
—Helena, esto no puede ser. Para un hombre que me gusta para ti, lo estás dejando en los huesos.
—Pero si no está en los huesos. Está algo más delgado, pero tiene todavía un buen cuerpo.
—¿Lo has visto?
—Esta mañana mientras se duchaba —dijo Helena dándose cuenta del error que había cometido.
—¿Qué? —preguntó Héctor con una ceja levantada.
—Perdón… fue después de ducharse…en ropa interior —dijo atropelladamente. —Te hemos traído tu regalo.
—No me cambies de tema —dijo Héctor divertido.
—Déjala tranquila y vayamos a mi cuarto. No quiero que mis clientes puedan pensar nada raro si abro el regalo aquí.
—Seguro que le… te va a encantar —dijo Héctor tuteando a la tía de Helena.

Subieron a los aposentos de tía Graci y Héctor cerró la puerta tras él. La mujer se sentó en la esquina de la gran cama y abrió con delicadeza el bonito papel con el que estaba envuelto su regalo. Abrió la caja aterciopelada y una sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Hemos acertado? —preguntó Héctor.
—De lleno. Me gusta mucho y seguro que me encantará —dijo cogiéndolo en sus manos.
—¿No crees que es demasiado grande? —preguntó Helena comenzando a ponerse colorada al ver el juguete entre las manos de su tía.
—No, es perfecto. Además, tu tío la tenía mucho más grande.

Ahora Helena si se había puesto totalmente colorada.

—La chica que nos lo vendió, nos dijo que te gustaría y que satisfaría todos tus deseos.
—Héctor por favor.
—Helena, tenemos que explicarle bien a tu tía las excelencias del juguetito. Seguro que Sonia me preguntará si tu tía quedó satisfecha con él.
 —Para eso tendré que probarlo, pero ahora me es totalmente imposible. Ya pudisteis comprobar que tengo el comedor de bote en bote y para disfrutar de mi regalito necesito algo de tranquilidad. Quizás si alguien me echase una mano ahí abajo…
—Sus deseos son órdenes para mí. ¿Qué tengo que hacer?
—¿Qué tal se te da lavar platos sin romperlos?
—Se me da bien. Los dejaré como los chorros del oro.
—Me conformo con que queden limpios y disponibles para su uso.
—Señora si señora —dijo Héctor cuadrándose ante la divertida tía Graci.
—Helena, ¿podrías ayudarme a servir las mesas, por favor?
—No hay problema. Démosles un buen servicio de comidas para que no duden en volver a pasar por aquí.

Al llegar la tarde, los últimos comensales abandonaban el salón y se dirigían algunos a sus vehículos o a sus habitaciones los que estaban alojados en la propia casa rural. Helena y Héctor se afanaron en tener lista la cocina y el comedor lo antes posible. Después, junto con los empleados, celebraron con la tía Graci su fiesta de cumpleaños con tarta incluida.


—Voy a retirarme un par de horas a mis aposentos. Necesito descansar y relajarme para disfrutar un poco de mi nuevo regalo.
—Muy bien, tía, pero sin detalles por favor.
—Héctor, ¿tú sabes cómo funciona?
—Si claro.
—¿Podrías subir y explicármelo? Me fío más de tu explicación que la que podría darme mi querida sobrina.
—¿Y eso? —preguntó Helena ofendida
—Es para que el chico le diga a la tal Sonia que el regalo funciona bien y que la homenajeada ha quedado plenamente satisfecha.
—Con mucho gusto se lo diré.
—De eso no me cabe duda —dijo Helena con aire de desaire.

Tía Graci y Héctor subieron a la habitación y el joven espero a que la mujer se duchase y saliese del baño con una bonita bata de seda. Después le explicó con todo lujo de detalles las diferentes velocidades con las que podía utilizar aquel juguete. Graci le pidió que le enseñase a utilizarlo cosa que a Héctor le sorprendió mucho. Pero accedió a hacerlo.

La madura mujer se situó entre sus piernas y pegó su espalda contra el pecho de Héctor. Este encendió el juguete y lo colocó a la mínima vibración. Le acarició el cuello y bajo suavemente por su hombro introduciendo el juguete por la apertura de la bata hacia uno de sus generosos pechos. El pezón reaccionó al instante y se puso completamente duro bajo la seda. Graci agarró con fuerza las piernas de Héctor que continuaba jugando con los pechos de la mujer. Esta respiraba cada vez con más fuerza y cerró los ojos para poder disfrutar todavía más del aquel momento.

El joven dejó de martirizar los pechos de Graci y subió un poquito la intensidad del vibrador.

—Esto te va a encantar —dijo Héctor con una malévola sonrisa.
—Empiezo a notar en mi trasero que también te está gustando a ti.

Héctor ni siquiera se molestó en intentar que su pene dejase de izarse y palpitar contra el trasero de Graci. Como ella había dicho, estaba disfrutando también de ese momento y su excitación fue en aumento haciendo que la mujer aspirase con cada bocanada de aire, el olor de su cuerpo.

Con un rápido movimiento, desabrochó la bata dejándola entreabierta y pudo observar el negro y rizado bello del pubis de la mujer… y para allá fue con el vibrador. Lo dejó sobre su monte de venus que empezó a mandar señales al sexo y este reaccionó con una importante lubricación. Héctor se atrevió a acariciar los pechos de la mujer con la mano que tenía libre y esta agradeció las caricias recibidas incorporándose un poco y tocando el henchido sexo del joven.

—¿Puedo…?
—Cuando gustes, Graci.

Con mucha habilidad y rapidez, Graci liberó el pene de Héctor y lo acarició notando todo su contorno, su calidez y su humedad en la punta. Sus manos eran expertas en aquellas lides y a pesar de llevar mucho tiempo sin tener una polla joven entre sus manos, como ella decía: una polla es una polla, aquí y en Lima.

Héctor disfrutó con aquel sube y baja tan cadencioso, pero atrajo hacia su pecho nuevamente a la mujer. Era su momento, su cumpleaños y él estaba allí para hacerla disfrutar al máximo y que comprendiera los distintos movimientos del vibrador. Bajó un poco más el juguete y lo dejó sobre el hinchado y sonrosado clítoris de la mujer. Está abrió un poco sus piernas, se acomodó contra su pecho y apoyó sus manos nuevamente sobre las rodillas de Héctor dejándolo hacer a él.

Helena comenzaba a impacientarse por la tardanza de Héctor y subió a la habitación de su tía. Total, el chico solo le iba a decir como funcionaba y las distintas velocidades de aquel juguete. ¿Qué podían estar haciendo tanto tiempo? Entonces pensó en el poder de persuasión de su tía y en el magnetismo que irradiaba Héctor. Antes de tocar con sus nudillos en la puerta, pegó la oreja contra y pudo escuchar unos leves gemidos. Si su tía ya estaba disfrutando del regalo, ¿dónde coño se había metido Héctor?

—Hay alguien detrás de la puerta —le susurró Graci a Héctor.
—¿Helena?
—¿Te gustaría que entrase?
—No creo que se atreva.
—¿Y sí?… en ese cajón de ahí tengo un pañuelo de seda. Hazla pasar pero con los ojos vendados.
—¿Aceptará?
—Pongámosla a prueba.

A Héctor le encantaba la idea de tener a tía y sobrina en la misma habitación. Mientras él cogía el pañuelo y se dirigía hacia la puerta, pudo ver con Graci introducía por completo el vibrador dentro de su sexo y lanzaba un ahogado suspiro que lo hizo sonreír. Después entreabrió la puerta y le ofreció el pañuelo a la joven. Helena palideció por el ofrecimiento y después enrojeció de ira, se giró para marcharse, pero la mano de Héctor la retuvo. Sin que pudiese reaccionar, le vendó los ojos y la atrajo hacia su cuerpo. Notó el calor que desprendía, notó el ardiente aliento sobre su nuca, el sexo contra su mullido trasero y aquel aroma que comenzaba a envolverla por entero. Recordó la escena de la ducha en el loft de Héctor y a pesar de que temblaba de los pies a la cabeza, se dejó llevar por él.

Al entrar pudo escuchar los tenues gemidos de su tía y como la presencia de Héctor se desvanecía dejándola sola en el medio de la habitación, totalmente impedida de la visión. Los demás sentidos reaccionaron. Su oído se aguzó y bajo los gemidos, pudo reconocer el casi imperceptible sonido del vibrador que estaba utilizando hábilmente su tía Graci. El olor almizclado de su sexo también le llegó a su nariz y pensó en salir de allí, correr hasta el coche y dejar a Héctor en la casa rural… pero no lo hizo. Siguió allí, quieta, escuchando como a escasos metros, su tía disfrutaba del vibrador y de las caricias del joven.

Y sintió envidia pues ella también quería ser acariciada por Héctor. Quería que sus manos recorrieran todo su cuerpo, que rozaran con ternura sus grandes pechos y que agarrasen con fuerza su trasero. Sin saber como, se quitó el jersey de cuello vuelto, la camiseta térmica y comenzó a tocarse. Se imaginaba que ella era la que estaba tumbada sobre la cama recibiendo las atenciones del joven, sus besos, su aliento sobre su piel, su pene cerca de su sexo…

Graci y Héctor la miraban complacidos desde su cómoda postura sobre la cama.

—Tiene mis genes, solo tenemos que ayudarla a liberarse de todos sus perjuicios — le dijo susurrándole al oído.
—Dime como puedo ayudarla y lo haré.
—Tráela hacia la cama, desnúdala muy despacio y después haz que se libere. Tienes unas manos que estoy segura de que podrán socorrerla.
—¿Y tú?
—No te preocupes por mí, yo estoy disfrutando como una colegiala con su nuevo juguete.

Héctor tuvo la necesidad de besar a aquella mujer y esta le correspondió con un apasionado beso que arrancó de ella su primer orgasmo de aquella tarde. Después dejó que Héctor se marchase a ayudar a su sobrina, que permanecía de pie, tocándose por encima de la ropa.

Helena notó los cálidos labios del joven sobre su cuello y se estremeció. Dejó de tocarse y le rodeó el cuello con sus manos. Héctor con las suyas, bajó lentamente acariciándole los brazos, las axilas y descendió hasta los pechos de Helena que permanecían todavía aprisionados milagrosamente dentro de su sujetador. Y este le ayudó a liberarlos del precioso sostén que se había comprado en la tienda de Sonia.

Apretó su mullido trasero contra el prominente paquete del joven y comenzó a moverlo de arriba hacia abajo mientras Héctor le acariciaba los pechos y bajaba con una de sus manos por su blanquecino abdomen. Helena comenzó a respirar con más rapidez al notar como Héctor le desabrochaba los cordones de su pantalón y como su mano se introducía por dentro de sus húmedas bragas de encaje, hasta llegar a acariciar el henchido botón de placer.

Héctor bajó unos pocos centímetros más e introdujo un par de dedos dentro del mojado sexo de Helena. Después regreso hasta el clítoris y con ellos bien humedecidos acarició durante un rato el palpitante lugar. Aquella situación excitaba muchísimo a Helena. Le estaba demostrando a su tía que comenzaba a dejar su pudor tras ella; Héctor le susurraba al oído palabras y situaciones muy picantes, escuchaba además a tía Graci con su juguetito y muy pronto sus jadeos se entremezclaron con los de ella. Instantes después, Helena se retorcía de placer bajo el abrazo del joven que tenía a su espalda, tan pegado a ella, que podía notar el incesante palpitar de su polla contra su culo. Estaba doblemente satisfecha; uno por el orgasmo tan vibrante que había sentido y otro porque les había demostrado a los dos que no era tan mojigata como ellos pensaban. Sonrió victoriosa cuando Héctor le dijo que le había encantado tocarla y cuando su tía le propinó un sonoro cachete en su hermoso trasero —sangre de mi sangre —dijo mientras lo hacía.

Aquella misma noche regresaron a la ciudad mientras por el camino comentaron aquella erótica escena que habían vivido en la casa rural de la tía Graci.

—Buenas noches Helena — dijo Héctor despidiéndose con un beso en los labios.
—Buenas noches. Si necesitas desahogarte, no dudes en pensar en mí. Dejaré que lo hagas.
—Había pensado imaginarme solo con tu tía, pero bueno, me haré un trío con las dos.
—Quién sabe, a lo mejor se te cumple ese pensamiento.


Helena subió la ventanilla y desapareció con su vehículo por las calles de la capital. Héctor sonrió por lo que le había dicho aquella chica. Parecía cambiada y eso a él, le encantaba.

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