lunes, 18 de julio de 2016

EL RITUAL




Casandra comenzó el largo descenso por las escaleras talladas en la roca del acantilado. Bajaba con sus manos pegadas a su vientre y parsimoniosa, sin muchas esperanzas de lo que iba a tener que hacer. Ella no creía en los rituales, pero la habían convencido de que preguntase en el pueblo por una anciana que vivía a los pies del pequeño faro y que sería la que le indicaría los pasos a seguir para llevar a buen camino, su deseo de ser madre.

No se cruzó con nadie subiendo de la cala que había unos cuantos metros más abajo y lo agradeció. No le apetecía encontrarse con nadie y que la mirasen a la cara. Quizás alguna mente avispada descubriría lo que iba a realizar en cuanto llegase abajo.

Al tocar la cálida arena de la pequeña cala con forma de concha, un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal, como si alguien la estuviese observando desde el mar. Pero allí no había nadie. Estaba completamente sola. Miró hacia lo alto del acantilado y el sol comenzaba a ponerse justo por allá arriba. Muy pronto la mortecina luz de aquel caluroso día de finales del mes de agosto, abandonaría aquel idílico lugar.

Se desprendió de su vestido y permaneció durante unos instantes acariciada por los últimos rayos del sol. Después caminó muy despacio, temerosa, hasta tocar con sus pies el agua del mar que estaba bastante fría. Sonrió inquieta solo de pensar que tenía que bañarse por entera en aquellas aguas y después tumbarse sobre la arena de la orilla.

Fue metiéndose poco a poco y a pesar de que preferiría hacerlo en aguas mucho más cálidas, ella estaba allí por cumplir su sueño y tenía que realizar todo aquel ritual, tal y como le había indicado la anciana. Al llegarle el agua hasta su sexo, tuvo un segundo escalofrío, como si alguien lo hubiese tocado dulcemente. Pero allí no había nadie y menos dentro del agua. Se detuvo un momento mientras observaba la cristalina quietud del mar. Aquellos instantes de dudas, de si seguir o no, se disiparon rápidamente. 

Siguió caminando hasta que sus pechos, erguidos por el frio del mar, tomaron contacto con el agua. El tercer escalofrío. Ahora pudo notar con toda claridad como algo los había rozado y sus pezones reaccionaron al instante, aumentado su tamaño y dureza. Volvió a detenerse con nerviosismo porque como pudo comprobar, seguía sola. Tenía que continuar. La anciana le había dicho todos los pasos que tenía que seguir para completar el ritual y así se estaban cumpliendo. Le había dicho que no tuviese miedo, que pasase lo que pasase, no volviese atrás.

Se sumergió y cerró los ojos. Permaneció durante unos segundos ingrávida en posición fetal, entre las aguas de la pequeña cala, pero cuando emergió, un manto de estrellas cubría ya el cielo y la luna llena iluminaba su cuerpo mientras esta salía hacia la orilla.

La mitad del ritual había sido completado. Ahora quedaba la parte del encuentro. Se dirigió hacia donde había dejado su vestido y en uno de sus bolsillos cogió el pañuelo de seda blanco y se lo colocó sobre los ojos, anudado detrás de su cabeza. Su melena todavía goteaba el agua del mar y gota a gota fue mojando la arena, que ahora estaba ya fría sin la fuerza de los rayos de sol que la calentasen.

Se acostó sobre la húmeda arena de la orilla con las piernas dobladas y con su sexo cara al mar. Permaneció quieta y en silencio, escuchando solo el rumor de las pequeñas olas que la hicieron entrar en un estado de semi- somnolencia. En ese instante surgió de improvisto una primera ola más grande que llegó mansamente y rompió sobre la orilla, donde la espuma del mar roció el sexo de Casandra.

Así nueves veces más y con la llegada de la novena ola, tal y como le había dicho la anciana, notó que algo surgía del mar. Podía sentir su imponente presencia y estuvo a punto de echar a correr. Pero algo la retenía sobre la fina arena de la orilla. Una mano tibia se posó en su frente para tratar de calmarla y Casandra volvió a respirar profundamente sin saber muy bien si aquel estado de duermevela le estaba jugando alguna mala pasada o aquella mano estaba allí en realidad. Notó entonces como otra mano le tocaba sus turgentes pechos acariciándolos con dulzura, volviendo estos a endurecerse. Después rozó su sexo que comenzó a humedecer sus profundidades y por último, aquella mano se posó sobre su vientre donde permaneció un largo rato, notando el sube y baja de la intensa respiración de Casandra.

Después, dentro de su cabeza escuchó una voz profunda y gutural que le habló: La naturaleza es muy sabia y si no has concebido todavía, no es tuya la culpa. El hombre con el que estás, no es el adecuado para ayudarte a criar a tus retoños y por eso jamás podrás tenerlos con él. Su semilla está demasiado corrupta para que tu vientre la acepte y anide en él.

Casandra se despertó al amanecer. Estaba tumbada sobre la arena    y llevaba puesto su vestido. Su cuerpo olía a mar y estaba limpio de arena, pero no de la salitre que perlaba toda su piel. A su vera, el pañuelo de seda blanco que había permanecido tapándole la vista mientras había tenido la visita del sanador Atlante.


Volvió a subir las escaleras del acantilado y sonrió sabiendo que el ritual había sido completado.