viernes, 16 de diciembre de 2016

A FALTA DE MUSAS, BUENAS SON SERIES.

Pues después de mucho tiempo sin tener nada que decir y con el pozo literario seco a más no poder, aquí os dejo una buenísima serie que seguro os va a gustar. Y me preguntaréis ¿por qué esta serie y no otras? Pues porque está dirigida por las hermanas Wachowski (antes fueron los hermanos que dirigieron Matrix) y sobre todo por este vídeo:



Espero que lo disfrutéis, tanto por la música como por las imágenes.


lunes, 18 de julio de 2016

EL RITUAL




Casandra comenzó el largo descenso por las escaleras talladas en la roca del acantilado. Bajaba con sus manos pegadas a su vientre y parsimoniosa, sin muchas esperanzas de lo que iba a tener que hacer. Ella no creía en los rituales, pero la habían convencido de que preguntase en el pueblo por una anciana que vivía a los pies del pequeño faro y que sería la que le indicaría los pasos a seguir para llevar a buen camino, su deseo de ser madre.

No se cruzó con nadie subiendo de la cala que había unos cuantos metros más abajo y lo agradeció. No le apetecía encontrarse con nadie y que la mirasen a la cara. Quizás alguna mente avispada descubriría lo que iba a realizar en cuanto llegase abajo.

Al tocar la cálida arena de la pequeña cala con forma de concha, un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal, como si alguien la estuviese observando desde el mar. Pero allí no había nadie. Estaba completamente sola. Miró hacia lo alto del acantilado y el sol comenzaba a ponerse justo por allá arriba. Muy pronto la mortecina luz de aquel caluroso día de finales del mes de agosto, abandonaría aquel idílico lugar.

Se desprendió de su vestido y permaneció durante unos instantes acariciada por los últimos rayos del sol. Después caminó muy despacio, temerosa, hasta tocar con sus pies el agua del mar que estaba bastante fría. Sonrió inquieta solo de pensar que tenía que bañarse por entera en aquellas aguas y después tumbarse sobre la arena de la orilla.

Fue metiéndose poco a poco y a pesar de que preferiría hacerlo en aguas mucho más cálidas, ella estaba allí por cumplir su sueño y tenía que realizar todo aquel ritual, tal y como le había indicado la anciana. Al llegarle el agua hasta su sexo, tuvo un segundo escalofrío, como si alguien lo hubiese tocado dulcemente. Pero allí no había nadie y menos dentro del agua. Se detuvo un momento mientras observaba la cristalina quietud del mar. Aquellos instantes de dudas, de si seguir o no, se disiparon rápidamente. 

Siguió caminando hasta que sus pechos, erguidos por el frio del mar, tomaron contacto con el agua. El tercer escalofrío. Ahora pudo notar con toda claridad como algo los había rozado y sus pezones reaccionaron al instante, aumentado su tamaño y dureza. Volvió a detenerse con nerviosismo porque como pudo comprobar, seguía sola. Tenía que continuar. La anciana le había dicho todos los pasos que tenía que seguir para completar el ritual y así se estaban cumpliendo. Le había dicho que no tuviese miedo, que pasase lo que pasase, no volviese atrás.

Se sumergió y cerró los ojos. Permaneció durante unos segundos ingrávida en posición fetal, entre las aguas de la pequeña cala, pero cuando emergió, un manto de estrellas cubría ya el cielo y la luna llena iluminaba su cuerpo mientras esta salía hacia la orilla.

La mitad del ritual había sido completado. Ahora quedaba la parte del encuentro. Se dirigió hacia donde había dejado su vestido y en uno de sus bolsillos cogió el pañuelo de seda blanco y se lo colocó sobre los ojos, anudado detrás de su cabeza. Su melena todavía goteaba el agua del mar y gota a gota fue mojando la arena, que ahora estaba ya fría sin la fuerza de los rayos de sol que la calentasen.

Se acostó sobre la húmeda arena de la orilla con las piernas dobladas y con su sexo cara al mar. Permaneció quieta y en silencio, escuchando solo el rumor de las pequeñas olas que la hicieron entrar en un estado de semi- somnolencia. En ese instante surgió de improvisto una primera ola más grande que llegó mansamente y rompió sobre la orilla, donde la espuma del mar roció el sexo de Casandra.

Así nueves veces más y con la llegada de la novena ola, tal y como le había dicho la anciana, notó que algo surgía del mar. Podía sentir su imponente presencia y estuvo a punto de echar a correr. Pero algo la retenía sobre la fina arena de la orilla. Una mano tibia se posó en su frente para tratar de calmarla y Casandra volvió a respirar profundamente sin saber muy bien si aquel estado de duermevela le estaba jugando alguna mala pasada o aquella mano estaba allí en realidad. Notó entonces como otra mano le tocaba sus turgentes pechos acariciándolos con dulzura, volviendo estos a endurecerse. Después rozó su sexo que comenzó a humedecer sus profundidades y por último, aquella mano se posó sobre su vientre donde permaneció un largo rato, notando el sube y baja de la intensa respiración de Casandra.

Después, dentro de su cabeza escuchó una voz profunda y gutural que le habló: La naturaleza es muy sabia y si no has concebido todavía, no es tuya la culpa. El hombre con el que estás, no es el adecuado para ayudarte a criar a tus retoños y por eso jamás podrás tenerlos con él. Su semilla está demasiado corrupta para que tu vientre la acepte y anide en él.

Casandra se despertó al amanecer. Estaba tumbada sobre la arena    y llevaba puesto su vestido. Su cuerpo olía a mar y estaba limpio de arena, pero no de la salitre que perlaba toda su piel. A su vera, el pañuelo de seda blanco que había permanecido tapándole la vista mientras había tenido la visita del sanador Atlante.


Volvió a subir las escaleras del acantilado y sonrió sabiendo que el ritual había sido completado.

viernes, 20 de mayo de 2016

TARDE DE VERANO

Era un caluroso día de verano cuando Rona y Laura decidieron salir a dar una vuelta en el viejo ciclomotor. Habían decidido no ir a la playa y si recorrer las solitarias carreteras de montaña. Así Laura practicaría nuevamente con la mota sin miedo a atropellar a algún transeúnte despistado o empotrarse contra algún coche que pasase.

Rona arrancó el ciclomotor y Laura subió de paquete detrás. Salieron como alma que lleva el diablo después de comprobar que tenían gasolina para estar toda la tarde en la carretera y sin miedo de quedarse tiradas por falta de combustible.

Cuando llegaron al desvío que las llevaría hacía una de las carreteras de montaña, poco transitadas en aquella época ya que todo el mundo prefería la playa, Rona cedió el pilotaje a la inexperta joven.
Laura siguió al pie de la letra todas las indicaciones de su amiga y arrancó despacio el ciclomotor que comenzó a andar vacilante por la carretera.

El calor empezaba a ser sofocante y Rona le pidió a Laura que acelerase un poco, para que la brisa pudiese aliviar la elevada temperatura que estaban empezando a sufrir sus cuerpos.
Laura dio un pequeño acelerón y casi frena al instante bruscamente al ver que la moto corría demasiado. El cuerpo de Rona se quedó tan pegado al de Laura que le costó desencajarse y durante unos instantes, entre risas, Rona intentó zafarse del húmedo abrazo en el que se habían sus cortos y veraniegos vestidos.

<<¿Qué te parece si conduzco yo ahora?>> preguntó Rona.
<<Estaría bien, sobre todo porque tú puedes ir más rápido que yo, y así podemos coger un poquito más de brisa y sombra por allá arriba, entre el pinar>>.

Rona se puso a los mandos del ciclomotor y se subió todo el vestido hasta la cintura. Necesitaba que el aire cálido de la montaña rebajase un poco el calor que le había entrado repentinamente después del frenazo que había realizado Laura. Esta por su parte, a pesar de calor sofocante, se pegó bien a Rona agarrándola por la cintura y el trasero de la piloto quedó encajado entre sus largas piernas, haciendo que sus braguitas tocasen las de Rona.

A Rona aquello le pareció excitante. Dio un acelerón y salieron a toda velocidad hacía la carretera que las llevaría hacía el gran pinar. Kilómetros y kilómetros de carretera a la sombra y donde podrían circular sin cruzarse con vehículo alguno, ya que toda la gente estaría peleándose por encontrar un sitio en las playas.



Rona cogió el cruce de la derecha tan bruscamente que a Laura, una de sus manos, se le escurrió entre las piernas de la piloto. Esta dio un pequeño respingo y antes de que Laura quitase la mano de allí, le dijo que no, que siguiese con ella allí mismo.

Laura comprendió lo que su amiga quería y pegó todo su cuerpo contra el de Rona. Su cabeza sobresalía por encima de uno de sus hombros y sus pechos, se habían sellado a la espalda de la fenomenal conductora. Después metió su mano por dentro de las braguitas de Rona, mientras esta aceleraba más para que la brisa jugase voluptuosamente con sus vestidos.


Aquella tarde veraniega, iba a ser una de las primeras y placenteras tardes de aquel cálido y húmedo verano.

martes, 26 de abril de 2016

AMAZONIA. CAPITULO 3. FIN

—Hola Christina, soy Mike —dijo el ciborg presentándose con un par de besos en las mejillas a la sorprendida mujer que en un principio, no supo reaccionar. —¿Podemos pasar dentro? Las chicas de ese furgón están esperando por si me rechazas y llevarme directamente al Sector 9. Pero al menos me gustaría prestarte mis mejores servicios. Te prometo que no te arrepentirás.
—Vaya, tienes una programación nueva a pesar de no ser un ciborg de compañía muy actualizado, ¿verdad?
—Soy un modelo que va a romper tabúes en esta sociedad.
—Me gusta esa forma de pensar. Por favor, pasa.

Christina les hizo un gesto a las chicas del furgón y estas asintieron, dejando el vecindario y al ciborg Mike con la sorprendida clienta.

Mike recorrió el salón de la casa de Christina que lo observaba con atención. Vestía una camisa blanca y unos antiguos vaqueros que Paula había conseguido en una tienda Vintage de unos carísimos almacenes. Sus movimientos eran muy naturales para ser un anticuado ciborg, se podría decir, que eran casi felinos, como si estuviese buscando una presa. Pensó para ella misma que tenía que dejar de ver aquellos antiguos documentales sobre fieras salvajes, la estaban afectando demasiado a la cabeza.

—Mike, ¿qué modelo de ciborg de compañía eres?
—Soy viejo, pero te demostraré que soy mejor que el último o mejor que cualquier otro androide con el que te hubieses acostado.
—Estás muy seguro de ti mismo. Es extraño.
—¿Extraño en una maquina?
—Sí, los androides de compañía no suelen ser tan…
—¿Seguros de si mismos?
—Pueden estar programados así, pero tu pareces tan diferente, como si no fueran unas ordenes programas en tu cerebro cibernético, si no, como… lo siento, creo que estoy divagando.
—Como si esa seguridad surgiese directamente de mí mismo. Como si fuese una persona como tú y no como un ente.
—Sí, tienes razón, pero eso es imposible… ¿verdad?
—Claro Christina, yo solo soy un ciborg de compañía al que le gustaría poseerte aquí y ahora, pero antes me gustaría besarte… ¿puedo hacerlo?
—Sí… sí, claro que puedes, debes hacerlo.

Mike se acercó lentamente, haciendo que Christina respirase profundamente y sus pechos se moviesen arriba y abajo, saliéndose casi del vestido. Estaba nerviosa, aquel ciborg la había puesto así y eso era nuevo para ella.

Los ojos verdes de Mike la miraban de forma diferente que los demás androides que Paula le había enviado en cada cumpleaños. La mirada era de lujuria y cuando él acercó sus labios a los de Christina, cerró los ojos para sentir todavía más aquel dulce contacto de sus bocas. Mike fue despacio, muy despacio, con besos cortos al principio, intentando refrenar el frenesí que surgía de su interior. Poco a poco, sus lenguas comenzaron a entrelazarse con un cadencioso ritmo que a Christina se le antojó conocido. Como si hubiese besado a Mike en el pasado, como si sus besos fuesen un recuerdo cercano, pero a su vez, alejado en el tiempo. Otra de esas cosas imposibles que le estaban ocurriendo desde que él había entrado por la puerta.

Después se abandonó totalmente a la cálida lengua de Mike que jugueteaba con la suya y que hacía que su excitación fuese creciendo exponencialmente a la lucha entre sus lenguas.

El ciborg le agarró el trasero y la acercó hacía él, notando Christina, el sexo creciente de Mike contra su vientre. <<¿Quién era? ¿Cómo lograba hacer esas cosas sin ella ordenarle nada?>> Fueron preguntas que no tendrían contestación, al menos no en aquellos momentos en los que Mike la estaba desnudando y la contemplaba con ardor en su mirada. Acarició uno de los pechos de la mujer con su mano y esta se estremeció al notar el cálido contacto de sus dedos recorrer todo el contorno de su pecho hasta llegar a su disparado pezón y volver a recorrer en sentido inverso, el camino hasta el gran valle de su escote. Y todo, sin dejar de besarla apasionadamente. Aquel ciborg de compañía estaba muy bien preparado para aquel trabajo.



Christina deseaba que Mike la tocase con la otra mano más abajo y antes de que se la cogiese, este, como conociendo lo que la dama deseaba, bajo con la otra mano hasta la braguita humedecida que tapaba el anhelante sexo de la mujer. Lo rozó por encima y Christina se estremeció, dejó de besar a Mike y echó su cabeza un poco para atrás. Aquel simple contacto la había dejado con ganas de más. Enterró su cara contra el cuello del ciborg y se dejó hacer por él.

Mike introdujo su mano por dentro de la ropa interior de Christina y lentamente, centímetro a centímetro, recorrió la depilada piel del monte de venus hasta el capuchón que apenas podía proteger aquel jugoso botón de placer. Otro pequeño roce y otro suspiro brotó de la boca de la dama.

Pero él no podía contener por más tiempo sus impulsos más primarios y metió uno de sus dedos dentro del sexo de la mujer, comprobando así, que estaba todavía más húmedo de lo que podría haberse imaginado. Christina estaba muy excitada y para eso estaba él allí. Para satisfacer a la guapa pelirroja y durante el rato que estuviese con ella, se lo pasase lo mejor posible. Esa era su misión.

Con una facilidad pasmosa la cogió en brazos y la dejó sobre el sillón, donde le quitó las braguitas y las dejó sobre la antigua y cara alfombra persa que Paula le había regalado el año pasado. Comenzó a besar toda su pierna derecha desde la punta de los dedos de sus pies, pasando por su pelvis, y volviendo a bajar por la pierna izquierda hasta su pie.

Christina necesitaba ya, que aquel ciborg dejase ya tales atenciones y se pusiese en faena lo antes posible ya que con aquellas caricias estaba consiguiendo que su excitación subiese tanto que poco le faltaba para llegar al clímax. Y ella necesitaba un poco de penetración. Siempre la había necesitado, aun cuando jugaba con Paula y toda su juguetería erótica.

—Mike, a mí no me queda mucho ya… entra.
—¿Tan pronto? Todavía no he acabado con los preliminares.
—No me lo pongas más difícil…¡entra!
—¡No!.

Mike se colocó sobre ella y la besó apasionadamente. Christina intentó agarrar el sexo de Mike, pero él se zafó en todas las ocasiones. Era rápido y a pesar de estar delgado, su fuerza era muy superior a la de ella. Le cogió ambas manos y se las subió por encima de su cabeza mientras seguía besándola y acariciándole los pechos.

—Ahora me gustaría que te dieses la vuelta, quiero observar tu trasero.

Christina obedeció sin rechistar y colocó su voluminoso y blanquecino trasero delante del rostro de Mike. Desde aquella mínima distancia podía oler el sexo de Chris que rezumaba su propio néctar. Este comenzó a besar con ternura ambas nalgas mientras daba lentas pasadas con sus dedos por el sexo de la dama, que se estremecía con cada caricia. Apenas le quedaban fuerzas para aguantar sin llegar todavía al orgasmo.

Mike lo sabía y mientras se acercaba peligrosamente con sus besos a la entrada prohibida, introdujo uno de sus dedos en el sexo de Christina que se abandonó al deleite que aquel ciborg le estaba proporcionando y el clímax llegó irremediablemente en continuas oleadas de placer.

Christina se quedó completamente exhausta y se adormeció mientras era abrazada por Mike. 

—Amstrad, gracias por cuidar de ella.
<<No tienes porqué darlas, Mike. Me programaste para ello. ¿Cuándo vas a despertarla?>>
—Ella está segura contigo. Aquí fuera todo está perdido. No sé cuándo podré volver a conectarme. Si no vuelvo ya sabes lo que tienes que hacer.
<<Continuar hasta que su conciencia desaparezca>>
—Así es Amstrad, así es. Chris ha creado un mundo virtual donde ella es feliz y todavía le queda la lucha por las mujeres del Sector 9. Siempre ha sido una mujer fuerte y luchadora. Su mente es un fiel reflejo de como realmente era.
<<Suerte ahí fuera>>
—La voy a necesitar.

Mike besó la frente de Chris que dormitaba plácidamente en el sillón.
—Te quiero.
—Yo también te quiero y te echo mucho de menos —respondió Chris en sueños.


Mike salió sonriendo de la casa. Aquellas palabras le dieron esperanzas y fuerzas de intentar volver una vez más. En Amazonia, aquel mundo que su mujer había creado con su mente, tampoco se estaba tan mal.

martes, 12 de abril de 2016

AMAZONIA. CAPITULO 2

Los cajones con los nuevos modelos de androides, fueron descargados en la parte de detrás de la tienda de Mary´s. Se les acondicionó una zona donde fueron revisados uno a uno pero cuando abrieron el último cajón se llevaron una gran sorpresa. Aquel modelo no se parecía en nada a ninguno visto anteriormente. Sus hechuras no eran las reglamentarias y parecía un modelo antiguo de los que no se utilizaban en ese servicio desde hacía muchos años.



—¿Pero esto que es? Cuando lo vea Mary, en la fábrica van a rodar cabezas — dijo una de las empleadas de la famosa tienda.
—Avísala cuanto antes — dijo la otra chica que ayudaba en las labores de acondicionamiento de los androides.

Mary en una mujer madura, rozaba ya los cincuenta y cinco años, pero con sus operaciones de estética, parecía no tener más de treinta. Había heredado el negocio de los gigolós de su madre, cuando esta tuvo que “abandonar” su cargo y desaparecer por los suburbios de la gran ciudad cuando su escaner facial dio el aviso a la Central y se personó en su lugar de trabajo, una patrulla de la policía.

Cuando llegó al almacén y vio al nuevo espécimen que le habían enviado arqueó una de sus cejas y se acercó para observar más detenidamente al androide.

—Esta claro que han errado con este ejemplar. No tiene ni tan siquiera las medidas mínimas para gustarle a las mujeres más excéntricas de la ciudad. No se, creo que deberíamos deshacérnoslos de él. En cuanto podáis, enviarlo al distrito nueve — dijo mientras volvía andando hacia su despacho.

Una llamada a su holo-móvil personal la hizo detenerse un momento.



—Buenos días Paula, ya me han llegado los nuevos modelos. ¿Quieres echarle un vistazo?
—Me encantaría.

Mary volvió nuevamente al almacén y enseño los nuevos androides del catálogo a su interlocutora desde su propio holo-móvil. Cuando llegó al final vió al ciborg que estaban empaquetando nuevamente y pidió que se lo enseñasen.

—Paula, ese ciborg ha llegado defectuoso, lo estábamos envolviendo para enviarlo al Sector 9.
—Es diferente, pero tampoco está tan mal.
—No puedo creer que te guste eso, Paula. Pero si ni tan siquiera se acerca al canon exigido. Cuando llame a la fábrica me van a oir.
—No, no lo hagas. Creo que podría darle un buen uso, bueno, no yo, una amiga que está muy cerca de la edad mágica.
—¿Chris?
—Si y conociéndola como la conozco, le sorprenderá mucho este regalito.
—Sorprender, seguro que la sorprendes, pero gustarle, no se yo si le gustará mucho.
—Me pasaré por ahí el jueves a última hora de la tarde, para darle un último vistazo.
—Como quieras.
—Envíaselo para la noche del viernes.
—Muy bien Paula. El viernes tendrá al androide en la puerta de su casa.
—Ya sabes, me lo cargas en mi cuenta.
—No hay problema de eso, ¿pongo hora de recogida o que espere allí el furgón?
—Que espere el furgón, no vaya a ser que me equivoque y al final Chris, no lo deje ni entrar.
—Me sorprendería mucho que te equivocases, aunque me ha sorprendido tu elección.
—Decidido, para el viernes por la noche y con espera.
—Lo pondremos lo más guapo que podamos, para que no se noten mucho sus defectos.

Las dos empleadas de la tienda se afanaron en desembalar nuevamente al ciborg e intentaron enchufarlo al ordenador, donde querían cargarle los programas necesarios en su memoria para realizar lo mejor posible su trabajo de gigoló. Pero no encontraron ninguna conexión por donde hacerlo.

—Actívalo para ver si sus funciones motrices son las correctas. Seguro que en la fábrica ya se encargarían programarlo correctamente.

El ciborg abrió los ojos y saludó a las chicas que tenía enfrente. Les tendió la mano y las besó en las mejillas. Después se dio un paseo por el almacén, observando a todos sus congéneres, saludándolos con la mano y sonriéndoles.  Una de las empleadas lo cogió de la mano y comenzó a tocarlo por todas partes, para comprobar si su piel, que imitaba a la perfección la humana, estaba caliente y su órgano sexual funcionaba a la perfección. Comenzó a masajearlo y el sexo del ciborg se endureció en muy poco tiempo, cosa que sorprendió a ambas empleadas. Cuando hubieron comprobado que todo iba a la perfección, lo pusieron nuevamente en su habitáculo y cerraron la vitrina.

—¿Le habrán añadido lo de la presentación con los besos?
—Pues no tengo ni idea. Al ser un modelo antiguo, vete tú a saber si eso ya lo tendría programada anteriormente.
—Pues a mí me ha resultado agradable esa reacción por su parte. Quizás a la clienta le guste también.

Eran cerca ya de las nueve de la noche del jueves cuando activaron nuevamente al ciborg. Este abrió los ojos y volvió a sonreír a las chicas que lo veían desde el otro lado de la vitrina.

—¿Hacemos una apuesta?
—Vale.
—Yo digo que no pasa del umbral de la puerta.
—No sé, lo he estado observando toda esta semana y tampoco está tan mal.
—¿Estás loca?
—Se sale de lo normal. No es un androide como los otros, tiene más pelo y esa barba le da un aspecto muy varonil.
—Definitivamente estas loca. ¿Cómo puede gustarte su cuerpo? No digo que no tenga una complexión atlética pero es que no tiene nada que ver con los otros.
—Quiero hacer una prueba —dijo abriendo la vitrina y dándole la mano al ciborg para que saliese de allí. Esa misma mano la metió dentro de su camisa y encima de uno de sus pechos. Comenzó a masajearlo con la mano del ciborg y empezó a notar notó como su pezón se endurecía por el calor que desprendía aquella mano y este, reaccionó acercándose a ella y besándola apasionadamente en la boca. El sexo del ciborg comenzaba a golpear furiosamente contra el abdomen de la chica y esta, después de juguetear con la experta lengua de aquella máquina, se separó unos centímetros para observar detenidamente al sujeto.

—Buenas noches, chicas —dijo Mary apareciendo en el almacén acompañada con Paula. —Veo que el ciborg está completamente operativo.
—Me parece que ha venido con algún programa preinstalado de fábrica.
—Eso no suele ser lo habitual.
—A mi me parece perfecto. Alto, complexión atlética, con esa… barba, se decía así y ese bello rizado alrededor de su sexo; y su aparato todavía sigue funcionando a pesar de que ha dejado ya de besar a una de tus chicas. No se que programa tendrá pero a Chris la va a sorprender y mucho.
—Aun así, no creo que este ciborg vaya a tener mucha salida.

—Pues hacemos una cosa, si a Chris no le gusta, puedes enviarlo al Sector 9, ¿de acuerdo?


martes, 5 de abril de 2016

AMAZONIA. CAPITULO 1

Capítulo 1

Oscuridad. Christina no quería abrir los ojos mientras la alarma del reloj sonaba con un zumbido que iba en aumento con el paso de los segundos. Era su cumpleaños pero no estaba de muy buen humor para levantarse todavía de la cama. Su vida a partir de ahora comenzaría un rápido declive pues en Amazonia, la zona más poblada del cuadrante Norte, a partir de los cuarenta y cinco años, las mujeres dejaban de ser operativas en su propia urbe. Si tuviese el dinero suficiente para operarse, todavía tendría la oportunidad de seguir trabajando en primera línea a pesar de que su sueldo como secretaría de dirección, le daba para eso y mucho más, pero  había dedicado su vida a ayudar a mujeres que como ella, llegaban a esa fatídica edad y eran prácticamente expulsadas de la sociedad.

El ser guapa y estar bien lo era todo para las mujeres que vivían en la gran ciudad. Si tenías la poca probabilidad de nacer por debajo del percentil de belleza establecido, acabarías desterrada fuera de Amazonia, al gran páramo, o si tenías mucha suerte, en los barrios bajos circundantes de la gran muralla. Y allí era donde iban a parar la mayoría de las mujeres que al cumplir los cuarenta y cinco, comenzaban a estar menos bellas e iniciaban su descenso en el percentil de belleza. Si no eras perfecta, quedabas fuera.

Christina abrió los ojos y golpeó con rabia el despertador que dejó de emitir aquel molesto zumbido. Llevaba preparándose para aquel momento todo el último año y ahora que había llegado, su entereza comenzaba a flaquear. ¿Qué sería de ella a partir del momento que se levantase de su mullida y cómoda cama? ¿Dejaría de ser la mejor secretaría de dirección de Cosmetic On line y pasaría a engrosar el odiado grupo de instructoras de Recursos Humanos de la empresa, cobrando la cuarta parte del suelo que ahora tenía? Si era así, el dinero no le llegaría para seguir el mismo ritmo de vida que llevaba hasta ahora, tendría que mudarse a algún otro barrio menos  recomendable o alquilar un mísero apartamento en uno de los grandes bloques que había cerca de los suburbios.

<<Buenos días, Christina>> dijo una voz masculina que resonó por toda la habitación haciéndola salir de su apesadumbrada ensoñación.
—¿Buenos días? ¿Qué tienen de buenos?
<<¿Debería haber dicho Feliz cumpleaños?>>
—Amstrad, no me toques la moral, ¿vale? Hoy no estoy para muchas bromas.
<<Está bien, ¿te preparo el baño?>>
—Si por favor, y como muchas sales rejuvenecedoras.
<<Sería mejor ir racionando las sales, según mis datos, deberían llegar…>>
—Vale, vale —cortó Christina a su querido domo-ordenador. —Comienza con el racionamiento. ¿Por que no habré utilizado el dinero que he ganado todos estos años para atesorar sales y productos cosméticos?
<<Será porque te has ido gastando ese dinero en ayudar a otras mujeres…>>
—Era una pregunta retórica —cortó Christina de malos modos a su querido Amstrad. ¿Está ese baño preparado? —preguntó la mujer con aire de fastidio.
<<Si, Christina y a la temperatura exacta, como siempre>>.
—Muchas gracias Amstrad, no se que haría yo sin ti. Y siento mucho estar de mal humor esta mañana.

Christina se levantó y lo primero que hizo fue dirigirse hacia el espejo. Este le devolvía la imagen de una mujer atractiva y  exuberante. Muchas de sus parejas se lo habían dicho a lo largo de su vida y su cuerpo se salía de la imagen de las escuálidas hechuras que habían sido ya operados cientos de veces por las mejores cirujanas de la femenina urbe.  

<<Sigues estando tan guapa como ayer>>

La mujer se volvió a mirar al espejo y con un gesto de cabeza, afirmó lo que su domo-ordenador había dicho.

Después del baño se dio un suave masaje con aceite de almendra y se vistió con un entallado vestido color rojo, que hacía juego con su pelo y resaltaba su escote, perlado por unas graciosas pecas que rompía el color blanquecino de su piel.

Salió de su casa y cogió su aéreo-deslizador que la llevaría hasta su lugar de trabajo en la gran ciudad. Dejó atrás los barrios residenciales y se fue adentrando en la maraña de vías que la dejaron a las puertas de uno de los grandes rascacielos que estaba repleto de empresas y oficinas; y allí metió su vehículo en el aparcamiento móvil que recuperaría al final de su jornada laboral.

A medida que el ascensor se iba llenando de mujeres, notó las frías miradas de gran parte de ellas. Las mismas miradas de todas las mañanas, cosa que a Christina le encantó pues significaba que su atractivo todavía seguía siendo el mismo de siempre.



Cuando llegó a una de las últimas plantas, se bajó del ascensor y entró taconeando con fuerza por el largo pasillo de la gran oficina, mientras su falda se abría a la mitad por una gran abertura que dejaba ver su medias de seda negra.  Todas las demás mujeres se fijaron y pudieron ver que a pesar de su edad, Christina era la misma de siempre. Y para muchas de aquellas mujeres, la fantasía de estar a solas con ella, les seguiría asaltando a lo largo de los días. Se sentó delante de su pantalla de ordenador, cruzó los dedos mientras el escáner facial le daba el visto bueno para empezar su jornada de trabajo.

—Chris, cuando puedas ven a mi despacho —dijo una voz por el interfono.
—Ahora mismo voy, Paula.

Paula era la jefa de Christina. Una mujer muy atractiva y diez años menor que ella. Su melena rubia caía sobre uno de sus hombros y dejaba ver una de sus orejas recién operadas. Era la última moda, dejarlas algo puntiagudas en su parte superior. Orejas élficas como rezaba la publicidad machacona en revistas, carteles publicitarios móviles y mensajes enviados a las pc tablets.

—Buenos días, Paula.
—Por favor, cierta la puerta.

Christina cerró la puerta tras de si y se dirigió hacia la gran mesa donde Paula la aguardaba con una pícara sonrisa en su boca. Los cristales tintados de su despacho, dejaban ver todo lo que ocurría en la oficina de Cosmetic On Line pero no en el gran despacho de Paula, que ya besaba apasionadamente en la boca a su secretaria de dirección.

—¿Qué tal te encuentras?
—Fenomenal, ¿no me ves?
—La verdad es que no has cambiado mucho… espera, esa arruga no la tenías ayer.
—¿Qué?

Paula se levantó y le dio una sonora palmada en el trasero a una preocupada Christina.

—Si no fueses mi jefa, te mataría.
—Lo se, pero como te quiero, te perdonaré ese comentario insubordinado por tu parte —le dijo guiñándole un ojo. —Tengo un regalito para ti.
—Dime que son sales rejuvenecedoras.
—Lo siento, pero sabes que a partir de ahora, las sales están restringidas para ti. Si la policía se enterase, acabaríamos las dos en el Páramo. Pero supongo que tendrás un buen arsenal de ellas… dime que si lo tienes.
—Si, claro, algo tengo.
—¿Algo?
—Bueno… yo…
—Por favor Chris, no me digas que te has gastado el dinero en esas mujeres.
—Ya sabes como soy, me van las causas perdidas.
—Seguro que podrán vivir unos cuantos años más, pero ¿te has parado a pensar en las consecuencias que te traerá a ti la falta de sales rejuvenecedoras? ¿Qué pasará cuando el escáner facial no te de el visto bueno para poder trabajar aquí y tenga que degradarte y enviarte al Recursos Humanos?
—Ya he empezado con la reducción de sales en el baño de la mañana.
—Al final te mataré yo… en fin, dejemos por ahora el tema, vamos con tu regalo.
—Sorpréndeme.
—Recuerdas el Gigoló del año pasado.
—Claro que lo recuerdo. Uno de los mejores androides con los que me he llegado a acostar.
—Pues este año tendrás uno nuevo. Algo diferente a los demás androides que pululan por ahí.
—Miedo me das.
—He ido personalmente a inspeccionarlo a Mary´s Gigoló porque no me creía lo que veía en el catálogo. Así que, te vas a tomar el resto del día libre, iras de compras, te pondrás guapa para la noche y recibirás a Mike con los brazos abiertos.

Christina hizo todo lo que su jefa le había dicho, salió del trabajo contoneando sus caderas y desde su despacho, Paula vio como la gran mayoría de las chicas se les escapaba alguna fugaz mirada y algún que otro suspiro al ver a la exuberante mujer abandonar la oficina. Se rió para sus adentros y pensó que de allí era la única que podía tener aquel cuerpo siempre que quisiese ya que ella era su amante.

Al llegar a casa se probó nuevamente el largo vestido verde turquesa que hacía juego con sus ojos. Le quedaba como un guante y se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Christina se acarició por encima de él y sus pechos reaccionaron a sus caricias, notándose sus pezones por debajo del vestido. Decidió que el sujetador le marcaba demasiado y se lo quitó rápidamente sin tan siquiera desvestirse ya que tenía mucha práctica en tal menester pues Paula necesitaba muchas veces de sus atenciones en su propio despacho.



A pesar de no llevar sostén, los pechos prácticamente no bajaron ni un centímetro de su posición. Esos momentos hacían que las largas horas invertidas en el gimnasio valiesen la pena.

A las nueve en punto, llamaron a la puerta. Christina estaba sentada a lo largo de su cómodo sofá, contemplando la chimenea que ardía con un fuego holográfico, pero que caldeaba el ambiente.

<<En la puerta hay un gigoló que dice llamarse Mike>>

—Esta bien Amstrad, déjalo pasar y desconéctate durante un par de horas. Necesito intimidad.

<<Feliz cumpleaños>>


—Gracias, eres un amor.

martes, 29 de marzo de 2016

UN AÑO DESPUES

Hace un año que no te veo y hoy por fin, me he decido a volver a ti. Te echaba mucho de menos y a pesar de los años que estuvimos juntos y de todo lo que hicimos, hoy estaba nervioso por estar nuevamente contigo.

Apenas unos pocos preliminares y me sumerjo dentro en ti. Entonces me recibes con cálido abrazo, como el que das a alguien que no ves hace ya tiempo, con tus caricias recorriendo mí cuerpo semi desnudo de arriba abajo. Apenas puedo contener mi felicidad por estar rodeado totalmente por ti.

Me gusta y disfruto cada momento que estoy contigo, tú abajo y yo arriba; yo abajo y tú encima. Después de quince minutos, mis brazos comienzan a estar cansados, pero tú sigues pidiéndome más y más, mientras mi cuerpo va navegando poco a poco sobre ti.      

Agotado, pero muy satisfecho, salgo y hago unos estiramientos para desentumecer mis músculos que agradecen cualquier movimiento lejos de tus humedades.

Te miro y tú me devuelves esa mirada azul pidiéndome que no tarde tanto en volver a estar contigo.

Sonrío y te prometo sumergirme nuevamente en tus aguas y volver a disfrutar de mi querida y ansiada Piscina.





miércoles, 23 de marzo de 2016

FELIZ SAN VALENTIN ;)


El porqué de las cosas.




Todavía recuerdo la primera vez que la vi. Entré en la cafetería a donde solía ir habitualmente y ella ocupaba una de las mesas frente al gran ventanal del establecimiento. Mientras iba hacia mi lugar habitual, un rincón donde podía ojear sin ser molestado, los periódicos del día, observé la triste figura de aquella mujer. Parecía como si estuviese esperando a alguien que nunca llegaría a entrar por aquella puerta. Quizás un novio, que decidió abandonarla en una gris mañana del mes de febrero, dejándola sola delante de una humeante taza de café. ¿Quién sabe?, nunca se me ha dado bien averiguar el porqué de las cosas.

Me senté en mi rincón y rápidamente tenía un café con leche sobre mi mesa. Era uno de los privilegios por ser de los clientes habituales de primera hora de la mañana. Las camareras sabían de memoria lo que tomaba cada uno de nosotros, de aquellas personas que día tras día, visitábamos aquel remanso de paz antes de ponernos a trabajar en la gran urbe.

Pero allí estaba ella, lánguida y cabizbaja, sin apenas mover un solo músculo de su cuerpo. Yo la miraba con atención y veía más allá de ella, como pasaba la gente al otro lado del cristal, por si alguien se detenía al verla y era ese hombre por el que ella aguardaba. Entonces ella sonreiría al verlo, quizás él la quería demasiado y había decidido volver a su lado. Entraría, la abrazaría y después se fundirían en un largo beso…

Nadie se detuvo para mirarla. Los coches por la calle pasaban y se dirigían lentamente hacia el centro de la ciudad, y ni siquiera los transeúntes se daban cuenta de la figura que estaba sentada tristemente dentro de aquella cafetería.

Algo comenzó a removerse dentro de mí, no podía dejar que aquella mujer permaneciese por más tiempo en aquel estado. Me levantaría, iría hacia su mesa y le pediría amablemente sentarme con ella. Me presentaría y le contaría algo que la hiciese sonreír. Mis amigos dicen que soy simpático y que tengo don de gentes. Sí, haría eso… pero ¿y si llegaba a su lado y ella rechazaba mi compañía? Si prefería estar sola y no con un desconocido sentado junto a ella a su mesa.

Miro a las demás personas que hay en la cafetería y soy el único que la está observando. Los demás, o están leyendo los periódicos o charlando amistosamente sobre los temas de más actualidad. Pero la joven… la miro con bondad. ¿Es que nadie se da cuenta de la amargura que desprende su mirada?

Me levanto y me dirijo hacía ella. Me quedo a su lado un instante y ni siquiera se da cuenta de mi presencia. Carraspeo y le pido amablemente si me puedo sentar en su mesa. En ese instante, levanta su mirada hacia mí, me sonríe y me ofrece con un gesto, el otro asiento. Me acomodo en la otra silla y dejo mi café con leche abandonado en mi rincón.

Me sigue sonriendo y todo rastro de tristeza, desaparece de su rostro. Antes de decir yo nada, comienza a explicarme que estaba deseando que yo me acercase y me sentase en su mesa, que me veía todos los días a través de la gran cristalera mientras yo leía el periódico y que poco a poco, día tras día, se había ido enamorando de mí. Esa misma mañana, había decidido a entrar en la cafetería y sentarse junto al ventanal. Al verme entrar, bajó la cabeza tímidamente y comenzó a pensar en como podía hacer para llegar hasta mi mesa, decirme que sentía algo por mí y no parecer una desequilibrada mental.

Le sonreí y ella continuó haciéndolo también. En ese instante me di cuenta de que nunca se me ha dado bien, averiguar el porqué de las cosas.



viernes, 5 de febrero de 2016

RONIN GAIJIN. PARTE II Y FINAL.

No había pasado ni una semana cuando volvimos con los monjes. No era capaz de concentrarme y aquel día mi cuerpo se llenó de moratones por los continuos golpes de la nagitanas de madera.
<<Este arma es la primera que dominan nuestras niñas>> dijo Katsumi.<<Y tú has perdido todo la atención, ¿se puede saber en qué estás pensando?>>
Yo solo podía pensar en el camino de vuelta y en la pequeña laguna. Pensaba en el sinuoso cuerpo de Katsumi y en como mi sexo se agrandaría entre sus manos. Pero los monjes y la propia Katsumi me hicieron regresar de mi mundo de ensoñación y a base de palos, hicieron que sus enseñanzas empezasen a ser productivas aquel día.

Y al amanecer, sin apenas haber descansado y molido a golpes, bajamos de la montaña e hicimos una parada en el camino. Katsumi me ayudó a desnudarme y después de hacerlo ella también, me frotó con suavidad ya que al mínimo roce de las hierbas jabonosas o de sus manos, yo reaccionaba con un pequeño quejido.
<<Esto te pasa por no concentrarte en la lucha. Si piensas en otras cosas mientras combates, la muerte te llegara rápidamente>>
<<Tengo que entender entonces que lo que pasó el otro día en esta misma laguna fue una prueba>>
<<Algo así. Necesito que separes los placeres de la carne con el placer de combatir en una batalla. Tienes que concentrarte totalmente en lo que estás haciendo en cada momento. Como ahora>>
<<¿Ahora?>>
<<Si, porque me tienes detrás de ti, completamente desnuda y solo puedes pensar en el dolor que recorre tu cuerpo>>
<<No logro entenderte>>
<<Cuando estás aprendiendo a luchar en el monasterio, no puedes pensar en lo que va a pasar en esta laguna, tienes que evitar que te golpeen y atacar en cuanto uno de los monjes baje la guardia. Y cuando estás aquí conmigo, tienes que sentir el placer y no pensar en el dolor y en la magulladuras de tu cuerpo>>.
Katsumi bajó con una de sus manos hacia mi sexo que reaccionó al instante al ejercer ella un movimiento de vaivén y muy pronto, el dolor de mi cuerpo fue algo secundario. Dejé de quejarme para disfrutar de las atenciones que la bella mujer me proporcionaba.
En cuanto notó que mi sexo tenía una consistente erección, se puso delante de mí, se agachó y me ofreció su trasero. Era la primera vez que una mujer quería hacerlo de aquella manera. Yo no sabía cómo empezar, pero Katsumi me guio con una de sus manos mientras que con la otra, acariciaba lujuriosamente su sexo.   
<<Es necesario que lo hagamos de esta manera, soy doncella y doncella moriré>>.
Cuando estuvo lo suficientemente preparada, acercó la punta de mi miembro hasta la entrada de sus nalgas y poco a poco, la resistencia de su piel fue cediendo hasta que todo mi sexo estuvo dentro de ella. Por unos instantes permanecimos quietos, notando la estrechez y la calidez de su cavidad. Fue Katsumi la que comenzó a moverse mientras seguía tocándose entre sus piernas. Sus posaderas golpeaban contra mi abdomen que se contraía de placer. Mis manos se movían lujuriosas por toda su espalda, pero cuando Katsumi me iba a llevar al clímax, me incliné sobre ella y agarré sus bamboleantes pechos, haciendo que sus pezones se pusiesen duros apuntando hacía el agua que los salpicaba por el vaivén de nuestros cuerpos.
Fui el primero en sucumbir al deleite del éxtasis a pesar de los esfuerzos de Katsumi para que todavía no lo hiciese. Aun así, continué acariciándola mientras mi sexo descargaba toda mi esencia dentro de ella y pocos instantes después, fue Katsumi la que se retorcía de placer al recorrerla por completo el tan anhelado clímax.
Descansamos enroscados dentro del agua. Mi cuerpo se debatía entre el dolor de los moratones y el placentero encuentro con Katsumi. Jamás olvidaría lo que había pasado en aquella laguna y muy pronto desearía no haberla abandona nunca.

Cuando volvimos al castillo y a pesar de que Tokunaga había evitado en múltiples ocasiones entrar en combate tanto por el bando Nacionalista como por el bando Imperialista, nos enteramos que el nuevo Shogun, Tokugawa Yoshinobu había renunciado a su cargo para evitar un derramamiento de sangre, cosa que no consiguió ya que muchos señores feudales quisieron instaurar nuevamente la figura del Shogun y la guerra civil entre ellos y los pro-imperialistas no se hizo esperar. La Guerra Boshin duró un año y ahí es donde entro en acción como guerrero de mi señor.

Durante ese periodo, mi tío permaneció bajo la custodia de la policía en la capital. No se le permitió salir de su casa a no ser que tuviese que ir a su oficina para cerrar algún trato o cuidar de sus negocios. Pidió audiencia al Emperador para comunicarle que él podía convencer al Daimyo Tokunaga de que no participase en esa guerra, pero el Emperador, aconsejado por sus hombres de confianza, insistió en mantenerlo confinado en la capital por su propio bien ya que los espías no estaban bien considerados en su país. Pero lo que el Emperador no sabía era que mi tío consideraba Japón como su propio hogar y lucharía por preservar las antiguas tradiciones y trataría de que el mundo moderno se fusionase con lo ancestral.

El horagai sonó antes del amanecer y todas las tropas estuvieron listas para pasar revista. Kaito nos alistó a cada uno de nosotros y a mi me regaló un peto con su emblema. Fue todo un honor y muchos de mis compañeros, a pesar de ser un novato, me consideraron un soldado importante dentro de la compañía. Éramos un centenar y Kaito se había preocupado de que fuese asignado a una de las compañías más veteranas donde había muchos ashigarus que ya habían combatido en alguna que otra contienda.



Mi señor estaba sobre una colina mientras contemplaba el campo de batalla. Habíamos llegado allí después de tres días de dura marcha ya que los batidores habían descubierto que nuestros enemigos habían derrotado y destruido a varios de nuestros aliados. Sin esa ayuda la batalla estaba perdida antes de empezar. Éramos tan solo novecientos hombres contra cinco mil soldados. Aún así, Kaito nos arengaba con sus gritos de guerra. Creo que ninguno de los de allí tenía miedo a morir, todos excepto yo. Me había meado en los pantalones al ver a lo que nos íbamos a enfrentar.

<<Luchar con valentía y morir con honor>> nos repetía una y otra vez montado en su caballo. <<Si nosotros caemos, nuestro hogar arderá, nuestras familias se verán masacradas y el honor de nuestro señor Tokunaga se verá mancillado>>.

Nuestra compañía fue enviada por el flanco derecho, dentro del bosque ya que cuando empezase el combate, teníamos que deshacernos de dos compañías de arcabuceros que había en sus lindes. Pero antes, tendríamos que acabar con sus batidores que peinaban el bosque en busca de sus enemigos. Nos encomendaron la misión solo a unos pocos arqueros escogidos y pude demostrar que mi puntería con el arco había aumentado con el sacrificio y el entrenamiento al que me había sometido Katsumi. Muy pronto estábamos a tiro de flecha de los arcabuceros.

Cuando la batalla comenzó, nuestras flechas salieron disparadas desde dentro del bosque. Nos movíamos a un lado y a otro y fueron muy pocos los enemigos que pudieron disparar hacia la espesura. Cuando nuestro capitán nos ordenó cargar contra la segunda de las compañías, repasé el emblema de Kaito con la yema de los dedos  que llevaba en mi peto y seguí a los lanceros que ya cargaban contra nuestros enemigos.

Los arqueros acabamos con nuestras flechas y muchos se dispusieron a atacar con sus espadas. Yo me hice con una de mis armas preferidas, una nagitana que uno de nuestros samuráis me había lanzado por el aire para poder atacar.

La batalla fue cruenta. La sangre empapaba mis ropas y mis compañeros caían a mi lado sin que yo pudiese hacer nada para evitarlo. Solo podía combatir, matar para que no me matasen. Los pocos que quedábamos de nuestra compañía, nos reagrupamos en las lindes del bosque junto con los samuráis que todavía quedaban en pie. Estaban muy mal heridos, pero sonreían porque habíamos conseguido acabar con las dos compañías de arcabuceros enemigos. Yo comencé a cuestionarme si había honor en todas aquellas muertes acontecidas sobre el campo de batalla, pero no tuve mucho tiempo para pensar. Las banderas en nuestra retaguardia nos anunciaban que nuestras filas estaban rotas y que teníamos que regresar para defender a nuestro señor. Pero las tropas enemigas cayeron sobre nosotros retrasando la ayuda requerida.

Cuando pudimos llegar, cientos de nuestros compañeros habían caído abatidos defendiendo a nuestro Daimyo, entre ellos Kaito que había levantado un muro de cadáveres de nuestros enemigos. Los samuráis allí presentes se quitaron la vida al ver a su Señor decapitado mientras que los pocos supervivientes de nuestra compañía se dispersaron huyendo hacia sus aldeas.

Pero yo no podía huir, no era un samurái pero había sido adiestrado como uno de ellos. Entonces recordé la historia que un día me contó mi tío sobre los 47 Ronin, unos samuráis que se vieron obligados a convertirse en Ronin, de acuerdo al código de honor del samurái, después de que su Daimyo se viera obligado a cometer el seppuku, por haber agredido a un alto funcionario judicial en una sede de gobierno. Esta legendaria historia se hizo muy popular en todo Japón, porque muestra la lealtad, sacrificio, persistencia y el honor que las buenas personas deben preservar en su vida diaria.

Esa sería mi misión, vengar la muerte de Kaito y la de mi Señor. Pero antes de que pudiese hacer nada, vi como las tropas de nuestros enemigos avanzaban a buen paso hacia el Norte. Ni la destrucción de nuestro ejército había sido suficiente para ellos. Tenían que acabar con todo el poder de Tokunaga y su siguiente paso sería arrasar su castillo. Con lo que no contaban era que al mando de la guarnición que se había quedado en él, estaba Katsumi. Pagarían muy caro la ofensa de atacar la fortaleza. Me pertreché de flechas, conseguí un buen arco y mientras buscaba un caballo que me llevase raudo y veloz hasta el castillo, uno de mis pies resbaló en una piedra que había en un riachuelo cercano y mi cabeza se dio contra el duro suelo dejándome inconsciente durante horas.

Cuando por fin desperté, los cuervos y las alimañas se estaban dando un gran festín con los cadáveres de los hombres caídos en la batalla. Dentro de mi carcaj solo había quedado una flecha y no tenía tiempo de buscar más. Me maldije por mi mala suerte y vi un caballo que estaba en la linde del bosque. Era el caballo de Kaito. Me miró, vino hacia mi y bajó la cabeza para que lo montase.

Cabalgamos sin descanso día y noche hasta que dimos con la retaguardia del ejército enemigo. Estaban ya en el camino que les llevaba hacia la empaliza que circundaba el recinto del castillo. La aldea y sus habitantes habían desaparecido pasto las llamas. Bajé del caballo de Kaito, lo desensille y dejé que se fuese libre. Después me acerqué por el flanco izquierdo y pude ver castillo. Parecía un gigantesco puercoespín, pues eran cientos las flechas clavadas en su estructura de madera.



Desde mi posición podía ver a los generales del ejército y al Daimyo del clan Satsuma. Delante de ellos, una mujer desnuda les escupía a la cara. Era Katsumi, la bella doncella guerrera. Había acabado ella sola con más de un centenar de enemigos y ahora iban a mancillar su blanquecino cuerpo. Una flecha, una sola flecha. Tenía que decidir si acabar con la vida de un enemigo y así vengar la muerte de mi Señor o aliviar el sufrimiento que podía padecer Katsumi. Antes de que pudiesen tocarla, caía al suelo muerta, con el corazón atravesado por una única flecha. Su honor jamás fue mancillado.

Salí de mi posición, desenvainé mi Katana y mi wakizashi y me dispuse a morir como un verdadero samurái. Ahora entendía lo que era el honor, luchar por tus ideales, la lealtad para con tu Señor y el sacrificio de uno mismo. Uno a uno, el Daimyo envió a sus hombres a la muerte. El Ronin Gaijin, como así me llamaron al ver mis rasgos occidentales, era mejor guerrero de lo que ellos pensaron en un primer momento. Pero mis fuerzas me fueron abandonando poco a poco. La lucha en la batalla, la cabalgada sin descanso y ahora los duelos contra los samuráis del clan Satsuma hicieron que mis piernas comenzasen a dolerme y mis brazos, al pesar tanto, ya casi no podía sostener mis espadas.

Y fue así, por agotamiento, como mis enemigos pudieron vencerme. Pero para castigar mi osadía de privarles de la diversión de probar la carne de Katsumi y por haber acabado con varios de sus samuráis, el Daimyo me hizo enterrar vivo en una de las mazmorras de la fortaleza. <<Que se pudra en el castillo que tan honorablemente ha defendido>>

Katsumi fue enterrada en un túmulo al lado de la fortaleza y la leyenda de la doncella guerrera sería recordada a lo largo de los años en todo Japón. De mi nadie habló, pues fue toda una deshonra para el clan Satsuma que un extranjero derrotase a varios de sus mejores guerreros. El pacto de silencio no se hizo esperar y no aparecí en ninguna de las historias ni leyendas que se cuentan de cómo el castillo del Daimyo Tokunaga fue el único que no fue destruido en la guerra Boshin, gracias al arrojo de la bella Katsumi.




Después de más de cien años, sigo aquí, guardando la morada de mi Señor Tokunaga, viendo pasar a las gentes que visitan el castillo sin saber, que a su lado, un Ronin Gaijin dio su vida para salvar el honor y la fortaleza de su Señor.