viernes, 9 de junio de 2017

MÓNICA

¿Cómo empezó todo? Para mí era la primera vez que trabajaba en un crucero y me había enrolado en él gracias a mi buen amigo Rober, que trabajaba como cocinero en el barco. Me dijo que necesitaban un bailarín para amenizar las noches, porque uno de los que estaban desde hacía años, se había casado y ahora tenían una plaza libre.
Fui a la prueba y me cogieron. No por mi don de gentes, si no, porque me movía bien y sabía cómo llevar a las mujeres mientras bailaba. Yo no era muy hablador, pero aquel trabajo me haría cambiar mi manera de ser.

Cuando desembarcamos a media tarde en Venecia, Rober me dijo que visitase la ciudad, que disfrutase de la belleza de sus calles y de la cordialidad de sus gentes. Estaríamos allí hasta el mediodía del día siguiente que partiríamos hacia las islas Griegas, tocaríamos Croacia y volveríamos a Venecia.

Yo era joven por aquel entonces y poco mundo había visto y aquella aventura, me pareció irrechazable.

La terminal de cruceros hervía con las gentes llegadas en los grandes barcos y los Alilaguna iban y venían transportándolos a todos los rincones de la ciudad. En uno de ellos me fui y me dejó muy cerca de la Piazza San Marco. Allí los turistas lo invadían todo y apenas podía diferenciar a los habitantes de la ciudad con toda aquella marabunta de gente.

Me fui internando por las calles y poco a poco, a medida que iba anocheciendo, los venecianos tomaban nuevamente su ciudad. Las góndolas y los vaporettos surcaban los canales recogiendo a alguna que otra pareja de enamorados que querían contemplar la ciudad bajo las luces de la noche.

Rober me recomendó un lugar donde cenar antes de regresar al barco y me dijo que preguntase por Mónica, la dueña de una pequeña trattoria y que le llevase un regalito de su parte. Y para allí me fui, chapurreando un poco de italiano aprendido en la escuela de idiomas y que a pesar de que lo tenía algo oxidado, pude dar con el sitio. Era un local donde podría comer buena comida y estar tranquilo, sin el bullicio de otros restaurantes que podían estar más llenos de gente.

Entré y lo primero que pude apreciar fueron las mesas para parejas que había por todo el local, que dicho sea de paso, no era muy grande. Y sobre todo, lo que más me llamó la atención, fue el olor a comida recién hecha. Y olía como si los ángeles hubiesen estado cocinando en esa bendita cocina.

Una mujer me recibió y con un gesto de su mano, me invitó a sentarme en una de las mesas mientras ella servía a una pareja que estaba en uno de los rincones del establecimiento.

Me senté y volví a fijarme en ella. Era una mujer madura, no creo que tuviese más de 50 y llevaba el pelo de color negro azabache recogido en una graciosa y coqueta cola que se movía con el vaivén de su cuerpo.

Cuando se dirigió a mí, me ofreció lo mejor de su cocina al decirle que venía recomendado por Rober. Saqué de mi mochila una bolsa con el regalo que me había dado para ella y la guardó tras la barra. Cuando la pareja se marchó, se sentó conmigo a la mesa y poco a poco, y a pesar de mi italiano y su escaso castellano, nos fuimos entendiendo. Ella le había enseñado a Rober muchos de aquellos platos que él cocinaba en el barco y entre risas, me contó varias anécdotas con las que martirizar durante un tiempo a mi buen amigo.

Pero la botella de vino que nos bebimos entre los dos comenzó a soltarme la lengua más de lo normal y solo se me ocurrió decirle Mónica, sei moito bella mientras me levantaba para intentar besarla en la boca. Ella me sonrió y me freno con una mano en el hombro. Aspettare ragazzo dijo mientras se levantaba, se deshacía la cola del pelo y cerraba con llave la puerta de la pequeña trattoria.

Después se dirigió hasta detrás de la barra y cogió el regalo que Rober le había enviado por mí. Lo abrió y dentro de una caja había una pequeña botella de Ron añejo. Se dirigió a la cocina y después de un trajín de cinco minutos, salió con dos copas de mojito que colocó a ambos extremos de la mesa.


Después se sentó enfrente de mí, mientras yo saboreaba la rica bebida cubana que tan bien había sabido preparar Mónica. Me miró y yo la miré a ella.



Se levantó la falda hasta la cintura y se quitó la ropa interior que dejó sobre una de las sillas que había a su lado. Yo la miraba con admiración mientras ella me sonreía lasciva. Mojó uno de sus dedos dentro del mojito y lo llevó hasta su sexo, que saboreó el licor durante unos segundos. Después sacó su dedo y lo llevó a su boca, catando así su propio néctar mezclado con los efluvios del cubano elixir.

Ora se, ragazzo.