viernes, 20 de diciembre de 2013

EL AUTOCINE



Danny recogió a Sandy en su Ford Deluxe descapotable y se dirigió al autocine para ver la película de unos monstruos alienígenas que invadían la tierra o para ser más exactos, los Estados Unidos de América. Aparcaron en uno de los lugares de detrás ya que aquella película de estreno, había congregado a multitud de jóvenes veinteañeros en sus automóviles fardones.

Colocaron el altavoz dentro de su coche y se dispusieron a ver la película de la que tanto habían hablado ellos y sus amigos de la pandilla. Las grandes letras en la pantalla, anunciaba el comienzo de la película y Danny, intentó colocar uno de sus brazos por encima de los hombros de Sandy, para que estuviese más cómoda, pero esta rechazó el ofrecimiento del joven.

Pero cuando los monstruos alienígenas comenzaron a invadir una pequeña población del más profundo Wisconsin, esta se acercó sin quererlo al anteriormente fastidiado Danny. Este la recibió con cariño y la envolvió entre sus brazos. La película seguía y Sandy, de vez en cuando, se tapaba la cara metiendo la cabeza entre la cazadora de cuero del joven donde podía oler a Danny. Y no supo si el olor a jabón o las feromonas que el joven estaba desprendiendo a cientos por la cercanía de su cuerpo, que comenzó a sentir calor, mucho calor que comenzaba a subirle desde sus partes más íntimas, inundando por completo el resto de su organismo. Sus mejillas coloradas, se hicieron notar en su blanco y terso rostro, pero Danny no pudo verlo en ese momento ya que ella permanecía acurrucada contra su pecho.

En la pantalla, los alienígenas, se llevaban a su nave a una de las protagonistas que gritaba y gritaba mientras su novio y su hermano se escondían para no ser vistos y trazaban un plan de rescate. Pero Danny, ya no seguía mucho la película, no paraba de tragar saliva mientras su mano iba bajando por el brazo de Sandy, que permanecía quieta, sin mover un solo músculo de su cuerpo y más atenta a las profundas respiraciones de su pareja que a los chillidos de la protagonista.

Danny subía y bajaba acariciando el brazo, sin atreverse a ir más allá, aunque sus dedos, pugnaban por acercarse al pecho de Sandy. Y fue esta la que reaccionó al ver lo dubitativo que estaba siendo el joven. Se movió lo justo para que la mano de Danny se quedase encima de uno de sus pechos e inevitablemente lo rozó. Y ella sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.

Así se quedaron durante unos segundos hasta que Danny salió del coche a todo correr y cerró la capota de su Ford para poder tener algo más de intimidad con su chica. Después volvió a colocar su mano sobre el pecho de ella que tenía ya, los botones de su vestido desabrochados. Su mano descendió y se metió por dentro del sujetador para tocar el terso y aterciopelado seno mientras ella, seguía pegada a su caliente cuerpo que se excitaba a marchas forzadas.

La chica de la película seguía chillando al ponerla los alienígenas sobre una mesa donde la iban a estudiar. Mientras, Sandy bajaba la cremallera del apretado pantalón de Danny, sin apartar la vista de la gran pantalla, buscando el bulto de su sexo que luchaba por salir de aquella cárcel de ajustada tela. Este seguía jugueteando con el pezón de su pecho, que excitado, marcaba con tesón la fina tela del sujetador.


Sandy, sacó el ardiente falo y comenzó a masajearlo como si fuese una experta meretriz y Danny comenzó a gozar de aquellas caricias que ella le prodigaba, arriba y abajo… le tocaba los testículos y aprovechaba el líquido que rezumaba de su falo para lubricar todo la parte superior, arriba y abajo…

Los pechos de Sandy no eran muy grandes, pero cuando se excitaban, sus pezones adquirían grandes proporciones cosa que Danny notó al acariciarlos con las yemas de sus dedos y que vio después de ayudarla a deshacerse de sus recipientes de tela, apuntando hacia él, llamándolo como si fuesen cantos de sirena para que pudiese disfrutarlos dentro de su boca, para lamerlos y chuparlos sin descanso.

Sandy intentaba seguir viendo la película sin mucho acierto mientras él se hacía con sus pechos. De vez en cuando cerraba unos instantes los ojos para saborear todavía más el placer que sus pezones trasmitían al resto de su cuerpo, pero aun así, no dejaba nunca de subir y bajar con su mano por el falo que apenas resistía ya, esos envites, estando a punto de derramar su esencia sobre su mano.

Danny se lo hizo saber y fue el momento de actuar para Sandy. Dejó de masturbarlo y con las manos, se quitó las blancas y húmedas braguitas  que llevaba bajo su vestido. Se puso encima a horcajadas y despacio, muy despacio, fue sintiendo en su interior el duro y enhiesto falo de Danny, que gimió de placer al sentir el contacto de las húmedas paredes del sexo de la joven contra el suyo propio.

Sandy comenzó a moverse poco a poco, subiendo y bajando desde la punta hasta el fondo, una y otra vez, gimiendo y suspirando de placer. Se había olvidado totalmente de la película y solo se centraba en darle placer, pero también sabía que él no aguantaría mucho y que muy pronto, acabaría dentro de ella, por eso, apuró sus movimientos para facilitar así su propio orgasmo, con el vello púbico del joven frotándose contra su clítoris que ya no podía más de excitación.

Ella fue la primera en caer, el placer era inmenso y pronto estalló en un fuerte orgasmo, pero aun así, siguió moviéndose porque deseaba más. Danny se dejó llevar, pegó la cabeza contra sus pechos que no dejaban de saltar a cada embestida y derramó toda su esencia dentro del sexo de Sandy, que fue resbalando desde dentro hacia sus testículos, mientras ella, seguía moviéndose y sus pezones pedían que los lamiese una vez más.

Sandy no paraba de moverse a pesar de que el miembro de Danny apenas conservaba algo de su rigidez y comenzaba a salirse de dentro de su sexo, pero como estaba a punto de tener otro orgasmo, no le importó demasiado, solo se ocupó de juntar sus pechos con las manos y ponerle sus pezones a su disposición, cosa a la que él no le hizo asco alguno. Los lamió y los mordió hasta que Sandy tuvo su segundo orgasmo, el cual, la dejó casi sin fuerzas encima de él.

La película había acabado ya, pero Danny y Sandy se quedaron para una segunda sesión, porque los dos querían más.


miércoles, 18 de diciembre de 2013

¡NOTICION!

Pues sí, mis queridas amigas, ha llegado a mis manos una pequeña joya en cinta VHS donde he visionado algo que muy pocos han podido ver.

Sabéis que en toda película siempre hay una versión más larga, extendida o versión del director; y la famosa película de Grease, no iba a ser menos. Pero, al igual que pasa en muchos países, esta peli también paso por las tijeras del censor de turno.

¿Recordáis la escena en el autocine? Pues tuvieron que rodarla otra vez para que tuviese “otro final diferente” al que he podido visionar en esta cinta. Intentaré colgar este viernes, la descripción de esta escena “cortada” y seguro que la disfrutaréis al igual que yo… si no eres una fan purista de Grease, claro está, porque lo que yo cuelgue en el blog removerá algo dentro de vosotras.


Pasarlo bien y nos leemos el viernes.

lunes, 9 de diciembre de 2013

EL JUEGO. SEGUNDA PARTE

Al filo de las nueve de la noche, un coche llegó para recogerla y llevarla a su cita. Cuando llegó al Hotel, sus piernas le temblaban tanto, que el chofer del vehículo tuvo que ayudarla para que no se trastabillase. Cuando estuvo en la recepción del hotel una de las recepcionistas se acercó hasta ella y Sonia le pidió la llave de la habitación 2311. La recepcionista se la dio con una estudiada sonrisa y después se fue a atender a otro cliente del hotel.
Sonia suspiró y agradeció que la mujer no la hubiesen tratado como a Julia Roberts en Pretty Woman. Con rapidez se metió en uno de los ascensores que le llevó hasta la planta 23 del hotel. Allí se dirigió con la llave en la mano hasta la habitación donde tendría la cita.

Abrió la puerta y vio que era una de las suites del Hotel, con un salón en la entrada y una gran habitación a la derecha. Las vistas desde la pequeña terraza a la ciudad eran increíbles, pero Sonia no se demoró mucho en verlas. Tenía que darse todavía un baño relajante antes de ponerse el conjunto de lencería que llevaba dentro de la elegante bolsa que Alejandro le había enviado con el regalo.


Se preparó un buen baño vertiendo medio bote de sales en la bañera haciendo que el agua se volviese de un bonito color verde agua marina. Se sumergió y comprobó que estaba como a ella le gustaba, bien caliente, con lo que su piel cogió un tono rosáceo al poco de meterse. Pero había algo raro en todo aquello. El aroma que desprendían aquellas sales, en vez de relajarla, la sumió en una especie de excitante duermevela pues su cuerpo la apremió para que comenzase a acariciarse y tratase de relajarse lo antes posible. Era como si aquel producto salino aumentase todavía más la enorme excitación que sentía ya por el tema de la cita.

Sonia hizo caso de lo que su cuerpo le pedía, cerró los ojos y comenzó a acariciarse tratando de pasar por los mismos caminos de su piel que tantas veces había recorrido. Pero esta vez estaba siendo diferente. Todo su cuerpo era una gran zona erógena y con cada centímetro recorrido su excitación iba en aumento. Sus pechos se pusieron duros y sus pezones flotaban fuera del agua como dos islas gemelas, pugnando por ser las primeras en emerger de la tierra que formaba todo su ser.

Antes de llegar a tocar su sexo, Sonia había llegado ya orgasmo. En el instante que una leve sacudida recorrió todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo, la joven decidió que no se iba a parar ahí y que quería experimentar el placer de seguir acariciándose ahora que ya no tenía la imperiosa necesidad de calmar a su libido. Los siguientes veinte minutos fueron unos de los más placenteros que había tenido en toda su vida ya que volvió a correrse tres veces más, y cada orgasmo que tenía, era más intenso que el anterior.


Después de bañarse, su cuerpo todavía estaba en un estado de ligera excitación y para no pensar más en ello, volvió a repasar punto por punto las instrucciones que había en el tarjetón. Comprobó que dentro de la caja que había sobre la cama, hubiese unos bonitos zapatos de su número y entre los cojines, un largo pañuelo de seda blanca para vendarse los ojos.

Se vistió y se calzó los zapatos. Caminó por toda la habitación y se miró y remiró delante del espejo. Estaba exuberante con aquel conjunto de lencería. Si sus compañeras pudiesen verla, se morirían de envidia con lo bien que le sentaba sobre su todavía rosada piel, las trasparencias, el satén y aquel tanga que mostraba su trasero en todo su esplendor. Siempre había sido el punto fuerte de su físico y sabía muy bien como lucirlo. Solo le quedaba una cosa más. Apenas se maquilló, se pintó los labios con un tenue color rosa y ya estaba preparada para lo que aconteciese.

Unos golpes en la puerta le aceleraron su corazón en un instante. Corrió hacia la cama, se vendó los ojos y se colocó de espaldas a la entrada. Escuchó como alguien utilizaba una llave para entrar, dejaba la llave junto a la suya en el platito de la entrada, pero no puedo escuchar los pasos hasta la habitación ya que fueron amortiguados por la moqueta que había por todo el suelo de la suite.

En ese momento, Sonia comenzó a pensar cosas que no había pensado en todo el día. ¿Y si Alejandro era un pervertido? ¿Y si con él venían más hombres y tenía una orgía con ellos mientras el solo miraba? o peor todavía ¿y si el que estaba llegando por detrás no era él y ella era solo un regalo para un amigo?

En esas estaba cuando notó una mano sobre su hombro que la hizo sobresaltarse. A punto estuvo de girarse, pero una voz le susurró al oído que no lo hiciese. Y lo más perturbador para ella fue que no le parecía la voz de Alejandro, ni tan siquiera, olía a su colonia.

—Por favor, échate sobre la cama.

Sonia dudó por unos instantes si hacerlo o sacarse la venda y abandonar la habitación aunque fuese solo con el conjunto de La Perla encima.

—Por favor —le volvió a sugerir la voz al oído.

La joven obedeció a pesar de que su mente le decía que saliese de allí pitando y recostó su cuerpo sobre la cama.

—Estás preciosa y esa ropa te siente muy bien. Por favor, ¿puedes subir un poco tu trasero? Me gustaría admirarlo más detenidamente.

Cuando Sonia colocó su trasero con algo más de inclinación, noto una mano acariciándolo como si se tratase de un escultor buscando alguna imperfección en su obra. La calidez del tacto sobre él, hizo que algo volviese a despertase en su cuerpo. El hombre movía su mano parsimoniosamente por cada centímetro de su piel, buscando que la joven fuese excitándose poco a poco y con paciencia, notó como Sonia comenzaba a respirar con más fuerza y con ligeros movimientos pélvicos supo que estaba consiguiendo lo que quería.

La joven subía y bajaba sus poderosas nalgas llevándose pegadas a ellas, la mano del hombre que no quería romper aquel vínculo con la, cada vez, más excitada mujer. Por eso aprovechó para jugar un poco más con ella. Con la mano que tenía libre, se dirigió hacia los broches del sujetador y como si fuese un experto prestidigitador, con un movimiento de sus dedos, liberó los pechos de Sonia que colgaron a escasos centímetros de la suave colcha de la cama.

Estos comenzaron a rozarse contra ella y al igual que le había pasado en la bañera, la joven notó como todo su cuerpo se convertía nuevamente en una gran zona erógena y sabía ya de antemano lo que iba a ocurrir si aquel hombre seguía tocándola. Y poco a poco, el primero de sus orgasmos le sobrevino con una fuerza descomunal, tanto, que la dejó casi sin fuerzas para poder continuar, pero el hombre siguió acariciándola y ahora ya estaba bajando entre sus nalgas buscando las humedades de su sexo. Sonia pensó que no podría resistir las lentas caricias que le dedicaba el extraño que jugaba por encima de la fina tela de su tanga y comenzó nuevamente a moverse sensualmente contra la mano del hombre, frotándose contra ella y lanzando de vez en cuando un callado gemido y algún que otro suspiro.

Con cada movimiento, con cada presión ejercida sobre su sexo, la joven volvía a gemir y esto comenzaba a ser una placentera tortura para el hombre que cada vez estaba más y más excitado. Pero él no podía hacer más de lo que le estaba permitido, solo acariciarla, buscando el máximo placer que podía ofrecerle sin que él pudiese buscar el suyo propio en ningún momento.


Sonia estaba a punto de correrse nuevamente cuando le pidió al hombre que la ayudase, que entrase dentro de ella, que necesitaba sentirlo pegada a su cuerpo. Pero el hombre solo sonrió y siguió tocándola hasta que le sobrevino otro orgasmo tan fuerte como el anterior.

El extraño dejó su mano queda bajo el peso de la joven, hasta que notó que los movimientos espasmódicos comenzaron a desaparecer del cuerpo de Sonia. En ese momento, movió su mano y la joven elevó un poco sus caderas para que pudiese liberarla, pero el hombre volvió nuevamente a acariciar su sexo, estaba vez deslizando sus dedos por dentro del tanga donde se encontró con gran cantidad de néctar derramado en cada uno de los orgasmos. Palpó, tocó, acarició y notó su viscosidad. Sabía que lo que iba a hacer ahora estaba totalmente prohibido en el juego, pero necesitaba probar el sexo de la joven que volvía nuevamente a gemir bajo sus caricias. 

Como pudo, colocó a Sonia a horcajadas sobre su rostro y lamió con lujuria todo aquel néctar que el sexo le regalaba mientras ella se dejaba hacer sintiendo nuevamente la llegada de otro poderoso orgasmo que se acrecentaba más y más con cada beso, cada vez que la lengua se paseaba por todos sus labios, cada vez que su boca hacia presa del henchido clítoris que sobresalía victorioso de su cárcel de aterciopelada piel.

El hombre se ayudó de sus manos que colocó sobre las nalgas de la joven para acercar todavía más su boca al sexo de Sonia, como si intentase meterse con su rostro dentro de ella. Eso hizo adelantarse todavía más el tercer orgasmo que la mujer tendría, que derramó dentro de su boca, aquel néctar que el extraño bebía con avidez.


Salió de debajo de su cuerpo y la contemplo en todo su esplendor a pesar de que Sonia estaba echada sobre un costado y derrotada sobre la cama. Pero él quería más, necesitaba poseerla. Ya había roto las reglas del juego una vez aquella noche y si los Dómines se enteraban de aquel ultraje, a pesar de su posición, esta vez si podría haber consecuencias.

Se desnudó con si la vida le fuese en ello y movió a Sonia para colocarla nuevamente de espalda a él.

—No puedo —dijo Sonia agotada.
—Solo una vez más, esta vez será diferente —dijo el hombre recostando su cuerpo sobre el de ella, dejando su erguido y duro miembro entre las nalgas de la joven.

Esta notó la calidez y la humedad del sexo masculino en su trasero y una vez más, lo levantó para ofrecérselo al hombre. Él la había llevado hasta cotas de placer a las que nunca había imaginado que pudiese llegar y ella pensó que se lo debía. Escuchó el leve bufido que lanzó el extraño cuando sus nalgas comenzaron a rozarse contra el sexo del hombre que mantenía el peso de su cuerpo con sus brazos intentando no abalanzarse sobre Sonia y poseerla allí mismo.

El sexo del extraño volvió a rezumar un flujo blanquecino que lubricó toda la zona de las nalgas por donde él se movía haciendo todavía más placentero, el roce de la piel contra la piel, llegando así hasta el buscado pero prohibido clímax que lo dejó rendido sobre el cuerpo de Sonia.

Así se quedaron los dos, echados sobre la cama, olvidándose de lo que podía ocurrir al otro lado de la puerta de la suite y tratando de descansar después de aquella particular cita.  

Cuando amaneció, Sonia se despertó sola, sin nadie a su lado. El hombre se había marchado en cuanto ella se quedó profundamente dormida. La descalzó, le quitó la venda de los ojos y la tapó con una manta que encontró en uno de los armarios. Después se sentó y contempló la belleza de su rostro mientras dormía. Antes de marcharse, dejó un sobre encima del tocador.

La joven se levantó algo contrariada porque al final no sabía si el hombre que tanto placer le había proporcionado era Alejandro, su caballero andante, o un simple extraño enviado por él.  Se dirigió al baño donde se desnudó y se dio una ducha que la espabiló totalmente. Después se puso el albornoz del hotel y al salir vio el sobre que había encima del tocador.

Lo abrió y sonrió pícaramente al leer lo que ponía una nota manuscrita:

·    Sigue al pie de la letra estas instrucciones:
·    Llama al servicio de habitaciones y tómate un buen desayuno, te lo has ganado con creces.
·    Disfruta de la suite durante el resto del fin de semana.
·    Cuando abandones la habitación el domingo, deja la llave en recepción donde te darán un regalito de despedida.
·     Y quien diga que los ángeles no caminan sobre la tierra: MIENTE.






jueves, 5 de diciembre de 2013

EL JUEGO. PRIMERA PARTE

Sonia se levantó aquel lunes por la mañana, después de que su despertador estuviese sonando más de dos minutos. Su hermana estaba preparando ya el desayuno mientras esta se había dirigido medio dormida hacia la ducha. A las 7.30 de la mañana, montaron en su automóvil y salieron en dirección a la ciudad. Todavía les quedaban veinte minutos de trayecto que Sonia aprovechó para retocarse un poco frente al pequeño espejo que llevaba dentro de su bolso. Se atusó la melena y comprobó que las mechas que le habían hecho en la peluquería le sentaban realmente bien.

Su hermana parloteaba a su lado mientras conducía pero ella estaba ensimismada pensando en el atractivo hombre con el que se encontraba cada mañana en su paseo hacia su puesto de trabajo. Carla, su hermana, la dejó delante del hotel y después se marchó para aparcar su Daewo amarillo cerca del rio. En la tele habían dicho que ese día no llovería, pero unas pequeñas gotas de agua comenzaron a caer anunciando la llegada de un buen aguacero.

Sonia decidió que no esperaría por su hermana, quería volver a ver a su misterioso caballero con el que compartía todas las mañanas unos cuantos pasos a su lado, antes de que él, con su larga zancada, la adelantase dejando tras de si, la fragancia de su colonia.

Mientras subía por el largo tiro de escaleras que le llevaría hasta el centro de la ciudad, la lluvia comenzó a descargar con fuerza y Sonia comenzó a maldecir en arameo. Su melena ondulada comenzó a mojarse mientras ella, detenida en un descanso de las escaleras, decidía si volver atrás y refugiarse en la entrada del hotel y esperar a su hermana o seguir hacia arriba y dejarse adelantar nuevamente por el hombre que habitaba en sus más frenéticas fantasías.

Pero un paraguas la protegió de la tromba que caía y Sonia se dio la vuelta para darle las gracias a su hermana, aunque mientras se giraba, pensó en como había hecho Carla para llegar tan rápido a su lado. Al ver al misterioso hombre que le sonreía y le preguntaba si aceptaba su ayuda, esta no supo que hacer, se quedó turbada por la cálida mirada que aquel hombre le ofrecía tan deliciosamente.

Después le ofreció su brazo y esta lo aceptó asintiendo con su cabeza. Acabaron de subir las escaleras y Sonia echó un rápido vistazo hacia atrás, deseando que su hermana se retrasase y no fuese en su ayuda con un paraguas en la mano.

El hombre, al ver que su paso era demasiado rápido para Sonia, bajó su ritmo de zancada y le pidió disculpas que iba a saltitos para poder seguirlo. Este se detuvo, bajó su mirada hacia la cara de satisfacción de la chica que iba pensando en su caballero andante que había cambiado su brillante armadura y su blanco corcel por un abrigo tres cuartos y un paraguas de marca.

—Le pido mil disculpas por no haberme presentado. Me llamo Alejandro, pero después de acudir en su ayuda, creo que podrá llamarme Alex.
—Yo me llamo Sonia y le doy las gracias por ser tan gentil por protegerme con su paraguas.
—¿Le importa se la acompaño hasta donde tenga que ir? Creo que este chaparrón va bajando de intensidad pero no creo que cese en su empeño de intentar mojar a todo el que no lleve un paraguas.
—No se preocupe por mí, puedo ir corriendo y protegiéndome bajo los balcones de la dichosa lluvia.
 —Vale —dijo Alejandro retirando la mano de la chica de su brazo y apurando su zancada, dejándola a la intemperie.

Sonia se quedó sorprendida por la reacción del hombre. Pensó que él le diría que no pasaba nada y que la acompañaría hasta donde ella le dijese. Menudo capullo.

Pero el hombre se giró y con una sonrisa en su rostro le dijo:

 —Menuda cara ha puesto, mi querida Sonia —dijo Alejandro volviendo sobre sus pasos. —Lo siento, estaba solo bromeando.
El hombre volvió a ofrecerle su brazo pero esta no lo aceptó.
—Por favor, acepte mis disculpas. Si la invito a un café, ¿quedaría saldada mi afrenta?
—Se lo digo muy en serio, no hace falta que me acompañe.
—Insisto en hacerlo e insisto en invitarla a un café.
—Ya he desayunado.
—Pues permítame hacer algo por usted, no me gustaría que mi ángel de la mañana estuviese enfadada conmigo.

—¿Ángel de la mañana?
—Claro, el otro día se lo comentaba a un buen amigo, mientras jugábamos un amistoso partido de golf. Le dije que los ángeles caminaban sobre la tierra y que yo veía uno cada mañana.
—¿Y a ese “ángel” lo ha visto hoy?
—Lo he protegido de la lluvia con mi paraguas.

Sonia sonrió ruborizada. Entonces cogió nuevamente el brazo de Alejandro y dejó que lo acompañase hasta su lugar de trabajo. El hombre esperó a que la chica estuviese dentro de la exclusiva tienda de lencería de la marca LA PERLA y se despidió con un sencillo —hasta luego —que dejó una agradable sensación de bienestar a la joven.

Dos horas después de abrir la tienda, Sonia no había dejado de pensar en Alejandro. Al haber estado tan cerca de él, en su ropa, todavía llevaba impregnado la fragancia de su colonia. Su atractivo rostro, las pocas canas que nacían entre su pelo negro, su complexión delgada pero atlética… todo ese se había quedado impreso en su cabeza.

Mientras atendía a una clienta, vio por el rabillo del ojo como un hombre entraba en la tienda y hablaba con una de sus compañeras. Esta la llamó y se dirigió hacia el lugar donde reconoció al hombre que había entrado en la tienda. Alejandro la recibió con una gran sonrisa.

—Buenos días, Sonia.
—Buenos días, Alejandro.

La compañera pasó por detrás del apuesto hombre y le hizo un gesto de aprobación confirmando lo que Sonia le había dicho de lo que le había ocurrido aquella mañana.

—Preferiría que me llamase Alex, si no le importa.
—Si deja de tratarme de usted, lo haré encantada.

Los dos sonrieron y Alejandro se acercó sutilmente al rostro de la joven que cerró los ojos creyendo que la iba a besar.

—Necesito una ayudita por su… por tu parte —le dijo susurrándole al oído.

A Sonia le pareció que su cuerpo había reaccionado ante la presencia tan cercana del hombre. Se llamó tonta mentalmente por pensar que Alejandro la iba a besar pero aquel susurro tan cerca de su oído la hizo estremecerse igualmente que si la hubiese besado.

—¿En qué puedo ayudarte? —le preguntó en un tono muy profesional.
—Tengo que hacer un regalo a una chica preciosa y no sé que comprarle. Y aprovechando que hoy te he conocido y que trabajas en una tienda de lencería pues me he preguntado: ¿que le sentaría bien?
—¿Un regalo para una amiga, muy amiga? —le preguntó Sonia algo fastidiada.
—Por ahora es amiga, pero espero que sea muy amiga —dijo Alejandro notando el tono que había utilizado la joven.
—Lo siento… no quería que pensases que me estoy metiendo donde no me llaman.
—No tienes porque disculparte, pero necesito tu ayuda.
—Te ayudaré, te lo debo por lo del paraguas de esta mañana. Vamos a ver, necesito que me digas ¿cómo es tu amiga?
—Es guapa.
—Bien, un buen rasgo… pero para comprar lencería necesito que seas algo más específico.
—Uno setenta, buen cuerpo, piernas bonitas, trasero imponente, pechos turgentes y sedosos… creo.
—Vale, vale, es demasiada información. ¿Podrías decirme su talla de sujetador? es para hacerme una idea.
—Pues no sabría decírtela ya que todavía no he puesto mis manos sobre los broches de tan preciado sostén. Quizás una talla 95.
—Entonces de la copa ya ni hablamos.
—¿Por qué? ¿Quieres invitarme a una copa?
—No, no es eso, la copa es… déjalo. Veamos, una talla 95, con culo y buen cuerpo. Creo que podríamos encontrar algo por aquí.
—Perdona Sonia, ¿podría sugerirte algo?
—Claro.
—Busca algo como si fuese para ti y no escatimes en el precio.
—¿Algo para mí y sin límite de precio? Creo que sé lo que le gustará.

Sonia volvió con una caja dorada y negra. Cuando la abrió, Alejandro se quedó gratamente sorprendido por lo que vio. Un conjunto de sujetador, corpiño trasparente, tanga, liguero y medias de seda negra.

—Me encanta Sonia, es precioso.
—El precio es algo prohibitivo, pero me has pedido mi opinión.
—¿A ti te gusta?
—A quien le tiene que gustar es a la afortunada de tu amiga.
—No has respondido a mi pregunta.
—Si Alejandro, me gusta mucho este conjunto y si pudiese ya me lo hubiese comprado.
—Es lo que quería saber. No me lo envuelvas.
—¿Te lo vas a llevar puesto?
—No, pero si dentro de una de esas espaciosas bolsas de la tienda.

Sonia le devolvió la tarjeta con la que le había cobrado el conjunto de lencería y después le dio la bolsa donde se llevaba el regalo para su amiga. Pensó en la suerte que tenía aquella mujer y no le extrañaba que aquel hombre tuviese amigas con cuerpos esculturales pues Alejandro, era un hombre muy atractivo a pesar de rondar los cincuenta y por lo que veía, con dinero para gastar.

—Sonia, no te preocupes por mí si el resto de la semana no coincidimos por la mañana. Tengo que viajar y no vuelvo hasta el sábado.
—Ah, vale, pero no hace falta que me avises, no creo que te eche mucho de menos. Todavía recuerdo tu bromita de dejarme a la intemperie.
—Vuelvo a disculparme por eso. Y te debo un café por ello. Pero aun así, pensé que me echarías de menos. Vaya, estaba equivocado —y diciendo esto, se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.

Sonia se sintió fatal el resto de la mañana y se arrepintió por haberle mentido porque desde el momento que Alejandro había salido por la puerta, ya lo estaba echando de menos.


La semana para Sonia se hizo muy aburrida. Remoloneaba más de lo normal en la cama por las mañanas y no trataba de darle a su aspecto la perfección de otras ocasiones. Cuando escuchaba pasos por detrás de ella y no la adelantaban, sabía que tras ella iba el típico mirón que le estaba echando una mirada escrutadora a su trasero. Ojalá fuese Alejandro es que estuviese admirándolo. Ese pensamiento la hacía estremecerse y se obligaba a no pensar en él, a pesar de que de vez en cuando, en la soledad de su habitación, sus manos recorrían todo su cuerpo imaginando que eran las fuertes pero delgadas manos de Alejandro las que lo hacían, llevándola con frenesí hasta el mayor de los placeres.


El viernes por la tarde, antes de cerrar, llegó a la tienda un hombre vestido con un traje negro, preguntó por Sonia y le entregó una bolsa con un regalo dentro. Después se despidió no sin antes entregarle un sobre dorado y decirle que lo abriese a continuación del regalo.

Sonia les dijo a sus compañeras que ya cerraba ella y estas protestaron por no dejarlas averiguar quien le había enviado el regalo y que contenía aquel misterioso sobre.

—¿Quién sabe?, a lo mejor es un paraguas que te regala el madurito del otro día, para que no te vuelvas a mojar —dijo una de ellas.

Se despidieron entre risas y después de cerrar con llave por dentro, se dispuso a quitar el regalo de su bolsa. Estaba muy bien envuelto, se veía que lo habían hecho con gran esmero y un lacito dorado prendía el papel para que no se deshiciese el envoltorio. La joven deshizo el lazo y quitó el papel con cuidado. Delante de ella estaba la misma caja que le había dado a Alejandro como regalo para su amiga. Sonrió al levantar la tapa y allí estaba el conjunto que tantas veces había soñado ponerse. Sobre él había un papel doblado y Sonia lo leyó con interés.

<<Buenos tardes, querida amiga. Ojala estuviese ahí para poder ver tu cara, pero estoy seguro que mi presente te gustará. La chica de una tienda muy exclusiva de la ciudad, me recomendó que adquiriese el conjunto de lencería que tienes delante y estoy seguro de que a ti te sentará muy bien. Por favor, ahora abre el sobre que te han entregado y disfruta de tu regalo. Alex>>


Sonia abrió el sobre y dentro había un tarjetón con unas instrucciones que tenía que seguir al pie de la letra.

·    Dirígete al Hotel Palace y pide que te den la llave de la habitación 2311.
·    Date un buen baño relajante y después ponte el conjunto de lencería.
·    Tendrás a tu disposición unos zapatos que deberás ponerte también.
·    Junto con los zapatos habrá una venda que tendrás que colocarla sobre los ojos.
·  Cuando lo hayas hecho, colócate sobre la cama y de espaldas a la entrada de la habitación.
·        Después espera.
·       Si aceptas, llama al número que está al dorso del tarjetón.


Sonia apretó el tarjetón contra su pecho y pensó detenidamente en lo que debería de hacer. ¿Llamar al número de teléfono y aparecer en esa habitación? ¿Aceptar el regalo y no ir a esa cita tan especial? ¿Esperar a que Alejandro apareciese nuevamente por la mañana y devolvérselo diciéndole que ella no era de esa clase de amigas que él podía tener?

Cuando volvía en el coche con su hermana, no quiso comentarle el asunto de la cita a Carla, solo le dijo que un admirador le había regalado un bonito conjunto de lencería y que muy pronto lo estrenaría. Después se sumió en sus pensamientos, tenía que descansar bien aquella noche. Al día siguiente tendría que hacer muchas cosas antes de que un coche fuese a recogerla a su casa para llevarla al Hotel Palace.

Aquella noche durmió más tranquila de lo esperado. Cuando se despertó la mañana del sábado, apenas había pensado en lo que pasaría a partir de las nueve de la noche cuando viniesen a recogerla. Intentó pasar el día todo lo ocupada que pudo, pero a medida que el tiempo pasaba, los nervios se fueron apoderando de ella. Media docena de veces estuvo a punto de llamar a aquel número del tarjetón, pero algo, en el último instante, le decía que se arriesgase y que todo iba a salir bien.