lunes, 9 de diciembre de 2013

EL JUEGO. SEGUNDA PARTE

Al filo de las nueve de la noche, un coche llegó para recogerla y llevarla a su cita. Cuando llegó al Hotel, sus piernas le temblaban tanto, que el chofer del vehículo tuvo que ayudarla para que no se trastabillase. Cuando estuvo en la recepción del hotel una de las recepcionistas se acercó hasta ella y Sonia le pidió la llave de la habitación 2311. La recepcionista se la dio con una estudiada sonrisa y después se fue a atender a otro cliente del hotel.
Sonia suspiró y agradeció que la mujer no la hubiesen tratado como a Julia Roberts en Pretty Woman. Con rapidez se metió en uno de los ascensores que le llevó hasta la planta 23 del hotel. Allí se dirigió con la llave en la mano hasta la habitación donde tendría la cita.

Abrió la puerta y vio que era una de las suites del Hotel, con un salón en la entrada y una gran habitación a la derecha. Las vistas desde la pequeña terraza a la ciudad eran increíbles, pero Sonia no se demoró mucho en verlas. Tenía que darse todavía un baño relajante antes de ponerse el conjunto de lencería que llevaba dentro de la elegante bolsa que Alejandro le había enviado con el regalo.


Se preparó un buen baño vertiendo medio bote de sales en la bañera haciendo que el agua se volviese de un bonito color verde agua marina. Se sumergió y comprobó que estaba como a ella le gustaba, bien caliente, con lo que su piel cogió un tono rosáceo al poco de meterse. Pero había algo raro en todo aquello. El aroma que desprendían aquellas sales, en vez de relajarla, la sumió en una especie de excitante duermevela pues su cuerpo la apremió para que comenzase a acariciarse y tratase de relajarse lo antes posible. Era como si aquel producto salino aumentase todavía más la enorme excitación que sentía ya por el tema de la cita.

Sonia hizo caso de lo que su cuerpo le pedía, cerró los ojos y comenzó a acariciarse tratando de pasar por los mismos caminos de su piel que tantas veces había recorrido. Pero esta vez estaba siendo diferente. Todo su cuerpo era una gran zona erógena y con cada centímetro recorrido su excitación iba en aumento. Sus pechos se pusieron duros y sus pezones flotaban fuera del agua como dos islas gemelas, pugnando por ser las primeras en emerger de la tierra que formaba todo su ser.

Antes de llegar a tocar su sexo, Sonia había llegado ya orgasmo. En el instante que una leve sacudida recorrió todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo, la joven decidió que no se iba a parar ahí y que quería experimentar el placer de seguir acariciándose ahora que ya no tenía la imperiosa necesidad de calmar a su libido. Los siguientes veinte minutos fueron unos de los más placenteros que había tenido en toda su vida ya que volvió a correrse tres veces más, y cada orgasmo que tenía, era más intenso que el anterior.


Después de bañarse, su cuerpo todavía estaba en un estado de ligera excitación y para no pensar más en ello, volvió a repasar punto por punto las instrucciones que había en el tarjetón. Comprobó que dentro de la caja que había sobre la cama, hubiese unos bonitos zapatos de su número y entre los cojines, un largo pañuelo de seda blanca para vendarse los ojos.

Se vistió y se calzó los zapatos. Caminó por toda la habitación y se miró y remiró delante del espejo. Estaba exuberante con aquel conjunto de lencería. Si sus compañeras pudiesen verla, se morirían de envidia con lo bien que le sentaba sobre su todavía rosada piel, las trasparencias, el satén y aquel tanga que mostraba su trasero en todo su esplendor. Siempre había sido el punto fuerte de su físico y sabía muy bien como lucirlo. Solo le quedaba una cosa más. Apenas se maquilló, se pintó los labios con un tenue color rosa y ya estaba preparada para lo que aconteciese.

Unos golpes en la puerta le aceleraron su corazón en un instante. Corrió hacia la cama, se vendó los ojos y se colocó de espaldas a la entrada. Escuchó como alguien utilizaba una llave para entrar, dejaba la llave junto a la suya en el platito de la entrada, pero no puedo escuchar los pasos hasta la habitación ya que fueron amortiguados por la moqueta que había por todo el suelo de la suite.

En ese momento, Sonia comenzó a pensar cosas que no había pensado en todo el día. ¿Y si Alejandro era un pervertido? ¿Y si con él venían más hombres y tenía una orgía con ellos mientras el solo miraba? o peor todavía ¿y si el que estaba llegando por detrás no era él y ella era solo un regalo para un amigo?

En esas estaba cuando notó una mano sobre su hombro que la hizo sobresaltarse. A punto estuvo de girarse, pero una voz le susurró al oído que no lo hiciese. Y lo más perturbador para ella fue que no le parecía la voz de Alejandro, ni tan siquiera, olía a su colonia.

—Por favor, échate sobre la cama.

Sonia dudó por unos instantes si hacerlo o sacarse la venda y abandonar la habitación aunque fuese solo con el conjunto de La Perla encima.

—Por favor —le volvió a sugerir la voz al oído.

La joven obedeció a pesar de que su mente le decía que saliese de allí pitando y recostó su cuerpo sobre la cama.

—Estás preciosa y esa ropa te siente muy bien. Por favor, ¿puedes subir un poco tu trasero? Me gustaría admirarlo más detenidamente.

Cuando Sonia colocó su trasero con algo más de inclinación, noto una mano acariciándolo como si se tratase de un escultor buscando alguna imperfección en su obra. La calidez del tacto sobre él, hizo que algo volviese a despertase en su cuerpo. El hombre movía su mano parsimoniosamente por cada centímetro de su piel, buscando que la joven fuese excitándose poco a poco y con paciencia, notó como Sonia comenzaba a respirar con más fuerza y con ligeros movimientos pélvicos supo que estaba consiguiendo lo que quería.

La joven subía y bajaba sus poderosas nalgas llevándose pegadas a ellas, la mano del hombre que no quería romper aquel vínculo con la, cada vez, más excitada mujer. Por eso aprovechó para jugar un poco más con ella. Con la mano que tenía libre, se dirigió hacia los broches del sujetador y como si fuese un experto prestidigitador, con un movimiento de sus dedos, liberó los pechos de Sonia que colgaron a escasos centímetros de la suave colcha de la cama.

Estos comenzaron a rozarse contra ella y al igual que le había pasado en la bañera, la joven notó como todo su cuerpo se convertía nuevamente en una gran zona erógena y sabía ya de antemano lo que iba a ocurrir si aquel hombre seguía tocándola. Y poco a poco, el primero de sus orgasmos le sobrevino con una fuerza descomunal, tanto, que la dejó casi sin fuerzas para poder continuar, pero el hombre siguió acariciándola y ahora ya estaba bajando entre sus nalgas buscando las humedades de su sexo. Sonia pensó que no podría resistir las lentas caricias que le dedicaba el extraño que jugaba por encima de la fina tela de su tanga y comenzó nuevamente a moverse sensualmente contra la mano del hombre, frotándose contra ella y lanzando de vez en cuando un callado gemido y algún que otro suspiro.

Con cada movimiento, con cada presión ejercida sobre su sexo, la joven volvía a gemir y esto comenzaba a ser una placentera tortura para el hombre que cada vez estaba más y más excitado. Pero él no podía hacer más de lo que le estaba permitido, solo acariciarla, buscando el máximo placer que podía ofrecerle sin que él pudiese buscar el suyo propio en ningún momento.


Sonia estaba a punto de correrse nuevamente cuando le pidió al hombre que la ayudase, que entrase dentro de ella, que necesitaba sentirlo pegada a su cuerpo. Pero el hombre solo sonrió y siguió tocándola hasta que le sobrevino otro orgasmo tan fuerte como el anterior.

El extraño dejó su mano queda bajo el peso de la joven, hasta que notó que los movimientos espasmódicos comenzaron a desaparecer del cuerpo de Sonia. En ese momento, movió su mano y la joven elevó un poco sus caderas para que pudiese liberarla, pero el hombre volvió nuevamente a acariciar su sexo, estaba vez deslizando sus dedos por dentro del tanga donde se encontró con gran cantidad de néctar derramado en cada uno de los orgasmos. Palpó, tocó, acarició y notó su viscosidad. Sabía que lo que iba a hacer ahora estaba totalmente prohibido en el juego, pero necesitaba probar el sexo de la joven que volvía nuevamente a gemir bajo sus caricias. 

Como pudo, colocó a Sonia a horcajadas sobre su rostro y lamió con lujuria todo aquel néctar que el sexo le regalaba mientras ella se dejaba hacer sintiendo nuevamente la llegada de otro poderoso orgasmo que se acrecentaba más y más con cada beso, cada vez que la lengua se paseaba por todos sus labios, cada vez que su boca hacia presa del henchido clítoris que sobresalía victorioso de su cárcel de aterciopelada piel.

El hombre se ayudó de sus manos que colocó sobre las nalgas de la joven para acercar todavía más su boca al sexo de Sonia, como si intentase meterse con su rostro dentro de ella. Eso hizo adelantarse todavía más el tercer orgasmo que la mujer tendría, que derramó dentro de su boca, aquel néctar que el extraño bebía con avidez.


Salió de debajo de su cuerpo y la contemplo en todo su esplendor a pesar de que Sonia estaba echada sobre un costado y derrotada sobre la cama. Pero él quería más, necesitaba poseerla. Ya había roto las reglas del juego una vez aquella noche y si los Dómines se enteraban de aquel ultraje, a pesar de su posición, esta vez si podría haber consecuencias.

Se desnudó con si la vida le fuese en ello y movió a Sonia para colocarla nuevamente de espalda a él.

—No puedo —dijo Sonia agotada.
—Solo una vez más, esta vez será diferente —dijo el hombre recostando su cuerpo sobre el de ella, dejando su erguido y duro miembro entre las nalgas de la joven.

Esta notó la calidez y la humedad del sexo masculino en su trasero y una vez más, lo levantó para ofrecérselo al hombre. Él la había llevado hasta cotas de placer a las que nunca había imaginado que pudiese llegar y ella pensó que se lo debía. Escuchó el leve bufido que lanzó el extraño cuando sus nalgas comenzaron a rozarse contra el sexo del hombre que mantenía el peso de su cuerpo con sus brazos intentando no abalanzarse sobre Sonia y poseerla allí mismo.

El sexo del extraño volvió a rezumar un flujo blanquecino que lubricó toda la zona de las nalgas por donde él se movía haciendo todavía más placentero, el roce de la piel contra la piel, llegando así hasta el buscado pero prohibido clímax que lo dejó rendido sobre el cuerpo de Sonia.

Así se quedaron los dos, echados sobre la cama, olvidándose de lo que podía ocurrir al otro lado de la puerta de la suite y tratando de descansar después de aquella particular cita.  

Cuando amaneció, Sonia se despertó sola, sin nadie a su lado. El hombre se había marchado en cuanto ella se quedó profundamente dormida. La descalzó, le quitó la venda de los ojos y la tapó con una manta que encontró en uno de los armarios. Después se sentó y contempló la belleza de su rostro mientras dormía. Antes de marcharse, dejó un sobre encima del tocador.

La joven se levantó algo contrariada porque al final no sabía si el hombre que tanto placer le había proporcionado era Alejandro, su caballero andante, o un simple extraño enviado por él.  Se dirigió al baño donde se desnudó y se dio una ducha que la espabiló totalmente. Después se puso el albornoz del hotel y al salir vio el sobre que había encima del tocador.

Lo abrió y sonrió pícaramente al leer lo que ponía una nota manuscrita:

·    Sigue al pie de la letra estas instrucciones:
·    Llama al servicio de habitaciones y tómate un buen desayuno, te lo has ganado con creces.
·    Disfruta de la suite durante el resto del fin de semana.
·    Cuando abandones la habitación el domingo, deja la llave en recepción donde te darán un regalito de despedida.
·     Y quien diga que los ángeles no caminan sobre la tierra: MIENTE.






2 comentarios:

  1. Namor, esta es la primera lectura que te hago. No podias haber una marca mejor, me encanta, La Perla. Quiero que sepas que estoy impaciente por hacer una segunda. B.

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  2. Muchas gracias estimada anónima. Espero que disfrutes de todo este blog y comentes de vez en cuando para que este sencillo, a la par que elegante aprendiz de escritor :) aprenda cada día, que le gusta al sexo femenino.

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