viernes, 14 de febrero de 2014

LEYENDA


Cuenta una leyenda, que en un pequeño pueblo de la montaña, vivió un joven llamado Pedro. Desde muy pequeño, se dedicó al noble oficio de cabrero y subía todos los días con el rebaño del pueblo al monte y allí las dejaba pastar hasta el atardecer, descendía nuevamente al pueblo donde se las entregaba a sus respectivos dueños. El oficio de cabrero le gustaba y no le suponía mucho esfuerzo intelectual.

El día que se hizo mayor de edad, víspera de San Juan, el joven Pedro se levantó alborozado ya que cuando bajase al atardecer, su vida cambiaría totalmente.
Salió de su humilde casa, donde dejó a su abuela todavía durmiendo, se dirigió a la fuente y después de esperar unos minutos, las gentes del pueblo le confiaron a sus animales. Dio un largo silbido y salió por el camino  que subía todos los días a la montaña. Y a la salida del pueblo, al pasar por el lavadero donde las señoras lavaban las prendas de ropa, una de ellas le gritó:

¡Pedro, acuérdate de que cuando bajes, pásate por mi casa para cobrarte tu regalo de cumpleaños! dijo una gruesa y voluptuosa mujer.

El joven se puso colorado como un tomate y salió corriendo azuzando al rebaño.

Pero Sole, ¿qué le vas a hacer al pobre chico? preguntó una de las mujeres sorprendida y entre risas.
Yo a él, poca cosa, pero él a mí… solo de pensarlo me entran unos calores dijo la mujer abanicándose con la mano.
¿Seguro que estás bien, Sole? Que estamos hablando del Pedro el cabrero. El mozo con el pelo zanahoria, pecoso y larguirucho.
Ramira, Pedro tiene algo oculto y que ya les gustaría a muchos del pueblo tenerlo tan…
No, ahora no te pares y cuenta dijo otra de las mujeres.
No sé si debo hacerlo.
Que sí mujer, que aquí estamos de comadreo.
Sabéis que desde que enviude de mi Eufrasio, que en gloria esté, de vez en cuando me entran esos calores que tengo que sacarme del cuerpo y solo se me van, en las frías aguas de la laguna.
Si, ya nos tienes contado que eres capaz de cambiar la temperatura de esas aguas.

Todas se rieron y Sole pidió que se callasen para seguir contando su historia.

Pues hace una semana, me dio otro sofoco de esos y me fui a la laguna para tranquilizarme. Pero la laguna estaba ocupada ese día. Pedro, el cabrero, se estaba bañando allí.
Ahora lo entiendo, tienes ganas de carne joven.

Otra vez las risas de todas.

No es eso. Me escondí detrás de unos matorrales y al verlo de espaldas, note como mis calores iban creciendo todavía más y lo peor fue cuando se dio la vuelta para echarse agua. Dios mío del amor hermoso, qué visión.
¿Qué paso Sole? ¿Qué viste?
Pues que a nuestro cabrero, tendríamos que cambiarle el nombre y poner alazán.
¡Nos estás contando que Pedro la tiene grande!
Grande no, enorme. Y mi cuerpo reaccionó de tal manera que casi me caigo de culo sobre unas zarzas. No tenía aquella sensación desde que cabalgaba a mi Eufrasio.

Todas las mujeres abrieron la boca sorprendidas.

Y eso que la tenía como la morcilla, que si la llega a tener toda tiesa… sudo solo de pensarlo.
¿Y el regalo que le vas a cobrar al chico?
Vamos a ver Ramira. Al Pedro no se le conoce moza alguna que se le haya arrimado, ¿verdad?
Pues no.
Dicen que la leche de un mozo virgen, rejuvenece los pellejos de la vieja. Y mi cutis y mi pechera necesitan una buena regada.

Las mujeres se taparon la boca y después estallaron como un coro de gallinas cuando un zorro entre en el gallinero.

Esos son habladurías, Sole. Cosas de brujas susurró Ramira.
De brujas o no, esta noche voy a sacarle un poco de leche y me regará hasta que me deje lozana.
Vaya con la viuda dijo una de ellas
Viuda sí, pero no tonta.

Pedró subía silbando por caminos y veredas, saltaba alegre sobre los riachuelos y antes del mediodía, llegó a la zona de pastos. Allí comió un poco de queso y algo de pan que saco de su zurrón. Después se pegó una siesta y al despertar, notó como la temperatura había descendido unos grados a pesar de estar ya, a finales de junio.

A pesar de eso, se regocijó al pensar en los voluptuosos pechos de la Sole. Menudo susto se había llevado la semana pasada al verla detrás de los matorrales. Y la alegría que le supuso aquella petición de regarla con su leche. Si todo iba bien y la noticia corría entre las mujeres del lavadero, quizá le pidiesen que les regase a ellas también. Algunas estaban casadas, otras solteras y alguna como la Sole, viuda y sin conocer otra varón en su vida. Pero eso le daba igual, si ellas querían, él tenía suficiente leche para todas.

A pesar de que había estado temeroso por lo que le colgaba en su entrepierna, siempre había pensado que a las mujeres no les iba a gustar ese tamaño, pero al ver que la Sole casi se queda sin respiración al verlo y que no había huido despavorida monte abajo, le hizo tener más confianza en sí mismo.

Cuando decidió reunir a los animales, comprobó que le faltaba uno y se puso a buscarlo lo antes posible. Su encuentro con la viuda, no iba a retrasarlo ninguna de aquellas cabras. Buscó por el prado, buscó entre las rocas y se adentró en el bosque silbando y gritando el nombre de aquel animal.

Cuando la coja, la voy a moler a palos y mientras decía eso, casi se dio de bruces con una muchacha que lo miraba con aire divertido.
Hola, ¿buscas a esta cabritilla? dijo la joven con una cabra en brazos.
Si… se me ha escapado del rebaño… gracias.
-       ¿Gracias? No me des las gracias, me debes algo por haber encontrado a tú cabra.
-         ¿Y qué es lo que pides? dijo Pedro tragando saliva.
-         ¿Me darías un poco de leche?
-         ¿Cómo dices? preguntó el cabrero sorprendido.
-         Me gustaría beber un poco de leche de cabra, si tienes a bien dármela.
-         Pues claro… como no. Deja la cabra en el suelo y la ordeñaré. Además, al ser una cabra joven, da poca leche, pero muy sabrosa.
-         ¿Puedo ver como lo haces?
-         Pues claro dijo Pedro un poco más relajado.

Mientras sacaba un pequeño cuenco de madera del su zurrón, miró de reojo a la joven muchacha y le llamó mucho la atención su pelo rojo y su escotado vestido azul que dejaba entrever sus jóvenes y  tersos pechos.

Ella se dio cuenta, le sonrió con sonrisa picarona e hizo que Pedro se aturullase todavía más con el cuenco y la cabra que no dejaba de moverse.

Me llamo Morgana.
Yo me llamo Pedro y soy el cabrero del pueblo.
Encantada Pedro.

Pedro se puso en cuclillas y como su miembro estaba algo revolucionado con la presencia de aquella bella muchacha hizo un gesto para acomodárselo sin darse cuenta de que estaba siendo observado en todo momento por Morgana.

Me he dado cuenta de que debajo de esos viejos pantalones debe de haber algo grande.

Pedro no contestó y siguió forcejeando con la cabritilla que estaba más nerviosa de lo normal.

¿Me mostrarías eso que llevas ahí debajo?
No creo que te guste dijo Pedro mientras empezaba a ordeñar a la cabritilla.
¿Y si yo te enseño lo mio? ¿Me enseñarías tú después lo tuyo?

Pedro ya había visto lo que las mujeres escondían debajo de sus faldas. Muchas veces había espiado a la Sole y alguna que otra mujer, en la laguna mientras intentaban sacudir sus ardores. Por eso, armándose de valor le dijo a la joven.

Si me lo dejas tocar, yo te enseño lo que está creciendo bajo mis pantalones.
Vale dijo Morgana toda risueña.

Pedro, como si nada, siguió ordeñando mientras la muchacha se subía lentamente el vestido. No llevaba ni medias ni enaguas y después de un tiempo que para él le pareció eterno, pudo ver el rojo y ensortijado felpudo de Morgana.
La cabritilla, después de verse liberada de las manos del cabrero, huyó hacia donde estaban sus congéneres.

Tócalo Pedro, no seas tímido le dijo la joven levantando un poco más su vestido.

Pedro se iba a limpiar a su chaqueta la leche de cabra que se le había escurrido por los dedos pero la muchacha hizo un gesto de que no lo hiciese. Que la tocase igualmente.
El cabrero obedeció y con temor, toco delicadamente con sus dedos manchados de leche, el ardiente sexo de Morgana, que cerró los ojos y gimió mientras se mordía el labio.

¿Te gusta?
Pues claro que me gusta, pero ahora, déjame ver lo que llevas ahí escondido.

Pedro se desató los cordones de su pantalón y se los bajó, dejando al aire, su gran miembro. Estaba algo flácida, pero iba cogiendo consistencia poco a poco.

Vaya, la tienes como un caballo  dijo Morgana bajándose el vestido y haciendo un amago de tocársela.
Puedes hacerlo, no creo que te muerda rio nervioso el cabrero.

Morgana la agarro entre sus manos y en pocos segundos, aquella verga se puso firme como una rama. Pedro se sorprendió de aquel arrebato y sobre todo, de que se pusiese tan rápido dura como una piedra. Aquello parecía cosa de magia.

Pedro, ¿te has dado cuenta del portento que te cuelga entre las piernas? 
Tan desaprovechado, sin nadie que lo utilice para el gozo excepto tú. Las mujeres de tu pueblo no saben lo que se pierden.
Bueno, a lo mejor hoy me estreno.
¿Y si te propongo una cosa? dijo Morgana mientras acariciaba lentamente el grueso y largo miembro del cabrero.
Sé que esta noche vas a estar con una mujer en el pueblo y que va a utilizar tu leche para intentar ser más joven.
Pero… pero… eso son cosas que solo hacen las brujas. He oído a mi abuela contar historias de esas, pero no creo que la Sole sea una bruja – dijo Pedro algo asustado.
No, tranquilo, no lo es. Pero ¿y si te pidiese amablemente que me dejases “ordeñarte”? Porque lo que quiere la Sole, como tú la llamas, lo quiero yo para mi y para mis hermanas, que sí somos brujas- y al decir esto, el cuerpo del cabrero, se quedó bajo las órdenes de la joven. Quiero que te pongas a cuatro patas, como una de tus cabras mientras voy a buscar mi marmita.

Pedro obedeció bajo el encantamiento de Morgana. Al hacer esto, su verga tocó el suelo y se manchó de la tierra del bosque. Al regreso de la joven, esta colocó la marmita bajo el vientre del cabrero y lamió con su lengua, la tierra que había sobre la punta del miembro. El joven se estremeció de placer, pero fue el único movimiento que su cuerpo pudo hacer.

Después, mientras una mano se movía sobre verga del joven, la otra se puso al rojo vivo y calentó el cuerpo del cabrero hasta que licuó la carne y los músculos, dejando la piel, los huesos y el cerebro intacto, solo para darse el gusto de que él joven muriese de placer.

Cuando los primeros avisos de que el orgasmo se iba a producir, Morgana, dio una última sacudida dejando al aire, el capullo que comenzó a chorrear leche a borbotones. Sacudida tras sacudida, el cuerpo que estaba totalmente líquido por dentro, se fue vaciando. Y con cada pulsación y aun sabiendo de que se estaba muriendo, Pedro estaba feliz de sentir aquel placentero y mortal orgasmo. Su último pensamiento fue para la pechera de la Sole <<lo que se está perdiendo, madre, lo que se está perdiendo>>.

Poco después, Morgana se llevaba la marmita llena de la esencia de Pedro de la que se aprovecharían, ella y sus hermanas para mantenerse jóvenes un año más. Mientras lo que quedaba del cabrero, yacía tirado en el medio del monte como un guiñapo, con su cabeza intacta y una gran sonrisa en su rosto, la piel que tapaba un cuerpo vacío y una gran verga que saludaba al sol que se escondía tras las montañas.

Aquella noche, la Sole esperó en vano el regreso del joven. A la mañana siguiente, una partida de hombres salió en su busca y encontraron su rebaño en la montaña. Si los animales estaban allí, él no podía andar muy lejos. Quizá se hubiese resbalado entre los peñasco, o una manada de lobos atacase al rebaño y el salió en su defensa y lo habían descuartizado. Buscaron toda la mañana y encontraron sus restos al pie de unos tocones.
Se santiguaron y después de taparlo con piedras intentando no rozar aquel descomunal miembro, bajaron con las cabras al pueblo y dieron la noticia de que unas brujas habían dejado seco, al pobre de Pedro. Ninguno dijo nada de la inhiesta verga que sobresalía entre las piedras.

Pero se cuenta, que cada noche de San Juan, algunos valientes y conocedores del prodigio escondido en el bosque, suben a la montaña para ver danzar a las brujas alrededor del erguido miembro del cabrero. Lo adoran, lo tocan, lo lamen lascivamente y alguna, con la ayuda de las otras, se sube a horcajadas y cabalga sobre él, hasta que este estalla y las rocía con su leche rejuvenecedora.


De todo lo referente a la verga milagrosa, ninguna de las mujeres del pueblo o alrededores, sabe nada.