viernes, 22 de noviembre de 2013

LA CAFETERIA.





Dos hombres de negocios pagaron al taxista y bajaron delante de una de las cafeterías de moda de la ciudad. Allí se encontraron con su amiga Amelia que les sonrió y ambos le dieron un beso en la mejilla.

—Esta es la mejor cafetería y os diré el porqué dentro unos minutos — dijo Amelia mientras entraban en el establecimiento.
—Creo que tampoco es para tanto. Se ve acogedora con los sillones, pero los tres hemos estado en otras mucho mejores.
Se dirigieron a la barra y la joven saludó al camarero.
—John, ¿está mi mesa preparada?
—Por supuesto, señorita Smith, enseguida subimos a tomarle el pedido.
—Muchas gracias.

Subieron las escaleras del primer piso y se dirigieron a una mesa que había en un rincón y que estaba detrás de un gran biombo, haciéndolos así, invisibles a miradas ajenas. Desde allí pudieron observar como la cafetería empezaba a estar concurrida como todas las mañanas y solo unos segundos después de tomar asiento, Amelia avisó a sus compañeros de mesa.

—¿Veis a esas chicas que acaban de entrar?
—Sí, claro que las vemos, creo que todo el mundo se ha dado cuenta de su llegada.
—Son guapas, ¿verdad?
—Bueno, no están nada mal.
—Verás lo que va a pasar ahora.

Las dos atractivas mujeres se sentaron justo debajo de donde los dos hombres y la mujer estaban situados. Desde allí tenían una buena panorámica del escotado vestido verde que llevaba una de ellas. Uno de los camareros se dirigió raudo y veloz a tomarles el pedido y en un par de minutos estaban servidas con unos cafés en unas coquetas tazas de porcelana.

—Fíjate en ese lunar en el escote, está puesto estratégicamente para que sea observado desde las alturas  — dijo Charles.
—La verdad es que es interesante la posición de ese lunar, cerca del canalillo — dijo Richard
—¿Interesante? Es jodidamente provocativo — dijo Amelia.

La joven del vestido verde, se subió poco a poco la falda y comenzó a ajustarse los broches del liguero. Aquel gesto lo prolongó durante unos segundos haciéndolo casi eterno para los improvisados voayers que la observaban desde su privilegiada posición. Después, sabiendo lo provocativo que había sido su gesto, dejó la falda recogida y siguió hablando con su compañera de café.

—Como me gustaría recorrer esas medias hasta toparme con la delicada carne de sus piernas — dijo Charles.
—¿Te estás poniendo cachondo? — le preguntó Richard a su compañero.
—¿Tú no?
—Bueno, hay que reconocer que la chica no está nada mal.
—Pues podíamos aprovechar que el camarero no vendrá hasta que yo lo avise y jugar un poco los tres — dijo Amelia.
—Sería muy excitante hacerlo aquí.
—Y morboso.
—Está bien, Charles, sigue describiendo que le harías a esa mujer — dijo Amelia colocando sus manos sobre la entrepierna de ambos caballeros.  
—Le bajaría esas braguitas negras de encaje que lleva puestas y las dejaría a su lado, bien dobladas.

La joven avanzó lentamente y toco los prominentes paquetes de Charles y Richard, bajó las cremalleras de sus pantalones, metió las manos dentro y después de pelearse un momento con los calzoncillos de sus compañeros de mesa, extrajo los penes que iban cogiendo la consistencia adecuada hasta que se pusieron duros, bajo las firmes caricias propiciadas por su experta tutela.

—Seguro que lleva el sexo depilado, pero no totalmente, quizás ha dejado una fina tira de vello púbico que baja hasta su pronunciado clítoris, deseoso de caricias y atenciones.

Las manos de la joven subían y bajaban por las pollas de sus parteneres, lubricándolos con los fluidos que se desprendían de los glandes y que rítmicamente salían para ayudar en tales menesteres.
Desde abajo nadie podía verlos, pues los cristales que los separaban del resto de la cafetería, los aislaban del ruido y de las miradas ajenas, ya que los cristales eran de espejo y la señorita Smith había elegido aquella cafetería, porque allí estarían en la más absoluta intimidad y sin ser molestados.

Ambos caballeros no dejaron que su amiga quedase sin sus merecidísimas caricias. Le subieron la falda y buscaron su sexo para darle también placer. Tal y como hacía siempre que quedaba con ellos, la joven llevaba ropa interior de encaje de color violeta ya que era el color preferido de los dos hombres que la acompañaban y sus dedos, largos y fuertes, se introdujeron sin resistencia alguna entre la fina tela de la braga.

—¿Os imagináis lo que sería besar ese lunar y después descender hasta sus pezones? Notar como se endurecen en nuestras bocas y como su cuerpo comienza a excitarse al contacto de nuestras manos sobre él.

Los gemidos ahogados de los caballeros iban in crescendo a medida que las caricias y la gran imaginación de Charles, calentaban más y más el ambiente.

El juego a dos manos sobre las piernas y el sexo de la joven, la excitaron rápidamente y sus fluidos comenzaron a mojar los dedos de los hombres, que trataban de encender todavía más su pasión.

—Amelia, tienes que conseguirla para nosotros y convencerla para que acceda a jugar a nuestros juegos.

Aquellas últimas palabras fueron el detonante para que, como venía siendo ya costumbre, el orgasmo les sobreviniese a los tres a la vez. Habían conseguido con el paso del tiempo ajustar sus cuerpos de tal manera que, podían correrse en cinco minutos o durar horas teniendo sexo entre ellos.

Aquella fructífera unión que la señorita Smith había creado, buscaba para sí misma y para sus amigos, el mayor placer que se podían imaginar, con sus eróticos juegos a escondidas.

Y aquella cafetería iba a ser uno de sus lugares preferidos desde aquel día en adelante.




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