martes, 5 de abril de 2016

AMAZONIA. CAPITULO 1

Capítulo 1

Oscuridad. Christina no quería abrir los ojos mientras la alarma del reloj sonaba con un zumbido que iba en aumento con el paso de los segundos. Era su cumpleaños pero no estaba de muy buen humor para levantarse todavía de la cama. Su vida a partir de ahora comenzaría un rápido declive pues en Amazonia, la zona más poblada del cuadrante Norte, a partir de los cuarenta y cinco años, las mujeres dejaban de ser operativas en su propia urbe. Si tuviese el dinero suficiente para operarse, todavía tendría la oportunidad de seguir trabajando en primera línea a pesar de que su sueldo como secretaría de dirección, le daba para eso y mucho más, pero  había dedicado su vida a ayudar a mujeres que como ella, llegaban a esa fatídica edad y eran prácticamente expulsadas de la sociedad.

El ser guapa y estar bien lo era todo para las mujeres que vivían en la gran ciudad. Si tenías la poca probabilidad de nacer por debajo del percentil de belleza establecido, acabarías desterrada fuera de Amazonia, al gran páramo, o si tenías mucha suerte, en los barrios bajos circundantes de la gran muralla. Y allí era donde iban a parar la mayoría de las mujeres que al cumplir los cuarenta y cinco, comenzaban a estar menos bellas e iniciaban su descenso en el percentil de belleza. Si no eras perfecta, quedabas fuera.

Christina abrió los ojos y golpeó con rabia el despertador que dejó de emitir aquel molesto zumbido. Llevaba preparándose para aquel momento todo el último año y ahora que había llegado, su entereza comenzaba a flaquear. ¿Qué sería de ella a partir del momento que se levantase de su mullida y cómoda cama? ¿Dejaría de ser la mejor secretaría de dirección de Cosmetic On line y pasaría a engrosar el odiado grupo de instructoras de Recursos Humanos de la empresa, cobrando la cuarta parte del suelo que ahora tenía? Si era así, el dinero no le llegaría para seguir el mismo ritmo de vida que llevaba hasta ahora, tendría que mudarse a algún otro barrio menos  recomendable o alquilar un mísero apartamento en uno de los grandes bloques que había cerca de los suburbios.

<<Buenos días, Christina>> dijo una voz masculina que resonó por toda la habitación haciéndola salir de su apesadumbrada ensoñación.
—¿Buenos días? ¿Qué tienen de buenos?
<<¿Debería haber dicho Feliz cumpleaños?>>
—Amstrad, no me toques la moral, ¿vale? Hoy no estoy para muchas bromas.
<<Está bien, ¿te preparo el baño?>>
—Si por favor, y como muchas sales rejuvenecedoras.
<<Sería mejor ir racionando las sales, según mis datos, deberían llegar…>>
—Vale, vale —cortó Christina a su querido domo-ordenador. —Comienza con el racionamiento. ¿Por que no habré utilizado el dinero que he ganado todos estos años para atesorar sales y productos cosméticos?
<<Será porque te has ido gastando ese dinero en ayudar a otras mujeres…>>
—Era una pregunta retórica —cortó Christina de malos modos a su querido Amstrad. ¿Está ese baño preparado? —preguntó la mujer con aire de fastidio.
<<Si, Christina y a la temperatura exacta, como siempre>>.
—Muchas gracias Amstrad, no se que haría yo sin ti. Y siento mucho estar de mal humor esta mañana.

Christina se levantó y lo primero que hizo fue dirigirse hacia el espejo. Este le devolvía la imagen de una mujer atractiva y  exuberante. Muchas de sus parejas se lo habían dicho a lo largo de su vida y su cuerpo se salía de la imagen de las escuálidas hechuras que habían sido ya operados cientos de veces por las mejores cirujanas de la femenina urbe.  

<<Sigues estando tan guapa como ayer>>

La mujer se volvió a mirar al espejo y con un gesto de cabeza, afirmó lo que su domo-ordenador había dicho.

Después del baño se dio un suave masaje con aceite de almendra y se vistió con un entallado vestido color rojo, que hacía juego con su pelo y resaltaba su escote, perlado por unas graciosas pecas que rompía el color blanquecino de su piel.

Salió de su casa y cogió su aéreo-deslizador que la llevaría hasta su lugar de trabajo en la gran ciudad. Dejó atrás los barrios residenciales y se fue adentrando en la maraña de vías que la dejaron a las puertas de uno de los grandes rascacielos que estaba repleto de empresas y oficinas; y allí metió su vehículo en el aparcamiento móvil que recuperaría al final de su jornada laboral.

A medida que el ascensor se iba llenando de mujeres, notó las frías miradas de gran parte de ellas. Las mismas miradas de todas las mañanas, cosa que a Christina le encantó pues significaba que su atractivo todavía seguía siendo el mismo de siempre.



Cuando llegó a una de las últimas plantas, se bajó del ascensor y entró taconeando con fuerza por el largo pasillo de la gran oficina, mientras su falda se abría a la mitad por una gran abertura que dejaba ver su medias de seda negra.  Todas las demás mujeres se fijaron y pudieron ver que a pesar de su edad, Christina era la misma de siempre. Y para muchas de aquellas mujeres, la fantasía de estar a solas con ella, les seguiría asaltando a lo largo de los días. Se sentó delante de su pantalla de ordenador, cruzó los dedos mientras el escáner facial le daba el visto bueno para empezar su jornada de trabajo.

—Chris, cuando puedas ven a mi despacho —dijo una voz por el interfono.
—Ahora mismo voy, Paula.

Paula era la jefa de Christina. Una mujer muy atractiva y diez años menor que ella. Su melena rubia caía sobre uno de sus hombros y dejaba ver una de sus orejas recién operadas. Era la última moda, dejarlas algo puntiagudas en su parte superior. Orejas élficas como rezaba la publicidad machacona en revistas, carteles publicitarios móviles y mensajes enviados a las pc tablets.

—Buenos días, Paula.
—Por favor, cierta la puerta.

Christina cerró la puerta tras de si y se dirigió hacia la gran mesa donde Paula la aguardaba con una pícara sonrisa en su boca. Los cristales tintados de su despacho, dejaban ver todo lo que ocurría en la oficina de Cosmetic On Line pero no en el gran despacho de Paula, que ya besaba apasionadamente en la boca a su secretaria de dirección.

—¿Qué tal te encuentras?
—Fenomenal, ¿no me ves?
—La verdad es que no has cambiado mucho… espera, esa arruga no la tenías ayer.
—¿Qué?

Paula se levantó y le dio una sonora palmada en el trasero a una preocupada Christina.

—Si no fueses mi jefa, te mataría.
—Lo se, pero como te quiero, te perdonaré ese comentario insubordinado por tu parte —le dijo guiñándole un ojo. —Tengo un regalito para ti.
—Dime que son sales rejuvenecedoras.
—Lo siento, pero sabes que a partir de ahora, las sales están restringidas para ti. Si la policía se enterase, acabaríamos las dos en el Páramo. Pero supongo que tendrás un buen arsenal de ellas… dime que si lo tienes.
—Si, claro, algo tengo.
—¿Algo?
—Bueno… yo…
—Por favor Chris, no me digas que te has gastado el dinero en esas mujeres.
—Ya sabes como soy, me van las causas perdidas.
—Seguro que podrán vivir unos cuantos años más, pero ¿te has parado a pensar en las consecuencias que te traerá a ti la falta de sales rejuvenecedoras? ¿Qué pasará cuando el escáner facial no te de el visto bueno para poder trabajar aquí y tenga que degradarte y enviarte al Recursos Humanos?
—Ya he empezado con la reducción de sales en el baño de la mañana.
—Al final te mataré yo… en fin, dejemos por ahora el tema, vamos con tu regalo.
—Sorpréndeme.
—Recuerdas el Gigoló del año pasado.
—Claro que lo recuerdo. Uno de los mejores androides con los que me he llegado a acostar.
—Pues este año tendrás uno nuevo. Algo diferente a los demás androides que pululan por ahí.
—Miedo me das.
—He ido personalmente a inspeccionarlo a Mary´s Gigoló porque no me creía lo que veía en el catálogo. Así que, te vas a tomar el resto del día libre, iras de compras, te pondrás guapa para la noche y recibirás a Mike con los brazos abiertos.

Christina hizo todo lo que su jefa le había dicho, salió del trabajo contoneando sus caderas y desde su despacho, Paula vio como la gran mayoría de las chicas se les escapaba alguna fugaz mirada y algún que otro suspiro al ver a la exuberante mujer abandonar la oficina. Se rió para sus adentros y pensó que de allí era la única que podía tener aquel cuerpo siempre que quisiese ya que ella era su amante.

Al llegar a casa se probó nuevamente el largo vestido verde turquesa que hacía juego con sus ojos. Le quedaba como un guante y se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Christina se acarició por encima de él y sus pechos reaccionaron a sus caricias, notándose sus pezones por debajo del vestido. Decidió que el sujetador le marcaba demasiado y se lo quitó rápidamente sin tan siquiera desvestirse ya que tenía mucha práctica en tal menester pues Paula necesitaba muchas veces de sus atenciones en su propio despacho.



A pesar de no llevar sostén, los pechos prácticamente no bajaron ni un centímetro de su posición. Esos momentos hacían que las largas horas invertidas en el gimnasio valiesen la pena.

A las nueve en punto, llamaron a la puerta. Christina estaba sentada a lo largo de su cómodo sofá, contemplando la chimenea que ardía con un fuego holográfico, pero que caldeaba el ambiente.

<<En la puerta hay un gigoló que dice llamarse Mike>>

—Esta bien Amstrad, déjalo pasar y desconéctate durante un par de horas. Necesito intimidad.

<<Feliz cumpleaños>>


—Gracias, eres un amor.

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