miércoles, 5 de julio de 2017

CELEBRACIÓN



Carla salió muy seria de la sala de Juntas. Dentro todavía estaban los socios del bufete congratulándose de lo que había sucedido y ella se alejaba taconeando por el largo pasillo hasta su despacho, donde recogió su bolso y su móvil que había dejado cargando. Tenía media docena de llamadas, pero no tenía pensado devolver ninguna de ellas. No le parecieron importantes.

Ashley, su becaria de aquel trimestre, llegaba de la oficina donde había estado fotocopiando un dosier que Carla necesitaba para aquella misma tarde. Miró hacía dentro del despacho y vio que su jefa estaba recogiendo unas cosas.

—¿Cómo ha ido todo? —preguntó Ashley cargada con las fotocopias.
Carla la miró con rostro severo, pero no fue capaz de contener más su alegría.
—Tienes ante ti a la nueva socia del bufete —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Me alegro mucho por ti Carla, te lo merecías!
—Gracias Ash, no hace falta que me dores la perdiz. Si trabajas como lo has hecho hasta ahora, estoy segura de que tendrás un puesto en este bufete. Ahora tengo voz y voto.

Ashley sonrió. Sabía que Carla era una jefa muy estricta y a pesar de que el resto de becarias no querían volver a trabajar con ella, comprendió que si seguía a su lado, aprendería mucho de aquel mundo.

—Por cierto, he conseguido que nos diesen la tarde libre con lo que no nos veremos hasta el lunes a primera hora. Deja el dosier sobre mi mesa y las fotocopias las colocas en la mesita auxiliar. Buen fin de semana.
—Buen fin de semana Carla.

Carla entró en el ascensor y le dio al botón de la B. A medida que el ascensor iba bajando, más gente iba entrando y pronto estuvo casi arrinconada en él. Entonces su móvil vibró y esta sonrió al ver quien la estaba llamando.

—Hola guapo, ¿qué tal?
—Te noto alegre y si me has llamado guapo es que han salido muy bien las cosas en el bufete.
—Perdona, pero desde que te conozco, te he llamado guapo y sí, las cosas en el bufete han salido mejor de lo esperado.
—Esa es mi chica, implacable en las distancias cortas.
—¿Me has llamado para algo? —dijo Carla tratando de hacerse un poco la despistada.
—¿Te parece poco que te llamase para saber de ti y de tu trabajo?
—Estoy segura de que me has llamado para que te invite a comer, como todos los viernes mi querido Marcus.
—Que mala amiga eres, por Dios, pero tienes toda la razón, ¿comemos juntos? Hoy invito yo.
—Nos vemos en diez minutos.
—Estoy aquí abajo, podemos vernos ahora.

Cuando Carla salió del gran edificio Forrester, Marcus, el guapo entrenador personal con el que había congeniado desde hacía dos años, la recibió con una gran sonrisa. Sus dientes blancos destacaban sobre su piel mulata. Otro de sus rasgos eran aquellos profundos ojos color turquesa. Además de su escultural cuerpo.

Carla recordó la primera vez que lo vio en los juzgados de instrucción de la calle 5. Estaba empezando como abogada de oficio en el bufete y le había tocado defender a Marcus porque les había dado una paliza a tres tíos, después de que estos lo hubiesen insultado en un bar. Les pidió amablemente que saliesen del bar y fuera, empleó parte de sus conocimientos en artes marciales para dejarlos fuera de combate y camino del hospital. Aquellos tres individuos los denunciaron y como el gimnasio donde Marcus era entrenador personal, estaba bajo el amparo del bufete, Carla lo asistió y como no podía ser de otra forma, ganó el juicio y la apelación posterior. Desde aquel momento, ella y Marcus se convirtieron en grandes amigos.

También desde ese momento, Carla decidió empezar a entrenar con él y tratar de bajar su volumen corporal. Por su genética, no había logrado bajar de una talla 46, pero no le importaba. Había ganado en firmeza y sobre todo, en autoestima.

—¿Cuéntame cómo ha ido la negociación? ¿Los hiciste llorar?
—Fue larga y dura, porque en un principio me hicieron una propuesta un poco corta para mis pretensiones.
—Me hablas de la negociación ¿verdad?
—Si no fueras mi amigo te mandaría a freír espárragos, pero como sí lo eres, voy a entrar en tu juego. La negociación fue como uno de esos días que te pones esos culots ajustados y que todas las señoras se quedan ensimismadas viéndote entrenar.
—¿Los rojos o los blancos?
—Los blancos, por supuesto, que a pesar de tenerla en reposo, da miedo solo imaginarla en tensión.
—Vale, ahora entiendo tu negociación.
—¿Y recuerdas a Willy cuando se pone los mismos culots que da vergüenza ajena verlo? Así era su propuesta.
—Lo estoy visualizando y me parece que se pasaron mucho contigo.
—¿A que sí?
—Te lo has currado mucho este último año y sobre todo con lo de BioNature. Le birlaste a la competencia a su mejor cliente, aguantaste todos los golpes que te dieron y después, intentaron untarte duplicándote el sueldo si te ibas con ellos, a lo que tú siempre te has negado. Y los de tu bufete, sabiendo todo esto, te ofrecen a Willy.
—Ni tan siquiera a Willy, “la pretensión” de Willy.
—Y al final, ¿qué les pediste?
—Lo tuyo, pero dando miedo.
—Vaya, me dejas totalmente consternado. ¿Y te lo dieron?
—Sí, todo, todo, todo.
—Pues ya me dejas más tranquilo, estaba sufriendo por ti, porque ya les vale. Tu eres mujer para tenerlo todo, tan largo y duro como tú quieras. No creo que te asustases al verlo. Un poquito de impresión al principio, puede que sí, pero después estoy seguro de que te harías con él.
—Marcus —dijo Carla con una gran sonrisa en la boca —seguimos hablando de la negociación ¿verdad?
Marcus sonrió maliciosamente mientras la miraba a los ojos.
—Querido entrenador personal, no te voy a negar que no he tenido fantasías intentado imaginar “esa propuesta” que se nota debajo del culot blanco, pero ¿me estás proponiendo algo?
—Me gustaría celebrar tu ascenso como se merece.
—Marcus, no me vaciles.
—No te estoy vacilando. Te lo estoy diciendo muy en serio. Me pone muchísimo verte en el gimnasio y me cuesta aguantarme las ganas de no echarme encima de ti y hacértelo allí mismo.
—Tú me estás vacilando y no te pases ni un pelo que te demando en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Cómo puedo demostrarte que quiero celebrarlo contigo?
—Vale, seguiré jugando contigo. Llévame a tu casa y demuéstrame las ganas que tienes de enseñarte tu larga y dura propuesta.
—Hecho —dijo Marcus levantándose de la mesa para ir a pagar y dejando su ensalada a medio comer.

Cogieron un taxi y veinte minutos más tarde estaban delante de la puerta del viejo edificio donde Marcus vivía. Subieron al último piso y Carla quedó sorprendida al ver que su entrenador personal tenía todo el ático para el solo. Tenía montado un gimnasio donde entrenaba cuando no podía hacerlo en el trabajo. No había paredes excepto en el gran cuarto de baño, donde lo que más le llamó la atención a la mujer fue la gran plato de ducha con infinidad de chorros que tocaban distintos puntos del cuerpo.

Desde los grandes ventanales podrían ver más tarde, como se irían encendiendo poco a poco las luces de la gran ciudad y como quedaría dibujado el Sky Line en medio de la noche.

—No sabía que tu sueldo daba para tener un ático como este.
—No da, pero este viejo edificio era de mi padre. Ahora soy el arrendador y entre lo que gano en el gimnasio y las rentas, voy tirando dignamente. Además, como has podido observar, solo es viejo por fuera. Está reformado desde el año pasado, tiene lo último en domótica y ha atraído a gente con mucho dinero a vivir aquí.
—Tienes razón, no ha perdido su encanto visto desde fuera.
—¿Quieres beber algo? —dijo Marcus abriendo la nevera. —Tengo agua…agua… y creo que agua.
—No gracias, estoy bien.
—Yo me voy a coger un botellín, tengo la garganta seca.
—¿Estás nervioso?
—¿Quieres que te mienta?
—No.
—Estoy muy nervioso.
—Recuerda que te puedo empapelar y detecto a los mentirosos a distancia. Ya sabes que tengo un sexto sentido…
Marcus cortó la conversación con un largo beso en la boca de Carla que se dejó arrastrar por la marea de sensaciones que la lengua de aquel joven le transmitía.
—No te miento, Carla. Estoy nervioso por tenerte aquí.
—Pero no lo entiendo. ¿Cuántas chicas han pasado por este ático de perversión? —dijo Carla señalando los aparatos de gimnasia.
—Muchas.
—¿Qué me hace a mi diferente?
—Me pones muchísimo desde que te conozco. 
Carla sonrió y acarició el rostro del joven.
—Me gustan las mujeres y sabes que me encantan. Pero tú, joder, tu me pones muchísimo. No me preguntes el que, pero es así. Tu cuerpo voluptuoso es diferente a los de las demás.
—Lo sé, mi querido Marcus, estas redondeces no las tienen esas tallas 36 o 38 forzando al máximo de las que te has traído aquí.
—Eso es a lo que me refiero. Tú tienes una naturalidad que ellas no tienen ni por asomo. Tu pillas todos mis chistes y a ellas se los tengo que explicar perdiendo con ello, toda la gracia. Y contraatacas con los tuyos haciéndome ruborizar. Y soy mulato.

Carla rió con ganas y las últimas dudas se disiparon con su risa. Marcus la había llevado allí porque le gustaba.
La cogió de la mano y la llevó hasta un sillón cercano a uno de los grandes ventanales. Él se recostó y le pidió que se quitase la parte de arriba.

—¿Y los del edificio del enfrente están invitados al espectáculo?
—No te preocupes, son de espejo por fuera.
—¿Estás seguro?
—Me paseo desnudo todas las mañanas y nunca me han prestado mucha atención desde ahí enfrente.
—Entonces te creo —dijo Carla mientras se quitaba la chaqueta de su traje.

Se desabotonó su camisa blanca muy despacio y la tiró al lado de Marcus que miraba complacido el sujetador que había elegido Carla para su entrevista. Negro de puntilla que dejaba entrever sus rosados y grandes pezones que ya empezaban a pugnar por desquitarse de su prisión de tela.

Cuando se lo desabrochó se lo bajó lentamente haciendo que aquel instante durase una eternidad para Marcus. La espera valió la pena para él. Cuando lanzó al lado de la camisa aquella prenda tan íntima y dejó sus pechos colgando al natural, vio la cara de aprobación de su joven entrenador.

—El duro entrenamiento ha tenido sus frutos —dijo Marcus mirando los pechos de Carla como si estuviese admirando una obra de arte.
—Es verdad, nunca los he tenido tan duros y tan arriba como ahora —dijo Carla mientras se acariciaba los pechos lentamente.
—Para que veas que no te miento y que me gustas mucho…

Marcus se desabotonó el vaquero que llevaba puesto. Carla ya se había dado cuenta de la protuberancia que había debajo de la tela. El  joven se bajó el pantalón y su bóxer negro apenas podía contener el pene que pugnaba por salírsele aunque su glande color café, ya asomaba por la goma de sus Emporio Armani. Se desprendió de ellos y después de su camiseta.

Estaba completamente desnudo y verlo así, acabó por desinhibir totalmente a Carla. El pene de Marcus era grande y comenzaba a coger una dureza que a la mujer se le antojo imposible de abarcar con las dos manos juntas, una encima de la otra. Se veía apetitoso y brillaba bajo la tenue luz que desprendían las lámparas leds del ático.

—Me gustaría que te quitases las medias y te pusieses después nuevamente los tacones. No te quites la falda por favor. Me pone muchísimo verte en plan “ejecutiva agresiva”.
—Llevo medias, pero no pantis. Puedo quitarme las braguitas si quieres, aunque estoy pensando que con ese “aparato” no te sería difícil encargarte de ellas sin dificultad.

Marcus sonrió mientras se tocaba y acaba de poner firme su “aparato”. Aquel grueso e inhiesto pene sorprendió a la mujer, pero como le había dicho en el restaurante, no le tenía miedo. Estaba segura de que su sexo acabaría adaptándose a él aunque no si alguna que otra dificultad. Todo dependería que Marcus le quisiese hacer.

Carla se quitó las braguitas que hacían juego con el sujetador que descansaba junto a su camisa y se subió la falda hasta la cintura. Marcus la agarró por el trasero y la atrajo haciendo que se sentase a horcajadas sobre él.

—Muy despacio Carla. Estoy deseando entrar dentro de ti, pero no quiero hacerte daño.
—Estoy tan mojada que no creo que haya ningún problema. Aun así, lo haremos muy despacio.

Carla agarró el grueso falo de Marcus que estaba perlado en su punta de una pegajosa lubricación blanquecina. Lo acercó a la entrada de su sexo y a pesar de que sus piernas necesitaban descansar sobre las del joven, fue introduciéndolo poco a poco, mientras este se iba abriendo paso entre las húmedas paredes de Carla que aguantó estoicamente, las ganas que tenía de metérselo todo a la vez. 

Cuando su trasero tocó las musculosas piernas de Marcus, se quedó muy quieta durante unos segundos y apoyó sus manos en los hombros del joven que la veía con admiración.

—¿Toda dentro? —preguntó Marcus.
Carla se movió lentamente, agarró sus nalgas y abrió un poquito más las piernas.
—Ahora sí —dijo orgullosa.
—Ni en mis mejores sueños contigo había conseguido meterla toda.
—Eres un tío y los tíos sois demasiado estrecho de miras.
Marcus dio un pequeño respingo he hizo temblar a la mujer que reposaba sobre él.
—Si lo vuelves a hacer, te estrangulo aquí mismo.
—¿Esto va rollo “Imperio de los sentidos”?
—Si no estuvieses tan bueno y tu polla tan metida dentro de mí, me levantaría ahora mismo y te dejaría con las ganas.
—Lo siento.
—Deja que yo me mueva, tu no hagas nada… bueno, puedes utilizar esas manos grandes que tienes para tocarme el pecho.
—Como usted guste.

Marcus obedeció y rodeó con sus manos los pechos de Carla. Los pezones se pusieron duros al contacto con los dedos de Marcus y unos espasmos de placer fueron lanzados desde las cúspides. hasta el sexo que reaccionó moviéndose lentamente sobre falo del joven.

Carla cogió una de las manos de Marcus y la llevó a su entrepierna donde su sexo rezumaba suficiente lubricante como para no sentirse empalada por él. Quería que la tocase mientras ella apoyaba las manos sobre los fuertes hombres del joven mientras su sexo se acostumbraba a tener el grueso pene dentro de ella.

Los dedos del Marcus comenzaron a juguetear sobre el sexo de Carla y el capuchón que tapaba el botón de placer, descubrió un gran clítoris que pedía a gritos ser acariciado. Cuando Marcus lo rozó, este se sorprendió por su tamaño.

—No me digas que te sientes amenazado por mi clítoris.
—Es que nunca había tocado uno tan grande. Tengo que verlo bien.
—¿Estás de coña? Ahora que he conseguido acostumbrarme a lo tuyo.
—Lo siento —dijo Marcus casi levantando en vilo a Carla y acostándola sobre el sofá.
—Joder, si parece un micro-pene.
—Vas a hacer que me sienta mal.
—Perdona, pero es que es la primera vez en mi vida que veo uno así de grande.
—Pues que sepas que las he visto más grandes que la tuya… ¿podemos continuar con lo que estábamos haciendo?

Marcus hizo caso omiso a la pulla que le había lanzado la abogada y con toda la ternura del mundo, colocó su cabeza en el medio de las piernas de la mujer, que al notar el contacto de la boca del joven, cerró los ojos y disfrutó de las atenciones dadas por su parte.

Durante unos minutos, el joven lamió, chupó y besó aquel clítoris hasta que Carla le avisó que estaba muy próxima al orgasmo, cosa que Marcus notó cuando ella le agarró la cabeza con fuerza y la enterró todavía más entre sus piernas.

Cuando Carla todavía se estaba recuperando de los innumerables espasmos que aquel climax le había producido, Marcus levantó la cabeza y la miró con una sonrisa tonta en su rostro.

—Creo que soy bisexual.
—¿Qué?—preguntó la mujer mientras trataba de incorporarse en el sillón.
—Es que me ha encantado comerte el micro pene —dijo el joven entornando los ojos.
—Es un clítoris, grande, pero es un clítoris. Y tengo que reconocer que para mí ha sido todo un placer que lo hayas hecho.
—¿Quieres darte una ducha?
—Solo si tú me acompañas.

Le tendió la mano y Carla la agarró con fuerza. Los dos se dirigieron a la ducha y allí Marcus, volvió a utilizar su boca haciendo que Carla se volviese a correr mientras el agua perlaba sus apasionados cuerpos.



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