jueves, 5 de diciembre de 2013

EL JUEGO. PRIMERA PARTE

Sonia se levantó aquel lunes por la mañana, después de que su despertador estuviese sonando más de dos minutos. Su hermana estaba preparando ya el desayuno mientras esta se había dirigido medio dormida hacia la ducha. A las 7.30 de la mañana, montaron en su automóvil y salieron en dirección a la ciudad. Todavía les quedaban veinte minutos de trayecto que Sonia aprovechó para retocarse un poco frente al pequeño espejo que llevaba dentro de su bolso. Se atusó la melena y comprobó que las mechas que le habían hecho en la peluquería le sentaban realmente bien.

Su hermana parloteaba a su lado mientras conducía pero ella estaba ensimismada pensando en el atractivo hombre con el que se encontraba cada mañana en su paseo hacia su puesto de trabajo. Carla, su hermana, la dejó delante del hotel y después se marchó para aparcar su Daewo amarillo cerca del rio. En la tele habían dicho que ese día no llovería, pero unas pequeñas gotas de agua comenzaron a caer anunciando la llegada de un buen aguacero.

Sonia decidió que no esperaría por su hermana, quería volver a ver a su misterioso caballero con el que compartía todas las mañanas unos cuantos pasos a su lado, antes de que él, con su larga zancada, la adelantase dejando tras de si, la fragancia de su colonia.

Mientras subía por el largo tiro de escaleras que le llevaría hasta el centro de la ciudad, la lluvia comenzó a descargar con fuerza y Sonia comenzó a maldecir en arameo. Su melena ondulada comenzó a mojarse mientras ella, detenida en un descanso de las escaleras, decidía si volver atrás y refugiarse en la entrada del hotel y esperar a su hermana o seguir hacia arriba y dejarse adelantar nuevamente por el hombre que habitaba en sus más frenéticas fantasías.

Pero un paraguas la protegió de la tromba que caía y Sonia se dio la vuelta para darle las gracias a su hermana, aunque mientras se giraba, pensó en como había hecho Carla para llegar tan rápido a su lado. Al ver al misterioso hombre que le sonreía y le preguntaba si aceptaba su ayuda, esta no supo que hacer, se quedó turbada por la cálida mirada que aquel hombre le ofrecía tan deliciosamente.

Después le ofreció su brazo y esta lo aceptó asintiendo con su cabeza. Acabaron de subir las escaleras y Sonia echó un rápido vistazo hacia atrás, deseando que su hermana se retrasase y no fuese en su ayuda con un paraguas en la mano.

El hombre, al ver que su paso era demasiado rápido para Sonia, bajó su ritmo de zancada y le pidió disculpas que iba a saltitos para poder seguirlo. Este se detuvo, bajó su mirada hacia la cara de satisfacción de la chica que iba pensando en su caballero andante que había cambiado su brillante armadura y su blanco corcel por un abrigo tres cuartos y un paraguas de marca.

—Le pido mil disculpas por no haberme presentado. Me llamo Alejandro, pero después de acudir en su ayuda, creo que podrá llamarme Alex.
—Yo me llamo Sonia y le doy las gracias por ser tan gentil por protegerme con su paraguas.
—¿Le importa se la acompaño hasta donde tenga que ir? Creo que este chaparrón va bajando de intensidad pero no creo que cese en su empeño de intentar mojar a todo el que no lleve un paraguas.
—No se preocupe por mí, puedo ir corriendo y protegiéndome bajo los balcones de la dichosa lluvia.
 —Vale —dijo Alejandro retirando la mano de la chica de su brazo y apurando su zancada, dejándola a la intemperie.

Sonia se quedó sorprendida por la reacción del hombre. Pensó que él le diría que no pasaba nada y que la acompañaría hasta donde ella le dijese. Menudo capullo.

Pero el hombre se giró y con una sonrisa en su rostro le dijo:

 —Menuda cara ha puesto, mi querida Sonia —dijo Alejandro volviendo sobre sus pasos. —Lo siento, estaba solo bromeando.
El hombre volvió a ofrecerle su brazo pero esta no lo aceptó.
—Por favor, acepte mis disculpas. Si la invito a un café, ¿quedaría saldada mi afrenta?
—Se lo digo muy en serio, no hace falta que me acompañe.
—Insisto en hacerlo e insisto en invitarla a un café.
—Ya he desayunado.
—Pues permítame hacer algo por usted, no me gustaría que mi ángel de la mañana estuviese enfadada conmigo.

—¿Ángel de la mañana?
—Claro, el otro día se lo comentaba a un buen amigo, mientras jugábamos un amistoso partido de golf. Le dije que los ángeles caminaban sobre la tierra y que yo veía uno cada mañana.
—¿Y a ese “ángel” lo ha visto hoy?
—Lo he protegido de la lluvia con mi paraguas.

Sonia sonrió ruborizada. Entonces cogió nuevamente el brazo de Alejandro y dejó que lo acompañase hasta su lugar de trabajo. El hombre esperó a que la chica estuviese dentro de la exclusiva tienda de lencería de la marca LA PERLA y se despidió con un sencillo —hasta luego —que dejó una agradable sensación de bienestar a la joven.

Dos horas después de abrir la tienda, Sonia no había dejado de pensar en Alejandro. Al haber estado tan cerca de él, en su ropa, todavía llevaba impregnado la fragancia de su colonia. Su atractivo rostro, las pocas canas que nacían entre su pelo negro, su complexión delgada pero atlética… todo ese se había quedado impreso en su cabeza.

Mientras atendía a una clienta, vio por el rabillo del ojo como un hombre entraba en la tienda y hablaba con una de sus compañeras. Esta la llamó y se dirigió hacia el lugar donde reconoció al hombre que había entrado en la tienda. Alejandro la recibió con una gran sonrisa.

—Buenos días, Sonia.
—Buenos días, Alejandro.

La compañera pasó por detrás del apuesto hombre y le hizo un gesto de aprobación confirmando lo que Sonia le había dicho de lo que le había ocurrido aquella mañana.

—Preferiría que me llamase Alex, si no le importa.
—Si deja de tratarme de usted, lo haré encantada.

Los dos sonrieron y Alejandro se acercó sutilmente al rostro de la joven que cerró los ojos creyendo que la iba a besar.

—Necesito una ayudita por su… por tu parte —le dijo susurrándole al oído.

A Sonia le pareció que su cuerpo había reaccionado ante la presencia tan cercana del hombre. Se llamó tonta mentalmente por pensar que Alejandro la iba a besar pero aquel susurro tan cerca de su oído la hizo estremecerse igualmente que si la hubiese besado.

—¿En qué puedo ayudarte? —le preguntó en un tono muy profesional.
—Tengo que hacer un regalo a una chica preciosa y no sé que comprarle. Y aprovechando que hoy te he conocido y que trabajas en una tienda de lencería pues me he preguntado: ¿que le sentaría bien?
—¿Un regalo para una amiga, muy amiga? —le preguntó Sonia algo fastidiada.
—Por ahora es amiga, pero espero que sea muy amiga —dijo Alejandro notando el tono que había utilizado la joven.
—Lo siento… no quería que pensases que me estoy metiendo donde no me llaman.
—No tienes porque disculparte, pero necesito tu ayuda.
—Te ayudaré, te lo debo por lo del paraguas de esta mañana. Vamos a ver, necesito que me digas ¿cómo es tu amiga?
—Es guapa.
—Bien, un buen rasgo… pero para comprar lencería necesito que seas algo más específico.
—Uno setenta, buen cuerpo, piernas bonitas, trasero imponente, pechos turgentes y sedosos… creo.
—Vale, vale, es demasiada información. ¿Podrías decirme su talla de sujetador? es para hacerme una idea.
—Pues no sabría decírtela ya que todavía no he puesto mis manos sobre los broches de tan preciado sostén. Quizás una talla 95.
—Entonces de la copa ya ni hablamos.
—¿Por qué? ¿Quieres invitarme a una copa?
—No, no es eso, la copa es… déjalo. Veamos, una talla 95, con culo y buen cuerpo. Creo que podríamos encontrar algo por aquí.
—Perdona Sonia, ¿podría sugerirte algo?
—Claro.
—Busca algo como si fuese para ti y no escatimes en el precio.
—¿Algo para mí y sin límite de precio? Creo que sé lo que le gustará.

Sonia volvió con una caja dorada y negra. Cuando la abrió, Alejandro se quedó gratamente sorprendido por lo que vio. Un conjunto de sujetador, corpiño trasparente, tanga, liguero y medias de seda negra.

—Me encanta Sonia, es precioso.
—El precio es algo prohibitivo, pero me has pedido mi opinión.
—¿A ti te gusta?
—A quien le tiene que gustar es a la afortunada de tu amiga.
—No has respondido a mi pregunta.
—Si Alejandro, me gusta mucho este conjunto y si pudiese ya me lo hubiese comprado.
—Es lo que quería saber. No me lo envuelvas.
—¿Te lo vas a llevar puesto?
—No, pero si dentro de una de esas espaciosas bolsas de la tienda.

Sonia le devolvió la tarjeta con la que le había cobrado el conjunto de lencería y después le dio la bolsa donde se llevaba el regalo para su amiga. Pensó en la suerte que tenía aquella mujer y no le extrañaba que aquel hombre tuviese amigas con cuerpos esculturales pues Alejandro, era un hombre muy atractivo a pesar de rondar los cincuenta y por lo que veía, con dinero para gastar.

—Sonia, no te preocupes por mí si el resto de la semana no coincidimos por la mañana. Tengo que viajar y no vuelvo hasta el sábado.
—Ah, vale, pero no hace falta que me avises, no creo que te eche mucho de menos. Todavía recuerdo tu bromita de dejarme a la intemperie.
—Vuelvo a disculparme por eso. Y te debo un café por ello. Pero aun así, pensé que me echarías de menos. Vaya, estaba equivocado —y diciendo esto, se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.

Sonia se sintió fatal el resto de la mañana y se arrepintió por haberle mentido porque desde el momento que Alejandro había salido por la puerta, ya lo estaba echando de menos.


La semana para Sonia se hizo muy aburrida. Remoloneaba más de lo normal en la cama por las mañanas y no trataba de darle a su aspecto la perfección de otras ocasiones. Cuando escuchaba pasos por detrás de ella y no la adelantaban, sabía que tras ella iba el típico mirón que le estaba echando una mirada escrutadora a su trasero. Ojalá fuese Alejandro es que estuviese admirándolo. Ese pensamiento la hacía estremecerse y se obligaba a no pensar en él, a pesar de que de vez en cuando, en la soledad de su habitación, sus manos recorrían todo su cuerpo imaginando que eran las fuertes pero delgadas manos de Alejandro las que lo hacían, llevándola con frenesí hasta el mayor de los placeres.


El viernes por la tarde, antes de cerrar, llegó a la tienda un hombre vestido con un traje negro, preguntó por Sonia y le entregó una bolsa con un regalo dentro. Después se despidió no sin antes entregarle un sobre dorado y decirle que lo abriese a continuación del regalo.

Sonia les dijo a sus compañeras que ya cerraba ella y estas protestaron por no dejarlas averiguar quien le había enviado el regalo y que contenía aquel misterioso sobre.

—¿Quién sabe?, a lo mejor es un paraguas que te regala el madurito del otro día, para que no te vuelvas a mojar —dijo una de ellas.

Se despidieron entre risas y después de cerrar con llave por dentro, se dispuso a quitar el regalo de su bolsa. Estaba muy bien envuelto, se veía que lo habían hecho con gran esmero y un lacito dorado prendía el papel para que no se deshiciese el envoltorio. La joven deshizo el lazo y quitó el papel con cuidado. Delante de ella estaba la misma caja que le había dado a Alejandro como regalo para su amiga. Sonrió al levantar la tapa y allí estaba el conjunto que tantas veces había soñado ponerse. Sobre él había un papel doblado y Sonia lo leyó con interés.

<<Buenos tardes, querida amiga. Ojala estuviese ahí para poder ver tu cara, pero estoy seguro que mi presente te gustará. La chica de una tienda muy exclusiva de la ciudad, me recomendó que adquiriese el conjunto de lencería que tienes delante y estoy seguro de que a ti te sentará muy bien. Por favor, ahora abre el sobre que te han entregado y disfruta de tu regalo. Alex>>


Sonia abrió el sobre y dentro había un tarjetón con unas instrucciones que tenía que seguir al pie de la letra.

·    Dirígete al Hotel Palace y pide que te den la llave de la habitación 2311.
·    Date un buen baño relajante y después ponte el conjunto de lencería.
·    Tendrás a tu disposición unos zapatos que deberás ponerte también.
·    Junto con los zapatos habrá una venda que tendrás que colocarla sobre los ojos.
·  Cuando lo hayas hecho, colócate sobre la cama y de espaldas a la entrada de la habitación.
·        Después espera.
·       Si aceptas, llama al número que está al dorso del tarjetón.


Sonia apretó el tarjetón contra su pecho y pensó detenidamente en lo que debería de hacer. ¿Llamar al número de teléfono y aparecer en esa habitación? ¿Aceptar el regalo y no ir a esa cita tan especial? ¿Esperar a que Alejandro apareciese nuevamente por la mañana y devolvérselo diciéndole que ella no era de esa clase de amigas que él podía tener?

Cuando volvía en el coche con su hermana, no quiso comentarle el asunto de la cita a Carla, solo le dijo que un admirador le había regalado un bonito conjunto de lencería y que muy pronto lo estrenaría. Después se sumió en sus pensamientos, tenía que descansar bien aquella noche. Al día siguiente tendría que hacer muchas cosas antes de que un coche fuese a recogerla a su casa para llevarla al Hotel Palace.

Aquella noche durmió más tranquila de lo esperado. Cuando se despertó la mañana del sábado, apenas había pensado en lo que pasaría a partir de las nueve de la noche cuando viniesen a recogerla. Intentó pasar el día todo lo ocupada que pudo, pero a medida que el tiempo pasaba, los nervios se fueron apoderando de ella. Media docena de veces estuvo a punto de llamar a aquel número del tarjetón, pero algo, en el último instante, le decía que se arriesgase y que todo iba a salir bien.

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