viernes, 5 de febrero de 2016

RONIN GAIJIN. PARTE II Y FINAL.

No había pasado ni una semana cuando volvimos con los monjes. No era capaz de concentrarme y aquel día mi cuerpo se llenó de moratones por los continuos golpes de la nagitanas de madera.
<<Este arma es la primera que dominan nuestras niñas>> dijo Katsumi.<<Y tú has perdido todo la atención, ¿se puede saber en qué estás pensando?>>
Yo solo podía pensar en el camino de vuelta y en la pequeña laguna. Pensaba en el sinuoso cuerpo de Katsumi y en como mi sexo se agrandaría entre sus manos. Pero los monjes y la propia Katsumi me hicieron regresar de mi mundo de ensoñación y a base de palos, hicieron que sus enseñanzas empezasen a ser productivas aquel día.

Y al amanecer, sin apenas haber descansado y molido a golpes, bajamos de la montaña e hicimos una parada en el camino. Katsumi me ayudó a desnudarme y después de hacerlo ella también, me frotó con suavidad ya que al mínimo roce de las hierbas jabonosas o de sus manos, yo reaccionaba con un pequeño quejido.
<<Esto te pasa por no concentrarte en la lucha. Si piensas en otras cosas mientras combates, la muerte te llegara rápidamente>>
<<Tengo que entender entonces que lo que pasó el otro día en esta misma laguna fue una prueba>>
<<Algo así. Necesito que separes los placeres de la carne con el placer de combatir en una batalla. Tienes que concentrarte totalmente en lo que estás haciendo en cada momento. Como ahora>>
<<¿Ahora?>>
<<Si, porque me tienes detrás de ti, completamente desnuda y solo puedes pensar en el dolor que recorre tu cuerpo>>
<<No logro entenderte>>
<<Cuando estás aprendiendo a luchar en el monasterio, no puedes pensar en lo que va a pasar en esta laguna, tienes que evitar que te golpeen y atacar en cuanto uno de los monjes baje la guardia. Y cuando estás aquí conmigo, tienes que sentir el placer y no pensar en el dolor y en la magulladuras de tu cuerpo>>.
Katsumi bajó con una de sus manos hacia mi sexo que reaccionó al instante al ejercer ella un movimiento de vaivén y muy pronto, el dolor de mi cuerpo fue algo secundario. Dejé de quejarme para disfrutar de las atenciones que la bella mujer me proporcionaba.
En cuanto notó que mi sexo tenía una consistente erección, se puso delante de mí, se agachó y me ofreció su trasero. Era la primera vez que una mujer quería hacerlo de aquella manera. Yo no sabía cómo empezar, pero Katsumi me guio con una de sus manos mientras que con la otra, acariciaba lujuriosamente su sexo.   
<<Es necesario que lo hagamos de esta manera, soy doncella y doncella moriré>>.
Cuando estuvo lo suficientemente preparada, acercó la punta de mi miembro hasta la entrada de sus nalgas y poco a poco, la resistencia de su piel fue cediendo hasta que todo mi sexo estuvo dentro de ella. Por unos instantes permanecimos quietos, notando la estrechez y la calidez de su cavidad. Fue Katsumi la que comenzó a moverse mientras seguía tocándose entre sus piernas. Sus posaderas golpeaban contra mi abdomen que se contraía de placer. Mis manos se movían lujuriosas por toda su espalda, pero cuando Katsumi me iba a llevar al clímax, me incliné sobre ella y agarré sus bamboleantes pechos, haciendo que sus pezones se pusiesen duros apuntando hacía el agua que los salpicaba por el vaivén de nuestros cuerpos.
Fui el primero en sucumbir al deleite del éxtasis a pesar de los esfuerzos de Katsumi para que todavía no lo hiciese. Aun así, continué acariciándola mientras mi sexo descargaba toda mi esencia dentro de ella y pocos instantes después, fue Katsumi la que se retorcía de placer al recorrerla por completo el tan anhelado clímax.
Descansamos enroscados dentro del agua. Mi cuerpo se debatía entre el dolor de los moratones y el placentero encuentro con Katsumi. Jamás olvidaría lo que había pasado en aquella laguna y muy pronto desearía no haberla abandona nunca.

Cuando volvimos al castillo y a pesar de que Tokunaga había evitado en múltiples ocasiones entrar en combate tanto por el bando Nacionalista como por el bando Imperialista, nos enteramos que el nuevo Shogun, Tokugawa Yoshinobu había renunciado a su cargo para evitar un derramamiento de sangre, cosa que no consiguió ya que muchos señores feudales quisieron instaurar nuevamente la figura del Shogun y la guerra civil entre ellos y los pro-imperialistas no se hizo esperar. La Guerra Boshin duró un año y ahí es donde entro en acción como guerrero de mi señor.

Durante ese periodo, mi tío permaneció bajo la custodia de la policía en la capital. No se le permitió salir de su casa a no ser que tuviese que ir a su oficina para cerrar algún trato o cuidar de sus negocios. Pidió audiencia al Emperador para comunicarle que él podía convencer al Daimyo Tokunaga de que no participase en esa guerra, pero el Emperador, aconsejado por sus hombres de confianza, insistió en mantenerlo confinado en la capital por su propio bien ya que los espías no estaban bien considerados en su país. Pero lo que el Emperador no sabía era que mi tío consideraba Japón como su propio hogar y lucharía por preservar las antiguas tradiciones y trataría de que el mundo moderno se fusionase con lo ancestral.

El horagai sonó antes del amanecer y todas las tropas estuvieron listas para pasar revista. Kaito nos alistó a cada uno de nosotros y a mi me regaló un peto con su emblema. Fue todo un honor y muchos de mis compañeros, a pesar de ser un novato, me consideraron un soldado importante dentro de la compañía. Éramos un centenar y Kaito se había preocupado de que fuese asignado a una de las compañías más veteranas donde había muchos ashigarus que ya habían combatido en alguna que otra contienda.



Mi señor estaba sobre una colina mientras contemplaba el campo de batalla. Habíamos llegado allí después de tres días de dura marcha ya que los batidores habían descubierto que nuestros enemigos habían derrotado y destruido a varios de nuestros aliados. Sin esa ayuda la batalla estaba perdida antes de empezar. Éramos tan solo novecientos hombres contra cinco mil soldados. Aún así, Kaito nos arengaba con sus gritos de guerra. Creo que ninguno de los de allí tenía miedo a morir, todos excepto yo. Me había meado en los pantalones al ver a lo que nos íbamos a enfrentar.

<<Luchar con valentía y morir con honor>> nos repetía una y otra vez montado en su caballo. <<Si nosotros caemos, nuestro hogar arderá, nuestras familias se verán masacradas y el honor de nuestro señor Tokunaga se verá mancillado>>.

Nuestra compañía fue enviada por el flanco derecho, dentro del bosque ya que cuando empezase el combate, teníamos que deshacernos de dos compañías de arcabuceros que había en sus lindes. Pero antes, tendríamos que acabar con sus batidores que peinaban el bosque en busca de sus enemigos. Nos encomendaron la misión solo a unos pocos arqueros escogidos y pude demostrar que mi puntería con el arco había aumentado con el sacrificio y el entrenamiento al que me había sometido Katsumi. Muy pronto estábamos a tiro de flecha de los arcabuceros.

Cuando la batalla comenzó, nuestras flechas salieron disparadas desde dentro del bosque. Nos movíamos a un lado y a otro y fueron muy pocos los enemigos que pudieron disparar hacia la espesura. Cuando nuestro capitán nos ordenó cargar contra la segunda de las compañías, repasé el emblema de Kaito con la yema de los dedos  que llevaba en mi peto y seguí a los lanceros que ya cargaban contra nuestros enemigos.

Los arqueros acabamos con nuestras flechas y muchos se dispusieron a atacar con sus espadas. Yo me hice con una de mis armas preferidas, una nagitana que uno de nuestros samuráis me había lanzado por el aire para poder atacar.

La batalla fue cruenta. La sangre empapaba mis ropas y mis compañeros caían a mi lado sin que yo pudiese hacer nada para evitarlo. Solo podía combatir, matar para que no me matasen. Los pocos que quedábamos de nuestra compañía, nos reagrupamos en las lindes del bosque junto con los samuráis que todavía quedaban en pie. Estaban muy mal heridos, pero sonreían porque habíamos conseguido acabar con las dos compañías de arcabuceros enemigos. Yo comencé a cuestionarme si había honor en todas aquellas muertes acontecidas sobre el campo de batalla, pero no tuve mucho tiempo para pensar. Las banderas en nuestra retaguardia nos anunciaban que nuestras filas estaban rotas y que teníamos que regresar para defender a nuestro señor. Pero las tropas enemigas cayeron sobre nosotros retrasando la ayuda requerida.

Cuando pudimos llegar, cientos de nuestros compañeros habían caído abatidos defendiendo a nuestro Daimyo, entre ellos Kaito que había levantado un muro de cadáveres de nuestros enemigos. Los samuráis allí presentes se quitaron la vida al ver a su Señor decapitado mientras que los pocos supervivientes de nuestra compañía se dispersaron huyendo hacia sus aldeas.

Pero yo no podía huir, no era un samurái pero había sido adiestrado como uno de ellos. Entonces recordé la historia que un día me contó mi tío sobre los 47 Ronin, unos samuráis que se vieron obligados a convertirse en Ronin, de acuerdo al código de honor del samurái, después de que su Daimyo se viera obligado a cometer el seppuku, por haber agredido a un alto funcionario judicial en una sede de gobierno. Esta legendaria historia se hizo muy popular en todo Japón, porque muestra la lealtad, sacrificio, persistencia y el honor que las buenas personas deben preservar en su vida diaria.

Esa sería mi misión, vengar la muerte de Kaito y la de mi Señor. Pero antes de que pudiese hacer nada, vi como las tropas de nuestros enemigos avanzaban a buen paso hacia el Norte. Ni la destrucción de nuestro ejército había sido suficiente para ellos. Tenían que acabar con todo el poder de Tokunaga y su siguiente paso sería arrasar su castillo. Con lo que no contaban era que al mando de la guarnición que se había quedado en él, estaba Katsumi. Pagarían muy caro la ofensa de atacar la fortaleza. Me pertreché de flechas, conseguí un buen arco y mientras buscaba un caballo que me llevase raudo y veloz hasta el castillo, uno de mis pies resbaló en una piedra que había en un riachuelo cercano y mi cabeza se dio contra el duro suelo dejándome inconsciente durante horas.

Cuando por fin desperté, los cuervos y las alimañas se estaban dando un gran festín con los cadáveres de los hombres caídos en la batalla. Dentro de mi carcaj solo había quedado una flecha y no tenía tiempo de buscar más. Me maldije por mi mala suerte y vi un caballo que estaba en la linde del bosque. Era el caballo de Kaito. Me miró, vino hacia mi y bajó la cabeza para que lo montase.

Cabalgamos sin descanso día y noche hasta que dimos con la retaguardia del ejército enemigo. Estaban ya en el camino que les llevaba hacia la empaliza que circundaba el recinto del castillo. La aldea y sus habitantes habían desaparecido pasto las llamas. Bajé del caballo de Kaito, lo desensille y dejé que se fuese libre. Después me acerqué por el flanco izquierdo y pude ver castillo. Parecía un gigantesco puercoespín, pues eran cientos las flechas clavadas en su estructura de madera.



Desde mi posición podía ver a los generales del ejército y al Daimyo del clan Satsuma. Delante de ellos, una mujer desnuda les escupía a la cara. Era Katsumi, la bella doncella guerrera. Había acabado ella sola con más de un centenar de enemigos y ahora iban a mancillar su blanquecino cuerpo. Una flecha, una sola flecha. Tenía que decidir si acabar con la vida de un enemigo y así vengar la muerte de mi Señor o aliviar el sufrimiento que podía padecer Katsumi. Antes de que pudiesen tocarla, caía al suelo muerta, con el corazón atravesado por una única flecha. Su honor jamás fue mancillado.

Salí de mi posición, desenvainé mi Katana y mi wakizashi y me dispuse a morir como un verdadero samurái. Ahora entendía lo que era el honor, luchar por tus ideales, la lealtad para con tu Señor y el sacrificio de uno mismo. Uno a uno, el Daimyo envió a sus hombres a la muerte. El Ronin Gaijin, como así me llamaron al ver mis rasgos occidentales, era mejor guerrero de lo que ellos pensaron en un primer momento. Pero mis fuerzas me fueron abandonando poco a poco. La lucha en la batalla, la cabalgada sin descanso y ahora los duelos contra los samuráis del clan Satsuma hicieron que mis piernas comenzasen a dolerme y mis brazos, al pesar tanto, ya casi no podía sostener mis espadas.

Y fue así, por agotamiento, como mis enemigos pudieron vencerme. Pero para castigar mi osadía de privarles de la diversión de probar la carne de Katsumi y por haber acabado con varios de sus samuráis, el Daimyo me hizo enterrar vivo en una de las mazmorras de la fortaleza. <<Que se pudra en el castillo que tan honorablemente ha defendido>>

Katsumi fue enterrada en un túmulo al lado de la fortaleza y la leyenda de la doncella guerrera sería recordada a lo largo de los años en todo Japón. De mi nadie habló, pues fue toda una deshonra para el clan Satsuma que un extranjero derrotase a varios de sus mejores guerreros. El pacto de silencio no se hizo esperar y no aparecí en ninguna de las historias ni leyendas que se cuentan de cómo el castillo del Daimyo Tokunaga fue el único que no fue destruido en la guerra Boshin, gracias al arrojo de la bella Katsumi.




Después de más de cien años, sigo aquí, guardando la morada de mi Señor Tokunaga, viendo pasar a las gentes que visitan el castillo sin saber, que a su lado, un Ronin Gaijin dio su vida para salvar el honor y la fortaleza de su Señor. 

2 comentarios:

  1. Que oriental estás, Namor! Ha sido leerlo y pensar en Magic Alonso, que igualmente alucina con los ninjas...debe ser que empieza la temporada veloz.
    Me alegro mucho de verte en la brecha escritora. Ay, que no entras en Gisi, jo.
    Abrazos costeros, amigo Namor.
    gata

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    1. Hola Gata, cuanto tiempo sin leerte por estos mis territorios submarinos. La verdad es que viendo como acabo Mágic el otro día, lo de ser un Ninja el lo tiene chupado. Y sí,echo mucho de menos a la tropa de Gisi y escribir por esos universos tan selectos.
      Un abrazo, poetisa del imperio mutante.
      P.D. Recuerdas aquella foto que me pasaste hace mucho tiempo del androide y la chica abrazados? Por fin he acabado con el relato.

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