miércoles, 7 de octubre de 2015

LA ESPERA




Pues sí, mis queridas lectoras, la chica de la foto es Irina. Me la ha enviado vía wasap, guasap, o como se diga y me ha dicho que se la había quitado aquel domingo por la mañana mientras esperaba mi llegada. Me ha comentado también que deje de ser tan caballeroso y me ha retado a contar lo que pasó cuando llegué de mi mañana dominguera de entreno. http://elblogdenamor.blogspot.com.es/2013/11/mis-disculpas.html

A mí los retos no me asustan, la verdad y como me pico con estas cosas pues os contaré lo que ocurrió esa mañana.

Vamos a ver, ¿dónde lo habíamos dejado?...sí, la había llevado para mi apartamento, la desnudé dejándola en ropa interior y la acosté en mí cama. Yo me puse el pijama de franela y me acosté también sabiendo de antemano, que allí no iba a pasar nada y que los dos dormiríamos a pierna suelta hasta la mañana siguiente. Y así fue. A las 9 de la mañana del domingo, el despertador comenzó a sonar y lo apague de inmediato para que mi compañera de cama no se despertase. Esta estaba bastante pegada a mí, buscando el calor que desprendía mi cuerpo a esas horas de la mañana.

Salí de cama intentando no moverla mucho y la tapé con el edredón que descansaba sobre el suelo. Cogí la ropa de deporte a oscuras y salí al pasillo donde agarré mis zapas y a los cinco minutos ya empezaba mi domingo de tirada larga. Esa mañana cayeron 16 km bajo mis piernas. Al llegar al apartamento, Irina me esperaba en la puerta vestida con sus medias negras que enguantaban sus largas y delgadas piernas, sus taconazos de 15 cm y nada más.

Mi reacción fue sonreír, darle los buenos días y escabullirme para la ducha. Allí me desnude quitándome toda la ropa sudada en el entreno de aquella mañana y en el momento que me iba a meter en la ducha, una mano agarró mi miembro viril (he de aclararos que un miembro viril después de 16 km está tan escondido entre la pelambrera de vello púbico masculino, que antes habría que hacer un cursillo de “cómo se usa un machete en la selva amazónica” para poder encontrarlo) y me llevó con ella para la habitación.

Le dije que estaba sudado, muy cansado y que necesitaba una ducha reparadora antes de hacer nada, pero como ya os había dicho el día anterior, Irina es de esas mujeres a la que no se le puede decir que no. Me llevó a la habitación, me tiró sobre la cama y a pesar de mis quejas y súplicas, se colocó encima y con una sonrisa maliciosa, cogió mi sexo y se lo fue introduciendo poco a poco. (Os aclaró de una vez por todas que nuestro sexo tiene vida propia y hay situaciones en las que se despierta, se sube y te deja en mal lugar).

Comenzó a cabalgar sobre mi sudoroso cuerpo, pero a Irina, eso le daba igual. Solo buscaba su propio placer, su desahogo, su polvo mañanero que la despertase totalmente y la hiciese sentir mejor. Me sentí un mero objeto utilizado solo para el sexo, pero eso es lo que ella buscaba. No necesitaba mis manos para acariciarla y mi cuerpo, un mero punto de apoyo.

Cabalgaba sobre mí, se tocaba sus pequeños pechos y bajaba lujuriosa hacia su sexo que rezumaba gran cantidad de lubricación que se mezclaba con la mía. A veces, una de sus manos jugaba con mis pezones y los pellizcaba hasta que mi rostro de cansancio tornaba en una mueca de dolor. Otras, se echaba hacia atrás y apoyaba sus manos sobre mis rodillas ofreciéndome su cuerpo ligeramente arqueado para que la mirase con lujuria.
  
Cuando comenzó a moverse como una amazona cabalgando sobre un caballo desbocado y sus movimientos pélvicos se hicieron más enérgicos, supe que su climax estaba llegando irremediablemente. A mí todavía me quedaba mucho, pero eso a ella, no le importaba.

Cuando el orgasmo daba sus últimos coletazos, se derrumbo sobre mí y su agitada respiración retumbaba en mi oreja derecha. Pero cuando hice un gesto con mi cadera de querer continuar y de que ahora me tocaba a mí, ella se levantó, miró el reloj que estaba sobre la mesilla y me dijo que era muy tarde y que se tenía que marchar.

Se vistió a toda prisa mientras mi sexo todavía palpitaba tratando de que alguien se apiadase de él. Pero Irina solo me sonrió y se despidió con un Ciao caro con acento bieloruso.

Escuché la puerta del apartamento que se cerraba tras ella y el taconeo de sus zapatos al otro lado de la pared hasta que llegó al ascensor. Después, el silencio, solo roto por mi respiración.

Me levanté y caminé sonriente hacia la ducha. Pensé que 16 km y un polvo mañanero, no cualquier hombre puede hacerlo y estaba seguro que muy poquitos éramos los elegidos que lo habían hecho esa mañana.     


Y como he leído por ahí: Quien no se consuela es porque no quiere.

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