viernes, 29 de enero de 2016

RONIN GAIJIN. PARTE I

RONIN GAIJIN


Digamos que yo no estoy aquí, que no he venido y, por lo tanto, ni veo ni oigo nada.
Pongamos que mis sentidos, ante mi supuesta ausencia, no sirven para nada. No puedo tocar, oler ni saborear lo que hay a mi alrededor.
Imaginemos, por un solo instante, que sé que hay un montón de gente junto a mí que me habla, me toca y me acaricia. Los hay que lloran, que rezan y que, con mirada ausente, se pierden en sus pensamientos. Los hay que ríen, cantan y que, con destellos en los ojos, dan rienda suelta a su alegría.
Y ahora veamos la realidad.
Veo y oigo a todos. Huelo y siento los perfumes de personas y cosas. Saboreo, sin poder remediarlo, un adiós.
¿Por qué ellos no me oyen?, ¿qué me pasa?. Mi cerebro no sabe que pensar y por momentos rozo la locura. Grito, pataleo y gesticulo, pero es imposible. Para ellos no existo… ya que mis huesos están dentro de una tumba y mi fantasma vaga errante por el castillo de mi señor.

Así es como acaba mi historia, pero os contaré como comienza.



Japón año 1860 de nuestra era. Yo era un niño de diez años cuando mi tío me trajo a este país. Mis padres habían fallecido por una enfermedad y un clérigo amigo de mi tío, le escribió una carta explicándome mi situación de orfandad. No lo dudó ni un instante y dos meses después de abandonar el orfanato de San Francisco, estaba sentado a su lado en uno de los ricksaw que nos llevaba hasta su gran casa. Se había establecido hacía ya un par de años y estaba amasando una gran fortuna con los negocios de exportación hacia Europa. Desde el primer momento de mi llegada, me trató como si fuese un hijo suyo y se desvivía porque yo estuviese lo más cómodo posible. Pero yo no conseguía adaptarme a aquel estilo de vida. No soportaba a los japoneses ni sus parsimoniosas y raras costumbres.

Pero la misma opinión que yo tenía de ellos, la tenían ellos de todos los llegados más allá del mar. Los tiempos que corrían en el país eran tumultuosos y todavía se discutía si los extranjeros, o Gaijins como nos llamaban, podíamos vivir en Japón. Una cálida noche, paseábamos mi tío y yo cerca del Castillo Edo cuando aparecieron unos Ronin (así les llamó después mi tío) y se enfrentaron contra medio centenar de policías que custodiaban a un hombre muy importante de Tokio. Mucho después nos enteramos que esos Ronin fueron para asesinar a li Naosuke, el hombre que había conseguido que Japón se abriese al mundo occidental. En la refriega, nuestro servicio de escolta, intentó ayudar a los policías, pero estos también acabaron muertos o heridos. Salimos corriendo perseguidos por aquellos hombres, pero al final, consiguieron alcanzarnos.



Nos hicieron caminar toda la noche y mi tío, al ver que mis piernas ya no daban para más, me subió sobre sus hombros mientras aquellos hombres nos llevaban por veredas poco transitadas, escapando de los policías y soldados que intentaban seguirnos desde la capital. Fue una larga y dura caminata hasta que llegamos a una cabaña donde nos aguardaba un campesino con caballos para aquellos hombres. Mi tío les rogó que nos dejasen marchar, que no diríamos nada a las autoridades, pero ellos le hicieron entender que  nos llevaban como rehenes por si les daban caza y a pesar de que les ofreció una gran cantidad de dinero por dejarnos libres en aquel momento, ellos, prometieron dejarnos en libertad en cuanto dejasen de estar en peligro.


Comimos algo rápido antes de partir por los caminos de las montañas que los Ronin conocían a la perfección, ya que habían estudiado aquel territorio al milímetro y por lo que me contó mi tío, que sabía hablar bien el idioma, parecía que los estaban llevando hacia las tierras del Norte. Después de casi una semana a lomos de aquellos caballos, nos dejaron en una aldea. Le dieron unas monedas a uno de los campesinos para que nos llevasen hasta el Castillo del Daimyo Tokunaga y allí nos dejaron prometiéndonos que no correríamos peligro alguno bajo el protectorado de aquel buen Señor.

El campesino nos condujo por entre los arrozales y tierras de labranza hasta que llegamos a una colina presidida por un magnífico castillo. A su alrededor, una gran aldea hervía bulliciosa con su mercado atestado de gente. Cientos de personas compraban y vendían mercancía en sus puestos de venta. El hombre nos guió hasta las puertas del castillo, donde nos dejó custodiados junto a un par de soldados. Mi tío me dijo que aquellos soldados eran auténticos Samuráis y a pesar de no saber quienes eran, después de mucho tiempo, acabaría convirtiéndome en uno de ellos.

El Daimyo nos recibió y mi tío, versado en los rituales y costumbres de los japoneses, sorprendió gratamente al gran Señor que nos pidió amablemente que nos quedásemos una temporada bajo su protección ya que no podía por ahora, escoltarnos de nuevo a la capital, pues se avecinaban cambios drásticos con la muerte de li Naosuke y todo el Japón se sumiría en luchas entre clanes y combates esporádicos con las crecientes fuerzas imperiales.

Eso a mi tío no le importó mientras yo estuviese bien y que mejor lugar que aquel imponente castillo para nuestra protección. Mientras él se empapaba todavía más en la cultura japonesa, el Daimyo le pidió que le enseñase las costumbres de los Gaijins. Un Quid pro quo que les reportó grandes beneficios a nivel cultural tanto al uno como al otro. En lo que a mi respecta, con diez años, sin saber nada del idioma del país, sin saber nada de sus costumbres y sin tener mucho que hacer, los días los ocupaba paseando por los alrededores de la aldea y espiando a los samuráis mientras entrenaban, fuese con las espadas, lanzas o con los arcos. Me fascinaba el control que podían tener de aquellas armas, como las manejaban y sobre todo, la perfección que tenían en el combate cuerpo a cuerpo.

Uno de aquellos hombres, un lugarteniente del gran Señor, tenía una hija, cinco años mayor que yo que manejaba el arco con tal soltura, que era capaz de hacer blanco en un pequeña diana al galope sobre su caballo. Kaito, que así se llamaba aquel hombre, se fijó en mí y un buen día me pidió que me uniese a los demás niños mientras este los instruía en el arte de la guerra. Aquel día, recibí una soberana paliza de cada uno de los niños. Hasta el más pequeño me había dejado la marca de su espada de madera sobre mi cuerpo. Cuando mi tío me vio aparecer con todos aquellos moratones, se asustó y me dijo que le pediría explicaciones a Kaito por aquella ofensa hacía los invitados del Daimyo. Le dije que no lo hiciese. Es más, le pedí que me enseñase el idioma y las costumbres de aquellos hombres. Aquel mismo día decidí con todas mis fuerzas que quería ser un samurái al servicio del gran Señor. Mi tío se quedó fascinado al saber que yo quería aprender algo sobre el país en el que estaba ya que desde que había llegado, me había comportado como un niño repelente y malcriado que pensaba que por ser occidental, era superior a los orientales de ojos rasgados.

Aquella temporada bajo la protección del Daimyo Tokunaga se alargó hasta convertirse en casi una década. Mi tío, durante todo ese tiempo, iba y venía de la capital al castillo siempre bajo la protección de Tokunaga, que le había dado un salvoconducto para poder pasar por sus tierras sin ser molestado por nadie. Traía noticias de grandes revueltas entre los grandes Señores Feudales y las fuerzas imperiales; de alianzas rotas en el mismo campo de batalla y de las traiciones que estaban al orden del día.

Eso preocupaba enormemente a Tokunaga. Decía que el sentido del honor se había perdido con el paso del tiempo y que el Emperador no hacía nada por respetar los valores antiguos que llevaban rigiendo el destino del país desde hacía tanto tiempo.

Durante esos años mi adiestramiento había sido intensivo. Los primeros meses fueron agotadores y cada noche llegaba a nuestra cabaña completamente agotado y amoratado. Pero las cosas, gracias a los consejos de Kaito, fueron mejorando poco a poco hasta lograr parar todos los ataques. Después llegó la hora de aprender a atacar, el manejo del arco, la lanza y dominar las artes marciales.

Cuando después de cinco años de dura instrucción me presentaron delante de mi Daimyo como un simple ashigaru, mi decepción fue total. Nadie me había dicho que para ser un samurái había que formar parte de una pequeña y escogida élite de guerreros, además de ser descendiente de otros samuráis. Pero Kaito me convenció de que a pesar de ser un ashigaru, mi instrucción había sido como la de un verdadero samurái. Esas palabras me dieron ánimo para continuar con mi instrucción y a seguir perfeccionando mis técnicas de combate.

Y en eso tubo mucho que ver la hija de Kaito. Katsumi, la joven arquera que había visto montar a caballo los primeros días de mi estancia en la aldea, se había convertido en una hermosa mujer. Su padre la había educado como a un guerrero y Tokunaga la consideraba uno de sus mejores yabusames.



Nunca se había fijado en mi, pero si sus jinetes que se reían de la poca puntería que tenía con el arco. Un día la reté y a pesar de mi bajo estatus como guerrero, aceptó el reto encantada. Cualquier momento era bueno para poner en su sitio al alto y desgarbado Gaijin. Después de caerme unas cuantas veces del caballo y casi herir al propio Kaito que se apartó a tiempo antes de que una flecha le diese en pleno corazón, Katsumi dio por concluido el desafío. Mi orgullo estaba herido, los demás guerreros se retorcían en el suelo de la risa, pero había conseguido que la mejor arquera del territorio me ayudase a perfeccionar mi técnica de tiro.

Cuando no estábamos adiestrando, Katsumi me enseñaba las tierras y las posesiones de nuestro Daimyo. Una vez visitamos un monasterio donde sus monjes dominaban el arte de la lucha con la nagitana. Después y viendo el interés mostrado por aquella nueva arma, volvimos durante meses para que aquellos monjes me adiestrasen hasta que pudiese manejarla sin temor a cercenarme algún miembro de mi cuerpo. A pesar de eso, Katsumi insistía en que siguiese perfeccionando mi tiro con el arco y tantas horas juntos nos llevó a intimar durante aquellos viajes al monasterio.

La primera vez que la vi desnuda, se estaba bañando en una pequeña laguna de aguas termales con plantas jabonosas y yo la espiaba desde detrás de unos grandes helechos. No era la primera vez que veía una mujer desnuda ya que habían sido varias las campesinas con las que había tenido algún que otro roce. Pero Katsumi no era como ellas. Su noble porte, sus lentos y elegantes movimientos mientras se desprendía de la ropa y de aquella tela que rodeaba y cubría  su torso, dejando a la vista sus pechos rematados por unas oscuras aureolas.

Me quedé observando su sexo que estaba cubierto por una delgada línea de pelo que bajaba desde su monte de venus hasta el capuchón que resguardaba el pequeño y placentero brote. El resto estaba limpio de vello púbico. Los otros sexos que había visto hasta entonces en las demás mujeres, estaban cubiertos de un ensortijado pelo y había que apartarlo para poder llegar hasta el fruto prohibido.  

<<Vas a estar más tiempo mirándome o vas a ayudarme. No ves que yo llego a mi espalda>> me dijo la bella Katsumi.
Mi primera reacción fue caerme sobre mi trasero, después, me armé de valor y desnudo, me acerqué a ella por detrás. Corté algunas hierbas más y comencé a frotar su arqueada espalda.
<<Tienes los dedos más largos que mis doncellas, me gustaría saber hasta dónde pueden llegar>> dijo Katsumi mientras me cogía una mano y la introducía entre sus piernas.
Mi mano todavía llevaba las hierbas y froté lentamente su sexo, arrancando algún que otro gemido de placer.
Su cuello descansaba sobre uno de mis hombros y mis labios lo besaron con ternura al principio y con más fervor al crecer mi excitación bajo el agua.
Katsumi notó en su trasero mi sexo que palpitaba al compás de los besos dados en su cuello y como si fuese la empuñadura de su katana, colocó sus manos hacia atrás y comenzó a moverlo rítmicamente, haciendo que mi capuchón dejase expuesto la cúspide de mi sexo por unos segundos para cubrirlo nuevamente.

Dejé las hierbas flotando sobre el agua y mis dedos comenzaron a jugar con su sexo que comenzaba a rezumar el néctar predisponiéndola para avanzar en nuestro juego y que se mezclaba con la espuma que habían dejado las jabonosas hierbas.

Mi otra mano, tocó los pechos que estaban duros y henchidos, impacientes por que mi boca se parase durante unos segundos sobre ellos. Y Katsumi, sin esperar más tiempo, se giró, se puso nuevamente de rodillas y volvió a agarrarme para nuevamente comenzar con aquel vaivén que tanto me excitaba.

Sus pezones ahora me apuntaban, como dos puntas de flecha que necesitaban atenciones. Quién diría que aquellos pechos tan turgentes habían estado debajo de aquella tela. Mi boca se posó en ellos y Katsumi gimió guturalmente de placer. Los besé, los chupé y los lamí hasta que ella decidió romper aquella unión.

<<Por hoy es suficiente, mi querido gaijin. Debemos regresar al castillo para continuar con tu adiestramiento>>.

<<Pero…>> no dije más, comprendí que Katsumi estaba probando mi valía y a pesar de que al llegar al castillo, mi excitación apenas había descendido, aguardaría con impaciencia nuestra próxima visita al monasterio.


miércoles, 20 de enero de 2016

ESPIANDO.

Escucho tras la puerta que está entreabierta, el chapotear de tu cuerpo dentro de la bañera. Miro por la abertura hacia dentro y veo como te acaricias, como tus sabias manos recorren todo tu cuerpo desde tus pechos, hasta perderse entre la blanca espuma para mimar tu sumergido sexo.



Me encanta espiar todos tus movimientos porque así, cada día, aprendo a tocarte mejor, aprendo a rozarte, se cuando tengo que apretar y cuando soltar, cuanta fuerza imprimir con mis toscas manos, cuando desplazarme lentamente con mis dedos sobre tu piel y como no, acariciarte hasta llegar a ese clímax al que tu estás a punto de llegar.


Feliz baño.

martes, 12 de enero de 2016

SUEÑO.

Olivia se despertó sobresaltada. Una vez más, aquel sueño recurrente que llevaba toda la semana instalado en su cabeza y que todas las noches venía a visitarla. A su lado, su novio dormía plácidamente y nada sabía de sus despertares nocturnos.

Se levantó y notó que su sexo estaba nuevamente empapado. <<Todo por su culpa>> pensó mientras caminaba hacia la cocina para beber un largo trago de zumo. <<Maldito Héctor y malditos sus masajes>>.

Olivia trabajaba como programadora de una empresa y habían requerido de su pericia en un nuevo Spa que habían abierto no hacía mucho. Querían un programa de gestión hecho a medida, para llevar las citas de los distintos departamentos y así fue como conoció a Héctor. Un hombre mayor que ella, encantador y con unas manos que podían domar cualquier cuerpo que tratase de resistírsele.

¿Por qué le había hecho caso y había aceptado probar sus servicios? Ahora no lograba quitarse de encima aquella sensación, aquel bienestar, aquellas manos que la llevaron hasta el clímax mientras la masajeaban. Y todo, sin apenas rozar sus zonas erógenas.


Y ahora cada noche, soñaba lo mismo y no sabía muy bien porqué. ¿Que tenía que ver, un paseo a caballo completamente desnuda con el masaje de Héctor? De porqué él se montaba sobre la grupa y pegaba su cuerpo desnudo al de ella. De porque dejaba de que él guiase al poderoso caballo cogiendo sus crines, mientras ella se cogía al fuerte trasero de Héctor para sentirlo todavía más cerca y así notar como su sexo se erguía contra sus nalgas y a cada paso del caballo, rozaba en un incesante sube y baja que hacía las delicias de la pareja.
Como él le daba la vuelta con fuerza inusitada y la poseía a horcajadas sobre la grupa del caballo, que implementaba el ritmo del paso a un pequeño trote, facilitando así la penetración y el culmen de aquel acto.

Olivia volvió para cama, todavía mojada en su entrepierna. ¿Y si trataba de cambiar algo en el sueño? ¿Por qué no se la follaba por detrás? Es algo que nunca había experimentado y seguro que el Héctor del sueño, estaría dispuesto a cumplir. Cerró los ojos y volvió a soñar.